Abrió los ojos, dolorido, conciente de la
herida y la imposibilidad de movimiento. Desde su horizontalidad forzada
descubrió el oblicuo rayo de luz que hacía un esfuerzo al subir la cortina
enrejada, desintegrándose en una serie de líneas ascendentes. Desaparecía sin
dejar rastro. Reaparecía vacilante y difuso hasta concentrarse otra vez en un
haz intenso que de improviso se dividía hacia distintos rumbos. No era lógico,
¿o serían sus ojos los que, desde el piso y ásperos de una fina arena,
quebraban toda perspectiva conocida?
Hace dos años, pensó, comenzó
todo esto. Pasar casualmente por Jean Jaurés y ver al fondo los arcos del viejo
Mercado de Abasto. Sentir que se introducía en otro tiempo, otra categoría de
luz, un mundo cerrado a la espera de ser penetrado, una dama de aquellas, con
viejas grandezas y acumuladas miserias: la filigrana de la enagua descosida, el ruedo del vestido de
raso arrastrando suciedad, una mirada sugerente de pasado, un porte altanero,
un hálito misterioso.
Regresó con su cámara
fotográfica unos cuantos días más tarde. Desde la esquina hizo varias tomas de la cortada Carlos Gardel ,
situándose en el punto en que la viera la primera vez, aquella sorprendente
vez. Estaba seguro de haber cruzado en otras oportunidades la intersección de
Jean Jaurés con Carlos Gardel, pero hasta entonces la calle no se había
mostrado, nunca lo había llamado. ¿Efecto luminoso?, ¿confluencia exacta de
tiempo y espacio?
En su casa, miró las fotos una
por una y luego como a un film, pasándolas con velocidad. Desde su ojo al
cerebro fue eliminando todo lo innecesario, resaltando lo importante. Trasladó
la síntesis a la tela.
Pintó hasta llegar a un final tenso y sin placer. Permanecía
una desagradable sensación de incompletud.
Por varios días se olvidó de la pintura. Anduvo
inquieto, esbozando otras imágenes, yendo, viniendo por la ciudad. Decidió
fotografiar algunas ochavas de los viejos barrios. Pero cada esquina era una
nueva insatisfacción que lo remitía a aquella primera, semejante a la
impotencia, al sexo que en el último instante flaquea y se debilita.
Dejó descansar la pintura
durante casi dos meses y, aún con temor de repetir el malestar, la sacó y la
miró largo rato. Por la calle que se empequeñecía hacia el telón de fondo de
los arcos luminosos del Abasto, pintó la huella de dos zapatos. Enormes,
gigantescas suelas fantasmas manchando el asfalto, encaminándose hacia el
populoso mercado que un día fue. Entonces,
algo más satisfecho, se olvidó de ella.
Ve al rayo quebrarse en tres, cuatro
sectores de luz que dan un tono diferente cada uno. Sabe que han pasado
minutos, tal vez horas desde la primera vez que abrió los ojos como ahora, con
dificultad de párpados de yeso. La perspectiva se aboveda sobre él. Escucha un
ric rac, vuelve la cara con dificultad hacia el sonido. Una rata se mueve entre
los desperdicios acumulados junto a la base del arco que los alberga a ambos
por pocos segundos, pues el gato negro ya corre hacia adentro con la rata entre
las fauces. El líder. Al que muchas veces vio sentado sobre el borde del
contenedor, afirmando su capitanía sobre los demás gatos flacos y malolientes.
Casi una pantera. Bien alimentado. De pelaje negro azulado y ojos refulgentes
como ese rayo que sigue quebrándose, coloreando un nuevo sector de hormigón,
alumbrando otro corte de hierro.
Cuando conoció al gato ya había
aparecido el aviso: Balvanera. Tel. 3 amb. atípicos. Mcha.luz. Patio.
Había trasladado el taller y
puesto su firma debajo del Doy Fe Ante Mi.
Era exactamente lo que buscaba. Céntrico pero tranquilo, en una calle
cortada sin tránsito de vehículos, la misma que unos meses antes lo había
impresionado tanto como para pintarla y más tarde agregarle aquellas
premonitorias huellas. Casi llegando a Anchorena, topándose con los arcos del
mercado.
La luz entraba al departamento
en forma abundante. El patio era un invernadero tanto más hermoso cuanto que el
abandono había permitido crecer las plantas a su antojo. Y el precio, muy
inferior a todo lo visto en San Telmo o Palermo Viejo. Por un momento había
pensado si tan conveniente oferta no tendría gato encerrado. Antes de firmar la
compra hizo una investigación de comprador meticuloso. Todo en orden.
Se instaló con sus trastos
frente a las altas ventanas sin cortinas desde las cuales se veía el
inquilinato de enfrente, los arcos silenciosos, las decenas de felinos
hambrientos que deambulaban entre el pasaje y el destripado interior del
mercado. Algunos semidomesticados como los que se acercaban a las señoras que
les ponían comida en la
vereda. El gato negro, insobornable, miraba a sus huestes
desde el borde del contenedor olvidado dentro del predio del Abasto. Y él
miraba al gato desde sus ventanas, o al bajar, lo veía aferrado a las cortinas
de hierro que lo separaban de ese mundo de escaleras inconclusas, caminos que
conducían hacia la nada, vórtices silenciosos, barrancos, hondonadas, lagunas
quietas.
Cerró los ojos. Pensó si no sería el
gato quien le desgarraba el pecho con las uñas, sentado sobre él con todo su
peso de músculos apretados. Creyó que la rata, hasta hace unos momentos libre,
le hablaba ahora desde el interior del estómago del gato a su propio estómago
oprimido: -Suerte perra, compañero-. Se le ocurrió que tal vez ese rayo luminoso
que trepaba por las rejas, las estructuras interrumpidas, quebrándose en
diferentes tonos, no era más que la mirada del gato dejando una estela detrás
de cada objeto sobre el que se detenía, alargándose hacia el próximo.
-La cortada tiene dueño-, le habían
dicho en el bodegón de Anchorena, donde compartió un Pique a lo Macho en la
mesa de los bolivianos, -el Rengo cobra peaje-. Sin embargo, cuando la recorrió
saludando a cuantos aparecían, al llegar a la casa del Rengo y sus socios, un
gordo de pelo largo le contestó por todo saludo:- Tenés una cara de radical,
vos...-, -¿Te parece, hermano?-, y
siguió caminando hasta que el mismo gordo: -Eh!, ¿me invitás un faso?-. –Si me
quedan...-. Y le quedaban. Desde entonces, los que tomaban mate en la vereda,
desocupados durante las lentas horas del día del pasaje, lo saludaban con la
mano desde lejos cuando salía para incluirse en el tránsito, la aceleración,
las sirenas que tan solo a cincuenta metros palpitaban su tic tac buenos aires,
tic tac gran ciudad, tic tac fin de siglo.
Aunque en rigor de verdad, cada
vez salía menos y pintaba más en su taller de altas ventanas siempre abiertas. Desde su segundo piso se
tendía una línea invisible hacia los habitantes del segundo piso del inquilinato,
antes Hotel y Cantina Chantacuatro, quienes vivían arrimados al balcón francés
para mirar la calle con igual espíritu contemplativo que hubiera merecido una
vista del Glaciar Moreno o del Nahuel Huapi, para regar las macetas da lata
florecidas de geranios, dejar caer a la vereda la basura empujada por la
escoba, vaciar la escupidera de los chicos, hacer volar avioncitos de
papel, tender la ropa, que colgaba
prolija en dos o tres piolas extendidas en el escaso balcón, alternándose con
hileras de minúsculas zapatillas de colores, sostenidas desde sus lengüetas.
Le gustaba observar a las
familias de la casa-hotel. Y a éstas, observarlo a él mientras pintaba.
Intercambiaban saludos con un gesto, y ese verano, cuando se sucedieron los
cortes de luz en su manzana, desde los balcones del Chantacuatro ofrecieron
tenderle un cable hasta su departamento. Para que pudiera seguir pintando ese
frente deteriorado en el que aún subsistía la primer chapa de latón con la figura de un Carlitos Gardel
descascarado y dos chapas de bronce en memoria del morocho, o para esbozar una
mesa familiar que se recostaba sobre la ventana, como queriendo escapar del
interior de baño compartido, caños rotos y paredes semiderruidas. Pero a través
de una y otra pintura no lograba precisar el indefinible tiempo de la cortada,
su extraña luz.
Buscó auxilio en la música. Gardel ,
Goyeneche, De Caro, Piazzola. Los escuchaba con los pinceles yendo y viniendo
del amarillo de cadmio al verde titanio. Al amanecer. Con el sol a pique.
Incluyendo los arcos desde el sesgo de su ventana o a pleno frente. Hacia la
terraza del Chantacuatro donde alucinaba fantasmas tangueros o hacia la planta
baja en la que una noche de corte de luz vio a Manuelita Rosas apoyada en la
angosta reja, iluminada desde atrás por un velón que el cartonero encendió para
seleccionar el papel a reciclar.
Pintaba con la misma
frustración con la que ahora, tendido en el suelo, pretendía entonar
"Volvió una noche" y no le salía más que un sonido gorgoteante y
ajeno a su voz, mezclado con el ruido que hacía el linyera habitué de aquel
refugio, al orinar contra el arco vecino. Miró hacia arriba. La luz había
llegado por fin a lo más alto. Se relajó. Lo invadió una sensación placentera
de esfuerzo concluido. Giró por última vez su cabeza hacia lo profundo de la
tierra rojiza, donde las excavadoras habían dejado sus huellas ya hacía mucho,
y de allí regresó al punto más alto de la estructura, inmovilizando su vista en
la claridad.
Una cascada de pequeñas
estrellitas se deslizó por la luz hasta él. El hierro se retorció. Las columnas
de cemento ondularon y sacudieron los montículos de basura y papeles arrugados
que se elevaron y quedaron planeando a su alrededor como gaviotas alcanzadas
por la ola. Entonces
supo. Ahí estaba la imagen que se ligaba con aquella primera vez. El ángulo de
visión exacto. La luz que buscaba desde hacía meses. La esfera penetrada
cerrándose sobre él.
Tosió. El dolor le caracoleó
por sus vísceras expuestas –Este es el cuadro que quería pintar-, pensó
mientras la luminosidad iba disminuyendo con rapidez.- No tener aquí mis
pinceles...-, murmuró ya dentro de lo oscuro.
Un borbotón de rojo carmín
brotó por la comisura de su boca. El gato negro se acercó y lamió los labios
del pintor con la áspera tenacidad con que lamen los gatos.
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