lunes, 2 de junio de 2014

CREATURAS



   
Aquella lejana vez ella miró sus oscurecidos ojos azules bajo las prolongadas pestañas y supo que el sueño de ese hombre era poder seducir mujeres flacas  como ella. Supo también que era un sueño por momentos atormentante, por momentos resignado.
Las veces siguientes que lo vio, pudo intuir -bajo sus mofletes redondeados- una mandíbula recia, en el centro de su enorme trasero una cadera estrecha; y oculto bajo el pliegue generoso de su vientre, un sexo potente y urgido.  Se enamoró de él, es decir, se enamoró de esa arcilla casi sin forma a la cual ella imaginó modelada apolíneamente.
Le resultó fácil seducirlo y llevarlo a vivir a su departamento. Pasó varios días casi sin salir, haciéndole el amor, besando sus extensiones carnosas, crucificada sobre su cuerpo, excitada y feliz. El comenzó a mirarse en el espejo, de a poco, asombrado. Un día se sacó la camisa, otro se miró al pasar en calzoncillos hacia el baño, y por último se observó desnudo y de frente una noche mientras esperaba que ella volviera del trabajo con la bolsa del supermercado para hacer la comida. Ella volvió. Pero en lugar de pan traía galletas de gluten, en vez de azúcar gotas endulzantes, a cambio de todo otro alimento, algunas verduritas y un minúsculo trozo de carne desgrasada. Aceptó ese régimen durante una semana, así como todos los sucesivos. Ella cocinaba, decoraba las fuentes, inventaba chistes acerca de cada menú y comía con él las mismas dietas, que ciertamente le hacían mucho más efecto. Lo hizo socio de un gimnasio y lo llevó a correr por los bosques de Palermo. Probó también la psicoterapia. Finalmente el yoga y la acupuntura.
Algunos de esos procedimientos, o todos juntos, probaron su eficacia. Lo acompañó a una moderna casa de modas y le enseñó a elegir los colores y los cortes que más lo favorecían. Disfrutaba viéndolo pavonearse en todas las reuniones a las que asistían y observando con cuanta facilidad seducía a sus compañeras de trabajo.
Habiendo transcurrido ya tres años, ella se veía como un fantasma transparente habitado por finísimos huesos. Tenía frecuentes mareos y desmayos. Decidió engordar unos kilos. Compró carne de cerdo y  cordero, mariscos, crema, quesos y una variedad de dulces y tortas, con lo que provocó la ira de su compañero quien creyó adivinar una intención de corromper su apariencia de dios griego con azules ojos oscurecidos tras las largas pestañas. El malentendido fue creciendo a pesar de las encendidas declaraciones de amor de ella; hasta el día en que él se fue llevando en sus valijas los mejores trajes y camisas. Dejó una nota donde decía que necesitaba libertad, oxígeno, aire puro.
Ese fue su primer amor, al que lloró largamente. Pero era una mujer fuerte y recuperó el fuego de su espíritu y las formas de su cuerpo. Decidió estudiar ciencias económicas y, en el tiempo que le dejaba libre su trabajo, iba a la facultad o a la biblioteca. En esta última conoció a un joven delgado que usaba barba y anteojos. Leía, suspiraba y en muchas oportunidades se quedaba con la mirada fija en el vacío. Se pasaron una lapicera, una sonrisa y luego tomaron un café en el bar de la esquina. Era un estudiante crónico de Ciencias Políticas, soñaba con ser diplomático y recorrer el mundo, pero jamás podría recibirse. Era un inútil, no tenía método ni inteligencia suficiente. Desde chico se lo decían sus padres y siempre sería así. Mejor hubiera sido dedicarse a trabajar en la empresa de su familia y no perder tiempo con sueños imposibles. Estas confesiones fue haciéndolas de tarde en tarde y un día, todas juntas al término del primer examen al que ella lo acompañó y que terminó en fracaso como todos los anteriores; y más tarde en llanto en un hotel alojamiento a tres cuadras de la facultad, lugar donde ella pensó podría aliviar tanta vergüenza y pena.
Ese día se enamoró: una criatura tan sensible y débil dentro de una familia de duros empresarios argentinos no podía estar menos que desvalorizada y humillada, perdida su autoestima, diluida en triste barro su forma humana, desintegrada.
Se fue a vivir con él. Hacía resúmenes, se los leía en voz alta, estudiaba los temas mas difíciles mientras el dormía para luego explicárselos con claridad didáctica. Le compró un complejo vitamínico y con bastante esfuerzo le hizo prescindir de la cuota que le daba el padre todos los meses en medio de reproches. Ella trabajaría y él luego lo devolvería con creces, o no, eso no importaba.
Durante siete años estudió a su lado, lo acompañó a cada examen, denostó a los profesores que lo aplazaban, festejó alborotada cada aprobado y eufórica el triunfo final. El romance terminó en la fiesta de despedida que dio la madre del glorioso estudiante. La familia le había conseguido un puesto en la embajada de la India. Ella lo miró abrazarse con sus padres, beber alegremente, reír con seguridad. Se marchó silenciosa a su departamento.
Durante los meses siguientes recibió tres postales. En la última le decía que estuviera donde estuviera, nunca la olvidaría. A ella se le acentuó el dolor que su primer amor le había dejado punzando bajo su seno izquierdo.
Meditó mucho sobre la vida y la ingratitud de los hombres. Se impuso terminar su carrera y trabajar para sí misma. Pero una pasión mucho más fuerte que las anteriores pudo más que todos sus propósitos.
El era un hálito helado y violento. Aparecía y desaparecía, no tenía nombre, casa ni profesión conocida. Componía canciones y poemas llenos de enigmas que luego rompía. Se llenaba de cólera cuando ella intentaba demostrarle amor y se ponía a gritar en contra del mundo en general y de las mujeres en particular. Rompía las tazas del último café, los platos y el cenicero. Se calmaba, en ocasiones, con palabras suaves y convincentes, otras con caricias, otras, si todo lo damas fracasaba, al verla a ella ponerse a su lado, gritar y romper de igual manera.
Un día atacó la vitrina donde estaban protegidas las porcelanas de la abuela y comenzó a estrellarlas contra el piso. Ella lo miró por un instante, luego emitió un alarido ronco y se abalanzó con las palmas abiertas sobre las ventanas, golpeando los vidrios. Uno tras otro astilló los vidrios del departamento, con las manos en alto, bramando como un ciervo herido. El se aquietó al verla, y al advertir la sangre que bajaba desde sus palmas por los antebrazos blancos, corrió hacia ella gritando: “¡basta, basta!”, y la apretó contra él acunándola. Lloraron los dos hasta agotarse. Esa noche se despidió con ternura y desapareció durante nueve días.
Cuando regresó, le hizo el amor como nunca antes lo había hecho. Se amaron  bajo la lenta luz de una luna redonda que entraba por la ventana. Luego le habló de una responsabilidad que debía asumir, de una misión de la cual no podía seguir huyendo, la abrazó y se fue. Veinticuatro horas lloró la pérdida del amor apenas nacido. Veinticuatro horas durmió. Al despertar, estaba decidida a no volver a vivir nunca más en función de un hombre. Se bañó durante un rato y sintió que se había agudizado el dolor del tórax, bajo su seno izquierdo. Salió a caminar. Se sentó en la vereda de un bar a tomar un café doble. Hundida en sus pensamientos pasaba los ojos distraídos por sobre las personas y las cosas hasta que los detuvo en un hombre que aferraba un vaso en una mesa cercana. Se cruzaron sus miradas y ella adivinó un espíritu destruido por la tristeza de vivir. Desvió su vista hacia el verdor de los árboles por los que se filtraba el sol de la mañana y pensó, orgullosa, en sus hombres, dispersos por la tierra, hermosos y seguros.


Temió entonces volver a enamorarse. Sospechó, resignada, que ello seguiría sucediendo tantas veces como costillas tuviera aún la mujer que habitaba.


domingo, 1 de junio de 2014

El ESPEJO DE LA NOCHE


          Se despertó al amanecer. Había trabajado hasta tarde en la ponencia a presentar en el congreso. Recordó la última frase escrita: “El origen de todas esas enfermedades infantiles y su ineludible fermento ha sido y sigue siendo la miseria”. Advirtió que había dejado la ventana abierta y en algún momento de la noche, una ráfaga de aire ya circulando por otras ventanas, había dispersado las hojas blancas de la resma que dejara sobre el escritorio. Dos o tres habían caído y descansaban sobre la alfombra.
Miró hacia la abertura en la cual se había reclinado un rayo de sol indeciso y pensó –va a hacer calor-, aunque aún estaba fresco y el pedazo de cielo que se veía aparecía salpicado de nubes grises.
Se sintió melancólica. Añoraba un espacio. Hizo esfuerzos en su memoria pero no pudo recordarlo. Anhelaba un tiempo. No sabía si ya había sido y quedado registrado apenas, o todavía no había llegado y esperaba ser transitado por ella. Un espacio con las mismas nubes grises arriba, como las que estaba mirando,  y abajo, donde ahora estaba la pared que le impedía ver, un mar, diferente al del verano y las vacaciones. Duro, árido, plomizo, amenazante. Pensó si habría soñado o estaría inventando este mar con retazos de libros, postales, películas. Cualquiera fuera el proceso por el que se había presentado ante ella, estaba segura de no haber visto nunca un mar tan bravío, helado, gris,  y a la vez deseable, tironéandola desde una melancolía que la mantenía inmóvil en la cama.

Un rayo de sol, más armado y decidido, se detuvo sobre una de las hojas blancas caídas en el piso. El reflejo la distrajo de su ensoñación. Miró el despertador, se levantó, cerró las cortinas para impedir el ingreso del aire tibio y fue hasta el cuarto del hijo. Antes de despertarlo observó las piernas delgadas, musculosas. El vello adolescente que las empezaba a cubrir le marcaba una distancia respetuosa de ese ser del cual cada día iba sabiendo un poco menos. - Luciano -, dijo, -vamos Luciano -. Se puso a recoger unas prendas de ropa y a tararear –Arriba Juan, arriba Juan, vamos a la escuela. Ay no mamá, ay no mamá me duele la muela. Arriba Juan, arriba Juan, pasan los soldados. Ah, sí, mamá, ah, sí, mamá, ya estoy levantado.
La canción era tan vieja y Luciano ya de quince. Se sonrió. Aún veía esos míticos soldaditos de plomo que su hijo no llegó a conocer más que por un cuento infantil. Todavía imaginaba la gente en los balcones, con sombreros y abanicos, aplaudiendo el paso de Patricios y Granaderos, aunque no recordaba haber estado en un desfile militar y mucho menos con un público de caballeros ensombrerados y damas abanicándose. Tal vez hoy fuera el día de las nostalgias equivocadas pensó, y dijo:- Vamos, Luciano, que ya es tarde.

Volvió a su cuarto y ordenó los papeles sobre el escritorio. Al recoger los que habían quedado esparcidos sobre la alfombra, vio que uno de ellos estaba escrito. Intentó leer, creyendo que sería algún apunte no incluido en su trabajo de la noche anterior, pero no pudo. Parecía su letra, deformada, retorcida, articulada en signos que no pertenecían a su abecedario. Puso la hoja sobre las otras, indecisa entre descifrar ese pequeño misterio o seguir su rutina apartada de esas curiosidades insistentes, la preocupación por los objetos que se pierden, una media, unas tijeras, o entender un hecho policíaco a través de la abundancia espasmódica de noticias. Había tanto que no podría encontrar, recuperar o descifrar, que ese papel garabateado era apenas una muestra insignificante de su impotencia. Suspiró. Encima de las hojas colocó un cenicero a fin de que no volvieran a volar por la habitación.

Cuando entró al hospital el pasillo estaba lleno de mujeres con sus hijos en brazos, sentados a su lado o parados dentro del ángulo de sus piernas. Se abotonó el delantal con lentitud, tratando de prolongar el estado de languidez,  detener las urgencias, la obligada atención que la apartaría de ese letargo nostálgico donde la ausencia de lo deseado se parecía mucho al placer de rascarse con suavidad una herida que está curando.
A media mañana llegó el cafetero. Interrumpió su oficio de diagnosticar diarreas estivales, anginas, tuberculosis, alguna intoxicación, y se reunió con sus colegas en el pasillo que une los consultorios por detrás. Las mismas bromas, comentarios, la levedad necesaria del recreo. Sus ojos fueron del café a sus compañeros de tareas, pasaron sin registro por ellos y se deslizaron a la ventanita que encuadraba un trozo del patio del hospital. Recorrieron los arbustos sin podar, las baldosas, y encontraron la magnolia florecida. Allí se quedaron quietos: Un mar puntiagudo, revuelto. Una cantina en el muelle y ella acodada a una mesa de madera, junto a los marinos que beben cerveza y esperan que cambie el viento. Mira las olas, sus irritadas figuras. Alguien canta una melodía. Su voz es ronca y dulce. Lo soñé durante la noche, se dice, como al jardín abandonado y la callecita angosta de piedra y barro, son mis sueños que vuelven.
-A mi también me pasa de vez en cuando eso de quedarme enganchado en un sueño por un día o más.
Ella pregunta:
-¿El sueño continúa y cada noche le agregás algo?
-¿Cómo una telenovela? No, eso es típicamente femenino-. El se ríe.
El diálogo pasa por las pesadillas que se repiten a lo largo de los años, color o blanco y negro,  las represiones, el inconciente colectivo, hasta diluirse en la borra del café y salir todos desganados para terminar de una vez con la espera amontonada en los pasillos del hospital.

Durante la tarde le costó mucho esfuerzo concentrarse en las estadísticas. Cualquier dificultad  la distraía. Quedaba suspendida entre el trabajo intelectual y las sensaciones recurrentes desde esa mañana. Un ojo en los gráficos, otro en la ventana. Un cuerpo en la silla, otro levitando. Desde su asiento articuló: epidemiología infantil, concentrarse. Sin embargo los olores, las imágenes, los sonidos eran más intensos que en los días anteriores.
A la callecita angosta con surcos hondos en el barro y una caída para el agua hacia el centro, se le agregó una puerta de cedro. Baja, con herrajes oxidados, inserta en una tapia desde la cual se derramaba una glicina casi tapando un farol hacia el extremo por donde subía la calle. Sabía que entraría a ese lugar. Los goznes harían ruido. Olería un perfume de jardín agreste. Cerca, el mar, el batallar de las olas contra las piedras de la costa, el muelle.
Basta, dijo. O no  lo dijo pero se incorporó, tensó la espalda, estiró brazos, piernas y fue a prepararse un baño.
Sacudió la cabeza, no me voy a preocupar, refregó, hoy me distraje demasiado, frotó, es que dormí mal, acarició, son solo sensaciones, perfumó su piel, fantasmas volátiles. Una vez recuperado el placer de un presente definido, cenó con Luciano, hizo varias llamadas telefónicas y se dispuso a seguir trabajando. Apartó la resma con su primera hoja extrañamente escrita y el cenicero sobre ella, abrió la computadora y estuvo hasta la media noche elaborando las conclusiones hacia las cuales había empujado su investigación.

Al recibir su cuerpo, la cama se ahuecó apenas en el centro. Plácida, reconoció el olor a limpio, la suavidad de las sábanas. Era una noche buena, de esas en que la cama grande deja de ser un desierto para convertirse en un útero protector, confortable. Viajó hacia el sueño casi feliz. En él se quedo una escasa hora, luego de la cual despertó con brusquedad. Se sentó. Estaba acalorada, tenía palpitaciones y una urgencia compulsiva: saber ya, sin tardanza, qué decía la hoja de papel encontrada ese amanecer en la alfombra del cuarto. Ahí estaba. Seguía siendo su letra, rara, retorcida, encadenada en signos que no pertenecían a su abecedario y sin embargo, ahora que los acercaba a la lámpara y sus ojos, perfectamente reconocibles. Leyó:
Todas las noches, en el momento de apagar el candil para acostarme, tengo la sensación de estar yendo al encuentro de otra época, otro lugar. Al despertar siento nostalgia de un mundo extraño. Miro los muros rugosos, tiznados, y en lugar de ellos, tan familiares, recuerdo otros lisos, blancos, suaves como la mejilla de una criatura. Y también a un niño crecido al que amo desde una distancia que no se si es ésta, la de estar en otro mundo y no tenerlo conmigo.
Cuando cruzo el jardín descuidado y oloroso, se mezcla un perfume más fuerte que parece emanar de mi cuerpo envuelto en la capa de lana. Mientras empujo la puerta de la tapia y camino tropezando entre las piedras y el barro de la calleja, añoro un pasillo muy blanco por el cual avanzo saludando a mujeres y niños. Me miran con respeto. Soy una bruja que manipula instrumentos. Sostengo cuerpitos morenos y delgados. Detengo el flujo de la sangre: tengo poder sobre la vida ajena. A la noche frente al mar, en el muelle, se que todo vive en mí, pero no sé como. Cuando los marineros cantan y sienten tristeza por la lejanía de aquellos puertos donde los esperan caras familiares, yo me acodo a la tabla de madera y me sumo a su canto. Pero no es lejos, es aquí, en la misteriosa oscuridad de la noche, en el abandono de mi cuerpo dormido, donde me aguarda el otro puerto.  Tal vez en él, confundida, sienta nostalgia de éste.