martes, 2 de septiembre de 2014

AVANT-SCENE



Una operación de cáncer es un acontecimiento inquietante, sobre todo cuando la paciente es joven, tiene hijos chicos, hay amigos y familiares a quienes conmover. Este era el caso.
Ella percibía esa especie de corriente alterada a su alrededor. Incluso en los médicos y enfermeras notaba un interés y una ternura que se parecían más a la humana piedad que al profesionalismo indiferente que bien había conocido en otras oportunidades.
De una forma indeseada era el centro de la actividad, y las ondas que nacían de ese nudo duro y ovoide en su cuerpo, recorrían las líneas telefónicas de la ciudad, llegaban al sur del país, cruzaban el gran río marrón y movilizaban valijas familiares.
Sabía que no era más que la portadora del objeto de la conmoción. Desde esa prescindente posición podía observar a todos y analizar el estupor que los invadía ante la presencia de lo definitivo, las distintas formas que asumía en cada uno, las máscaras compasivas, las apresuradas confesiones. Esa ocupación le permitía ser ajena a su miedo, indiferente a la posible amputación y a las pronosticadas metástasis.
Se reducía a ser única espectadora de los preparativos de una representación, los actores, los escenógrafos, los iluminadores, sus gestos solidarios, las ocultas insidias, el nerviosismo previo, sin interesarse demasiado por el argumento que se representaría, solo fascinándose por ese mundo habitualmente oculto, los entretelones de la tragedia.

Ella no podía concebir la idea de su muerte. La asociaba más a la soledad de la sala de partos y la incomprensión de los otros frente a la alternativa de traer a su hijo vivo, que a esta apacible espera en una habitación con una ventana por la que se veían brillar llenas de savia y clorofila  las hojas rotundas de una magnolia. Temía a la anestesia: el recuerdo de otras anteriores venía asociado a pesadillas, a mundos aterradores que guardaban una unidad indiscutible con ella misma, con su confusa prehistoria.
Sin embargo, en esta oportunidad, tan solo hubo un cerrar de ojos en una sala amable previa a la de cirugía, y un abrirlos seis horas después cuando la terminaban de acostar en la cama. Una enfermera acomodaba sus dos piernas, prestó atención, si, aún eran dos, en la cama. Otra colocaba en el cajón de la mesita un recipiente en cuyo interior se apoyaba un pedazo suyo, que aún conteniendo células rebeladas a la rutina de su cuerpo y extirpadas de él, no dejaban de ser propias.
Algunas visitas y una saludable somnolencia terminaron con el día. Disfrutó del silencio, la inmovilidad y la absoluta falta de dolor. Junto con los crecientes ronquidos de su compañera de habitación, se hundió en un sueño limpio y presente a través del cual, por momentos, se filtraba la ventana, la puerta del baño, los narcisos en el florero, el vaso de agua, las caras sonrientes de la tarde, y cada vez mas intenso, un olor a carne en descomposición.
Comenzó a agitarse en la cama, aterrada por la imagen del trozo de su propia carne en el frasco de vidrio, mientras su cuerpo, impotente, se reducía a unos dilatados orificios nasales. Escuchó que su vecina de cuarto se quejaba y no dudó que fuera a causa del hedor, esparcido por toda la habitación. Sentía una irritante vergüenza  por su propio olor que ya salía debajo de la puerta y recorría el pasillo del hospital. Pensó mirar dentro del cajón, pero no pudo, no sabía si era el miedo a ver aquello o la rigidez de la anestesia lo que se lo le impedía.

En la ventana se acentuaba la oscuridad previa al amanecer y en la cama su cuerpo se hundía mas mientras a la creciente pestilencia se sumaba la imagen de un palpitar de larvas en su carne. Presentía las transformaciones paulatinas de la materia por el rumor que se agitaba en el interior de la pequeña mesa. Supuso que al amanecer pequeños gusanitos descenderían por la madera. Nada podía hacer, a mayor grado de actividad en aquel recipiente, mayor era la imposibilidad de mover su cuerpo o abrir la boca para dar el grito que le subía como una gran burbuja por la garganta.

La magnolia fue iluminando sus hojas y en distintos lugares del hospital los ruidos del trabajo reemplazaron los quejidos y las roncas respiraciones. Durmió unos minutos profunda y resignadamente. Al despertar, el sol brillaba en el árbol. No quedaba ni un rastro de aquel olor. Movió despacio su cuerpo, excepto la pierna izquierda, volvió su cabeza hacia la mesa de luz, la madera se veía cobriza y limpia, con una capa casi imperceptible de tierra. Aún así no se animó a  abrir el cajón.
Al ver entrar a la enfermera le preguntó cuando iban a llevarse “aquello”.
-¿Qué cosa?
-EL recipiente- dijo, señalando la mesa.
-Pero, señora, ayer a la tarde fue llevado al departamento de anatomopatología- le contestó mirándola con cierta extrañeza.


Comprendió entonces que había asistido al avant-scene de un argumento escrito -hacía mucho tiempo-  para ser representado por ella algún día, detrás del telón y sin testigos.


LOS PAQUETES

       

Aquel viejo asunto de los paquetes había comenzado poco antes de mi adolescencia, por iniciativa de papá y con el beneplácito de mamá. Él llegaba al anochecer, con las cajas envueltas en celofán de colores y rubricadas por un moñito de papel.
-¿Adiviná que te traje? – me decía, y yo me desesperaba por ver el tamaño de la caja que guardaba detrás.
- A ver, mostrame, no seas malo, por favor- hasta que lo detenía en su rotación y la caja quedaba a la vista, en mis manos.
Muchas veces el tamaño de las cajas no guardaba relación con el contenido. Una enorme podía mostrar en el fondo sólo una fotografía amarillenta; o una muy pequeña traer doblada en diez o veinte partes una enorme lámina fina y colorida como alas de mariposa.  Nunca me detuve a preguntar cuál era el motivo de la falta de proporcionalidad entre contenido y continente, volumen y peso, era parte del juego, los grandes moños enrulados, el envoltorio brillante y crujiente, la caja y su interior sorpresivo.
De aquella época guardé con respetuoso cuidado la caja azul y roja en la que se podía ver a la reina Isabel entregando las joyas a Colón, y siempre creí en la posible autenticidad de esas mínimas joyas. Era una escultura histórica, como la mayoría de las de la “etapa pubertad”.
Con el tiempo, mis hermanos mayores se fueron incorporando a este rito que me hacía asomar a la ventana no bien empezaba a caer el sol y quedarme con la vista fija en la esquina por la que aparecerían. En las que ellos traían encontraba grabados en cobre de jóvenes guerrilleras o amazonas de pecho cauterizado, esculturas de mujeres célebres como Isadora Duncan o Madame Curie.
El tiempo fue pasando así por entre moños, papeles y asombros, mientras por la esquina otro hombre y otros paquetes nacieron para mi espera. Fue justamente después de casarme cuando todo este asunto de los regalos llegó a su punto más alto.  Esperaba con ansiedad enfermiza el regreso de Marcelo. Mi inquietud era tan grande que me ponía a fregar las paredes, los pisos, los azulejos, los muebles: una y otra vez, entre miradas furtivas al reloj y oídos atentos al ruido de la cerradura. A Marcelo no podía verlo llegar por la esquina, el departamento era interno y todo lo que aparecía frente a mis ventanas era un muro descascarado.
Marcelo era muy imaginativo. Una vuelta me trajo una caja que contenía el pirograbado de un líder en gesto de arenga, envuelta en papel de diario y atada con piolín; y otra, una maqueta de una manifestación, en papel de almacén y manchada, aún no sé si de tomate o sangre. La más insólita fue la de la traductora de francés, estaba enfundada en una bolsa de seda natural y atada con una fina media de nylon.
Yo solía ordenar las cajas y numerarlas de acuerdo a la época en que las había recibido. O bien cambiaba el criterio y las reordenaba según el tamaño, la temática, el color o el estado de ánimo que me producían. Algunas eran tan minuciosas que en cada observación descubría un detalle nuevo. Las mejores eran las que Marcelo empezó a traerme cuando por su trabajo debía viajar al extranjero. Mi preferida era la miniatura de marfil de una geisha sirviendo té en una tacita no más grande que un grano de arroz. Y luego la isleña descalza y la indígena de manos arqueadas sobre un telar, ambas realizadas en fibras naturales.  A estas últimas y a otras seleccionadas a través del tiempo las había colocado cerca de la cama para mirarlas por las noches mientras esperaba a Carlos, pero en general las mantenía con las tapas cerradas para que no se cubrieran con el polvo que siempre caía sobre los objetos de la casa y contra el cual libraba una batalla de insistentes avances y retrocesos. Imaginaba sus contenidos detalle por detalle y luego me apresuraba a comprobar la veracidad de mi recuerdo, deleitándome cuando era exacto y preocupándome cuando fallaba en un color, una dimensión, una curva.
Cada día se me hacía más difícil realizar las tareas domésticas. Al abrir la alacena de la cocina para sacar el café, se me venía encima una caja, o desbarataba una pila de ellas cuando iba hacia el placard a guardar las camisas recién planchadas de Marcelo. Barrer el pasillo que llevaba al dormitorio me ocupaba varias horas, pues debía correr de un lado a otro las innumerables cajas que llegaban hasta el techo, tratando de que no perdieran su ordenamiento. A veces acababa sentada en el medio del living, invadida por las cajas, las ganas de llorar y totalmente olvidada del café, las camisas y la tierra que seguía cayendo sobre los pisos y los muebles como una eterna llovizna.
Marcelo se quejaba de mi negligencia y sus regalos disminuían. Casi siempre llegaba con las manos vacías. Yo me justificaba con que el departamento era muy chico, no podía moverme y me ahogaba allí dentro. Pareció comprenderme y compró uno más grande con un balcón que daba a una avenida. A él nos mudamos con todo y las cajas; y por un tiempo volvió a traerlas a diario, como al principio, sólo que  no me las daba con entusiasmo, sino que las dejaba sobre algún mueble, distraídamente.
Un día no las trajo más. Me resigné, ya no esperaba con ansiedad hasta cualquier hora ni miraba desde el balcón hacia la esquina.
Marcelito se había convertido en un depredador ágil y rozagante. Se lanzaba con placer sobre las reinas y las emperatrices, las porcelanas y las cerámicas. Ya no sabía cómo ponerlas a resguardo. El nuevo departamento, al igual que el anterior, comenzó a parecerme pequeño, el cansancio me abatía. Las cajas, antes mi asombro y mi placer, ahora acechaban desde todos los rincones; las oía murmurar, reír y avanzar a mis espaldas. Me volvía entonces hacia ellas y sin perderlas de vista me replegaba lentamente hasta encontrar algún refugio oscuro del cual temía un día no poder salir. Todas las mañanas, antes de abrir los ojos, oía su susurrar y me agobiaba la certeza de tener que levantarme y enfrentarlas una vez más.
Un día lo hice bien temprano, miré por el balcón hacia la esquina y no bien Marcelo desapareció de mi vista, reuní todos los piolines que fui encontrando en los cajones de la cocina, al fondo de la frutera, en la mesa de luz, y comencé a atarlas dejándoles un hilo suelto y largo. Cuando se acabaron los piolines, utilicé las soguitas de las cortinas, los cinturones, los lazos de los vestidos, las corbatas de Marcelo. Finalmente corté las sábanas y manteles en tiras largas y comencé a bajar las cajas por el balcón. Primero las más grandes, que fui depositando en la vereda una al lado de la otra. Luego las medianas, que puse sobre aquéllas, formando hileras que crecían en longitud y altitud. Llegando a mi balcón del cuarto piso, ubiqué las más pequeñas. Lo recuerdo muy bien, no fue fácil. Una vez que las hube colocado a todas, monté a Marcelito sobre mi espalda, me encaramé a la torre y usando las salientes como apoyo para descender, bajé a la vereda. Desde allí miré por unos segundos la gran pirámide trunca que había construido. Luego le volví la espalda y me fui hacia la esquina por la que siempre aparecían los hombres de la casa trayendo un paquete envuelto en papel de vistosos colores y rubricado con un moñito de papel.

TANTO



     Hacía ya desde el otoño que nos odiábamos tanto y a veces no.
Tanto desde que armé  una cama en el sillón del escritorio y cerré con llave, desde que él se quedó en el cuarto grande, con cucarachas, migas, puchos, ropa sucia como hacen algunos hombres que tuvieron madre mujer muy feliz de pensar que todos saben y le reconocen que se reviente en el mismo esfuerzo todo por nada cada día, o muy agradecida de que destruyan en veinticuatro horas lo que ella fue construyendo y así saber que al otro día tendrá que hacer algo, algo para hacer, algo en qué ocupar todas las horas excepto algunas de tevé;
                                           tanto tiempo odiándonos, a veces no, cuidando yo mi territorio, resguardándolo de su insomnio y su desorden; que esa noche en que tomé pastillas para dormir un rato porque él se iba a ir con la mudanza al cabo del año, que era en sólo dos días más…
                                   tanto tiempo abandonándonos, a veces no tanto, y yo cerrando con llave aunque no hacia falta porque el no entraba, o si me tenia que decir algo pedía permiso y yo decía – sí, ¿qué pasa?- Y luego el se iba, pero nunca cuando entre los vidrios y la cortinita de la puerta veía que me había puesto las anteojeras para que no me dejaran abrir los ojos y hacer fuerza y dormir a pesar de ese otoño, ese invierno, esa primavera y la luz de mercurio o el sol que entraban por la persiana rota;
                                                                                                  tanto tiempo en el sillón que me quedaba chico y se enredaban los dedos de mis pies entre la caña y el mimbre, que dormir, cuando llegaba, y se iba, era la nada mullida recordada con gozo durante todo el día aún con el temor de a la siguiente noche no y a la otra tampoco;
                                                                                                                
tantas estaciones que fueron pasando entre cinchada, olvido u odio, aunque no siempre;
que esa noche tomé una pastilla más para no pensar en la mudanza y qué mueble se iba y cuál se quedaba dentro de dos días, o puede que sí para pensar claro por la mañana cuando me despertara…

                                 tantas semanas que toda la noche leía o fumaba o tomaba mate en silencio sin pensar en la cama grande vacía u ocupada del otro lado del patio, enredándome entre las cañas y el mimbre y la frazada que me sobraba en ese sofá;
que esa noche que tomé una pastilla de más para arribar a esa nada tan deseable, grité con espanto y empujé desde mi pozo al cuerpo desnudo que se metía en el sin espacio de mi sillón cama de mimbre y caña;
tanto tiempo que llena de sueño y terror exploté un alarido y empujé al extraño, y volví a gritar y empujar hasta que lo vi asustado, desnudo, parado al lado de mi cama y le dije – eras vos – y le toqué una parte del cuerpo, no se cuál, la cadera, o el muslo, lo que estaba más cerca para asegurarme que sí era él;
                                  
tanto que nos abrazamos adentro de mi frazada grande aunque ya era verano y yo lloraba del susto y nos amamos acariciándonos con ternura o desesperación o algo así no recuerdo bien porque me dormía entre tanto, aunque partícula a partícula nos adentramos uno en el otro con lágrimas y todo y después el dijo – dejame un ratito – y nos quedamos abrazados en el sinespacio del sofá de caña tal vez diez minutos hasta que se paró: – me voy – y yo cerré la puerta con llave para seguir durmiendo, para poder pensar con claridad a la mañana cuáles muebles sí y cuáles no. 


EL ENEMIGO



       
Me fui del pueblo porque me daba vergüenza, y porque si le contaba a José Luis seguro me iba a decir ¿y cómo sé que es mío? Ya se me empezaba a notar la pancita, así que cobré el sueldo de la pasteurizadora, agarré la plata que tenía ahorrada para la bici, un bolso grande con toda mi ropa y me fui a la ruta. Total, la tía Ema cobraba su pensión y se podía arreglar sin mí.
Primero me levantó Rosales con la furgoneta. A él no le dije nada. Pero al que me levantó en el cruce le conté que me iba a tener mi hijo en la Capital, para que naciera entre doctores y con todos los adelantos. El me dijo que eso no tenía nada que ver, que las mujeres fuertes parían como si tal cosa en el medio del campo y criaban a sus hijos sin problemas, como los animales; en cambio, las débiles, se morían o tenían hijos que también se morían antes del año aunque tuvieran a todos los médicos a su alrededor. Y que las mujeres tenían hijos desde mucho antes que existieran los doctores. Yo no dije nada porque era un viejo, y ¿qué le iba a decir?: “Usted no sabe nada, abuelo, antes no había vacunas y la gente se moría como moscas, ¿o no?: los doctores las inventaron”. Pero no lo dije ya que era tan amable llevándome y compartiendo los sánguches de carne fría, las manzanas y el vino que llevaba para todo el viaje. Al final no le alcanzó y tuvimos que comer un chorizo y una morcilla en un carrito de esos que hay en la ruta. Ni siquiera eso me dejó pagar, ¡cómo le iba a decir que era un viejo ignorante!  Prefería quedarme callada y pensar en el nombre del bebé. Antes de estar segura quería ponerle José Luis como el padre o María Eva por la abuela y por Evita. Pero cuando ya no tuve dudas, todos los días se me ocurría un nombre distinto. Al final le pusieron un nombre horrible. Yo esperaba verlo nacer, abrazarlo y decirle te llamás tal, o cual, porque cuando lo viera iba a tener el nombre elegido y si no, al mirarlo sabría como se llamaba. Según, si era peludo o no, con rulos o chuzo, colorado o blanquito, manchado, flacucho, si gritaba furioso o gemía sin fuerzas, si era tragón. Entonces no iba a tener más dudas. Pero cuando lo vi después de dos días estaba todo pelado y tenía un tajito en la cabeza como si lo hubieran afeitado con una navaja muy filosa. Yo lloré porque ya no sabía que nombre ponerle, entonces la enfermera me dijo: “Bueno, si no sabés, le ponemos  Norberto. ¿Es González, no?, ¿o lo va a reconocer alguien más?”. “Qué reconocer ni reconocer, si todavía no se si lo conozco yo a este crío”, pensé, y lo miré en su cuna dura de fierros sin moverme mucho porque me dolía la herida y me daba vueltas la cabeza. Todo esto les tenía que haber contado.
Cuando llegué a Buenos Aires mi prima se había mudado a otro inquilinato, pero una vecina me llevó. Era ahí nomás, cerca. Yo no tenía ganas de hacer nada, solo quería tejer batitas y mantillas con punto bareta y las florcitas de crochet que me había enseñado la abuela de Rosita, en el pueblo. A veces tejía por la noche, mientras pensaba que cuando entrara a la sala de partos iba a estar lleno de doctores que me darían las manos y me dirían: “-Señora, encantados de conocerla, ¡qué hermosa panza tiene usted!, prueba de que su bebé es grande y fuerte”. Me iban a acostar en una cama con un colchón calentito, con sábanas bordadas o de muchos colores y en la pared iba a haber  una imagen de la virgen. Yo entonces iba a rezar, a pedirle que todo saliera bien. Pero no tenía mucho tiempo para tejer. En la Capital la plata se va más rápido. Tuve que trabajar en un taller de armado de zapatos. Mi prima me llevó.
Tampoco la sala de partos era como había pensado. Había una luz fuerte como un sol sobre mí, pero un sol frío y malo. No había cama sino una camilla angostita y dura; apenas cabía y todo el tiempo me parecía que me iba a caer. Un doctor me metía la mano tan adentro que tenía miedo que le tocara un ojo al bebé y lo dejara ciego. Cuando yo gritaba no me decía nada mas que:”ya está, ya está”. No sabía si ya está quería decir que ya le había sacado el ojo o que estaba por salir o que ya se había muerto. ¿Por qué será que no pude explicárselos?
La partera, que no es doctora, no me decía nada. Ni siquiera: “ahora gritás, pero antes te gustó, ¿no?”, como le dijo a la chica de la cama de al lado, la que me contó que esa no era ni doctora. No, se quedaba ahí viendo unos aparatos y cuando yo me quería levantar porque para mí ya salía, me empujaba para atrás sin decir nada y con cara de no verme. Empecé a pensar que tal vez tampoco vieran cuando nacía el bebé y se podía caer al piso y romperse la bochita llena de pelusa. Esto también les tendría que haber contado.
Al final no sé como salió. Me dormí y me desperté en la pieza con las otras chicas. Una se fue a los dos días con una bebita hermosa y había otra que dormía y dormía.  Esa noche, o esa madrugada, no se bien, vino una doctora y le habló bajito, pero yo escuché. Le decía que su nene se había muerto, que era muy chiquitito, prematuro, y que no había resistido. Cuando se fue la doctora la chica se acostó para el otro lado, me dí cuenta que lloraba porque se le movía la espalda y después agarró un pañuelo y se sonó la nariz. Hubiera querido decirle algo, acariciarla, pero me daba vergüenza porque el mío estaba vivo. O por ahí no, hacía mucho que no me lo traían. Yo le quería dar la teta, pero la enfermera me decía: “Con lo que tenés, querida, lo matás de hambre”. Sin embargo me habían crecido tanto que en la calle los hombres me decían cosas. A mí me gustaba, pero mi prima decía que son unos degenerados, que lo único que saben es hacerte hijos y después desaparecen y que no tienen respeto. A mí no me parecía una falta de respeto. Si era verdad que las tenía lindas, gorditas y puntudas como la panza. Después que la chica se calmó me puse a llorar yo, aunque no me importaba más nada de su bebe ni de ella.
Ese día me lo trajeron un ratito, poco, porque decían que yo estaba débil. Lo miré y lo miré muchas veces. Estaba tan raro con esa ropa. No le pusieron nada de lo que le había llevado. Lloraba mucho, le quise dar la teta pero sacudía la cabeza y no la quería agarrar. Entonces vino la enfermera y se lo llevó porque decía que estaba muerto de hambre.
Me daban unas inyecciones que me hacían dormir casi todo el día, por eso  no sé si era de día o de noche cuando vino esa doctora a hablarme. se sentó al lado y empezó a hablar bajito. Me entró mucho miedo Tenía ganas de salir corriendo o de gritarle que se fuera. Pero no dije nada. Nunca digo nada. Ella sí dijo muchas cosas. De todas no me acuerdo, pero de algunas sí. Dijo que no lo iba a poder criar, que tendría que trabajar y que nadie me tomaría con el chico. Que necesitan cosas muy caras, que no tengo ni leche, que hay que comprar la cuna y el cochecito y triciclos y cuadernos y camperas y remedios, libros, zapatillas, no sé cuantas cosas más, dijo, si se quiere criar bien a un hijo. Me ofreció un montón de plata para que volviera a mi pueblo, “con tu gente”, dijo. Dijo que había una familia que lo iba a cuidar muy bien, que tenían dinero para darle lo mejor, todo lo que un hijo necesita. Yo no decía nada pero se me escapaban solas las lágrimas, me dolía mucho la panza y los pechos parecía que se me iban a reventar.
Pensaba decir todo esto cuando me preguntaran porqué lo había hecho.
En ese momento al fin le dije a la doctora que si me daba la plata podría quedarme con el bebé y cuidarlo. Y ella, que así no era el trato, y yo, que no había trato.


Al otro día me dejaron al chico al lado mío. Lloraba continuamente. No quería agarrar la teta, tampoco se lo llevaban. Lloraba fuerte. Entonces empecé a pensar que él sabía que no lo iba a poder cuidar ni comprarle juguetes que se mueven solos, las mejores escuelas, ni nada de nada. Ni leche en polvo, siquiera, y que de verdad sería mejor ser una vaca, aunque a una le sacaran la leche y la pasteurizaran. Y pensé que esto lo tenía que explicar, pero cuando me senté en la silla y tuve que contestar de nuevo todas las preguntas, sólo se me ocurrió decir que lo había ahogado porque era un enemigo de otro planeta. ¡Pobrecito! Qué estúpida, ¿no?


EL VIAJE

     Cuando uno no sabe dónde ir, debe tomar un tren o un colectivo.
Hay un recorrido, una hoja de ruta, cientos de hombres, de días precisando la hora de llegada a cada estación, la calle en que se dobla, la parada. Uno se sienta, entonces, confiado: ciertamente estamos yendo a algún lugar y además, en el mismo asiento o similar, se podrá volver al punto de partida. Hay una Empresa que determina el destino.
En todo viaje pueden tocar compañeros agradables o desagradables. Los desagradables no son problema, se los ignora totalmente o uno se cambia de asiento. Pero los otros, ay, pueden llegar a comprometernos en un diálogo sobre política, sexo, arte, o lo que es peor, preguntarnos adonde vamos y pretender compartir el viaje. Incluso pueden empujarnos a realizar un análisis sobre los demás pasajeros, un petitorio por la rebaja del pasaje, o producir un enfrentamiento con el guarda por la forma de uso del asiento o del portaequipaje. Puede haber casos extremos que lleguen a cuestionar el recorrido, pero es muy difícil dar con uno de ellos. De todas maneras, no debe uno dejarse seducir por los compañeros agradables, son los más peligrosos.
Lo mejor es ir del lado de la ventanilla. Entonces no importa lo que pase. Se puede mirar, perdido y lejano, a todo lo que parece que pasa mientras nosotros pasamos. Puede suceder que todas estén ocupadas. En ese caso quedan dos opciones, esperar otro tren o sentarse del lado del pasillo.
El pasillo tiene el inconveniente de que uno toma conciencia de estar adentro y siempre se interpone una cara entre nosotros y el afuera. Los que nos rodean adquieren una fuerte consistencia y se torna posible pensar en cosas como si alguno de ellos va realmente a alguna parte e imaginar donde, y ese no es un ejercicio adecuado para quien viaja sin rumbo. Mejor, en esa situación, es sacar el libro  y leer algún párrafo, o tomar notas en una libreta acerca de lo que deberíamos hacer al llegar.

Viajar parado está totalmente contraindicado en estas circunstancias. Parado viajan los que están obligados a llegar a un lugar determinado, generalmente con apuro y sin posibilidad de cuestionarse si es ése o algún otro el lugar al que quisieran arribar.

Si bien el avión o el barco son posibles, no los recomendarìa. Hay que dirigirse, por ejemplo, al aeropuerto, realizar tramitaciones y esperas, en fin, ejercer un tipo de voluntad que no es muy conciliable con el espíritu de quien no sabe dónde ir.

Definitivamente, viajar en taxi es la única forma imposible de viajar sin rumbo.
Por empezar, sería muy incómodo soportar los ojos del conductor a través del espejito retrovisor después de decirle “Lléveme a cualquier lugar, por cualquier calle”, o “No me lleve a ningún sitio en especial”. No. Habría que simular que se va a algún lado, pero no se sabe muy bien donde queda. Entonces uno estaría obligado a elegir en cada esquina si dobla a derecha o izquierda. Si se va hacia el centro de la ciudad uno puede fingir que no recuerda exactamente el lugar pero lo reconocerá en cuanto lo vea. Así se obligaría al conductor a recorrer todas las calles del centro y entre semáforos, piquetes, aglomeraciones, contramanos, puede pasar un buen rato. Claro que habría que demostrar un interés especial en algún edificio, decir “ahí, ahí”, y “ah, no, de nuevo me equivoqué”, o algo parecido. Y estas conductas no son deseables en las circunstancias ya anotadas.
Algo parecido sucede si se va hacia fuera de la ciudad, considerando que ningún conductor de taxi aceptaría tomar una ruta que se interna en la provincia, cosa que por otro lado no es nuestro objetivo, porque viajar sin rumbo no necesariamente coincide con llegar muy lejos. Entonces hay que conformarse con recorrer los suburbios mirando para todos lados y respondiendo a las preguntas del chofer, quien podría desconfiar y obligarnos a bajar justo donde menos queríamos, que son todos los lugares, porque el que uno no sepa donde ir no significa que acepte así, sin mas, que lo bajen en cualquier lugar.
En síntesis, si no se tiene un rumbo preciso, de nada vale un conductor que nos va a llevar solo donde le digamos, ya que nada tenemos para decirle. Debe uno viajar en tren o en colectivo, con mucha gente alrededor que parece ir hacia algún sitio, aunque para ellos tal vez sea estar volviendo; o gente como nosotros, que no va ni vuelve, pero lo hace a través de una ruta preestablecida y ya recorrida millones de veces por otros.

No me extenderé aquí en casos especiales como el de que viaja a cualquier lado porque no tiene donde ir, porque no sabe como ir donde quiere, o ese otro que sabiendo donde quisiera ir, se ha convencido que no hay posibilidad de llegar ni la habrá nunca. Estos casos los dejo para un análisis posterior o librados a la imaginación del lector.


EL HOMBRE CONCEPTO

                 Era un hombre de una ciudad. Un hombre común. Vestía, comía, hablaba, dormía y trabajaba como el común de los hombres. Sabía sufrir, ser feliz, ambicionar, amar y desesperar de común manera. Sus gestos eran comunes y su mirada, nada especial. Era tierno, amable, vanidoso. A veces solidario, grosero, mentiroso. En ocasiones sincero y altruista.
Hijo de un matrimonio común, habitante infantil de un común barrio suburbano, recordaba, de su infancia,  los domingos, cuando se sentaba a la mesa junto a su familia. Todos comentaban sus comunes vidas. En el momento en que sus anécdotas de niño empezaban a explayarse, mamá se levantaba para lavar los platos, papá prendía la tele, Rodrigo se encerraba en su cuarto y Susana corría al patio a jugar con sus amigas.
Al llegar a la adolescencia advirtió que las comunes confidencias de muchachos, producían sueño a sus amigos en las nocturnas horas compartidas. Esta situación se repitió con su esposa unos años mas tarde. Elegida por alegre y saludable, tenía un rápido sueño que se aceleraba aun más cuando él, en la intimidad de las sábanas, comenzaba a relatar sus comunes sinsabores y sus pequeñas alegrías.
Estando en la oficina, su saludo, los comentarios referidos al clima o la inflación, eran escuchados y recibían la devolución de la frase hecha correspondiente, pero cuando intentaba participar en algún diálogo sobre política o fútbol, algunos de sus compañeros bostezaban, otros volvían a sus tareas, los menos lo palmeaban antes de irse. Entre el común de los hombres, su decir no aportaba nada, era él mismo todos los hombres comunes, la síntesis de sus sabidurías y esperanzas.
Decepcionado por la falta de interlocutores, decidió dejar de hacer confidencias y emitir opiniones. Quienes lo rodeaban aceptaron ese hecho sin dificultad alguna. Durante muchos años continuó con la lengua reducida a las más comunes palabras. Finalmente, juzgando innecesario hablar en la común manera en que hablan los humanos, pues lo que él no dijera, alguien lo diría, decidió callar para siempre.
Comprendió entonces que, efectivamente, su habla había sido innecesaria. Y siguió con su vida, su común vida de hombre silencioso.
Un día de esos claros y soleados que parecen hechos para dar al hombre la ilusión de que el mundo es comprensible, tuvo una intuición, un presentimiento que lo sacudió, la confusa y aterradora sensación de que su desaparecer también sería indiferente. Resolvió entonces suicidarse.
Se subió a un bote, remó hasta el medio del río caudaloso, agujereó el fondo y dejó que las aguas lo hundieran. Cuando se estaba ahogando, pues como la mayoría de los hombres comunes de las ciudades, no sabia nadar; escuchó gritos, voces, y con los ojos apenas a ras del agua, mientras braceaba desesperadamente, alcanzó a ver varios veleros  que se acercaban y en el cielo, dos helicópteros desde los que  gritaban por un altavoz. Ya era tarde para entender lo que decían, pero no para morir feliz diciéndose: He aquí el acto que redime mi común vida.


Lo que el pobre, pobre hombre nunca supo, es que el gran suceso ese día en el río había sido una carrera de veleros y que morir, es, al fin, lo más común de la vida.