Una
operación de cáncer es un acontecimiento inquietante, sobre todo cuando la
paciente es joven, tiene hijos chicos, hay amigos y familiares a quienes
conmover. Este era el caso.
Ella
percibía esa especie de corriente alterada a su alrededor. Incluso en los
médicos y enfermeras notaba un interés y una ternura que se parecían más a la
humana piedad que al profesionalismo indiferente que bien había conocido en
otras oportunidades.
De
una forma indeseada era el centro de la actividad, y las ondas que nacían de
ese nudo duro y ovoide en su cuerpo, recorrían las líneas telefónicas de la
ciudad, llegaban al sur del país, cruzaban el gran río marrón y movilizaban
valijas familiares.
Sabía
que no era más que la portadora del objeto de la conmoción. Desde
esa prescindente posición podía observar a todos y analizar el estupor que los
invadía ante la presencia de lo definitivo, las distintas formas que asumía en
cada uno, las máscaras compasivas, las apresuradas confesiones. Esa ocupación
le permitía ser ajena a su miedo, indiferente a la posible amputación y a las pronosticadas
metástasis.
Se reducía a ser única espectadora de los preparativos de una representación,
los actores, los escenógrafos, los iluminadores, sus gestos solidarios, las
ocultas insidias, el nerviosismo previo, sin interesarse demasiado por el
argumento que se representaría, solo fascinándose por ese mundo habitualmente
oculto, los entretelones de la tragedia.
Ella
no podía concebir la idea de su muerte. La asociaba más a la soledad de la sala
de partos y la incomprensión de los otros frente a la alternativa de traer a su
hijo vivo, que a esta apacible espera en una habitación con una ventana por la
que se veían brillar llenas de savia y clorofila las hojas rotundas de una magnolia. Temía a la
anestesia: el recuerdo de otras anteriores venía asociado a pesadillas, a
mundos aterradores que guardaban una unidad indiscutible con ella misma, con su
confusa prehistoria.
Sin
embargo, en esta oportunidad, tan solo hubo un cerrar de ojos en una sala
amable previa a la de cirugía, y un abrirlos seis horas después cuando la
terminaban de acostar en la cama. Una enfermera acomodaba sus dos piernas,
prestó atención, si, aún eran dos, en la cama. Otra colocaba en el cajón de la mesita un
recipiente en cuyo interior se apoyaba un pedazo suyo, que aún conteniendo
células rebeladas a la rutina de su cuerpo y extirpadas de él, no dejaban de
ser propias.
Algunas
visitas y una saludable somnolencia terminaron con el día. Disfrutó del silencio, la inmovilidad y la absoluta falta de dolor. Junto con los
crecientes ronquidos de su compañera de habitación, se hundió en un sueño
limpio y presente a través del cual, por momentos, se filtraba la ventana, la
puerta del baño, los narcisos en el florero, el vaso de agua, las caras
sonrientes de la tarde, y cada vez mas intenso, un olor a carne en descomposición.
Comenzó
a agitarse en la cama, aterrada por la imagen del trozo de su propia carne en
el frasco de vidrio, mientras su cuerpo, impotente, se reducía a unos dilatados
orificios nasales. Escuchó que su vecina de cuarto se quejaba y no dudó que fuera
a causa del hedor, esparcido por toda la habitación. Sentía
una irritante vergüenza por su propio olor
que ya salía debajo de la puerta y recorría el pasillo del hospital. Pensó
mirar dentro del cajón, pero no pudo, no sabía si era el miedo a ver aquello o
la rigidez de la anestesia lo que se lo le impedía.
En
la ventana se acentuaba la oscuridad previa al amanecer y en la cama su cuerpo
se hundía mas mientras a la creciente pestilencia se sumaba la imagen de un
palpitar de larvas en su carne. Presentía las transformaciones paulatinas de la
materia por el rumor que se agitaba en el interior de la pequeña mesa. Supuso
que al amanecer pequeños gusanitos descenderían por la madera. Nada podía hacer, a mayor grado de actividad en aquel recipiente, mayor era la imposibilidad de
mover su cuerpo o abrir la boca para dar el grito que le subía como una gran
burbuja por la garganta.
La
magnolia fue iluminando sus hojas y en distintos lugares del hospital los
ruidos del trabajo reemplazaron los quejidos y las roncas respiraciones. Durmió
unos minutos profunda y resignadamente. Al despertar, el sol brillaba en el
árbol. No quedaba ni un rastro de aquel olor. Movió despacio su cuerpo, excepto
la pierna izquierda, volvió su cabeza hacia la mesa de luz, la madera se veía cobriza
y limpia, con una capa casi imperceptible de tierra. Aún así no se animó a abrir el cajón.
Al
ver entrar a la enfermera le preguntó cuando iban a llevarse “aquello”.
-¿Qué
cosa?
-EL
recipiente- dijo, señalando la mesa.
-Pero,
señora, ayer a la tarde fue llevado al departamento de anatomopatología- le
contestó mirándola con cierta extrañeza.
Comprendió
entonces que había asistido al avant-scene de un argumento escrito -hacía mucho
tiempo- para ser representado por ella algún
día, detrás del telón y sin testigos.