Hace tres días que estoy obsesionada.
Mientras trabajo, cuando voy colgada del pasamanos en el colectivo, en la cama
por la noche no hago otra cosa que plantearme la duda: ¿la mato o la dejo
vivir? Intento olvidarla, pero ella reaparece y me exige una decisión. Entonces
comienzan a surgir ideas acerca de cómo debería hacerlo, a través de qué
palabras, o si me disuadirá su chillido de rata; y de inmediato, otra duda
peor: ¿vale la pena el esfuerzo de hacerla vivir? Matarla seria más fácil.
Tendría algún sentido acabar con su miserable y solitaria vida, con su cuerpito
contrahecho y su cabezota de ojos sensibles, pelo ondulado y sedoso cayéndole
sobre la espalda corva. Sería un acto de piedad borrarla de todos los ojos,
sumergirla en el profundo olvido al que van a parar todos los seres que pasan
anodinamente por esta vida. Ya nadie sabría de Cora, su silla de ruedas, sus
terrores, su insignificancia. Si, matarla estaría plenamente justificado.
La conocí a los dos días de haber venido a
vivir a este edificio. Estaba por abrir la puerta del ascensor detenido en la
planta baja, cuando escuché una vocecita chillona que salía desde adentro:
-
Por favor, ¿me ayuda?-. Abrí la puerta y allí estaba, de espaldas. En su silla.
La saqué siguiendo sus indicaciones y después ella tomó el mando de su vehículo
y me agradeció.
Si bien me disgustan todas las deformidades
pues las siento una agresión a la armonía de la naturaleza, no suelo ser
impresionable. Y en este caso, menos. Cora tenía una cara bonita, ojos grises y
melancólicos. Me acuerdo que pensé que la vida era injusta con esa muchacha de
treinta años. La seguí viendo con frecuencia a distintas horas del día, pero
generalmente al atardecer. Acomodaba su silla de ruedas en el palier de la
planta baja, cerca de la puerta de entrada y conversaba con cada vecino que iba
llegando. Otras veces se la veía en el jardín rodeada de chicos de distintas
edades. Me intrigaba saber con qué magia atraía a esos pequeños salvajes. Se lo
pregunté a mis dos hijas que estaban saltando de la niñez a la adolescencia y
bajaban a echar miradas inquietas a los muchachos vecinos. Me contaron que Cora
participaba como árbitro o mensajera de las amistades y noviazgos de los pibes del barrio. Aproveché
para preguntarles si sabían algo de su vida pero no, no sabían nada.
En esa época todavía no me llegaba a preocupar,
solo sentía alguna curiosidad por saber que hacía cuando no bajaba, por
imaginarle amores, angustias y un sexo exigente de quien sabe qué supletoria
satisfacción. Aunque tal vez todo su cuerpo excepto su cerebro estuviese
dormido. Suponía que no, pues en los días de primavera Cora bajaba con vestidos
llenos de volados que le descubrían sus pequeños hombros y ocultaban sus gruesas y cortas piernas, a
veces incluso se ponía una flor en el pelo. Lo que no concordaba era su voz de
ratón asustado. Al oírla me llenaba de sensaciones desagradables. Por esa razón
pocas veces me detenía a conversar, y porque Cora vendía cosas: cosméticos,
ropa, chucherías que colgaba de una bolsa en la manija de su silla y uno mismo
tenía que mirar, probarse, dejarle el dinero; todo porque ella descansaba sus
minúsculas manos sobre el regazo y sólo las movía para desplazarse con su
silla, como si temiera gastarlas. No podía más que sentirme malvada al negarme
a sus ofrecimientos. Por eso pasaba apuradísima, la saludaba apenas con la
mano, me zambullía en el ascensor y en todo el viaje hasta el piso diecisiete
iba justificándome con que era más pobre que ella, no tenía un vestido con volados para estrenar
y debía mantener a dos hijas. Mientras subía iba creciendo mi animadversión
hacia Cora, a la que quién sabe quién mantenía, holgazaneaba todo el día sobre
su silla de ruedas y tenía tiempo para leer y pintarse las uñitas de sus manos.
Una noche que volví tarde la encontré en el
jardín de la entrada medio oculta entre una palmera y un rosal. Hacía frío,
viento, y el pelo de Cora flotaba. Me sobresalté. Eso me impidió seguir de largo como de costumbre. Sorprendida le
pregunté:
-
Cora, ¿qué hacés aquí?, hace frío -.
-
Es que estoy como loca - me contestó. Me
pidió que la empujara hasta el palier. Allí me preguntó con su desagradable
chillido, esta vez más agudo, si sabía lo que estaba pasando. Le dije que no.
-¿Será
posible que la única que se haya enterado sea yo?- exclamó con desesperación, el gato ya
clavándole los dientes. Luego se puso a hablar del agujero de ozono, de que se
estaba adelgazando cada día más lo cual significaba que en pocos años, cinco o
seis, toda forma viviente desaparecería del planeta.
Había parado a los vecinos cuando regresaban
de sus trabajos, hablado por teléfono con sus amigos y parientes, y a uno por
uno, con su aflautada voz, les había relatado el fenómeno, llorando, rogando
que no usaran más aerosoles, que reaccionaran. Todos intentaron tranquilizarla
sin darle importancia. Alguien le dijo “No te preocupes ya inventarán un
aerosol inverso para engordar el ozono, nos lo harán comprar y el mundo seguirá
su marcha”. Yo también lo intenté. Le
dije que casi no usaba aerosoles, que al cucarachicida, imprescindible en este
edificio, lo iba a reemplazar por la chancleta. Subí a mi departamento en el
cual casi tengo un ataque de risa: ¿así que éstas eran las lujuriosas
obsesiones de Cora? Que Brigitte Bardot en Francia o Jane Fonda en Estados
Unidos se ocuparan de la ecología, bueno pero Cora, Cora en Buenos Aires… Luego
me dije ‘‘En fin la ociosidad produce esas pasiones’ y me olvidé por esa noche.
A la mañana siguiente, sin embargo, compré el
diario y busqué algo sobre el tema. En un rinconcito había una noticia acerca
del ozono. Comprobé que Cora había cometido muchos errores en su relato, como lo
suponía. Guardé el recorte para mostrárselo pero por dos días no la vi y me
olvidé hasta que dos semanas después, un grupo de vecinos alborotados en el
palier, me contó que Cora se había suicidado tirándose con su silla de ruedas
desde la terraza. A partir de ese momento no hice mas que pensar en ella, en si
valía la pena que viviera en la memoria o desapareciera en el olvido, en
imaginar su pelo al viento en la caída y a la silla sola girando en el vacío. Viví
obsesionada estos últimos tres días en el trabajo, en el colectivo y en la cama
por las noches, dudando; hasta que finalmente decidí salvarla, bajé corriendo
los diecisiete pisos, esperé su cuerpecito deforme que bajaba planeando con las
amplias polleras y lo recibí entre mis brazos.
Luego
subí con ella y teniendo especial cuidado con su hermosa cabeza de largo
pelo ondulado y ojos melancólicos la deposité con suavidad sobre estas
páginas.