viernes, 19 de septiembre de 2014

REQUIEM PARA LA CORTADA



                Abrió los ojos, dolorido, conciente de la herida y la imposibilidad de movimiento. Desde su horizontalidad forzada descubrió el oblicuo rayo de luz que hacía un esfuerzo al subir la cortina enrejada, desintegrándose en una serie de líneas ascendentes. Desaparecía sin dejar rastro. Reaparecía vacilante y difuso hasta concentrarse otra vez en un haz intenso que de improviso se dividía hacia distintos rumbos. No era lógico, ¿o serían sus ojos los que, desde el piso y ásperos de una fina arena, quebraban toda perspectiva conocida?
Hace dos años, pensó, comenzó todo esto. Pasar casualmente por Jean Jaurés y ver al fondo los arcos del viejo Mercado de Abasto. Sentir que se introducía en otro tiempo, otra categoría de luz, un mundo cerrado a la espera de ser penetrado, una dama de aquellas, con viejas grandezas y acumuladas miserias: la filigrana de la  enagua descosida, el ruedo del vestido de raso arrastrando suciedad, una mirada sugerente de pasado, un porte altanero, un hálito misterioso.
Regresó con su cámara fotográfica unos cuantos días más tarde. Desde la esquina hizo varias tomas de la cortada Carlos Gardel, situándose en el punto en que la viera la primera vez, aquella sorprendente vez. Estaba seguro de haber cruzado en otras oportunidades la intersección de Jean Jaurés con Carlos Gardel, pero hasta entonces la calle no se había mostrado, nunca lo había llamado. ¿Efecto luminoso?, ¿confluencia exacta de tiempo y espacio?
En su casa, miró las fotos una por una y luego como a un film, pasándolas con velocidad. Desde su ojo al cerebro fue eliminando todo lo innecesario, resaltando lo importante. Trasladó la síntesis a la tela. Pintó hasta llegar a un final tenso y sin placer. Permanecía una desagradable sensación de incompletud.
Por varios días se olvidó de la pintura. Anduvo inquieto, esbozando otras imágenes, yendo, viniendo por la ciudad. Decidió fotografiar algunas ochavas de los viejos barrios. Pero cada esquina era una nueva insatisfacción que lo remitía a aquella primera, semejante a la impotencia, al sexo que en el último instante flaquea y se debilita.
Dejó descansar la pintura durante casi dos meses y, aún con temor de repetir el malestar, la sacó y la miró largo rato. Por la calle que se empequeñecía hacia el telón de fondo de los arcos luminosos del Abasto, pintó la huella de dos zapatos. Enormes, gigantescas suelas fantasmas manchando el asfalto, encaminándose hacia el populoso mercado que un día fue.  Entonces, algo más satisfecho, se olvidó de ella.

     Ve al rayo quebrarse en tres, cuatro sectores de luz que dan un tono diferente cada uno. Sabe que han pasado minutos, tal vez horas desde la primera vez que abrió los ojos como ahora, con dificultad de párpados de yeso. La perspectiva se aboveda sobre él. Escucha un ric rac, vuelve la cara con dificultad hacia el sonido. Una rata se mueve entre los desperdicios acumulados junto a la base del arco que los alberga a ambos por pocos segundos, pues el gato negro ya corre hacia adentro con la rata entre las fauces. El líder. Al que muchas veces vio sentado sobre el borde del contenedor, afirmando su capitanía sobre los demás gatos flacos y malolientes. Casi una pantera. Bien alimentado. De pelaje negro azulado y ojos refulgentes como ese rayo que sigue quebrándose, coloreando un nuevo sector de hormigón, alumbrando otro corte de hierro.
Cuando conoció al gato ya había aparecido el aviso: Balvanera. Tel. 3 amb. atípicos. Mcha.luz. Patio.
Había trasladado el taller y puesto su firma debajo del Doy Fe Ante Mi.  Era exactamente lo que buscaba. Céntrico pero tranquilo, en una calle cortada sin tránsito de vehículos, la misma que unos meses antes lo había impresionado tanto como para pintarla y más tarde agregarle aquellas premonitorias huellas. Casi llegando a Anchorena, topándose con los arcos del mercado.
La luz entraba al departamento en forma abundante. El patio era un invernadero tanto más hermoso cuanto que el abandono había permitido crecer las plantas a su antojo. Y el precio, muy inferior a todo lo visto en San Telmo o Palermo Viejo. Por un momento había pensado si tan conveniente oferta no tendría gato encerrado. Antes de firmar la compra hizo una investigación de comprador meticuloso. Todo en orden.
Se instaló con sus trastos frente a las altas ventanas sin cortinas desde las cuales se veía el inquilinato de enfrente, los arcos silenciosos, las decenas de felinos hambrientos que deambulaban entre el pasaje y el destripado interior del mercado. Algunos semidomesticados como los que se acercaban a las señoras que les ponían comida en la vereda. El gato negro, insobornable, miraba a sus huestes desde el borde del contenedor olvidado dentro del predio del Abasto. Y él miraba al gato desde sus ventanas, o al bajar, lo veía aferrado a las cortinas de hierro que lo separaban de ese mundo de escaleras inconclusas, caminos que conducían hacia la nada, vórtices silenciosos, barrancos, hondonadas, lagunas quietas.

        Cerró los ojos. Pensó si no sería el gato quien le desgarraba el pecho con las uñas, sentado sobre él con todo su peso de músculos apretados. Creyó que la rata, hasta hace unos momentos libre, le hablaba ahora desde el interior del estómago del gato a su propio estómago oprimido: -Suerte perra, compañero-. Se le ocurrió que tal vez ese rayo luminoso que trepaba por las rejas, las estructuras interrumpidas, quebrándose en diferentes tonos, no era más que la mirada del gato dejando una estela detrás de cada objeto sobre el que se detenía, alargándose hacia el próximo.

       -La cortada tiene dueño-, le habían dicho en el bodegón de Anchorena, donde compartió un Pique a lo Macho en la mesa de los bolivianos, -el Rengo cobra peaje-. Sin embargo, cuando la recorrió saludando a cuantos aparecían, al llegar a la casa del Rengo y sus socios, un gordo de pelo largo le contestó por todo saludo:- Tenés una cara de radical, vos...-,  -¿Te parece, hermano?-, y siguió caminando hasta que el mismo gordo: -Eh!, ¿me invitás un faso?-. –Si me quedan...-. Y le quedaban. Desde entonces, los que tomaban mate en la vereda, desocupados durante las lentas horas del día del pasaje, lo saludaban con la mano desde lejos cuando salía para incluirse en el tránsito, la aceleración, las sirenas que tan solo a cincuenta metros palpitaban su tic tac buenos aires, tic tac gran ciudad, tic tac fin de siglo.
Aunque en rigor de verdad, cada vez salía menos y pintaba más en su taller de altas ventanas  siempre abiertas. Desde su segundo piso se tendía una línea invisible hacia los habitantes del segundo piso del inquilinato, antes Hotel y Cantina Chantacuatro, quienes vivían arrimados al balcón francés para mirar la calle con igual espíritu contemplativo que hubiera merecido una vista del Glaciar Moreno o del Nahuel Huapi, para regar las macetas da lata florecidas de geranios, dejar caer a la vereda la basura empujada por la escoba, vaciar la escupidera de los chicos, hacer volar avioncitos de papel,  tender la ropa, que colgaba prolija en dos o tres piolas extendidas en el escaso balcón, alternándose con hileras de minúsculas zapatillas de colores, sostenidas  desde sus lengüetas.
Le gustaba observar a las familias de la casa-hotel. Y a éstas, observarlo a él mientras pintaba. Intercambiaban saludos con un gesto, y ese verano, cuando se sucedieron los cortes de luz en su manzana, desde los balcones del Chantacuatro ofrecieron tenderle un cable hasta su departamento. Para que pudiera seguir pintando ese frente deteriorado en el que aún subsistía la primer chapa de  latón con la figura de un Carlitos Gardel descascarado y dos chapas de bronce en memoria del morocho, o para esbozar una mesa familiar que se recostaba sobre la ventana, como queriendo escapar del interior de baño compartido, caños rotos y paredes semiderruidas. Pero a través de una y otra pintura no lograba precisar el indefinible tiempo de la cortada, su extraña luz.
Buscó auxilio en la música. Gardel, Goyeneche, De Caro, Piazzola. Los escuchaba con los pinceles yendo y viniendo del amarillo de cadmio al verde titanio. Al amanecer. Con el sol a pique. Incluyendo los arcos desde el sesgo de su ventana o a pleno frente. Hacia la terraza del Chantacuatro donde alucinaba fantasmas tangueros o hacia la planta baja en la que una noche de corte de luz vio a Manuelita Rosas apoyada en la angosta reja, iluminada desde atrás por un velón que el cartonero encendió para seleccionar el papel a reciclar.
Pintaba con la misma frustración con la que ahora, tendido en el suelo, pretendía entonar "Volvió una noche" y no le salía más que un sonido gorgoteante y ajeno a su voz, mezclado con el ruido que hacía el linyera habitué de aquel refugio, al orinar contra el arco vecino. Miró hacia arriba. La luz había llegado por fin a lo más alto. Se relajó. Lo invadió una sensación placentera de esfuerzo concluido. Giró por última vez su cabeza hacia lo profundo de la tierra rojiza, donde las excavadoras habían dejado sus huellas ya hacía mucho, y de allí regresó al punto más alto de la estructura, inmovilizando su vista en la claridad.
Una cascada de pequeñas estrellitas se deslizó por la luz hasta él. El hierro se retorció. Las columnas de cemento ondularon y sacudieron los montículos de basura y papeles arrugados que se elevaron y quedaron planeando a su alrededor como gaviotas alcanzadas por la ola. Entonces supo. Ahí estaba la imagen que se ligaba con aquella primera vez. El ángulo de visión exacto. La luz que buscaba desde hacía meses. La esfera penetrada cerrándose sobre él.
Tosió. El dolor le caracoleó por sus vísceras expuestas –Este es el cuadro que quería pintar-, pensó mientras la luminosidad iba disminuyendo con rapidez.- No tener aquí mis pinceles...-, murmuró ya dentro de lo oscuro.
Un borbotón de rojo carmín brotó por la comisura de su boca. El gato negro se acercó y lamió los labios del pintor con la áspera tenacidad con que lamen los gatos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario