miércoles, 23 de septiembre de 2015

CON BUENA FÉ DE FELIZ


Facundo y Federico se enamoraron de Felisa al mismo tiempo.
Habían llegado al albergue universitario de Inacayal esa tarde y terminaron de armar las carpas cuando anochecía. Prepararon un fogón y el mate para celebrar las vacaciones, el hondo cielo, las montañas, el lago entre los árboles.
Miraban absortos, ya las chispas del fuego en su crepitación, ya las estrellas pequeñas, grandes, luminosas, puntuales, agrupadas en la  enorme vía láctea, tan tupida como la habían visto de chicos en el planetario.
Creían oír la música de los planetas en el apacible silencio lleno de amortiguadas expectativas,  cuando un motor rompió la ensoñación.  La lancha de excursiones llegaba tarde, con ella el sonido de voces  jóvenes, subiendo de tono hasta concluir, algunas en un: -¡Cuidado, Felisa!-, otras tan solo en :-¡Felisa!-,  y el resto en  oes y aes de sorpresa y susto.
Facundo y Federico corrieron hasta el muelle y alcanzaron a ver una muchacha a la que estaban sacando del agua helada: Felisa tiritaba y pedía una toalla mientras se iba desprendiendo de la campera, el pantalón, el rompevientos, todas sus prendas que revoleaba con los pies y las manos hacia los otros. Enteramente desnuda alargó el brazo para alcanzar la toalla que le extendían y salió a la carrera pasando a su lado con urgencia de ambulancia:
 -¡Paaaaasooooo!, paaasoooo!-.
Ellos escucharon los comentarios de los otros que regresaban:
-¡Pero qué tonta!
-Pobre, no se dio cuenta que el bote se separaba del muelle, Felisa es así- concluía otra voz.
- Si, es así, boluda.

A la mañana siguiente Felisa estaba en el comedor del albergue. Buscaba una mesa donde desayunar con la bandeja elevada a la altura de sus ojos de gacela perdida. Facundo y Federico le hicieron sitio, impregnados aún por la imagen desnuda bajo la música de los planetas.
Felisa los conoció esa mañana y se enamoró de los dos al mismo tiempo. Intentó, en el curso del día y de la caminata por el bosque de arrayanes, identificarlos por separado y elegir a uno de ellos. Pero se dio cuenta de que el irresistible atractivo que le producían emanaba de la conjunción de sus respectivas virtudes, de la compensación mutua de sus defectos, del halo de sincera y noble amistad que los rodeaba.

Facundo y Federico la veían acercarse, alejarse, hacer graciosos y distraídos movimientos, pararse como una cigüeña en equilibrio sobre una piedra, deslizar sus manos por la corteza suave de un tronco, caminar leve y armoniosa como una bailarina, aún con sus borceguíes.
Se deleitaban y sufrían. Sufrían porque sabían cada uno del otro que Felisa les despertaba el mismo asombro, igual ternura y deseo. Callaban esperando, Facundo que Federico y Federico que Facundo, tomara la delantera.
Por la noche participaron del fogón y la zapada común. Observaron que varios estudiantes la miraban con una sonrisa de placer, aunque se acercaran a otras muchachas,  mas precisas.
La rueda se fue achicando. Se iban yendo solos o en pareja hacia sus carpas o habitaciones, llenos de oscuridad, sueño y marihuana.

Facundo y Federico se quedaron para cuidar a Felisa, dormida al lado del rescoldo final.
Felisa abrió los ojos. Vio la noche y un círculo de amorosa vigilia a su alrededor.
-¿Me llevan a la carpa?- les preguntó desde el suelo.
La ayudaron a pararse. Felisa, tan alta como ellos, rodeó sus cuellos y caminaron juntos dos o tres pasos, cuando, muy seria, se detuvo a decirles:
- A mi carpa no, a la de ustedes-
Esa noche, Felisa, Facundo y Federico escucharon juntos la música de los planetas y compusieron nuevas melodías para alegrar la vía láctea.




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