viernes, 19 de septiembre de 2014

PUEBLO ORGANIZADO

No me gusta alternar con mis vecinos ni hablar de cuestiones del barrio, pero esto que ha pasado en los últimos tiempos tengo que contarlo, porque me ha hecho sentir orgullosa.La historia empezó con la casa abandonada que hay en la esquina. Es un chalet grande con techo de tejas y un jardín al frente. Viejo, pero bastante lindo. Nunca vi gente viviendo en él y eso que llevo aquí más de cuarenta años. Pues bien, los vecinos se pusieron de acuerdo y cada tanto alguno cortaba el pasto para que no tuviera tan mal aspecto y no desluciera al barrio. Claro, igual se fueron rompiendo los techos y las persianas de madera, las paredes se ennegrecieron y el cerco se cayó de a poco hasta que los vecinos lo arreglaron lo mejor que pudieron y ahí quedó, durando todavía.
 En algún momento se llenó de gatos. Habrá sido una gata solitaria que tuvo su cría en algún rincón del jardín y después sus crías habrán hecho lo mismo. Lo cierto es que la casa estaba llena de gatos grises, pelirrojos, negros. Los había de todos los tamaños y se renovaban los cachorros. Los vecinos les hicieron pequeños cobertizos de madera y cada día alguien les llevaba de comer.
De día, al pasar por allí observaba las fuentecitas de plástico con  restos de comida y  me sentía enternecida por esa muestra de generosidad de la gente, eso que a mi no me gustan los gatos. Cuando regresaba a la nochecita la casa me parecía siniestra, llena de sombras que se movían por los techos, los árboles y el piso. Me conformaba pensando que al menos así el barrio no se llenaría de ratas.
Una tarde de esas que estaba mirando televisión, en el noticiero mostraron tres familias con no se qué cantidad de pibes que estaban viviendo en la veredas con colchones, ollas, un montón de cachivaches. Acá nomás, a unas cuadras. El locutor le preguntaba a un funcionario qué hacia el gobierno en estos casos. Él funcionario le contestaba algo así como que “se están tomando las medidas pertinentes para estudiar los recursos conducentes a reubicar a las familias en la forma más conveniente de acuerdo con la planificación socioeconómica habitacional de las áreas  gubernamentales correspondientes”. El locutor entonces se acercaba a una morochita teñida de rubio con un chico todo sucio en los brazos y le preguntaba qué pensaban hacer. La chica le contestaba que no se irían hasta que no les dieran una solución; que estaban cansados de ser desalojados de un lado a otro porque los dueños de los inquilinatos y los hoteles estaban arreglados con la policía, cobraban lo que se les antojaba, echaban a los que tenían hijos y que alguien se tenía que hacer cargo de este problema. En el barrio fue una enorme conmoción. Imagínense, un barrio de casonas tradicionales como el nuestro. Casi todos pasábamos por la vereda de enfrente a ver, a curiosear. No podíamos entender que se quisieran quedar a vivir en la calle; y aunque a veces habíamos visto cosas parecidas en la tele, esto sucedía aquí nomás Dicen que les llevaron dos cajas con comida y alguien más un cajón lleno de leche en polvo. Eso fue en los primeros días, después ya no iba nadie, ni nosotros. 
El problema surgió cuando empezó a hacer frío y se metieron en la casona de los gatos. Deben haberlo hecho por la noche. A la mañana siguiente nos dimos cuenta que no había más gatos sino chicos sucios gateando y corriendo por el jardín, montones de pañales y ropa colgados de piolas atravesadas entre los árboles y subido al techo un tipo  tratando de tapar un agujero con unas chapas. Horrible. Se pueden imaginar lo que fue. Incluso yo no paraba de hablar con los vecinos. Era increíble que esa gente estuviera viviendo así. Sin luz, con velas y un farolito como en los tiempos de los abuelos. Sin baños porque las cloacas estaban rotas. Haciendo sus cosas en una escupidera o en una lata y seguramente enterrándolas en el jardín. Prendiendo fuego con las maderas de las cuchas de los gatos. Viviendo como salvajes en el medio de la civilización. Un horror.
Doña Amelia, que es la más amante de los gatos y está un poco gagá,  paseaba por la vereda con su bastón, hablando sola: “¿Dónde estarán los pobrecitos, sin casa y sin comida, qué será de los cachorritos?”.
Habían desaparecido todos y andarían, tal vez, por las azoteas vecinas o, esto lo pensé pero no se lo dije a Amelia, se los estarían comiendo los intrusos porque sino, ¿cómo alimentaban a esos diez o quince chicos?
Las cosas no quedaron así. El barrio, unido frente a las dificultades, hizo lo que debía para echarlos. Denuncias, notas firmadas por todos, demandas municipales, judiciales y otras acciones mucho más efectivas (aunque no tan legales). Yo me emocioné cuando vi la casa nuevamente vacía. Me conmueve la acción de un pueblo organizado, la fuerza que nace de la unión como dice el Martín Fierro.
A los pocos días regresaron los gatos. Parecían ser los mismos. Nos sentimos satisfechos. Todos menos Dona Amelia, la pobre, que parece haber perdido del todo la razón. Camina por las calles hablando sola y, con este frío, se para durante las noches frente a la casa llena de gatos y repite:
“¿Dónde estarán los pobrecitos, sin casa y sin comida, qué será de los cachorritos?”. 


REQUIEM PARA LA CORTADA



                Abrió los ojos, dolorido, conciente de la herida y la imposibilidad de movimiento. Desde su horizontalidad forzada descubrió el oblicuo rayo de luz que hacía un esfuerzo al subir la cortina enrejada, desintegrándose en una serie de líneas ascendentes. Desaparecía sin dejar rastro. Reaparecía vacilante y difuso hasta concentrarse otra vez en un haz intenso que de improviso se dividía hacia distintos rumbos. No era lógico, ¿o serían sus ojos los que, desde el piso y ásperos de una fina arena, quebraban toda perspectiva conocida?
Hace dos años, pensó, comenzó todo esto. Pasar casualmente por Jean Jaurés y ver al fondo los arcos del viejo Mercado de Abasto. Sentir que se introducía en otro tiempo, otra categoría de luz, un mundo cerrado a la espera de ser penetrado, una dama de aquellas, con viejas grandezas y acumuladas miserias: la filigrana de la  enagua descosida, el ruedo del vestido de raso arrastrando suciedad, una mirada sugerente de pasado, un porte altanero, un hálito misterioso.
Regresó con su cámara fotográfica unos cuantos días más tarde. Desde la esquina hizo varias tomas de la cortada Carlos Gardel, situándose en el punto en que la viera la primera vez, aquella sorprendente vez. Estaba seguro de haber cruzado en otras oportunidades la intersección de Jean Jaurés con Carlos Gardel, pero hasta entonces la calle no se había mostrado, nunca lo había llamado. ¿Efecto luminoso?, ¿confluencia exacta de tiempo y espacio?
En su casa, miró las fotos una por una y luego como a un film, pasándolas con velocidad. Desde su ojo al cerebro fue eliminando todo lo innecesario, resaltando lo importante. Trasladó la síntesis a la tela. Pintó hasta llegar a un final tenso y sin placer. Permanecía una desagradable sensación de incompletud.
Por varios días se olvidó de la pintura. Anduvo inquieto, esbozando otras imágenes, yendo, viniendo por la ciudad. Decidió fotografiar algunas ochavas de los viejos barrios. Pero cada esquina era una nueva insatisfacción que lo remitía a aquella primera, semejante a la impotencia, al sexo que en el último instante flaquea y se debilita.
Dejó descansar la pintura durante casi dos meses y, aún con temor de repetir el malestar, la sacó y la miró largo rato. Por la calle que se empequeñecía hacia el telón de fondo de los arcos luminosos del Abasto, pintó la huella de dos zapatos. Enormes, gigantescas suelas fantasmas manchando el asfalto, encaminándose hacia el populoso mercado que un día fue.  Entonces, algo más satisfecho, se olvidó de ella.

     Ve al rayo quebrarse en tres, cuatro sectores de luz que dan un tono diferente cada uno. Sabe que han pasado minutos, tal vez horas desde la primera vez que abrió los ojos como ahora, con dificultad de párpados de yeso. La perspectiva se aboveda sobre él. Escucha un ric rac, vuelve la cara con dificultad hacia el sonido. Una rata se mueve entre los desperdicios acumulados junto a la base del arco que los alberga a ambos por pocos segundos, pues el gato negro ya corre hacia adentro con la rata entre las fauces. El líder. Al que muchas veces vio sentado sobre el borde del contenedor, afirmando su capitanía sobre los demás gatos flacos y malolientes. Casi una pantera. Bien alimentado. De pelaje negro azulado y ojos refulgentes como ese rayo que sigue quebrándose, coloreando un nuevo sector de hormigón, alumbrando otro corte de hierro.
Cuando conoció al gato ya había aparecido el aviso: Balvanera. Tel. 3 amb. atípicos. Mcha.luz. Patio.
Había trasladado el taller y puesto su firma debajo del Doy Fe Ante Mi.  Era exactamente lo que buscaba. Céntrico pero tranquilo, en una calle cortada sin tránsito de vehículos, la misma que unos meses antes lo había impresionado tanto como para pintarla y más tarde agregarle aquellas premonitorias huellas. Casi llegando a Anchorena, topándose con los arcos del mercado.
La luz entraba al departamento en forma abundante. El patio era un invernadero tanto más hermoso cuanto que el abandono había permitido crecer las plantas a su antojo. Y el precio, muy inferior a todo lo visto en San Telmo o Palermo Viejo. Por un momento había pensado si tan conveniente oferta no tendría gato encerrado. Antes de firmar la compra hizo una investigación de comprador meticuloso. Todo en orden.
Se instaló con sus trastos frente a las altas ventanas sin cortinas desde las cuales se veía el inquilinato de enfrente, los arcos silenciosos, las decenas de felinos hambrientos que deambulaban entre el pasaje y el destripado interior del mercado. Algunos semidomesticados como los que se acercaban a las señoras que les ponían comida en la vereda. El gato negro, insobornable, miraba a sus huestes desde el borde del contenedor olvidado dentro del predio del Abasto. Y él miraba al gato desde sus ventanas, o al bajar, lo veía aferrado a las cortinas de hierro que lo separaban de ese mundo de escaleras inconclusas, caminos que conducían hacia la nada, vórtices silenciosos, barrancos, hondonadas, lagunas quietas.

        Cerró los ojos. Pensó si no sería el gato quien le desgarraba el pecho con las uñas, sentado sobre él con todo su peso de músculos apretados. Creyó que la rata, hasta hace unos momentos libre, le hablaba ahora desde el interior del estómago del gato a su propio estómago oprimido: -Suerte perra, compañero-. Se le ocurrió que tal vez ese rayo luminoso que trepaba por las rejas, las estructuras interrumpidas, quebrándose en diferentes tonos, no era más que la mirada del gato dejando una estela detrás de cada objeto sobre el que se detenía, alargándose hacia el próximo.

       -La cortada tiene dueño-, le habían dicho en el bodegón de Anchorena, donde compartió un Pique a lo Macho en la mesa de los bolivianos, -el Rengo cobra peaje-. Sin embargo, cuando la recorrió saludando a cuantos aparecían, al llegar a la casa del Rengo y sus socios, un gordo de pelo largo le contestó por todo saludo:- Tenés una cara de radical, vos...-,  -¿Te parece, hermano?-, y siguió caminando hasta que el mismo gordo: -Eh!, ¿me invitás un faso?-. –Si me quedan...-. Y le quedaban. Desde entonces, los que tomaban mate en la vereda, desocupados durante las lentas horas del día del pasaje, lo saludaban con la mano desde lejos cuando salía para incluirse en el tránsito, la aceleración, las sirenas que tan solo a cincuenta metros palpitaban su tic tac buenos aires, tic tac gran ciudad, tic tac fin de siglo.
Aunque en rigor de verdad, cada vez salía menos y pintaba más en su taller de altas ventanas  siempre abiertas. Desde su segundo piso se tendía una línea invisible hacia los habitantes del segundo piso del inquilinato, antes Hotel y Cantina Chantacuatro, quienes vivían arrimados al balcón francés para mirar la calle con igual espíritu contemplativo que hubiera merecido una vista del Glaciar Moreno o del Nahuel Huapi, para regar las macetas da lata florecidas de geranios, dejar caer a la vereda la basura empujada por la escoba, vaciar la escupidera de los chicos, hacer volar avioncitos de papel,  tender la ropa, que colgaba prolija en dos o tres piolas extendidas en el escaso balcón, alternándose con hileras de minúsculas zapatillas de colores, sostenidas  desde sus lengüetas.
Le gustaba observar a las familias de la casa-hotel. Y a éstas, observarlo a él mientras pintaba. Intercambiaban saludos con un gesto, y ese verano, cuando se sucedieron los cortes de luz en su manzana, desde los balcones del Chantacuatro ofrecieron tenderle un cable hasta su departamento. Para que pudiera seguir pintando ese frente deteriorado en el que aún subsistía la primer chapa de  latón con la figura de un Carlitos Gardel descascarado y dos chapas de bronce en memoria del morocho, o para esbozar una mesa familiar que se recostaba sobre la ventana, como queriendo escapar del interior de baño compartido, caños rotos y paredes semiderruidas. Pero a través de una y otra pintura no lograba precisar el indefinible tiempo de la cortada, su extraña luz.
Buscó auxilio en la música. Gardel, Goyeneche, De Caro, Piazzola. Los escuchaba con los pinceles yendo y viniendo del amarillo de cadmio al verde titanio. Al amanecer. Con el sol a pique. Incluyendo los arcos desde el sesgo de su ventana o a pleno frente. Hacia la terraza del Chantacuatro donde alucinaba fantasmas tangueros o hacia la planta baja en la que una noche de corte de luz vio a Manuelita Rosas apoyada en la angosta reja, iluminada desde atrás por un velón que el cartonero encendió para seleccionar el papel a reciclar.
Pintaba con la misma frustración con la que ahora, tendido en el suelo, pretendía entonar "Volvió una noche" y no le salía más que un sonido gorgoteante y ajeno a su voz, mezclado con el ruido que hacía el linyera habitué de aquel refugio, al orinar contra el arco vecino. Miró hacia arriba. La luz había llegado por fin a lo más alto. Se relajó. Lo invadió una sensación placentera de esfuerzo concluido. Giró por última vez su cabeza hacia lo profundo de la tierra rojiza, donde las excavadoras habían dejado sus huellas ya hacía mucho, y de allí regresó al punto más alto de la estructura, inmovilizando su vista en la claridad.
Una cascada de pequeñas estrellitas se deslizó por la luz hasta él. El hierro se retorció. Las columnas de cemento ondularon y sacudieron los montículos de basura y papeles arrugados que se elevaron y quedaron planeando a su alrededor como gaviotas alcanzadas por la ola. Entonces supo. Ahí estaba la imagen que se ligaba con aquella primera vez. El ángulo de visión exacto. La luz que buscaba desde hacía meses. La esfera penetrada cerrándose sobre él.
Tosió. El dolor le caracoleó por sus vísceras expuestas –Este es el cuadro que quería pintar-, pensó mientras la luminosidad iba disminuyendo con rapidez.- No tener aquí mis pinceles...-, murmuró ya dentro de lo oscuro.
Un borbotón de rojo carmín brotó por la comisura de su boca. El gato negro se acercó y lamió los labios del pintor con la áspera tenacidad con que lamen los gatos.

jueves, 18 de septiembre de 2014

QUIERO RETRUCO



Estoy ante la mesa del comedor. Ordeno los libros y papeles que desacomodé antes de salir, para poder desordenarlos otra vez y volver a acomodarlos.  Mariano anda con David quien sabe por dónde.
Hace un rato, llegando a casa miré los balcones: uno, y me detuve a admirar el encantador jardín que tiene la vecina del primero, otra vez asombrada por la incongruencia de algunas obras con sus insoportables creadores. Dos, tres, cuatro, cinco. En el quinto estaban las luces apagadas. Mariano no había venido, tal como era de suponer. Sentí una leve e injustificada decepción. Si salíamos por la noche, cada uno trataba de llegar después que el otro. No había forma de ganarle, siempre llegaba antes que él.
Me gusta estar sola, pero me decepciona abrir la puerta y encontrar el departamento silencioso y oscuro. Ahora ya estoy aquí, instalada con ciento cincuenta watts de luz y treinta de sonido. No puedo evitar inquietarme cuando Mariano no regresa. Me alegro al sentir el ruido del ascensor y me entristezco cuando sigue de largo, aunque si fuera él quien llega, a los cinco minutos ya querría que me dejara sola mientras trabajo y no me interrumpiera con sus bromas o con las preguntas  acerca de las noticias que lee y supone yo debería poder comentar, cosa que no hago pues hace mucho que el diario me suena a chismorreo de doñas en la vereda. Pero ahora que no viene y no viene doy vuelta las páginas y junto papeles sin poder concentrarme en nada.  
Me hice un café y me di cuenta que no tenía más cigarrillos. Revisé atrás de los libros y encontré tres en una cajilla arrugada. Mariano siempre esconde algunos. Hábitos de vicioso. Vicioso como sus amigos. Sobre todo David, “Qué nos queda, sino aferrarnos con empecinamiento a nuestros vicios”. Me pareció vulgar, y me pareció raro que me lo pareciera, ya que los comentarios de David eran ingeniosos. Imposible saber si sus ideas eran propias. ¿Cómo distinguir- en un profesor de filosofía- dónde termina él y empiezan Platón, Heidegger, Foucault; o decidir si él ya no es todos ellos en forma indiferenciada?
Yo lo conocía desde mucho antes de haberlo visto. Mariano me leía las cartas que David le mandaba desde Ámsterdam, París, Barcelona, y algunas veces también las que él le contestaba. Eran brillantes. Les envidiaba sinceramente esa comunicación intelectual. Además de sus análisis políticos de allá y de aquí, me impactaban las descripciones de la vieja Europa. Sus cartas venían perfumadas de magnificencia y antigua autenticidad, y aunque por momentos el olor se convertía en un tufillo fétido, como si con mis ya vividos veinticinco años me hubiera metido en la cama de un conde apergaminado entre sábanas de antipollila y aliento anticipatorio de putrefacción;  en general todas aquellas imágenes llegadas en las cartas de David me acercaban más a la maravilla de los cuentos de hadas que a la prostitución decadente.   
Otra sensación aparecía también, aunque confusa y reprimida: una mezcla de resentimiento y envidia hacia todos aquellos golondrinas, David incluido, que formaban nostalgiosas bandadas por aquellos cielos prestigiosos, mientras nosotros nos habíamos quedado aquí soportando los hielos, la dilatación de esfínteres cotidiana, más de un sudor helado sin siquiera poder soñar con reunirnos en bandadas, y mucho menos volar.
David ya sabía que Mariano vivía conmigo cuando regresó allá por la primavera del 83. Los primeros encuentros fueron incómodos. Me ignoraba, era comprensible. Yo era la tercera mujer de Mariano y la única con la que no tuvo hijos. David dudaba de la solidez de esta pareja y no quería gastar pólvora en chimangos. A medida que fueron pasando los años y los encuentros, me aceptó. Y no fue una aceptación resignada. Me apreciaba, gozaba de mi compañía y también de mis suculentas comidas, porque yo me esmeraba con los amigos de Mariano que vivían solos. No sé si por espíritu maternal, para demostrarles que la convivencia tiene sus ventajas, o sencillamente para agasajarlos porque los quería como buenos amigos que eran. David se comía todo como un duque, se tomaba todo como un príncipe romano y como un caballero me devolvía grandes cumplidos. No se trataba solo de lo culinario, David se mostraba maravillado por mis esculturas, y también decía que le fascinaba mi capacidad de silencio. No le dije que era  la consecuencia inevitable, aunque respetuosa y admirativa, del interminable chisporroteo intelectual que intercambiaban él y Mariano. Eso sí, David no daba por concluido ningún tema sin pedir mi opinión, la que, a mi entender, sobrevaloraba.
Como andábamos los tres contabilizando ya las perdidas afectivas, yo cuidaba mucho esta amistad de Mariano. Él tenía otros amigos, aunque no era frecuente que vinieran a casa. Eran personajes divertidos y llenos de experiencias interesantes. Mis amigas en cambio, habiendo partido cada una de ellas de un lugar muy diferente y con variadas armas y propósitos, habían llegado - las que habían llegado-  a una buena y sólida casa llena de electrodomésticos, muebles e hijos. A Mariano le encantaba ir a sus casas con pileta, parque, buenos licores; donde era muy bien recibido y hacía asados en el quincho. Yo, tal vez por eso de la zorra y las uvas, me aburría con los relatos de delicias hogareñas y maternas y la imagen publicitaria de felicidad inalterable, por lo que espaciaba los encuentros hasta que en alguno de ellos, una de mis amigas reflejaba una brillantísima duda o denunciaba una redondita y afilada angustia, y me reconciliaba por varios meses con estas hermanas de generación jodidamente sufridas pero empedernidamente aferradas a la vida y sus placeres cotidianos.
Todo esto, sabrán, y si lo olvidaron se los digo, lo estoy escribiendo sobre unos papeles que tenían otro fin y que encontré desordenados en  la mesa del comedor. Si, ya  lo dije, yo misma los había desordenado antes de salir. Y ahora vuelvo a ellos y no hago ningún esquema de escultura etrusca sino que me pongo a escribir esto mientras escucho, de tanto en tanto, el ruido del ascensor que sigue de largo.
Recién me paré y fui hasta el balcón. Por las veredas de Callao siempre camina gente, cualquiera sea la hora. Y cuanto más tarde es, más lento parece el paso de los transeúntes. Esa es una linda palabra. Suena ruda, periodística. Por eso la puse. Caminantes sonaría excesivamente poética; si le agregamos solitarios, cursi. Si dijera muchachitos trasnochados, naif; y muchachada noctámbula, tanguero. Y si hiciera referencia a los mendigos, los sin techo, o sólo pobres, me acordaría de Dickens, de Howard Fast y lo que vino después y me empezaría a flagelar por haber sido una púber tan influenciable por la literatura social.
Por eso nunca quise abusar de mi amistad con David. Yo participaba en la de ellos, y a pesar de que David me instaba a que lo llamara o pasara  por su casa a charlar de historia antigua, tema que nos apasionaba a ambos, nunca accedí. No quería que Mariano se sintiera excluido. En mi caso era diferente, si ellos se juntaban por ahí a tomar cerveza, generalmente en la plaza Dorrego o en la Costanera sur, no me sentía excluida. Mi amistad con Cecilia o Laura también exigía pláticas sin testigos de otro sexo. No me molestaba que David fuera homosexual, al contrario, entendía que era un tópico, el de sus amores siempre contrariados, que no podía compartir conmigo. Mariano sí, a veces se molestaba y no quería volver a verlo por un tiempo. Decía que seis horas junto a él lo dejaban saturado de palabras y de alcohol por varios meses.
Yo quería a David sin conflictos. Ni se me cruzaba el sexo, no por sus preferencias, porque le sabía varias mujeres en su historia afectiva, sino porque era sensible, amable y cuando estábamos los tres, el mismo Mariano se volvía más agudo, divertido y me sentía seducida como si recién lo conociera. Mariano me contó que más de una vez, cuando David caía en una depresión, admitía que de haber encontrado una mujer como yo hubiera resuelto su sexualidad y sus adicciones. Muy halagador, pero poco creíble.
El departamento se está enfriando y de la calle ya casi no suben ruidos. Prendí la estufa. La calma que se produce a esta hora tiene algo de siniestro, temo que se produzca una detención total. El color hunde a los edificios y sepulta las pocas luces que aún quedan. Es la peor hora del día, mucho más que el angustiante atardecer del que David dice que son los genes prehistóricos, el miedo a la próxima noche sin sol ni fuego y las acechanzas de las fieras. De acuerdo entonces con el atardecer, ¿pero el  amanecer? Lo llamaría a David para preguntarle. Pero no está en su casa. Y si estuviera no creería que lo llamo para hablar con él, sino persiguiendo a Mariano. Como aquella vez que lo fui a buscar a las ocho de la mañana. No andaba el teléfono y era la primera vez que Mariano pasaba la noche afuera sin avisarme. A David no le gustó que me apareciera, fue evidente,  pero me trató con amabilidad y cuando  yo me puse a mirar por la ventana y seguro advirtió mi angustia, me fue a preparar un café mientras Mariano, al que había encontrado semidormido en el sofá del living, se vestía y me preguntaba “pero ¿qué te pasa?”. Nada, sólo me había pasado una larga, larga noche. Terminamos tomando café con leche y medias lunas en el bar La paz.
Reconozco que a veces me enojaba con David. Cuando culpaba a Mariano por no haber cumplido tal o cual proyecto de la juventud o, lo peor, cuando le criticaba el que hubiera tenido mujeres e hijos, saboteándose así sus grandes posibilidades. Mariano volvía desalentado y dolorido. Me trastornaba que alguien como David pudiera decir semejante ingenuidad. Pero lo perdonaba, de inmediato lo ubicaba en su soledad homosexual (con la cual, cabe la aclaración, él tampoco había estado a la altura de los sueños adolescentes) y podía entenderlo. Mariano tardaba más en reconciliarse.
En esa época se me cruzó el pensamiento de que su amistad de la adolescencia hubiera sido un primer y gran amor reprimido. Con esto no hice más que acrecentar mi admiración hacia ambos, por haber podido mantener la amistad a través de varias décadas y muchísimos cambios personales, incluida la definitiva y demostrada heterosexualidad de Mariano.
Una noche David logró tocarle algún punto muy débil. Mariano llegó al amanecer. Destilaba verborragia y alcohol. Me despertó para decirme que yo no lo iba a hundir en la mediocridad de la convivencia, ni él se iba a repetir interminablemente con hijos y mujeres y cuentas de luz y gas. Le hice recordar que en los últimos meses las únicas cuentas que había pagado eran las de sus hijos, porque las nuestras las pagaba yo, creyendo que con esa salpicadura de realismo se calmaría. Pero no, siguió y siguió hasta que no aguanté más, me levanté con mi almohada y me fui a dormir al sofá que teníamos para cuando se quedaba alguno de los hijos de Mariano. Sabía que todo eso no era más que una absurda discusión etílica.
Pasé el resto de la noche, breve, preguntándome hacia donde se disparaban, en que piel se metían, Baudellaire, ¿Erdosaín?, ¿El Rufián melancólico? Al otro día se disculpó amorosamente y muy avergonzado. Ahora que recuerdo todo esto pienso que a David le costaba digerir nuestra relación. ¿Este pensamiento será nuevo o ya lo habré tenido antes?
Una vez le dije a Mariano que David no podía ser un amigo coherente por ser gay. Él lo admitió, -puede ser, dijo - con todos sus amigos le pasan cosas parecidas cuando tienen una mujer detrás. Una mujer detrás. Ahora que veo esta oración me doy cuenta. Una mujer y punto. Pero no me equivoco, dijo una mujer detrás. Y Mariano no es de andar usando frases hechas si no las comparte. De todas maneras estas son sutilezas para el diván. Lo concreto fue mi pregunta: -¿No seguirá enamorado de vos? Mariano, lo conozco, sufrió una sacudida, e inmediatamente me arrepentí, me sentí una arpía al poner esa oculta posibilidad sobre el tapete como algo real,   dando por supuesto que él sabía (y yo), que alguna vez sí lo estuvo y creando un motivo de interferencia en una hermosa amistad de muchísimos años.
- Si alguna vez fue así, no he hecho más que desalentarlo. Me gustan demasiado las minas y lo sabe – me dijo. Sin embargo, no se le ocurrió retrucarme - ¿y si fuera con vos la cosa? También sería un buen motivo para sus incoherencias. A mí tampoco se me ocurrió pensarlo entonces. Sólo ahora, en que el aburrimiento y la noche me han puesto analítica de viejos sucesos. Otro muy significativo dio lugar a que se pusieran todas las cartas sobre la mesa. David le pidió plata a Mariano. No una vez, varias. Y no sólo no se la devolvió, desapareció y no se lo podía ubicar. No se justificaba su conducta evasiva. Mariano andaba bastante amargado por lo que calificaba una falta de lealtad inexplicable. Fui yo quien lo presionó para que insistiera en la búsqueda, hasta que lo encontró.
Aquella fue toda una larga noche de oír subir el ascensor y seguir se largo. Me fui a dormir al amanecer. Mariano me despertó al llegar:
-¿Sabés que tenías razón?- se lo veía pasmado -fue una charla a fondo. Lo apreté y terminó diciendo que no había podido superar la época de nuestra adolescencia, que por momentos no podía sostener la amistad y se llenaba de resentimiento contra mí. Analizamos todos estos años…Carajo, fue bravo.
Veo lo último que escribí. Fue bravo. Miro hacia la ventana.

Ya es de día. Dentro de pocas horas va a llamar alguno de los mellizos para pedirle a Mariano la seña de la casa de la costa. No sé cómo se los voy a decir. Ni a los mellizos ni a los otros tres pibes. ¿Que el padre se fue a Europa y no les pudo avisar siquiera por teléfono? ¿Que no dejó ni nota, ni pesos, ni saludos para ellos? ¿Que ni siquiera yo sé bien de que se trata todo esto? Y que esperen su carta donde seguramente les explicará.
Mariano, mi andrógino. Todo había calzado tan bien. Sus dos fracasos matrimoniales, mi imposibilidad de formar pareja y tener hijos, las afinidades. Tal como si nos hubiéramos estado buscando uno al otro durante muchos y desolados años hasta por fin encontrarnos, así, con la fuerza con que nos encontramos. Tal vez me equivoqué y el andrógino de Mariano haya sido siempre David. De lo que estoy segura es que Platón no refería ninguna posibilidad  de andrógino triple.

Ya creció el ruido del tráfico, los bocinazos, el sol. Pobres pibes, habían armado todo para pasar estas vacaciones con el padre y los otros hermanitos. Decidieron el lugar y eligieron la casa. Arreglaron el bote, la red, las tablas, las cañas de pescar.
Tal vez no sería mala idea ocuparme del tema del alquiler e irme con ellos al mar. La compañía de los chicos siempre es revitalizante, también la playa. No tanto como el amor, pero posiblemente más que las congestionadas, xenofóbicas y decrépitas ciudades europeas.




RESURRECCION



Ellos eran muchos, sin embargo, nunca habían salido  todos a la vez. Hasta entonces, sus incursiones se habían limitado a un parque, un bosquecito sombrío, una llanura. Aquella primavera, seguramente fueron convocados por alguna voz o un signo en el fondo de la noche, porque todos los catres crujieron a la misma hora y fue simultáneo el calzar de botas y el limpiar los caños de las escopetas. Al salir, saludaron con una mano a sus mujeres de vientres abultados que los miraban desde las galerías, los balcones, los jardines con rosas y enanitos de yeso.
Muchos llevaron los perros, otros, halcones que serían luego sacrificados. En las esquinas de las ciudades se saludaban o entrechocaban sus armas, o en el campo se veían venir en la distancia y marcaban a fuego sus territorios.
No se sabe quién mato el primer pájaro, quizá fueron repartidas las especies y las regiones, o el orden estuvo determinado por el color de las plumas, el gorjeo, la altura del vuelo. Lo cierto es que a los dos días habían caído los mixtos, los tordos, los benteveos, los chingolitos, las calandrias, los zorzales, las gaviotas. Les siguieron los gorriones, los pájaros carpinteros, los pechito colorados, las cotorras, las águilas, las lechuzas, los cóndores. Los halcones, ajenos a su propia condena prorrogada, se ocupaban de las palomas en las plazas de las ciudades.
Unos se limitaban a tirar en forma certera. Otros preferían herirlos y dejar a los perros lo demás. Algunos usaron redes para poder quitarles una a una todas sus plumas y luego dejarlos tambaleantes, puro pico y piel transparente, en una hondonada, donde varios de ellos se ocupaban de vaciar las cargas de sus escopetas. Se internaban en las sierras, los montes, las playas, la selva y los picos de la cordillera.
Hubo varios que se sirvieron de formas lentas y sofisticadas, alfileres para los ojos, ensartamiento, electrocución, extirpamiento de alas, patas, pico. En el campo se levantaban enormes parvas de pluma y en las ciudades y los pueblos, huesecitos diminutos se amontonaban como paja en el dintel de las puertas. Los horneros, que parecían a salvo en sus sólidos nidos, también fueron alcanzados y estallaron en el aire junto con trozos de pasto y barro seco.
Cuando ya no hubo vuelo que no hubiera sido eliminado, advirtieron que aún se escuchaban cantos y se veían colores. Entonces se dirigieron a los patios de las casas y los zoológicos para terminar con los canarios, los jilgueros, los loros habladores, los pavos reales y los tucanes que embellecían ciertas jaulas.
Cuestión de inercia o verdadera determinación, quién lo sabe, también entraron a las granjas y a los ranchos más humildes para matar las aves de corral, incluidos los más pequeños pollos que corrían como bolitas doradas sobre los pisos de tierra.
Al caer la tarde del sexto día volvieron a sus hogares, satisfechos y extenuados.
Mientras descansaban en sus sillones de cuero –era el séptimo día- sus hijos se acercaron y les preguntaron:
- Padre, ¿Qué es el vuelo?
-¿Dónde viven los trinos?
-¿Cómo es el canto?

Las mujeres bajaron silenciosas sus cabezas y escondieron las manos en el delantal. Ellos, preocupados, descolgaron las escopetas y limpiaron silenciosamente los caños mientras miraban fijo los ojos cada vez más redondos y pequeños de sus hijos y esa suave pelusa que les crecía sin pausa sobre la piel.