domingo, 27 de septiembre de 2015

ESCASEZ


Eran tiempo de escasez aquellos.
El tío les había regalado un pizarrón mágico Así se llamaba y así lo veían ellos, mágico. Cuando el pequeño, excitado, movía los botones inferiores o laterales, aparecían rayas y manchas sobre la superficie blanca. El mayor aprendió con rapidez a dirigir las líneas horizontales, verticales, curvas y a provocar la aparición de distintos colores a voluntad.
Borrar el pizarrón era más mágico que escribir en él. Veían desaparecer todo y presentían el placer de recomenzar. Al cabo de una semana ambos eran expertos,  uno en pintura abstracta y el otro en figurativa. Era el juego de las noches, posterior a los deberes, la pelota, los árboles del fondo.
Ese atardecer lo pusieron sobre la mesa de la cocina, cerca de la madre que iba de la heladera a la mesada, de la mesada a las hornallas, los cajones y el armario con un apresuramiento exasperado.
Discutían por el pizarrón: -¡Dále, dejáme!. – ¡No, vos ya jugaste!-, gritaban mientras lo manoteaban y se empujaban.
La madre, aunque seguía de espaldas en su trajín de manos llenas, les advertía cada tanto -¡Basta de pelear!, un ratito cada uno- , o luego, enojada: -¡Dejen eso de una vez!-. Pero los niños estaban empeñados en establecer su poder sobre el objeto con  gritos, llantos y algún que otro golpe. Así fue como no advirtieron que la madre soltaba violentamente  la espumadera y la olla sobre la mesada -un incontenible desperdicio de  sopa que se deslizó hacia el desaguadero- y se daba vuelta furiosa.
No la vieron venir, solo a sus manos que agarraban el juguete y lo golpeaban una y otra vez contra el borde de la mesa, y a los pedazos de plástico, mica y alambre saltar a su alrededor entre una nubecita de polvos de colores. Vieron el destrozo y luego miraron la cara roja y congestionada de la madre que decía: -¡Ya está, si no saben compartir, para ninguno de los dos!- y mientras ella iba al cuarto y se encerraba a llorar convulsivamente, ellos  quedaron inmóviles, con los ojos y la boca abierta, solos, sin cena, sin juguete, unidos por el desconcierto, cómplices en su culposa hermandad.



ESTACIÓN



Como hacía ya tantos años, trató de abstraerse de los codos que lo espoleaban y de los pies que pujaban por un espacio. Se sintió miserable como cada mañana. Había subido al tren en Ciudadela apretujado por una masa de personas. Cuando pudo, se ubicó cerca de una puerta y se acomodó el saco y la corbata. Emprendió el ejercicio de consolarse.
Tenía un buen empleo. Había podido salir del departamento y comprar la casa antes de que su mujer muriera. Su hija no había necesitado trabajar hasta terminar la carrera.  Vivía cómodo, a excepción de los viajes, pero era peor conducir en la ciudad después de tantas horas de oficina. Llegaba a  casa a las ocho y media, cansado, contracturado y sin fuerzas. Ponía al microondas lo que la empleada había dejado en la cocina y miraba un poco de televisión.  No se quejaba, tenía los fines de semana libres, que no todo el mundo.
Se le iban volando. Dormir de más, comer de más, ver a su madre, tan vieja ya, alguna amiga, los amigos, un partido, y cuando quería acordarse era lunes, el despertador sonaba a las siete y el ciclo recomenzaba invariable.

Escuchó el altoparlante cuando el tren se detuvo en la última estación.  Salió del vagón y leyó el cartel: Invierno.
Qué raro, ya invierno, pensó. El otoño se le había pasado sin darse cuenta. La primavera y el verano estaban en su memoria con algunas imágenes perdurables, pero el otoño… ayer nomás, había pasado con una velocidad de ráfaga.

La mañana era soleada, límpida y muy fría.
Subió el cierre de la campera, se enrolló la bufanda y cruzó la plaza en diagonal. En los árboles brillaba una capa finísima de cristal de hielo. Le dolían los huesos de las manos y eso le preocupaba. El contacto del sol lo reconfortó. Se internó por el camino de casuarinas saludando a lo lejos a algún vecino, bromeando con dos chicos que trepaban al eucalipto, hablando a los perros amigos. El suyo lo esperaba detrás de la tranquera ladrando y moviendo la cola.
Mientras caminaba hacia la casa fue recogiendo piñas y algunas ramitas caídas.
Adentro estaba tibio, los paneles solares funcionaban bien. No obstante eso, trajo unos leños y prendió fuego en el taller, apartando al gato que quería jugar.
El teléfono lo sobresaltó.
-Dale, yo cocino esta noche, no te olvides de traerme la miel- dijo, y se sentó frente al cuadro. Lo había retocado durante varios días. Ahora le gustó. La luz entraba por el ventanal desde el cual se veían los árboles del fondo, el declive hacia el río, las nubes repentinamente oscuras. Una corriente de inquietud le atravesó el cuerpo. ¿Cómo puede ser invierno ya? Tuvo un escalofrío.

Puso música, se acomodó en el sillón junto al fuego y se obligó a recordar el otoño inadvertido, ese camino por el que preparó su estadía en esta estación, tan fría como inevitable.


La nieve cayó.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

PODER NOMBRAR





         Por la tarde fui a la plaza para medir los espacios. Los puestos de la kermesse eran dieciséis y ocuparían dos metros cuadrados cada uno.
 
Cuando llegué, el sol se deslizaba sobre los árboles de copas altas y caía filtrado por las hojas dibujando arabescos sobre el suelo de los caminos en cruz. Guardé el metro en mi bolsillo y me senté en un banco a disfrutar el aire primaveral. Del otro lado un grupo de chicos pateaba una pelota. En un banco cercano al mío una señora miraba 
jugar a su nena de pocos años  con las piedritas que iba montando a un  camión de juguete, seguramente herencia de su hermano.

Dejé de ver a la gente y me puse a pensar en las sumas que se podrían recaudar para ampliar la escuelita de la parroquia. Mis fieles cada vez aportaban menos dinero, y la escuela tenía más becados. Ese proyecto me tenía ocupado desde hacía tiempo, estaba seguro de lograr la suma necesaria con algunas donaciones y lo obtenido en la quermese. Estas preocupaciones me abstrajeron de mi entorno. Contaba las monedas como quien lleva el cántaro a la fuente, distraído.

Miré el monumento sobre el que confluyeron dos bandadas de pájaros de esos que ni siquiera sé cómo se llaman. ¿Golondrinas, quizá? ¿Palomas? Mi mundo no incluye muchos sustantivos que sepan nombrar las cosas, los animales o las personas, casi ninguno sería mejor decir. Es un mundo grande, alto, antiguo e infinito, pero transcurre en la penumbra de la iglesia y a donde voy ella me da sombra, aún en esta iluminada plaza. Sé los nombres de Dios y de sus santos, se invocarlos y entender sus palabras, pero no me acuerdo del de los chicos de mi escuela a los que veo corretear por el patio o a los que doy la comunión.

Estaba pensando que eso era raro, que debería remediarlo, cuando escuché una explosión. Sobre el césped, entre una dispersión de humo y objetos rotos, había quedado, descalabrado e inerte, el cuerpo de la nena que poco antes jugaba ahí, a pocos metros de su madre. El horror de ese acontecimiento tremendo pareció detener a las palomas en un cielo pintado, al aire comprimirlo en un espiral a pocos metros del suelo, y a los sonidos amontonarlos en un solo grito sin variaciones de tono.

Las bocas abiertas se redujeron a una, la de la madre, que reactivando la escena, comenzó a gritar “¡¡Cali!! ¡¡Cali!!” imperativamente, como si pudiera hacerla obedecer, lograr que se reintegrara, se pusiera de pie y caminara hacia ella.

Cuánta compasión sentí por esa pobre mujer, una compasión profunda y fugaz, pues desapareció en el instante en que la nena se paró, sacudió su esqueleto y corrió hacia la madre, como si nada, dejando tras ella un reguero de polvo.

La había visto estallar, no podía creer que respondiera a su nombre tan obedientemente desde la muerte.

La kermesse desapareció de mi cabeza por varios días en que entré en una especie de duda metafísica y puse en cuestión mi vocación religiosa. Pero ya se sabe, lo que le pasa a los otros tarde o temprano se olvida. Volví a pensar en el aula nueva y no me preocupé más por no saber el nombre de mis hijos, mis feligreses, ni el de los chicos de mi escuela.



VECINOS



Me gustó la calle Pedro Goyena por los jacarandaes florecidos. El edificio tenía una buena entrada y el departamento - planta baja al fondo- , patio y jardín. Casi como una casa después de tantos ascensores diminutos, tragaluces, contrafrentes escalonados, ahogos, oscuridad, palpitaciones.
Antes revisé del otro lado y encima de las medianeras. Protegido. Mis pies pisaban pasto sin necesidad de plaza alguna,  la luz me inundaba sin ponerme en contacto con el exterior. En los casos en que resultara absolutamente necesario saldría del pasillo ancho a la calle directo y al regreso entraría en segundos a mi departamento.  No vería casi a los vecinos, no quería conocerlos. Trabajaba desde mi casa, había encontrado el refugio perfecto.
Eso fue antes de que Patricia se quedara del lado de adentro de la puerta de calle (que ya hace mucho que se cierra con llave) con  las mellizas y el bebé, sin poder salir. Escuché el alboroto y me inquieté, pero no me moví hasta que ella tocó mi timbre. Había dejado la llave dentro de su departamento, iba a la casa de su madre, allí la iría a buscar su esposo y ya todo estaría bien. Le abrí y la miré irse, morena, de andar despreocupado a pesar de bolsos, bebé cargado a la boliviana y mellizas de la mano. Me admiró tanta soltura.
Al día siguiente Patricia llamó a mi puerta y me dio un pedazo de torta de chocolate. Preguntó si vivía solo y me invitó a cenar, el lunes. Los lunes su marido jugaba al póker y se aburría, dijo. Después de dudar un segundo, acepté.
Esa noche de lunes, al salir y enfrentar el ascensor, supe que no podría meterme en él. ¿Qué hacer? Estuve paralizado unos diez minutos. El recuerdo de su andar, como bailando, me dio valor. Iría por la escalera. Eran tan solo cinco pisos. Tratando de controlar el pánico y tener a la vista los botoncitos rojos de las luces, subí escaleras, pasé pasillos angostos, puertas cerradas, oscuridades súbitas y en el quinto piso, más puertas que daban a lugares incógnitos. Y la de Patricia
Los chicos dormían. Cuando terminamos de cenar la acompañé a la terraza para recoger la ropa, después de expresarle mis reservas y recomendarle que hiciera esas tareas durante el día. Allí había un lavadero, dos lavarropas y unos piletones antiguos. Hicimos el amor apoyados en uno de ellos.
El lunes siguiente me pidió que sacara la basura. Luego de asegurarme de que no hubiera nadie en el pasillo, mientras me esforzaba por meter la bolsa en un gran cesto, ella entro al cuartito y cerró la puerta. Pensé que me desmayaría en esa total oscuridad. No me dio tiempo, de pie entre botellas y dos o tres bolsas de material recicable volvimos a hacer el amor. Al salir me di cuenta de que no había tenido un ataque de pánico, me alegré.
Una semana después lo hicimos en la terraza sobre las baldosas aún tibias. Ella dejaba la puerta de su departamento abierta, por si los chicos despertaban. Era en el último piso, debería haber sido el departamento del portero, pero  era el suyo. Yo protestaba por esa extravagancia audaz, aunque la acepté, Patricia no se dejaba tocar dentro de su casa. Me hice un gran frecuentador del lavadero y la terraza. Los lunes después de las diez.
Le propuse que se separara y viniera a vivir conmigo abajo, que los chicos tendrían sol y más espacio para jugar. Me miró como a un marciano. Nunca, me dijo, sabelo bien de una vez y por siempre, me voy a separar de mi marido, ¿está claro? Bajé la cabeza y no dije más.
Los oía salir juntos y contentos los fines de semana, con ruido de bicis, patinetas, cochecitos, hablando fuerte, riéndose. Ponía el televisor alto para no escucharlos. A él no lo conocí, a los chicos los vi aquella vez primera y alguna otra, mientras dormían.
Una vez, insidiosamente le quise enterrar la duda de que no debía ser cierto que él jugara al póker los lunes, que tal vez tuviera otra mujer y al final la dejara. Ella no lo creía, me dijo, y de todas maneras no viviría con ningún tipo que no fuera el padre de sus hijos hasta que crecieran. Un tipo, a mí.
Vi pasar los cuartos crecientes, menguantes, las lunas llenas y las nuevas desde la terraza durante cuatro años al cabo de los cuales me casé con otra mujer, a la que le gusta quedarse en la casa como a mí.  No se queja de mi única salida: jugar al póker los lunes, sin faltar uno.


CON BUENA FÉ DE FELIZ


Facundo y Federico se enamoraron de Felisa al mismo tiempo.
Habían llegado al albergue universitario de Inacayal esa tarde y terminaron de armar las carpas cuando anochecía. Prepararon un fogón y el mate para celebrar las vacaciones, el hondo cielo, las montañas, el lago entre los árboles.
Miraban absortos, ya las chispas del fuego en su crepitación, ya las estrellas pequeñas, grandes, luminosas, puntuales, agrupadas en la  enorme vía láctea, tan tupida como la habían visto de chicos en el planetario.
Creían oír la música de los planetas en el apacible silencio lleno de amortiguadas expectativas,  cuando un motor rompió la ensoñación.  La lancha de excursiones llegaba tarde, con ella el sonido de voces  jóvenes, subiendo de tono hasta concluir, algunas en un: -¡Cuidado, Felisa!-, otras tan solo en :-¡Felisa!-,  y el resto en  oes y aes de sorpresa y susto.
Facundo y Federico corrieron hasta el muelle y alcanzaron a ver una muchacha a la que estaban sacando del agua helada: Felisa tiritaba y pedía una toalla mientras se iba desprendiendo de la campera, el pantalón, el rompevientos, todas sus prendas que revoleaba con los pies y las manos hacia los otros. Enteramente desnuda alargó el brazo para alcanzar la toalla que le extendían y salió a la carrera pasando a su lado con urgencia de ambulancia:
 -¡Paaaaasooooo!, paaasoooo!-.
Ellos escucharon los comentarios de los otros que regresaban:
-¡Pero qué tonta!
-Pobre, no se dio cuenta que el bote se separaba del muelle, Felisa es así- concluía otra voz.
- Si, es así, boluda.

A la mañana siguiente Felisa estaba en el comedor del albergue. Buscaba una mesa donde desayunar con la bandeja elevada a la altura de sus ojos de gacela perdida. Facundo y Federico le hicieron sitio, impregnados aún por la imagen desnuda bajo la música de los planetas.
Felisa los conoció esa mañana y se enamoró de los dos al mismo tiempo. Intentó, en el curso del día y de la caminata por el bosque de arrayanes, identificarlos por separado y elegir a uno de ellos. Pero se dio cuenta de que el irresistible atractivo que le producían emanaba de la conjunción de sus respectivas virtudes, de la compensación mutua de sus defectos, del halo de sincera y noble amistad que los rodeaba.

Facundo y Federico la veían acercarse, alejarse, hacer graciosos y distraídos movimientos, pararse como una cigüeña en equilibrio sobre una piedra, deslizar sus manos por la corteza suave de un tronco, caminar leve y armoniosa como una bailarina, aún con sus borceguíes.
Se deleitaban y sufrían. Sufrían porque sabían cada uno del otro que Felisa les despertaba el mismo asombro, igual ternura y deseo. Callaban esperando, Facundo que Federico y Federico que Facundo, tomara la delantera.
Por la noche participaron del fogón y la zapada común. Observaron que varios estudiantes la miraban con una sonrisa de placer, aunque se acercaran a otras muchachas,  mas precisas.
La rueda se fue achicando. Se iban yendo solos o en pareja hacia sus carpas o habitaciones, llenos de oscuridad, sueño y marihuana.

Facundo y Federico se quedaron para cuidar a Felisa, dormida al lado del rescoldo final.
Felisa abrió los ojos. Vio la noche y un círculo de amorosa vigilia a su alrededor.
-¿Me llevan a la carpa?- les preguntó desde el suelo.
La ayudaron a pararse. Felisa, tan alta como ellos, rodeó sus cuellos y caminaron juntos dos o tres pasos, cuando, muy seria, se detuvo a decirles:
- A mi carpa no, a la de ustedes-
Esa noche, Felisa, Facundo y Federico escucharon juntos la música de los planetas y compusieron nuevas melodías para alegrar la vía láctea.




CASA ROTA



Anduvimos sigilosamente, deslizándonos por las calles del barrio, parándonos en las esquinas y haciéndonos señas para pasar bajo una ventana iluminada o escondernos en un umbral cuando alguien aparecía. Debíamos poner la bomba en el caserón esa noche a las tres.
Era una práctica y un ritual de iniciación.

Al llegar, Miguel temblaba. Yo tenía palpitaciones. Ahí, en el corredor destechado por donde penetraba la luz de una luna menguante, nos miramos. Ahora debíamos hacer lo que pensábamos sería lo mas fácil. Dejar el artefacto preparado para detonar y huir. Saqué un cigarrillo y le pasé el paquete a Miguel, quien lo dejó en un saliente del muro para encender el mío con el yesquero, después el suyo. Era evidente que ninguno de los dos tenia ganas de salir corriendo.
Al expirar la primer pitada, ambos nos apoyamos contra la pared, enfrentados. Después nos sentamos en el piso y miramos hacia arriba donde se veía la escasa luna en un cielo negro con dos estrellitas titilando. Fumábamos en silencio, cada uno esperando que el otro tomara el mando al terminar el cigarrillo, por mi parte con una sensación de extrañamiento, de no ser o no saber quien era, o estar en el lugar inadecuado. Creo que el también se sentía tonto y desubicado, pero ninguno se atrevía a decirlo. Era como  haber encarado una travesura, pero a la vez ser demasiado viejos para treparnos al árbol a robar las ciruelas del vecino.
Ahí estábamos, en un tiempo raro, ni largo ni corto pero infinito y único, fumando nuestros cigarrillos negros, cuando una voz cascarrienta dijo: -Che, pibes, ¿me dan un faso? Vimos materializarse a un linyera que venía desde lo que alguna vez había sido la sala de la casa. En el barrio le llamaban el Tío Cosa.

Esa noche nos emborrachamos con su vino y él acabó nuestros cigarrillos. Nos quedamos dormidos, Miguel contra la pared y yo con la cabeza sobre sus piernas, abrazada a ellas. Al amanecer, cuando la luz  nos despertó, el Tío Cosa no estaba.
Lo volví a ver esa misma semana en la Avenida San Martín y me alegré como si me encontrara con vida a un muerto entrañable. Lo abracé muy fuerte. El se sorprendió y me empujó.
A Miguel no lo vi después de aquella noche de luna menguante. No lo vi hasta diez años después. Desapareció del grupo. Al poco tiempo su familia se mudó de barrio y finalmente de país. Supuse que Miguel se debió sentir muy avergonzado por no haber cumplido aquella prueba, aunque no fue el único que desapareció por esa época, sólo el primero.
Yo no, no me sentí avergonzada por el ritual incumplido, aunque también me fui del grupo. Me dije: Hasta aquí llego. No quiero ser el brazo armado de ningún cuerpo ni la mano de ninguna cabeza.
Me di cuenta que, por sobre todas las cosas, quería que el bebé naciera y viviera. Mis compañeros habrían de cambiar el mundo ya que eran más audaces que yo, y mi hijo nacería y sería uno de los hombres nuevos, libre, valeroso, esclarecido, tierno.
Desde los quince años había deseado, secretamente, casarme y tener cinco hijos. Cinco me parecía un número de suerte. No lo decía a nadie. Resulta inoportuno decir esas cosas en medio de conversaciones de táctica y estrategia, revolución, Lenin, Fannon, Coocke y amor libre, aunque para mi no tan libre ya que Miguel había sido mi primer hombre –él no lo supo-  y fue mi último por varios años. No tuve tiempo de decírselo, como tampoco lo del embarazo.
Creo que a pesar de todo lo que no fue como pensaba sería, mi hijo sí lo es. Se ríe de nuestra buena suerte. Dice que su padre y yo le salvamos la vida al Tío Cosa y que el tío Cosa, indirectamente, le salvó la vida a él. 





lunes, 14 de septiembre de 2015

VENUS DEL ESPEJO


No tenía forma de saber cuánto tiempo había estado allí. Ni  reloj ni  cielo ni  sol. Ella y el espejo que escasamente permitía ver su rostro reflejado. El mismo espejo a través del cual espiaba a los visitantes. Los veía mirar su nuca, su cadenciosa espalda, sus nalgas apoyadas sobre la mórbida base cubierta de paños. A veces, ellos también miraban su cara borrosa, perseverante de juventud.

 De espaldas al mundo la había dejado el creador. Con un espejo tan solo y ese niño regordete, indiferente a todo, puesto allí para sostenerlo. Una casi ventana de azogue por donde podía ver circular un universo de cuerpos y caras que la miraban, día a día, año a año, siglo a siglo. Jóvenes, viejos y niños extasiados frente a sus hombros, su cintura, su culo inmemorial cubierto de partículas de polvo y estaciones.
 Hubo veces de un solo admirador o muy pocos, las hubo deconfusión y oscuridad. Hubo una vez de vida cuando aquella mujer frenética la apuñaló reiteradamente. Su torso quedó tajeado en cinco partes, su hombro abatido.
La llevaron, la remediaron amorosamente, disimularon sus cicatrices. Minuciosos y prolijos limpiaron cada centímetro de su cuerpo.
Ella aprendió a deleitarse con esas manos que suturaban su piel, que se deslizaban con fluidos suaves por sus músculos en reposo. Supo que ya lo sabía, aunque lo hubiera olvidado. Se le presentaba confuso, lejanamente apetecible, quizá peligroso. Algo que había pertenecido a su ser.
 Otra vez sola en su lugar, no tenía un hacer para ese intuido saber. Era un cavilar, de espaldas frente al espejo. Sin embargo, su pulcra serenidad se agitaba. Algún mirón atento podría haber visto circular una tensión nueva bajo la piel, una nalga ligeramente mas contraída, un palpitar en las sienes, una mirada más atenta en el espejo, un como pujo reprimido.
Hubo miles de mirones. Nadie vio.
 Ella siguió allí, con mundos enteros girando a su alrededor, incubando un otro estado.
Hasta hoy.
Esta noche, sin nadie, desprenderá trabajosamente cada hilo, cada átomo de unión a la vieja materia. Cruzará la galería, bajará la escalera hasta el salón de las primorosas Meninas, caminará hacia el atril donde Velásquez las pinta, se parará junto a él, desnuda, y apoyará un brazo en su hombro.


Mirará el mundo de frente, desafiando: quien me mire, que se la banque.