Eran tiempo de escasez aquellos.
El tío les había regalado un pizarrón mágico
Así se llamaba y así lo veían ellos, mágico. Cuando el pequeño, excitado, movía
los botones inferiores o laterales, aparecían rayas y manchas sobre la
superficie blanca. El mayor aprendió con rapidez a dirigir las líneas
horizontales, verticales, curvas y a provocar la aparición de distintos colores
a voluntad.
Borrar el pizarrón era más mágico que escribir
en él. Veían desaparecer todo y presentían el placer de recomenzar. Al cabo de
una semana ambos eran expertos, uno en
pintura abstracta y el otro en figurativa. Era el juego de las noches,
posterior a los deberes, la pelota, los árboles del fondo.
Ese atardecer lo pusieron sobre la mesa de la
cocina, cerca de la madre que iba de la heladera a la mesada, de la mesada a
las hornallas, los cajones y el armario con un apresuramiento exasperado.
Discutían por el pizarrón: -¡Dále, dejáme!. –
¡No, vos ya jugaste!-, gritaban mientras lo manoteaban y se empujaban.
La madre, aunque seguía de espaldas en su
trajín de manos llenas, les advertía cada tanto -¡Basta de pelear!, un ratito
cada uno- , o luego, enojada: -¡Dejen eso de una vez!-. Pero los niños estaban
empeñados en establecer su poder sobre el objeto con gritos, llantos y algún que otro golpe. Así
fue como no advirtieron que la madre soltaba violentamente la espumadera y la olla sobre la mesada -un
incontenible desperdicio de sopa que se
deslizó hacia el desaguadero- y se daba vuelta furiosa.
No la vieron venir, solo a sus manos que
agarraban el juguete y lo golpeaban una y otra vez contra el borde de la mesa,
y a los pedazos de plástico, mica y alambre saltar a su alrededor entre una
nubecita de polvos de colores. Vieron el destrozo y luego miraron la cara roja
y congestionada de la madre que decía: -¡Ya está, si no saben compartir, para
ninguno de los dos!- y mientras ella iba al cuarto y se encerraba a llorar
convulsivamente, ellos quedaron
inmóviles, con los ojos y la boca abierta, solos, sin cena, sin juguete, unidos
por el desconcierto, cómplices en su culposa hermandad.