Aquella lejana vez ella miró sus oscurecidos ojos azules bajo las prolongadas pestañas y supo que el sueño de ese hombre era poder seducir mujeres flacas como ella. Supo también que era un sueño por momentos atormentante, por momentos resignado.
Las veces
siguientes que lo vio, pudo intuir -bajo sus mofletes redondeados- una
mandíbula recia, en el centro de su enorme trasero una cadera estrecha; y
oculto bajo el pliegue generoso de su vientre, un sexo potente y urgido. Se enamoró de él, es decir, se enamoró de esa
arcilla casi sin forma a la cual ella imaginó modelada apolíneamente.
Le resultó
fácil seducirlo y llevarlo a vivir a su departamento. Pasó varios días casi sin
salir, haciéndole el amor, besando sus extensiones carnosas, crucificada sobre
su cuerpo, excitada y feliz. El comenzó a
mirarse en el espejo, de a poco, asombrado. Un día se sacó la camisa, otro se
miró al pasar en calzoncillos hacia el baño, y por último se observó desnudo y
de frente una noche mientras esperaba que ella volviera del trabajo con la
bolsa del supermercado para hacer la comida. Ella
volvió. Pero en lugar de pan traía galletas de gluten, en vez de azúcar gotas
endulzantes, a cambio de todo otro alimento, algunas verduritas y un minúsculo
trozo de carne desgrasada. Aceptó ese régimen durante una semana, así como
todos los sucesivos. Ella cocinaba, decoraba las fuentes, inventaba chistes
acerca de cada menú y comía con él las mismas dietas, que ciertamente le hacían
mucho más efecto. Lo hizo socio de un gimnasio y lo llevó a correr por los
bosques de Palermo. Probó también la psicoterapia. Finalmente
el yoga y la acupuntura.
Algunos de
esos procedimientos, o todos juntos, probaron su
eficacia. Lo acompañó a una moderna casa de modas y le enseñó a elegir los
colores y los cortes que más lo favorecían. Disfrutaba viéndolo pavonearse en
todas las reuniones a las que asistían y observando con cuanta facilidad
seducía a sus compañeras de trabajo.
Habiendo
transcurrido ya tres años, ella se veía como un fantasma transparente habitado
por finísimos huesos. Tenía frecuentes mareos y desmayos. Decidió engordar unos
kilos. Compró carne de cerdo y cordero,
mariscos, crema, quesos y una variedad de dulces y tortas, con lo que provocó
la ira de su compañero quien creyó adivinar una intención de corromper su
apariencia de dios griego con azules ojos oscurecidos tras las largas pestañas. El
malentendido fue creciendo a pesar de las encendidas declaraciones de amor de
ella; hasta el día en que él se fue llevando en sus valijas los mejores trajes
y camisas. Dejó una nota donde decía que necesitaba libertad, oxígeno, aire
puro.
Ese fue su
primer amor, al que lloró largamente. Pero era una mujer fuerte y recuperó el
fuego de su espíritu y las formas de su cuerpo. Decidió estudiar ciencias económicas y, en el tiempo que le dejaba
libre su trabajo, iba a la facultad o a la biblioteca. En esta última conoció a
un joven delgado que usaba barba y anteojos.
Leía, suspiraba y en muchas oportunidades se quedaba con la mirada fija en el
vacío. Se pasaron una lapicera, una sonrisa y luego tomaron un café en el bar
de la esquina. Era un
estudiante crónico de Ciencias Políticas, soñaba con ser diplomático y recorrer
el mundo, pero jamás podría recibirse. Era un inútil, no tenía método ni
inteligencia suficiente. Desde chico se lo decían sus padres y siempre sería
así. Mejor hubiera sido dedicarse a trabajar en la empresa de su familia y no
perder tiempo con sueños imposibles. Estas confesiones fue haciéndolas de tarde
en tarde y un día, todas juntas al término del primer examen al que ella lo
acompañó y que terminó en fracaso como todos los anteriores; y más tarde en
llanto en un hotel alojamiento a tres cuadras de la facultad, lugar donde ella
pensó podría aliviar tanta vergüenza y pena.
Ese día se
enamoró: una criatura tan sensible y débil dentro de una familia de duros
empresarios argentinos no podía estar menos que desvalorizada y humillada,
perdida su autoestima, diluida en triste barro su forma humana, desintegrada.
Se fue a
vivir con él. Hacía resúmenes, se los leía en voz alta, estudiaba los temas mas
difíciles mientras el dormía para luego explicárselos con claridad didáctica.
Le compró un complejo vitamínico y con bastante esfuerzo le hizo prescindir de
la cuota que le daba el padre todos los meses en medio de reproches. Ella
trabajaría y él luego lo devolvería con creces, o no, eso no importaba.
Durante
siete años estudió a su lado, lo acompañó a cada examen, denostó a los
profesores que lo aplazaban, festejó alborotada cada aprobado y eufórica el triunfo final. El romance
terminó en la fiesta de despedida que dio la madre del glorioso estudiante. La
familia le había conseguido un puesto en la embajada de la India. Ella lo miró
abrazarse con sus padres, beber alegremente, reír con seguridad. Se marchó
silenciosa a su departamento.
Durante los
meses siguientes recibió tres postales. En la última le decía que estuviera
donde estuviera, nunca la
olvidaría. A ella se le acentuó el dolor que su primer amor
le había dejado punzando bajo su seno izquierdo.
Meditó mucho
sobre la vida y la ingratitud de los hombres. Se impuso terminar su carrera y
trabajar para sí misma. Pero una pasión mucho más fuerte que las anteriores
pudo más que todos sus propósitos.
El era un
hálito helado y violento. Aparecía y desaparecía, no tenía nombre, casa ni
profesión conocida. Componía canciones y poemas llenos de enigmas que luego
rompía. Se llenaba de cólera cuando ella intentaba demostrarle amor y se ponía
a gritar en contra del mundo en general y de las mujeres en particular. Rompía
las tazas del último café, los platos y el cenicero. Se calmaba, en ocasiones,
con palabras suaves y convincentes, otras con caricias, otras, si todo lo damas
fracasaba, al verla a ella ponerse a su lado, gritar y romper de igual manera.
Un día atacó
la vitrina donde estaban protegidas las porcelanas de la abuela y comenzó a
estrellarlas contra el piso. Ella lo miró por un instante, luego emitió un
alarido ronco y se abalanzó con las palmas abiertas sobre las ventanas,
golpeando los vidrios. Uno tras otro astilló los vidrios del departamento, con
las manos en alto, bramando como un ciervo herido. El se aquietó al verla, y al
advertir la sangre que bajaba desde sus palmas por los antebrazos blancos,
corrió hacia ella gritando: “¡basta, basta!”, y la apretó contra él acunándola.
Lloraron los dos hasta agotarse. Esa noche se despidió con ternura y
desapareció durante nueve días.
Cuando
regresó, le hizo el amor como nunca antes lo había hecho. Se amaron bajo la lenta luz de una luna redonda que
entraba por la ventana.
Luego le habló de una responsabilidad que debía asumir, de
una misión de la cual no podía seguir huyendo, la abrazó y se fue. Veinticuatro
horas lloró la pérdida del amor apenas nacido. Veinticuatro horas durmió. Al
despertar, estaba decidida a no volver a vivir nunca más en función de un
hombre. Se bañó durante un rato y sintió que se había agudizado el dolor del
tórax, bajo su seno izquierdo. Salió a caminar. Se sentó en la vereda de un bar
a tomar un café doble. Hundida en sus pensamientos pasaba los ojos distraídos
por sobre las personas y las cosas hasta que los detuvo en un hombre que
aferraba un vaso en una mesa cercana. Se cruzaron sus miradas y ella adivinó un
espíritu destruido por la tristeza de vivir. Desvió su vista hacia el verdor de
los árboles por los que se filtraba el sol de la mañana y pensó, orgullosa, en
sus hombres, dispersos por la tierra, hermosos y seguros.
Temió
entonces volver a enamorarse. Sospechó, resignada, que ello seguiría sucediendo
tantas veces como costillas tuviera aún la mujer que habitaba.
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