martes, 23 de septiembre de 2014

SABER



La niña tiene alrededor de diez años. Está vestida con una remera larga de algún color entre terracota y gris, en la que pueden distinguirse unas líneas que dibujan al ratón Mickey. Corre. En su larga experiencia vital al lado de sus mayores ha aprendido dónde y cómo conseguir y preparar el alimento, el agua, el refugio. Ella corre. Ahora se agacha, junta sus rodillas con la cabeza al interior de sus brazos, protege sus partes vitales, rueda hasta una mata, espera que se silencien las explosiones. Luego desata el nudo de su cuerpo, estira los músculos magros, descontrae el miedo, sordo por la pulsión de vivir. Vuelve a correr. El sol se detiene en la cabeza pelada, que trata de disipar los cuarenta y cinco grados centígrados con la traspiración que se desliza hasta sus pies ardientes y llagados. Sabe en qué dirección está el campo de refugiados. Sabe que corriendo llegará. Corre a plena luz, atravesada por la luz. Hay tiempos de silencio acompañador, tiempos de detención y procura,  tiempos de sobresalto y expectativa. No piensa en sus mayores ni en los otros niños que quedaron muertos, descuartizados, o socorridos oportunamente cuando el pequeño avión llegó a la aldea destruida. Un avión en el que no había lugar para todos.
Ella tiene su remera y un saber. Por eso corre.
Sin embargo, no el destino ni el azar, sino otro saber, científico, ha determinado estadísticamente que, dada la posibilidad de encuentros con grupos de hombres armados mas allá de lo humano, proyectiles cruzando ciertas zonas, ocasionales bombardeos,  agua contaminada y falta de alimento, una niña sola no tiene ninguna probabilidad de llegar con vida al campo de refugiados a 30 kilómetros de distancia.


Pero ella tiene un saber. Y sigue corriendo con sus patitas flacas.