Facundo y Federico se enamoraron de Felisa al mismo tiempo.
Habían llegado al albergue universitario de Inacayal esa tarde y terminaron
de armar las carpas cuando anochecía. Prepararon un fogón y el mate para
celebrar las vacaciones, el hondo cielo, las montañas, el lago entre los
árboles.
Miraban absortos, ya las chispas del fuego en su crepitación, ya las
estrellas pequeñas, grandes, luminosas, puntuales, agrupadas en la enorme vía láctea, tan tupida como la habían
visto de chicos en el planetario.
Creían oír la música de los planetas en el apacible silencio lleno de
amortiguadas expectativas, cuando un
motor rompió la
ensoñación. La lancha
de excursiones llegaba tarde, con ella el sonido de voces jóvenes, subiendo de tono hasta concluir,
algunas en un: -¡Cuidado, Felisa!-, otras tan solo en :-¡Felisa!-, y el resto en
oes y aes de sorpresa y susto.
Facundo y Federico corrieron hasta el muelle y alcanzaron a ver una
muchacha a la que estaban sacando del agua helada: Felisa tiritaba y pedía una
toalla mientras se iba desprendiendo de la campera, el pantalón, el
rompevientos, todas sus prendas que revoleaba con los pies y las manos hacia
los otros. Enteramente desnuda alargó el brazo para alcanzar la toalla que le
extendían y salió a la carrera pasando a su lado con urgencia de ambulancia:
-¡Paaaaasooooo!, paaasoooo!-.
Ellos escucharon los comentarios de los otros que regresaban:
-¡Pero qué tonta!
-Pobre, no se dio cuenta que el bote se separaba del muelle, Felisa es
así- concluía otra voz.
- Si, es así, boluda.
A la mañana siguiente Felisa estaba en el comedor del albergue. Buscaba
una mesa donde desayunar con la bandeja elevada a la altura de sus ojos de
gacela perdida. Facundo y Federico le hicieron sitio, impregnados aún por la
imagen desnuda bajo la música de los planetas.
Felisa los conoció esa mañana y se enamoró de los dos al mismo tiempo.
Intentó, en el curso del día y de la caminata por el bosque de arrayanes,
identificarlos por separado y elegir a uno de ellos. Pero se dio cuenta de que
el irresistible atractivo que le producían emanaba de la conjunción de sus
respectivas virtudes, de la compensación mutua de sus defectos, del halo de
sincera y noble amistad que los rodeaba.
Facundo y Federico la veían acercarse, alejarse, hacer graciosos y
distraídos movimientos, pararse como una cigüeña en equilibrio sobre una piedra,
deslizar sus manos por la corteza suave de un tronco, caminar leve y armoniosa
como una bailarina, aún con sus borceguíes.
Se deleitaban y sufrían. Sufrían porque sabían cada uno del otro que
Felisa les despertaba el mismo asombro, igual ternura y deseo. Callaban
esperando, Facundo que Federico y Federico que Facundo, tomara la delantera.
Por la noche participaron del fogón y la zapada común. Observaron que
varios estudiantes la miraban con una sonrisa de placer, aunque se acercaran a
otras muchachas, mas precisas.
La rueda se fue achicando. Se iban yendo solos o en pareja hacia sus
carpas o habitaciones, llenos de oscuridad, sueño y marihuana.
Facundo y Federico se quedaron para cuidar a Felisa, dormida al lado
del rescoldo final.
Felisa abrió los ojos. Vio la noche y un círculo de amorosa vigilia a
su alrededor.
-¿Me llevan a la carpa?- les preguntó desde el suelo.
La ayudaron a pararse. Felisa, tan alta como ellos, rodeó sus cuellos y
caminaron juntos dos o tres pasos, cuando, muy seria, se detuvo a decirles:
- A mi carpa no, a la de ustedes-
Esa noche, Felisa, Facundo y Federico escucharon juntos la música de
los planetas y compusieron nuevas melodías para alegrar la vía láctea.
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