lunes, 14 de septiembre de 2015

VENUS DEL ESPEJO


No tenía forma de saber cuánto tiempo había estado allí. Ni  reloj ni  cielo ni  sol. Ella y el espejo que escasamente permitía ver su rostro reflejado. El mismo espejo a través del cual espiaba a los visitantes. Los veía mirar su nuca, su cadenciosa espalda, sus nalgas apoyadas sobre la mórbida base cubierta de paños. A veces, ellos también miraban su cara borrosa, perseverante de juventud.

 De espaldas al mundo la había dejado el creador. Con un espejo tan solo y ese niño regordete, indiferente a todo, puesto allí para sostenerlo. Una casi ventana de azogue por donde podía ver circular un universo de cuerpos y caras que la miraban, día a día, año a año, siglo a siglo. Jóvenes, viejos y niños extasiados frente a sus hombros, su cintura, su culo inmemorial cubierto de partículas de polvo y estaciones.
 Hubo veces de un solo admirador o muy pocos, las hubo deconfusión y oscuridad. Hubo una vez de vida cuando aquella mujer frenética la apuñaló reiteradamente. Su torso quedó tajeado en cinco partes, su hombro abatido.
La llevaron, la remediaron amorosamente, disimularon sus cicatrices. Minuciosos y prolijos limpiaron cada centímetro de su cuerpo.
Ella aprendió a deleitarse con esas manos que suturaban su piel, que se deslizaban con fluidos suaves por sus músculos en reposo. Supo que ya lo sabía, aunque lo hubiera olvidado. Se le presentaba confuso, lejanamente apetecible, quizá peligroso. Algo que había pertenecido a su ser.
 Otra vez sola en su lugar, no tenía un hacer para ese intuido saber. Era un cavilar, de espaldas frente al espejo. Sin embargo, su pulcra serenidad se agitaba. Algún mirón atento podría haber visto circular una tensión nueva bajo la piel, una nalga ligeramente mas contraída, un palpitar en las sienes, una mirada más atenta en el espejo, un como pujo reprimido.
Hubo miles de mirones. Nadie vio.
 Ella siguió allí, con mundos enteros girando a su alrededor, incubando un otro estado.
Hasta hoy.
Esta noche, sin nadie, desprenderá trabajosamente cada hilo, cada átomo de unión a la vieja materia. Cruzará la galería, bajará la escalera hasta el salón de las primorosas Meninas, caminará hacia el atril donde Velásquez las pinta, se parará junto a él, desnuda, y apoyará un brazo en su hombro.


Mirará el mundo de frente, desafiando: quien me mire, que se la banque.


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