lunes, 14 de septiembre de 2015

VENUS DEL ESPEJO


No tenía forma de saber cuánto tiempo había estado allí. Ni  reloj ni  cielo ni  sol. Ella y el espejo que escasamente permitía ver su rostro reflejado. El mismo espejo a través del cual espiaba a los visitantes. Los veía mirar su nuca, su cadenciosa espalda, sus nalgas apoyadas sobre la mórbida base cubierta de paños. A veces, ellos también miraban su cara borrosa, perseverante de juventud.

 De espaldas al mundo la había dejado el creador. Con un espejo tan solo y ese niño regordete, indiferente a todo, puesto allí para sostenerlo. Una casi ventana de azogue por donde podía ver circular un universo de cuerpos y caras que la miraban, día a día, año a año, siglo a siglo. Jóvenes, viejos y niños extasiados frente a sus hombros, su cintura, su culo inmemorial cubierto de partículas de polvo y estaciones.
 Hubo veces de un solo admirador o muy pocos, las hubo deconfusión y oscuridad. Hubo una vez de vida cuando aquella mujer frenética la apuñaló reiteradamente. Su torso quedó tajeado en cinco partes, su hombro abatido.
La llevaron, la remediaron amorosamente, disimularon sus cicatrices. Minuciosos y prolijos limpiaron cada centímetro de su cuerpo.
Ella aprendió a deleitarse con esas manos que suturaban su piel, que se deslizaban con fluidos suaves por sus músculos en reposo. Supo que ya lo sabía, aunque lo hubiera olvidado. Se le presentaba confuso, lejanamente apetecible, quizá peligroso. Algo que había pertenecido a su ser.
 Otra vez sola en su lugar, no tenía un hacer para ese intuido saber. Era un cavilar, de espaldas frente al espejo. Sin embargo, su pulcra serenidad se agitaba. Algún mirón atento podría haber visto circular una tensión nueva bajo la piel, una nalga ligeramente mas contraída, un palpitar en las sienes, una mirada más atenta en el espejo, un como pujo reprimido.
Hubo miles de mirones. Nadie vio.
 Ella siguió allí, con mundos enteros girando a su alrededor, incubando un otro estado.
Hasta hoy.
Esta noche, sin nadie, desprenderá trabajosamente cada hilo, cada átomo de unión a la vieja materia. Cruzará la galería, bajará la escalera hasta el salón de las primorosas Meninas, caminará hacia el atril donde Velásquez las pinta, se parará junto a él, desnuda, y apoyará un brazo en su hombro.


Mirará el mundo de frente, desafiando: quien me mire, que se la banque.


domingo, 13 de septiembre de 2015

RELOJES SUIZOS O AMORES SIN CELULAR


  Viajó  a la estación de trenes en Laussane con la certeza de que él no estaría allí.  Había dejado a sus amigas, sus vacaciones en España  y subido al tren esperanzada en ese improbable encuentro.
Era una de las tantas contradicciones que signaban su relación con León. Idas y vueltas, e-mails que rebotaban, cartas que llegaban a un domicilio ya vacío, llamadas telefónicas perdidas, indecisiones que provocaban enojo, avances que producían temor. ¿Quién empezaba o quién terminaba esa cadena? Dilucidar el malentendido era el motivo de sus discusiones.
La última comunicación había sido en Cádiz. León la llamó desde Londres. Quería encontrarla antes de la fecha estipulada en común. Le propuso que estuviera el día treinta al mediodía en la estación de Laussane. Pasarían juntos una semana y  cuando él debiera seguir viaje a Zurich, ella podría regresar a España.  No estuvo de acuerdo, ella prefería ir ahora con sus amigas a Málaga y encontrarlo en Zurich como ya lo habían establecido con anterioridad.  En medio de la discusión, la llamada se cortó. O quizá León cortó intencionalmente, tenía su genio. 

Ella va hacia Laussane pensando que él tenía razón cuando le dijo con cierto sarcasmo que iría a  buscarla a España si pudiera saber al menos donde estaría al día siguiente. No había podido contestar. Es que improvisaba los días. De hecho, la interrupción de la llamada no le dio tiempo para decirle que al siguiente ya no estaría en ese teléfono.  Con el temor, o la esperanza de que  intentara comunicarse de nuevo, dejó dicho en el Hostal que si llamaba el señor León, le dijeran que estaría en Laussane el día 30, tal como él quería.
Telefoneó desde Málaga al empleado del Hostal, quien le dijo que no, no había habido llamadas para ella, pero quizá, en el otro turno…
 
Por eso iba a Laussane, aunque a medida que se aproximaba, se preguntaba a sí misma que clase de locura era aquella. Llegó a las siete de la mañana, debería esperar hasta las doce. Desde la estación se veía el lago. Dejó el bolso grande en un locker y salió a recorrer la ciudad. No se le había ocurrido pensar que allí pudiera hacer frío. En España se había cocinado a cuarenta grados. Se quedó en una plaza prolija, tan suiza –pensó-, al sol, y aún así tenía frío. A las once estaba de regreso, tomó un café con chocolates.  Frente a ella, en el hermoso reloj de la estación, vio pasar cada uno de los minutos que faltaban hasta las 12, cuando recorrió los andenes, sin verlo. Volvió y se quedó parada debajo del reloj, lugar designado para el encuentro. Esperó hasta la una.
 Evidentemente él no había recibido su mensaje, pero quizá se le ocurriera pensar que podía estar allí, dejarse llevar por el deseo del acontecimiento, como lo había hecho ella.  

Quería derrotar al malentendido con la magia de un incipiente amor que pensaba los unía. Recorrió una vez más la estación.  En un momento vio un hombre sentado, de espaldas, el mismo pelo abundante, entrecano, prolijo. Su pulso comenzó a arrebatarse, lo sentía en las orejas, en la garganta, León, León, pensó. Pero no era.

A medida que el tiempo pasaba por el cuadrante del gran reloj, confirmó que no llegaría a buscarla, que la hora suiza era implacable, que León no estaba ni estaría allí ni en ningún otro lugar para ella.
A las seis de la tarde subió al tren de regreso a España.   



Diez días después, León pasó el día esperándola en la estación de Zurich queriendo complacerla,  habiendo aceptado sus condiciones y con el implacable convencimiento de que ella no estaría allí. 


MARIA A SECAS



Maria se llamaba María, a secas. Cuando todavía no le preguntaban el nombre a ella, sino a su madre o a su hermana, aprendió que a la respuesta siempre sobrevenía una nueva pregunta: “Maria… ¿qué?”, o cualquier otra donde se pusiera en duda que su nombre acabara en esas cinco letras.
En la escuela primaria aprendió algo más. Su nombre no era común como río o mesa, sino propio. Le pertenecía y tenía que ver con su identidad. Y sin embargo, no era una propiedad indiscutible. No. Era una propiedad que también pertenecía a otros. Sin ir muy lejos, en su clase había una María Laura y una Maria Julia. Claro que no eran María a secas, como ella, pero eran Marías. Esta circunstancia la llevó a reflexionar acerca de lo propio, lo común, lo exclusivo, lo intransferible. Si el nombre propio tenía que ver con la identidad, tal vez todas las Marías que existían en el mundo estuvieran unidas entre sí por un lazo invisible, fueran parte de un mismo todo. O pudiera ser que las que existieron en épocas pasadas, nacieran luego con otras caras, en otras ciudades; o en la misma, pero entonces en una cama diferente, de algarrobo en lugar de nogal, y usaran un vestido corto y suelto en cambio de uno largo y de talle ceñido; pero sin dejar de ser las mismas, vueltas a nacer para repetir una historia a través de los siglos.
Otra respuesta que solía imaginar era que todas las Marías, si bien independientes una de otra, se pudieran identificar por un rasgo de personalidad o una característica física especial. Observaba a las compañeras y no veía en ellas similitud notoria entre sí ni con ella. Por cierto, nunca se animó a preguntarles si tenían una verruga gorda y rosada como un pezón debajo de su axila izquierda. Adivinaba que no. De tenerla, no podrían mostrarse tan despreocupadas. María estaba segura que su espíritu rebelde e introvertido, al decir de su madre, guardaba una exacta relación con esa desagradable verruga y con el hecho irreversible de llamarse María, a secas. Ambas cosas constituían un estigma.
A medida que avanzaba en la escuela y se definía su afición por los libros y la música por sobre los juegos y las reuniones de los chicos de su edad; fue descubriendo que habla muchas Marías en la historia, entre ellas, la Virgen. Aún así, era la Virgen María y en otros casos, eran Mary o Marie. Lo cierto es que siempre estaba antecedido o precedido por otro nombre, como Doña María, la curandera de Cura Brochero, el pueblo al que iban en las vacaciones, o la Madre María, de la que siempre oía hablar.
Con el tiempo, empezó a aceptar su nombre e incluso sentir un atisbo de orgullo por su particularidad. Cuando los profesores del secundario preguntaban los nombres, María, con su cara más formal respondía: “Maria a secas”, con lo que provocaba las risas de toda la clase, ya que la mayoría había pasado por la experiencia de preguntar: “¿María qué te llamas?, ¿sólo Maria?”. Alguna vez fue motivo de burlas, cuando un muchachito encontró gracioso recibirla todas las mañanas con un bien entonado “Acaso te llamaras simplemente María...”, pero la aparente indiferencia de Maria terminó por desarmar el canto del muchacho y las sonrisas del grupo.
María era linda, pero ocultaba su cuerpo en ropas masculinas y grandes, tal vez debido a que aquella verruga había crecido corno un seno pequeñito bajo su axila, tal vez como reacción frente a una madre hermosa contra la cual resultaba difícil competir. Madre y hermana eran mujeres en el sentido en que María sentía debía ser una mujer. Coquetas, seductoras, usuarias de cuanto producto ofrecía en la televisión una modelo exótica y triunfal; permanentes incursionistas de salones de belleza, clínicas con tratamientos adelgazantes de ciertas zonas del cuerpo, robustecedores de otras, eliminadores de productos indeseables como granos, vello, viejas pieles marcadas; y frecuentadoras de boutiques y shoppings.
María las observaba ir y venir y medía el cansancio que ocultaban los maquillajes, porque madre y hermana se ocupaban también de mantener la casa de dos plantas siempre impecable y de cocinar recetas vegetarianas, macrobióticas u otro tipo de dieta que el consultor o programa femenino de moda recomendara.
María se había alejado de las tareas domésticas. Esto no era un privilegio. Sólo que la madre había comprobado que era torpe. Cada vez que le encomendaba la limpieza de la cocina o cualquier otro trato con enseres frágiles, hacía un destrozo. Si lavaba alguna prenda de ropa, resultaba inevitablemente manchada. Si cocinaba, se desperdiciaban los ingredientes pues el plato en cuestión resultaba quemado o excedido de sal.
María subía al altillo donde había armado su cuarto en contra de la opinión paterna y prendía un cigarrillo. Observaba el fósforo hasta que la llama llegaba a sus dedos y luego lo apagaba. A María le gustaba ese altillo con un mirador pequeño que daba sobre los techos de tejas. En él fumaba, leía o se disfrazaba de algún personaje de esos que habitaban la mitología o la historia y representaba escenas creadas por ella.
Alguna amiga la había seguido alguna vez en estos juegos solitarios, pero pronto la dejaron por las otras compañeras, los bailes de los sábados, los paseos por el parque mirando a los muchachos que hacían ronronear sus motos en forma amenazante; y reemplazaban el diálogo histórico por aquel otro más fácil sobre ropas, avances en el sexo, proyecciones acerca de un futuro con hijos y un compañero amante.
María se quedaba sola en su altillo. Prendía el cigarrillo y luego se quedaba mirando el fuego del fósforo que le quemaba los dedos. Creía ver en él extrañas figuras que le hablaban y a veces le pedían ayuda.
Pero María no era tan diferente de las demás muchachas de su edad. Le tocó enamorarse. Erick era arrogante e irreverente. Pésimo estudiante y líder indiscutido. Huérfano de inmigrantes, había sido criado por una tía fea y señorita. Ponía su moto vertical al llegar al colegio y saltaba de ella. María lo imaginaba: guerrero bárbaro encima de un brioso corcel, y a ella, mujer amante, acompañándolo a la batalla y empuñando con él las armas para volver ambos victoriosos, o bien en la derrota y muerte de su amado, se veía quitándose la vida para no ser esclava del enemigo y acompañarlo hasta el final.
Este amor silencioso hacia afuera y lleno de palabras e imágenes hacia adentro; empujó a María hacia los lugares donde sus compañeros y compañeras se reunían. Cambió sus solitarias ceremonias de disfraces de los sábados, por los bailes y las reuniones en casa de uno u otro. De todas maneras, aún entre multitudes, María permanecía la mayor parte del tiempo sola. A veces alguna muchacha o muchacho se sentaba junto a ella y conversaban un rato. Pero casi siempre la aislaban, por sus extrañas referencias a personajes y más aún por su lengua, que día a día se ponía más filosa. Es que las continuas y silenciosas observaciones de María le hacían conocer de los otros facetas e intenciones que pretendían ocultar, y ella encontraba cierto placer en desnudarlos frente al grupo. Al único que no podía ver claro era a Erick. El era un guerrero. Un revolucionario. Un contestatario de las normas de los adultos. Era un héroe. Y era mucho más...
María tuvo algunos aciertos que hicieron crecer una forma del respeto hacia ella. A Silvina  le pronostico que Pablo no aparecería más por el barrio. A Marcela le dijo, mientras miraba la llama de su fósforo que ya casi le quemaba los dedos, que tendría un accidente con la moto y se quebraría un hueso. A Cecilia le anunció que los padres se iban a separar y a todos que el profesor de literatura moriría antes de fin de año; y ya tenía la punta de los dedos índice y pulgar curtidos de aguantar el calor del fuego de su fósforo.
De a poco, María empezó a ser consultada por todos, o casi, ya que Erick se burlaba de sus pronósticos y con él, tres o cuatro revoltosos y consumidores esporádicos de marihuana, jinetes de potentes motos y despilfarradores de dineros paternos bien y mal habidos. Un sábado, Erick se molestó porque veía en María un elemento de distracción que alejaba al grupo de su liderazgo. Debía afirmarlo, y propuso que fueran todos en las motos hasta la villa mísera y oscura que coronaba la ciudad hacia el sur y derrumbar algunas de las casillas de lata, y agregó: -Vamos a despiojar la ciudad. Hay una epidemia de pediculosis, piojos negros y sucios por todos lados.
María empezó a contraerse en el sillón que ocupaba mientras sus ojos recorrían a Erick que gesticulaba y hablaba cada vez más fuerte y a los otros, que temerosos o decididos se iban incorporando al proyecto. Lo miró atentamente, se incorporó sobre la
tensión que contraía sus músculos y con un tono de voz que hizo que todos se volvieran a mirarla le dijo: “¡Turro!”. Luego se aflojó, y sin dejar de mirarlo, muy lentamente, volvió a sentarse.
Erick quedó rígido. Otros se encargaron de cambiar el tema y todo pareció serenarse. Sin embargo, en un momento dado, subieron la música mas de lo acostumbrado y Erick arrancó a María de su sillón para lo que parecía un baile y  cuando estuvo en el medio de todos, intentó quitarle la remera diciéndole:
-A ver, brujita, me contó un pajarito que tenés tres tetitas. Maria se zafó de él mientras le gritaba “turro” y “facho cagón” y se fue llorando a su casa.
Durante muchos días, compartió silenciosamente las clases con el grupo, pero no los lugares comunes de encuentro y diversión. Se recluyó en el altillo y leyó todo lo que pudo sacar de la biblioteca. Se ocupó de rastrear el origen y el fin de todas las Marías que pudo encontrar. Desfilaron por su mente imágenes diversas, las oscuras y alucinadas, de muerte, tormento y muros de distinto grosor, material; madera, hierro, palabras, sentencias, piedra, metales, candados, cerrojos, llave…

Pero Erick no estaba conforme con la desaparición de María. La fueron a buscar un sábado de noviembre con sus motos. Erick, Guillermo, Hugo y Viviana. Era el cumpleaños de Cecilia y ella no podía faltar. Y aunque Cecilia la había invitado en la clase de matemáticas y ella había argumentado que su padre, su madre, en fin, que se tenía que quedar en casa; cuando todos irrumpieron como un malón; María no supo que decir y terminó cautiva en el asiento trasero de la moto de Hugo. Cuando llegaron a la casa de Cecilia Erick la hizo bajar a Viviana  diciéndole “ahora volvemos”, y se llevó a Guillermo y Hugo con María detrás hasta el bosque de pinos. Allí en el claro habían dejado encendida una fogata:
-A ver, María a secas, adiviname la suerte, María Nada- le decía mientras le acercaba una rama encendida a la cara. -¿Querés un cigarrillo?, tomá un fosforito, María a secas.
María permanecía callada sin dejar de mirarlo. Por sus ojos corría la luz del fuego, el desprecio, el miedo, la culpa de no ser como las otras. Por sus ojos corría la certeza, el calor, el miedo…
María tomó el cigarrillo que Erick le ofrecía y se acercó a las cambiantes llamas que se contorneaban como desesperadas danzarinas y elevaban hacia una bóveda estrellada y serena sus azules brazos suplicantes.

CON LOS OJOS ABIERTOS





Hace dos horas me desperté. Los ojos se me abrieron, clic, desaforados, y ya no los pude cerrar. Quedaron fijos en la pared frente a mi.

Los cocodrilos salen del plano y luego intentan  subir por la parte inferior del libro  pintado.

La luz entraba de lleno por la ventana. Me gusta el resplandor de la noche al dormirme y aunque no me guste el resplandor del día cuando amanece, debo elegir entre un placer unido al displacer, o la falta de ambos. Así es que dejo la ventana abierta lo cual me apareja un despertar odioso a las cinco y treinta con una luz rigurosa sobre mi cara y un tener que taparme con la almohada y darme vuelta hacia el lado izquierdo, posición que siempre me incomodó. Pero hoy no fue la luz. Los ojos se me abrieron solos y toc-toc-toc, una palpitación intensa hizo que me sentara y quedara mirando lo que tenía enfrente, aunque mi cabeza bullía.

Dos cocodrilos son planos sobre la hoja, uno toma volumen y se escapa por arriba.

Mario dormía a mi lado, ajeno como siempre a  la luz, al día, a mis movimientos. Aunque en realidad estaba quieta, o eso era lo visible. Sentada y con los ojos abiertos, inmóvil durante dos horas, excitada. Algo sucedió durante la noche, a espaldas de mi conciencia. Lo cierto es que aún estoy sentada, Mario duerme profundamente y no lo puedo despertar pues se pondría de muy mal humor.

Dos de los cocodrilos se independizaron del plano y merodean por los alrededores del libro con su volumen de vértebra y fauces.

Hace años que busco una idea como ésta. Mario también. Primero cada uno por su lado y luego juntos. Algunas veces creíamos tenerla y nos lanzamos hacia ella, pero no era. En cambio ahora no dudo. El hecho de haberse presentado sola, aparecer, instalarse dentro de mí y sacudirme para que abra los ojos y me siente, excitada, es una demostración de que no es una fantasía, un sueño, un delirio. Las otras veces fue distinto. Insistía en la búsqueda cuando trabajaba en esa oficinita oscura y cuadrada donde nunca se sabia si afuera el sol dibujaba arabescos sobre la vereda o la gente andaba con paraguas, y adentro el polvo se sostenía en el aire y los expedientes se acumulaban. A mi izquierda los que entraban, a mi derecha los que salían. La pila siniestra crecía con más rapidez que la diestra. cuando me sentía cercada y oculta de la puerta por la que pasaba mi jefe, buscaba. Era difícil dar con lo apropiado. Pasaba revista: punga, robo a mano armada, el gran asalto al tren, las joyas de la reina, las cajas de seguridad del hotel internacional, la diligencia, las transportadoras de caudales, las riquezas de los indígenas, los barcos hundidos, las orejas cortadas de los patagones y los extendidos alambrados. Anacrónico, si, e incompatible con mi alta de audacia y mi sentimentalismo. Sin embargo debía haber otras formas, formas que pasaran por el ingenio o la anticipación, y hacia ellas me inclinaba en mis días de alquileres impagos y mucho fideo y panduro.
Cuando nos conocimos con Mario, casi chocando nuestras manos frente al mismo timbre, el con sus enciclopedias actualizables, yo con mis manteles en cuotas y ambos con un idéntico dolor de pies, bastó un café en el bar de la esquina para saber que nos unía el mismo sueño.
desde entonces la búsqueda fue compartida.
Mario se revuelve en la cama y pienso que ya esta por despertar. Lo golpeo un poco con la rodilla para ayudar a su vigilia que avanza, pero no, se da vuelta y sigue con su nocturna respiración mientras yo vuelvo a clavar mis ojos en el cuadro de la pared de enfrente.

Me pregunto si los cocodrilos respirarán. Seguro que los que están planos sobre la hoja del libro, no, pero los que se escaparon y se mueven voluminosos a su alrededor, generan un aliento pesado con reminiscencias de fango y pulpas.

¡Es que nunca despertará?. No es que me vaya a olvidar la idea. necesito compartirla, agigantarla, buscar las vías concretas. Así lo hicimos las otras veces. una idea de alguno provocaba en el otro mil asociaciones que la enriquecían y nos empujaba a ambos a lugares y gentes suspendiendo por varios días nuestra rutina de vendedores ambulantes. Ah!. Entonces el sueño era una carabela de enormes velas hinchadas cabalgando el lomo del horizonte. Hasta que sobrevenía el naufragio, el derrumbe, el apocalipsis y nos encontrábamos desnudos y muertos de frío en la costa de un hotel de Parque Patricios o Constitución embolsando manteles de plástico o manuales de carpintería casera. so sí, ni el ni yo volvimos a ahogarnos en los pantanos de esas oficinuchas de paredes descascaradas, horas que se estiran y sueldos que se encogen, para compensar lo cual aparecen las horas extras y se consuma el calabozo, la incomunicación con el día, la imposibilidad de recurrir a un sol letrado y patrocinante de una libertad lejana. Mario duerme. tengo que acomodar la idea para presentársela. primero a él. Imagino una publicidad, un jingle, vamos a tener que registrarla antes. Sacudo la almohada haciendo una ola que llegue hasta la cabeza de Mario. Ni se mosquea.

El cocodrilo de arriba está introduciéndose en el libro, medio cuerpo aplanado sobre la hoja, medio cuerpo voluminoso todavía afuera.

Y y aquí, sentada, excitada, con los ojos muy abiertos fijos en los reptiles. Y Mario aquí a mi lado, ajeno a todo lo que pueda suceder, tal vez teniendo pesadillas de acreedores furiosos, de espaldas voladoras que derrotan generales y brigadieres, o de ovnis que son verdaderamente platos y están llenos de langostinos gigantes con salsa golf, mejillones a la provenzal, lomos de cerdo, asado con cuero y chimichurri y que aterrizan en las plazas para regocijo de jubilados y otros hambrientos.

Los que están aplanados sobre la hoja se muestran indiferentes ante el ingreso de los otros cocodrilos.


FALTA

Él…


Es hora de comunicarles que ser un émpata en la tierra es muy complicado. Pero más que serlo es estar conciente de esa situación.
Tenía como veinticinco años cuando sospeché algo y como treinta cuando me convencí. A partir de entonces fue mucho más duro, sobre todo porque coincidió con la aparición de Él con su odio concreto, con la espiral negra y pringosa que extiende a golpes de su muñeca un látigo que no llega a tocarme pero hace fintas alrededor de mi cuerpo.
Tampoco había sido fácil en mi infancia. Mamá decía, a veces, fastidiada “-Pero qué nena mas rara!”. Y mis tías me miraban y sonreían:-“Pero es bonita”, como si con eso quisieran compensar a mamá. Mamá no necesitaba consuelo. Ella no creía que yo fuera un engendro,¿qué madre lo cree?; un poco rara, pero fruto de su vientre. Las madres siempre creen haber dado a luz (lo que mas me gusta de los humanos son sus eufemismos) a un pequeño ser parecido a los otros pero, mejor, en cuanto propio. Nunca admiten ser vehículo de algo que viene desde muy atrás de ellas. Se creen origen, piensan que antes de ese ovulito fecundado no hubo nada.
No fue así en mi caso. Pero la pobre no lo pudo saber nunca, y si pudo, no quiso. La comprendo pues,¿a quién le gusta reconocerse receptáculo de un ser de otra especie, y admitir que le ha dado de mamar, lo ha comunicado los códigos, le ha enseñado a sobrevivir y lo ha empujado a caminar por el mundo? Podía haberse dado por enterada, después de todo yo he demostrado que soy totalmente inofensiva para la especie humana y todas las otras que pululan por el mundo. Pero no. Se limitaba a asustarse cuando me escuchaba gritar en el exacto momento que ella cortaba una rosa o un geranio y luego a limpiarme los mocos y las babas mientras una gotita de savia se deslizaba por el tallo seccionado. Por mi lado, al percibir su susto me olvidaba del otro asunto y la abrazaba fuerte y le sonreía hasta que se calmaba, todo volvía a estar en orden y ella se iba a poner las flores en el florero del comedor.
Con el tiempo aprendí que no sirvo abrazar y sonreír con todos los seres humanos. Por ejemplo con El, que achica los círculos de su serpentina negra alrededor mío, tanto más cuanto más ancha es mi sonrisa.
Con papá era aún más fácil. Estaba poco en casa y era un humano muy práctico. Cada vez que yo volvía de la escuela sin lápices, libro, juguetes o cualquier otra cosa que llevara y produjera envidia o deseo en alguna de mis compañeritas; el simplificaba diciendo que la niña desconocía el valor de las cosas y que ya iba a aprender. Y cuando mamá se extrañó de  que después de haberse quemado las manos mi hermana me negué a tocar ninguna cosa durante varios días, él le dijo: “sólo pasa que se asustó, es una nena muy miedosa”. Y no prestó atención alguna a mi piel enrojecida. Así aplicaba su lógica sin vacilar. Mamá me observaba en silencio y a veces se acercaba para deslizarme su mano por la cabeza.
Cuando mamá cayó enferma, gimiendo y revolcándose en su cama, y yo, en la camita del cuarto contiguo, empecé a tener convulsiones y delirar, papá se culpó por no haberme cuidado bien; como si algún cuidado pudiera salvarme de la presencia de mi madre llorando y mordiendo la almohada. Papá no pudo sospechar que yo era una émpata, porque cuando comenzó a quedarse junto a mi cama me olvidé de mamá que ya estaba mejor y le demostré que él no tenía ninguna culpa recuperándome de inmediato. Pero claro, dedujo que mi curación se debía a sus cuidados. Ya entonces presentía que papá era un ser humano mucho mejor integrado que mamá, pues para todo tenía una respuesta y un sentimiento adecuado. Anhelaba ser como él, aunque había indicios que me hacían creer que me parecería más a mi madre, llena de dudas y de sentimientos contradictorios.
Durante mi adolescencia esperaba encontrar humanos que se me asemejaran y constituir algo así como un club o una logia, pero fracasé en todos los intentos, por lo cual me ilusioné con la idea de que al crecer sería igual a ellos.
Tal vez para ustedes este relato sea poco comprensible. O le esté dando una velocidad mayor a la debida. Intentaré ir despacio, no obstante la urgencia, dado que debo transmitir con claridad aquello que no puede ser silenciado, y sé que a medida que avance y la presencia de él aumente, la confusión podría ganar mis palabras y hacer de ellas un puñado de polvo en un huracán. Tengan en cuenta que aún habiendo sido adiestrada en el uso del lenguaje humano, no es mi modo natural de comunicación.
Debe quedar en claro que mi familia era una de esas que dicen “ al que madruga Dios lo ayuda”, “anda despacio que voy apurado”, “nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”,”cuando Dios cierra una puerta abre una ventana”; y que protegían a sus cachorros de casi todo lo difícil o doloroso que sucedía a su alrededor ocultándoselos meticulosamente. Ésta era una conducta bastante común en cierto sector de los humanos y resulta desconcertante si se tiene en cuenta con lo que habrán de enfrentarse esos  pequeños seres al crecer. En mi caso, sin duda, me permitió sobrevivir (ya que lo que me llegaba era a través de conversaciones escuchadas al azar y en forma incompleta, y luego noticias mediatizadas por la pantalla del televisor. Aún así sufrí cinco principios de asfixia, quemaduras de diversos grados, cólicos y espasmos frecuentes) ¡Otro canto cantaría si hubiera nacido en una familia de enfermos o menesterosos!, que los hay y en cantidad como pude comprobarlo poco después.
Me gustaría saber si ustedes me condicionaron para la actitud casi suicida que m acompai6 durante la juventud. Porque me largué a realizar todas aquellas actividades que me ponían en contacto con los habitantes más miserables, los hospitales, las, las cárceles, los hospicios; lugares donde los humanos depositan a sus congéneres que les son molestos por algún motivo; e hiciera lo que hiciera acababa en un terrible fracaso. Como por ejemplo cuando en la cárcel quise enseñar a leer a los presos. Ellos confiaban en mí, me contaban sus cosas, y cuando ya había sufrido el calabozo y la ducha y los palos de goma, comido mis excrementos y golpeado mi cabeza mil veces contra el muro, hasta sentir que mi único deseo era matar al carcelero, aparecía éste para llevarme a la reja de la salida y su hijo muertito y su mujer enferma y su escaso salario y entonces le sonreía y me iba de allí para nunca mas volver.
Así me fui yendo de casi todos los lugares y las personas. Pero algunos me persiguen, como él, que no se conforma con que yo desaparezca. Entonces me espera a la vuelta de las esquinas, en los bares, en los callejones oscuros, en los últimos vagones de los trenes. Pero lo evito mientras puedo.
Creo que mi peor equivocación fue la de pretender ser igual a los humanos y hacer lo que ellos hacen. Aunque hay muchos tipos de humanos con distintas conductas y formas de vida, algunas experiencias son comunes a todos ellos, como por ejemplo enamorarse, vivir en yunta, procrear, trabajar para obtener un bien de intercambio y con éste, obtener otros bienes que les resultan necesarios. Yo me sentía conminada a cumplir esos rituales. Aunque mi naturaleza me llevaba más a jugar y usar el trueque como medio de satisfacción de mis necesidades, pronto advertí que la primer conducta era considerada poco productiva cuando no directamente perniciosa o subversiva, y en cuanto al trueque, fue casi imposible ejercitarlo entre ellos implica la exaltación del bien propio y las minusvalorización y aparente desprecio del bien ajeno, aún cuando éste nos sea imprescindible. Así fue que obtuve un trabajo en una empresa.
Con toda objetividad destaco que nuestra inteligencia es superior a la de ellos, sobre todo de los que han sido adiestrados para trabajar en lo que se llaman empresas, ya que el ejercicio de esa tarea presupone un recorte cotidiano de las funciones fundamentales del proceso intelectual Pero son consecuentes con sus leyes internas, de las cuales dos son fundamentales para el éxito de la actividad: la ley del gallinero y la del serrucho (cada ley abstracta y expresa tiene su correlato en una ley de la experiencia tácita, cosa sabida por todos desde pequeños a través de dichos populares tales como ”hecha la ley hecha la trampa”). No creo necesario relatar esta experiencia, basta con la síntesis de que yo hacía expreso el ejercicio de la ley tácita e invertía los términos de la ley del gallinero.
Fue entonces cuando él comenzó a frecuentar mi vida y parecía tan desdichado, que me compelía a hacer demostraciones de todas mis facultades de  émpata, aunque por entonces todavía no sabía que lo era. Empecé a saberlo poco después, cuando emprendí con entusiasmo otra tarea humana, tal fue la de enamorarme. Admito que de todas es la única compatible con nuestras características solo que al tiempo se complica de una manera irreversible. Hacer el amor, complacer el placer del otro, exaltar su exaltación, entusiasmarse con su entusiasmo, fueron circunstancias que por un momento me hicieron creer que éramos iguales, puesto que me veía retribuida con igual placer, exaltación y entusiasmo. Duró poco en todos los casos. Me resultaba imposible complacerlos, dado que confundí sus deseos con lo que consideraban que debía ser, de forma tal que cuando complacía sus deseos se enojaban por el deber ser, y cuando complacía a su concepto del deber ser, se fastidiaban por el deseo. Todavía no había aprendido que para ellos son cosas tan distintas el deseo y el deber ser, y que su deseo muchas veces no incluye el deseo del otro sino que lo excluye. (para poder realizarse)
Pero lo fui aprendiendo, sobre todo en el contacto con  Él, el más acabado humano que haya conocido. Cuando le hablaba con la verdad, la mía por supuesto, el sufría y se enojaba. Entonces no lo podía soportar y le mentía de las formas más bellas que puedan imaginarse y él más se enojaba. Optaba entonces por sonreírle y abrazarlo, pero solo lograba enfurecerlo más, tanto que me veía obligada a huir. Para entonces Él crecía tanto que comenzaba a perseguirme de cerca o de lejos pero con una presencia de lazos oscuros que rodeaban mi cuerpo de la cabeza a los pies, y aún lo hacen. Así es que empecé a evitarlo y continué empecinada con mis objetivos humanos.
Tuve un hijo. Mientras estuvo calentito y protegido adentro mío, todo anduvo bien. Pero un día mi cuerpo comenzó a querer expulsarlo. Yo sabía de qué se trataba, pero nunca creí que tuviera que sufrir tanto. Era tan intenso el dolor que el pobrecito sentía / soportaba al verse presionado para salir, que me retorcía sobre la camilla a la que me habían sujetado de pies y de manos y aullaba como una loba. Es que ¿cómo se puede soportar que ese ser pequeñito pase por semejante trance, y por culpa nuestra? Debieron cortar mi vientre con un bisturí para sacarlo. Esta experiencia fue decisoria. Comencé a entender el quid de la cuestión humana, y a saber que no podía ser uno de ellos.
Mi sospecha se confirmó cuando el niño empezó a crecer. Si bien manifestaba abundantes características de émpata, supongo que heredadas de mí, en cuanto entró en contacto con la sociedad, comenzó a actuar como un perfecto humano. Miraba en la televisión las más atroces escenas sin un parpadeo, destrozaba plantas sin motivo y sin sentir dolor y hasta torturaba pequeños animalitos. Esto ha sido una suerte, y me alegro de que pueda ser un humano fuerte y adaptado a su medio. Pero conmigo la cosa se fue complicando. Opté por la soledad, el aislamiento y la ignorancia de los sucesos humanos. Se que hay otros seres en este mundo que actúan igual que yo. Pero no he podido comunicarme con ellos. Nunca sabré si también son émpatas. Algunos mueren muy jóvenes, otros desaparecen, otros cortan toda posibilidad de comunicación con el exterior. Tampoco se si Él los persigue con sus pegajosas redes como a mí, ni si están destinados a propiciar su destrucción como yo, que lo veo aproximarse cada vez más, que percibo su aliento como una telaraña de acero fino y helado frente a la cual no me defenderé pues no podré evitar la pulsión de evitar su sufrimiento.
Algunos amigos (pues debo decir que a lo largo de estos treinta y tres años he logrado ciertas relaciones, llenas de ambigüedades, pero soportables de vez en cuando), me han sugerido armas contra él: bombas, manifiestos, terapias, misiles, dioses o ideologías; pero todo es inútil, soy un émpata.
Creo haber sido exhaustiva, tanto como para que desistan de seguir enviando émpatas. Mi conclusión es que sólo los humanos pueden convivir con otros humanos, por su extraordinaria capacidad para generar todas las defensas y conductas agresivas que resultan imprescindibles frente al odio atinente a esta especie.
En cuanto a mi, se me hace difícil concluir este relato. He dejado que Él se aproxime demasiado, ya siento su oscuro manto y se que su dolor sólo se aliviará cuando esté muerta. Y entonces ya no pod…..r…..é y yaaah   no  oh   poh   dr e.

SANTIAGO EL DE SANTIAGO



Empecé a observar con mucha mas atención a Santiago en la cena que organizó Hugo para festejar la aparición de su segundo libro de cuentos…El de Santiago. Es curioso, incluso al escribir sobre él se me escapa el protagonismo y otros parecen reemplazarlo. Por eso aclaro: el segundo libro de Santiago. El primero pasó sin pena ni gloria. Nosotros nos sonreíamos cuando Santiago lo mencionaba tímidamente. Trajo varios ejemplares pero nadie se detuvo más de algunos minutos en la lectura de páginas salteadas. Yo perdí en un bar uno de ellos y cuando fui por otro pues me había impuesto su lectura, nadie recordaba donde estaban. A Santiago no recurrí, porque le había dicho que me gustaba, antes de leerlo. Todo esto puede explicarse, digamos que se justifica.
Santiago estaba entre nosotros como un error, una verruga que aparece en la axila y uno no sabe desde cuando está allí, sólo de tanto en tanto la mira con algo de atención y se sorprende de que exista, de que permanezca a pesar de nuestra más absoluta indiferencia. Cuando discutíamos sobre política, filosofía o hablábamos de sexo, él permanecía silencioso y alguna vez en que Hugo o yo le pedíamos que opinara, nos contaba una historia de víboras o biguás y se quedaba en silencio nuevamente, esperando que nosotros descubriéramos la metáfora o la moraleja. Un día se introdujo en un claro de la conversación para contar que iba a publicar un libro de cuentos en que los personajes eran los animales de Santiago; todo de un tirón como con miedo de que la pausa de los otros se acabara. No nos sorprendió demasiado por dos motivos: uno, que los animales eran su  tema y el otro, que su hermano trabajaba en una imprenta.  Sin embargo yo empecé a ocuparme más de él, pues hacía años que soñaba con publicar un libro, lo cual parecía imposible. Me ocupaba de dejar en claro la dificultad de meterme en la trenza, la peregrinación por editoriales, el problema de la distribución y por último, ¿quién te lee? Lo miraba mientras los demás discutían y me imaginaba su pueblo natal o sus caminatas entre las raíces secas de lo que un día fuera un bosque de quebracho.
- ¿Vos podés creer que Santiago haya publicado?, le dije a Hugo, y él - Eh, flaco, ¿desde cuándo te preocupa tanto Santiago?.  Pero cuando publicó su segundo libro y un diario habló acerca de la profundidad de las anécdotas, su entroncamiento con las culturas indígenas y la autenticidad de su pluma, todos se empezaron a preocupar por Santiago y Hugo organizó una cena en su honor. La verruga empieza a crecer y una inquietud nos va ganando pues ya no se puede ignorar que está ahí, que quien sabe qué le esté pasando, ¿y si fuera algo más?
Para esa época empecé a querer escribir un cuento que tuviera como protagonista a Santiago, el de Santiago. Me puse a estudiar geografía, a investigar acerca de las costumbres de los santiagueños y los acontecimientos históricos del lugar. Hablar con Santiago era inútil, sólo podría sacarle una historia de animales tan confusa como las de su libro. Por eso preferí recurrir a otras fuentes. Él era solo una excusa, la sombra sin materia del personaje que yo estaba creando. El mío sí era vital, me exigía más lecturas y me internaba en un mundo lleno de pasiones, peleas a cuchillo, muchachas de sexo y vejez precoz, leyendas acerca de duendes que roban a los niños que se atreven a desafiar la intemperie de la larga siesta, asaltos a los trenes que atraviesan la provincia para robarles el agua, muchachitos harapientos ganándose las propinas de los jubilados que van a las termas, padres ausentes por conchabos en la zafra, migraciones en vagones de tercera hacia Buenos Aires, Retiro, Palermo y Plaza Italia.
A veces lo miraba, quería penetrar al otro lado de sus grandes ojos negros: eran un muro. Entonces imaginaba saltar el muro y encontrarme con una historia de amor, la chica tucumana del comedor de la fábrica (montescos y capuletos), o una conspiración de obreros liderada por él, o una muerte bélica en lucha cuerpo a cuerpo contra un soldado de un ejército invasor.
Hugo me gastó cuando le leí el cuento: -Flaco, estás perdido para la literatura, demasiada tele, cuánto patetismo, además, ¿qué tanto interés en Santiago? ¿Quién es Santiago?, y se respondió - un transculturado que quiere ser porteño y se las da de intelectual-. Proclive como soy al desánimo archivé la historia. Me convencí de que el personaje que había inventado no podía ser el que proyectaba la sombra de Santiago, ni tampoco algún otro posible.

Una tarde, poco tiempo después, todos nos pusimos frente al televisor en la casa de Hugo. Vociferábamos entusiasmados como cuando a los trece años las matinés con los alemanes, y los norteamericanos liberando al planeta tierra de todos los flagelos del comunismo, el nazismo, excepto Alberto que se indignaba: “¡Qué hijo de puta ese Galtieri! ¡Qué borracho!”, y discutía con todos. Nosotros ardíamos de fervor patriota y nos pasábamos las proezas de la aviación, “y eso que ni equipo”, “y el hielo”, “y la congelación de los motores”; hacíamos planos con la ubicación de las naves inglesas y las nuestras; y ni nos dábamos cuenta de que Santiago no aparecía mas.
un día llegó Alberto y nos contó que lo había  visto unas semanas antes, que estaba por irse como voluntario a Malvinas, que hablaba de su manejo del cuchillo, de los gurkas; y que lo devolvieron envuelto en una bandera argentina. Tuvo suerte, dijo que le dijeron al hermano, porque a la mayoría se los tragó el hielo o el mar y los parientes, ni noticias.