Aquel
viejo asunto de los paquetes había comenzado poco antes de mi adolescencia, por
iniciativa de papá y con el beneplácito de mamá. Él llegaba al anochecer, con
las cajas envueltas en celofán de colores y rubricadas por un moñito de papel.
-¿Adiviná
que te traje? – me decía, y yo me desesperaba por ver el tamaño de la caja que
guardaba detrás.
-
A ver, mostrame, no seas malo, por favor- hasta que lo detenía en su rotación y
la caja quedaba a la vista, en mis manos.
Muchas veces el tamaño de las cajas no guardaba relación
con el contenido. Una enorme podía mostrar en el fondo sólo una fotografía
amarillenta; o una muy pequeña traer doblada en diez o veinte partes una enorme
lámina fina y colorida como alas de mariposa.
Nunca me detuve a preguntar cuál era el motivo de la falta de
proporcionalidad entre contenido y continente, volumen y peso, era parte del
juego, los grandes moños enrulados, el envoltorio brillante y crujiente, la
caja y su interior sorpresivo.
De aquella época guardé con respetuoso cuidado la caja azul
y roja en la que se podía ver a la reina Isabel entregando las joyas a Colón, y
siempre creí en la posible autenticidad de esas mínimas joyas. Era una
escultura histórica, como la mayoría de las de la “etapa pubertad”.
Con el tiempo, mis hermanos mayores se fueron incorporando
a este rito que me hacía asomar a la ventana no bien empezaba a caer el sol y
quedarme con la vista fija en la esquina por la que aparecerían. En las que
ellos traían encontraba grabados en cobre de jóvenes guerrilleras o amazonas de
pecho cauterizado, esculturas de mujeres célebres como Isadora Duncan o Madame
Curie.
El tiempo fue pasando así por entre moños, papeles y
asombros, mientras por la esquina otro hombre y otros paquetes nacieron para mi
espera. Fue justamente después de casarme cuando todo este asunto de los
regalos llegó a su punto más alto.
Esperaba con ansiedad enfermiza el regreso de Marcelo. Mi inquietud era
tan grande que me ponía a fregar las paredes, los pisos, los azulejos, los
muebles: una y otra vez, entre miradas furtivas al reloj y oídos atentos al
ruido de la cerradura. A Marcelo no podía verlo llegar por la esquina, el
departamento era interno y todo lo que aparecía frente a mis ventanas era un
muro descascarado.
Marcelo era muy imaginativo. Una vuelta me trajo una caja
que contenía el pirograbado de un líder en gesto de arenga, envuelta en papel
de diario y atada con piolín; y otra, una maqueta de una manifestación, en
papel de almacén y manchada, aún no sé si de tomate o sangre. La más insólita
fue la de la traductora de francés, estaba enfundada en una bolsa de seda
natural y atada con una fina media de nylon.
Yo solía ordenar las cajas y numerarlas de acuerdo a la
época en que las había recibido. O bien cambiaba el criterio y las reordenaba según
el tamaño, la temática, el color o el estado de ánimo que me producían. Algunas
eran tan minuciosas que en cada observación descubría un detalle nuevo. Las
mejores eran las que Marcelo empezó a traerme cuando por su trabajo debía
viajar al extranjero. Mi preferida era la miniatura de marfil de una geisha
sirviendo té en una tacita no más grande que un grano de arroz. Y luego la
isleña descalza y la indígena de manos arqueadas sobre un telar, ambas
realizadas en fibras naturales. A estas
últimas y a otras seleccionadas a través del tiempo las había colocado cerca de
la cama para mirarlas por las noches mientras esperaba a Carlos, pero en
general las mantenía con las tapas cerradas para que no se cubrieran con el polvo
que siempre caía sobre los objetos de la casa y contra el cual libraba una
batalla de insistentes avances y retrocesos. Imaginaba sus contenidos detalle
por detalle y luego me apresuraba a comprobar la veracidad de mi recuerdo,
deleitándome cuando era exacto y preocupándome cuando fallaba en un color, una
dimensión, una curva.
Cada día se me hacía más difícil realizar las tareas
domésticas. Al abrir la alacena de la cocina para sacar el café, se me venía
encima una caja, o desbarataba una pila de ellas cuando iba hacia el placard a
guardar las camisas recién planchadas de Marcelo. Barrer el pasillo que llevaba
al dormitorio me ocupaba varias horas, pues debía correr de un lado a otro las
innumerables cajas que llegaban hasta el techo, tratando de que no perdieran su
ordenamiento. A veces acababa sentada en el medio del living, invadida por las
cajas, las ganas de llorar y totalmente olvidada del café, las camisas y la
tierra que seguía cayendo sobre los pisos y los muebles como una eterna
llovizna.
Marcelo se quejaba de mi negligencia y sus regalos
disminuían. Casi siempre llegaba con las manos vacías. Yo me justificaba con
que el departamento era muy chico, no podía moverme y me ahogaba allí dentro. Pareció
comprenderme y compró uno más grande con un balcón que daba a una avenida. A él
nos mudamos con todo y las cajas; y por un tiempo volvió a traerlas a diario,
como al principio, sólo que no me las
daba con entusiasmo, sino que las dejaba sobre algún mueble, distraídamente.
Un día no las trajo más. Me resigné, ya no esperaba con
ansiedad hasta cualquier hora ni miraba desde el balcón hacia la esquina.
Marcelito se había convertido en un depredador ágil y
rozagante. Se lanzaba con placer sobre las reinas y las emperatrices, las
porcelanas y las cerámicas. Ya no sabía cómo ponerlas a resguardo. El nuevo
departamento, al igual que el anterior, comenzó a parecerme pequeño, el
cansancio me abatía. Las cajas, antes mi asombro y mi placer, ahora acechaban
desde todos los rincones; las oía murmurar, reír y avanzar a mis espaldas. Me
volvía entonces hacia ellas y sin perderlas de vista me replegaba lentamente
hasta encontrar algún refugio oscuro del cual temía un día no poder salir.
Todas las mañanas, antes de abrir los ojos, oía su susurrar y me agobiaba la certeza
de tener que levantarme y enfrentarlas una vez más.
Un día lo hice bien temprano, miré por el balcón hacia la
esquina y no bien Marcelo desapareció de mi vista, reuní todos los piolines que
fui encontrando en los cajones de la cocina, al fondo de la frutera, en la mesa
de luz, y comencé a atarlas dejándoles un hilo suelto y largo. Cuando se
acabaron los piolines, utilicé las soguitas de las cortinas, los cinturones,
los lazos de los vestidos, las corbatas de Marcelo. Finalmente corté las
sábanas y manteles en tiras largas y comencé a bajar las cajas por el balcón.
Primero las más grandes, que fui depositando en la vereda una al lado de la otra. Luego las
medianas, que puse sobre aquéllas, formando hileras que crecían en longitud y
altitud. Llegando a mi balcón del cuarto piso, ubiqué las más pequeñas. Lo
recuerdo muy bien, no fue fácil. Una vez que las hube colocado a todas, monté a
Marcelito sobre mi espalda, me encaramé a la torre y usando las salientes como
apoyo para descender, bajé a la vereda. Desde allí miré por unos segundos la
gran pirámide trunca que había construido. Luego le volví la espalda y me fui
hacia la esquina por la que siempre aparecían los hombres de la casa trayendo
un paquete envuelto en papel de vistosos colores y rubricado con un moñito de
papel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario