Se despertó al
amanecer. Había trabajado hasta tarde en la ponencia a presentar en el
congreso. Recordó la última frase escrita: “El origen de todas esas
enfermedades infantiles y su ineludible fermento ha sido y sigue siendo la
miseria”. Advirtió que había dejado la ventana abierta y en algún momento de la
noche, una ráfaga de aire ya circulando por otras ventanas, había dispersado las
hojas blancas de la resma que dejara sobre el escritorio. Dos o tres habían
caído y descansaban sobre la alfombra.
Miró hacia la abertura en la cual se había reclinado un rayo de sol
indeciso y pensó –va a hacer calor-, aunque aún estaba fresco y el pedazo de
cielo que se veía aparecía salpicado de nubes grises.
Se sintió melancólica. Añoraba un espacio. Hizo esfuerzos en su memoria
pero no pudo recordarlo. Anhelaba un tiempo. No sabía si ya había sido y
quedado registrado apenas, o todavía no había llegado y esperaba ser transitado
por ella. Un espacio con las mismas nubes grises arriba, como las que estaba
mirando, y abajo, donde ahora estaba la pared que le impedía ver, un mar,
diferente al del verano y las vacaciones. Duro, árido, plomizo, amenazante.
Pensó si habría soñado o estaría inventando este mar con retazos de libros,
postales, películas. Cualquiera fuera el proceso por el que se había presentado
ante ella, estaba segura de no haber visto nunca un mar tan bravío, helado,
gris, y a la vez deseable, tironéandola desde una melancolía que la
mantenía inmóvil en la cama.
Un rayo de sol, más armado y decidido, se detuvo sobre una de las hojas
blancas caídas en el piso. El reflejo la distrajo de su ensoñación. Miró el
despertador, se levantó, cerró las cortinas para impedir el ingreso del aire
tibio y fue hasta el cuarto del hijo. Antes de despertarlo observó las piernas
delgadas, musculosas. El vello adolescente que las empezaba a cubrir le marcaba
una distancia respetuosa de ese ser del cual cada día iba sabiendo un poco
menos. - Luciano -, dijo, -vamos Luciano -. Se puso a recoger unas prendas de
ropa y a tararear –Arriba Juan, arriba Juan, vamos a la escuela. Ay no mamá, ay
no mamá me duele la muela. Arriba Juan, arriba Juan, pasan los soldados. Ah,
sí, mamá, ah, sí, mamá, ya estoy levantado.
La canción era tan vieja y Luciano ya de quince. Se sonrió. Aún veía esos
míticos soldaditos de plomo que su hijo no llegó a conocer más que por un
cuento infantil. Todavía imaginaba la gente en los balcones, con sombreros y
abanicos, aplaudiendo el paso de Patricios y Granaderos, aunque no recordaba
haber estado en un desfile militar y mucho menos con un público de caballeros
ensombrerados y damas abanicándose. Tal vez hoy fuera el día de las nostalgias
equivocadas pensó, y dijo:- Vamos, Luciano, que ya es tarde.
Volvió a su cuarto y ordenó los papeles sobre el escritorio. Al recoger los
que habían quedado esparcidos sobre la alfombra, vio que uno de ellos estaba
escrito. Intentó leer, creyendo que sería algún apunte no incluido en su
trabajo de la noche anterior, pero no pudo. Parecía su letra, deformada,
retorcida, articulada en signos que no pertenecían a su abecedario. Puso la
hoja sobre las otras, indecisa entre descifrar ese pequeño misterio o seguir su
rutina apartada de esas curiosidades insistentes, la preocupación por los
objetos que se pierden, una media, unas tijeras, o entender un hecho policíaco
a través de la abundancia espasmódica de noticias. Había tanto que no podría
encontrar, recuperar o descifrar, que ese papel garabateado era apenas una
muestra insignificante de su impotencia. Suspiró. Encima de las hojas colocó un
cenicero a fin de que no volvieran a volar por la habitación.
Cuando entró al hospital el pasillo estaba lleno de mujeres con sus hijos
en brazos, sentados a su lado o parados dentro del ángulo de sus piernas. Se
abotonó el delantal con lentitud, tratando de prolongar el estado de
languidez, detener las urgencias, la
obligada atención que la apartaría de ese letargo nostálgico donde la ausencia
de lo deseado se parecía mucho al placer de rascarse con suavidad una herida que
está curando.
A media mañana llegó el cafetero. Interrumpió su oficio de diagnosticar
diarreas estivales, anginas, tuberculosis, alguna intoxicación, y se reunió con
sus colegas en el pasillo que une los consultorios por detrás. Las mismas
bromas, comentarios, la levedad necesaria del recreo. Sus ojos fueron del café
a sus compañeros de tareas, pasaron sin registro por ellos y se deslizaron a la
ventanita que encuadraba un trozo del patio del hospital. Recorrieron los
arbustos sin podar, las baldosas, y encontraron la magnolia florecida. Allí se
quedaron quietos: Un mar puntiagudo, revuelto. Una cantina en el muelle y ella
acodada a una mesa de madera, junto a los marinos que beben cerveza y esperan
que cambie el viento. Mira las olas, sus irritadas figuras. Alguien canta una
melodía. Su voz es ronca y dulce. Lo soñé durante la noche, se dice, como al
jardín abandonado y la callecita angosta de piedra y barro, son mis sueños que
vuelven.
-A mi también me pasa de vez en cuando eso de quedarme enganchado en un
sueño por un día o más.
Ella pregunta:
-¿El sueño continúa y cada noche le agregás algo?
-¿El sueño continúa y cada noche le agregás algo?
-¿Cómo una telenovela? No, eso es típicamente femenino-. El se ríe.
El diálogo pasa por las pesadillas que se repiten a lo largo de los años,
color o blanco y negro, las represiones,
el inconciente colectivo, hasta diluirse en la borra del café y salir todos
desganados para terminar de una vez con la espera amontonada en los pasillos
del hospital.
Durante la tarde le costó mucho esfuerzo concentrarse en las estadísticas.
Cualquier dificultad la distraía. Quedaba suspendida entre el trabajo
intelectual y las sensaciones recurrentes desde esa mañana. Un ojo en los
gráficos, otro en la ventana. Un cuerpo en la silla, otro levitando. Desde su
asiento articuló: epidemiología infantil, concentrarse. Sin embargo los olores,
las imágenes, los sonidos eran más intensos que en los días anteriores.
A la callecita angosta con surcos hondos en el barro y una caída para el
agua hacia el centro, se le agregó una puerta de cedro. Baja, con herrajes
oxidados, inserta en una tapia desde la cual se derramaba una glicina casi
tapando un farol hacia el extremo por donde subía la calle. Sabía que entraría
a ese lugar. Los goznes harían ruido. Olería un perfume de jardín agreste.
Cerca, el mar, el batallar de las olas contra las piedras de la costa, el
muelle.
Basta, dijo. O no lo dijo pero se incorporó, tensó la espalda, estiró
brazos, piernas y fue a prepararse un baño.
Sacudió la cabeza, no me voy a preocupar, refregó, hoy me distraje
demasiado, frotó, es que dormí mal, acarició, son solo sensaciones, perfumó su
piel, fantasmas volátiles. Una vez recuperado el
placer de un presente definido, cenó con Luciano, hizo varias llamadas
telefónicas y se dispuso a seguir trabajando. Apartó la resma con su primera
hoja extrañamente escrita y el cenicero sobre ella, abrió la computadora y
estuvo hasta la media noche elaborando las conclusiones hacia las cuales había
empujado su investigación.
Al recibir su cuerpo, la cama se ahuecó apenas en el centro. Plácida,
reconoció el olor a limpio, la suavidad de las sábanas. Era una noche buena, de
esas en que la cama grande deja de ser un desierto para convertirse en un útero
protector, confortable. Viajó hacia el sueño casi feliz. En él se quedo una
escasa hora, luego de la cual despertó con brusquedad. Se sentó. Estaba
acalorada, tenía palpitaciones y una urgencia compulsiva: saber ya, sin
tardanza, qué decía la hoja de papel encontrada ese amanecer en la alfombra del
cuarto. Ahí estaba. Seguía siendo su letra, rara, retorcida, encadenada en signos
que no pertenecían a su abecedario y sin embargo, ahora que los acercaba a la
lámpara y sus ojos, perfectamente reconocibles. Leyó:
Todas las noches, en el momento de apagar el candil para acostarme, tengo
la sensación de estar yendo al encuentro de otra época, otro lugar. Al
despertar siento nostalgia de un mundo extraño. Miro los muros rugosos,
tiznados, y en lugar de ellos, tan familiares, recuerdo otros lisos, blancos,
suaves como la mejilla de una criatura. Y también a un niño crecido al que amo desde
una distancia que no se si es ésta, la de estar en otro mundo y no tenerlo
conmigo.
Cuando cruzo el jardín descuidado y oloroso, se mezcla un perfume más
fuerte que parece emanar de mi cuerpo envuelto en la capa de lana. Mientras empujo la puerta de la tapia
y camino tropezando entre las piedras y el barro de la calleja, añoro un
pasillo muy blanco por el cual avanzo saludando a mujeres y niños. Me miran con
respeto. Soy una bruja que manipula instrumentos. Sostengo cuerpitos morenos y
delgados. Detengo el flujo de la sangre: tengo poder sobre la vida ajena. A la noche
frente al mar, en el muelle, se que todo vive en mí,
pero no sé como. Cuando los marineros cantan y
sienten tristeza por la lejanía de aquellos puertos donde los esperan caras
familiares, yo me acodo a la tabla de madera y me sumo a su canto. Pero no es
lejos, es aquí, en la misteriosa oscuridad de la noche, en el abandono de mi
cuerpo dormido, donde me aguarda el otro puerto. Tal vez en él,
confundida, sienta nostalgia de éste.
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