martes, 2 de septiembre de 2014

LOS PAQUETES

       

Aquel viejo asunto de los paquetes había comenzado poco antes de mi adolescencia, por iniciativa de papá y con el beneplácito de mamá. Él llegaba al anochecer, con las cajas envueltas en celofán de colores y rubricadas por un moñito de papel.
-¿Adiviná que te traje? – me decía, y yo me desesperaba por ver el tamaño de la caja que guardaba detrás.
- A ver, mostrame, no seas malo, por favor- hasta que lo detenía en su rotación y la caja quedaba a la vista, en mis manos.
Muchas veces el tamaño de las cajas no guardaba relación con el contenido. Una enorme podía mostrar en el fondo sólo una fotografía amarillenta; o una muy pequeña traer doblada en diez o veinte partes una enorme lámina fina y colorida como alas de mariposa.  Nunca me detuve a preguntar cuál era el motivo de la falta de proporcionalidad entre contenido y continente, volumen y peso, era parte del juego, los grandes moños enrulados, el envoltorio brillante y crujiente, la caja y su interior sorpresivo.
De aquella época guardé con respetuoso cuidado la caja azul y roja en la que se podía ver a la reina Isabel entregando las joyas a Colón, y siempre creí en la posible autenticidad de esas mínimas joyas. Era una escultura histórica, como la mayoría de las de la “etapa pubertad”.
Con el tiempo, mis hermanos mayores se fueron incorporando a este rito que me hacía asomar a la ventana no bien empezaba a caer el sol y quedarme con la vista fija en la esquina por la que aparecerían. En las que ellos traían encontraba grabados en cobre de jóvenes guerrilleras o amazonas de pecho cauterizado, esculturas de mujeres célebres como Isadora Duncan o Madame Curie.
El tiempo fue pasando así por entre moños, papeles y asombros, mientras por la esquina otro hombre y otros paquetes nacieron para mi espera. Fue justamente después de casarme cuando todo este asunto de los regalos llegó a su punto más alto.  Esperaba con ansiedad enfermiza el regreso de Marcelo. Mi inquietud era tan grande que me ponía a fregar las paredes, los pisos, los azulejos, los muebles: una y otra vez, entre miradas furtivas al reloj y oídos atentos al ruido de la cerradura. A Marcelo no podía verlo llegar por la esquina, el departamento era interno y todo lo que aparecía frente a mis ventanas era un muro descascarado.
Marcelo era muy imaginativo. Una vuelta me trajo una caja que contenía el pirograbado de un líder en gesto de arenga, envuelta en papel de diario y atada con piolín; y otra, una maqueta de una manifestación, en papel de almacén y manchada, aún no sé si de tomate o sangre. La más insólita fue la de la traductora de francés, estaba enfundada en una bolsa de seda natural y atada con una fina media de nylon.
Yo solía ordenar las cajas y numerarlas de acuerdo a la época en que las había recibido. O bien cambiaba el criterio y las reordenaba según el tamaño, la temática, el color o el estado de ánimo que me producían. Algunas eran tan minuciosas que en cada observación descubría un detalle nuevo. Las mejores eran las que Marcelo empezó a traerme cuando por su trabajo debía viajar al extranjero. Mi preferida era la miniatura de marfil de una geisha sirviendo té en una tacita no más grande que un grano de arroz. Y luego la isleña descalza y la indígena de manos arqueadas sobre un telar, ambas realizadas en fibras naturales.  A estas últimas y a otras seleccionadas a través del tiempo las había colocado cerca de la cama para mirarlas por las noches mientras esperaba a Carlos, pero en general las mantenía con las tapas cerradas para que no se cubrieran con el polvo que siempre caía sobre los objetos de la casa y contra el cual libraba una batalla de insistentes avances y retrocesos. Imaginaba sus contenidos detalle por detalle y luego me apresuraba a comprobar la veracidad de mi recuerdo, deleitándome cuando era exacto y preocupándome cuando fallaba en un color, una dimensión, una curva.
Cada día se me hacía más difícil realizar las tareas domésticas. Al abrir la alacena de la cocina para sacar el café, se me venía encima una caja, o desbarataba una pila de ellas cuando iba hacia el placard a guardar las camisas recién planchadas de Marcelo. Barrer el pasillo que llevaba al dormitorio me ocupaba varias horas, pues debía correr de un lado a otro las innumerables cajas que llegaban hasta el techo, tratando de que no perdieran su ordenamiento. A veces acababa sentada en el medio del living, invadida por las cajas, las ganas de llorar y totalmente olvidada del café, las camisas y la tierra que seguía cayendo sobre los pisos y los muebles como una eterna llovizna.
Marcelo se quejaba de mi negligencia y sus regalos disminuían. Casi siempre llegaba con las manos vacías. Yo me justificaba con que el departamento era muy chico, no podía moverme y me ahogaba allí dentro. Pareció comprenderme y compró uno más grande con un balcón que daba a una avenida. A él nos mudamos con todo y las cajas; y por un tiempo volvió a traerlas a diario, como al principio, sólo que  no me las daba con entusiasmo, sino que las dejaba sobre algún mueble, distraídamente.
Un día no las trajo más. Me resigné, ya no esperaba con ansiedad hasta cualquier hora ni miraba desde el balcón hacia la esquina.
Marcelito se había convertido en un depredador ágil y rozagante. Se lanzaba con placer sobre las reinas y las emperatrices, las porcelanas y las cerámicas. Ya no sabía cómo ponerlas a resguardo. El nuevo departamento, al igual que el anterior, comenzó a parecerme pequeño, el cansancio me abatía. Las cajas, antes mi asombro y mi placer, ahora acechaban desde todos los rincones; las oía murmurar, reír y avanzar a mis espaldas. Me volvía entonces hacia ellas y sin perderlas de vista me replegaba lentamente hasta encontrar algún refugio oscuro del cual temía un día no poder salir. Todas las mañanas, antes de abrir los ojos, oía su susurrar y me agobiaba la certeza de tener que levantarme y enfrentarlas una vez más.
Un día lo hice bien temprano, miré por el balcón hacia la esquina y no bien Marcelo desapareció de mi vista, reuní todos los piolines que fui encontrando en los cajones de la cocina, al fondo de la frutera, en la mesa de luz, y comencé a atarlas dejándoles un hilo suelto y largo. Cuando se acabaron los piolines, utilicé las soguitas de las cortinas, los cinturones, los lazos de los vestidos, las corbatas de Marcelo. Finalmente corté las sábanas y manteles en tiras largas y comencé a bajar las cajas por el balcón. Primero las más grandes, que fui depositando en la vereda una al lado de la otra. Luego las medianas, que puse sobre aquéllas, formando hileras que crecían en longitud y altitud. Llegando a mi balcón del cuarto piso, ubiqué las más pequeñas. Lo recuerdo muy bien, no fue fácil. Una vez que las hube colocado a todas, monté a Marcelito sobre mi espalda, me encaramé a la torre y usando las salientes como apoyo para descender, bajé a la vereda. Desde allí miré por unos segundos la gran pirámide trunca que había construido. Luego le volví la espalda y me fui hacia la esquina por la que siempre aparecían los hombres de la casa trayendo un paquete envuelto en papel de vistosos colores y rubricado con un moñito de papel.

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