La niña tiene alrededor de diez años. Está
vestida con una remera larga de algún color entre terracota y gris, en la que
pueden distinguirse unas líneas que dibujan al ratón Mickey. Corre. En su larga
experiencia vital al lado de sus mayores ha aprendido dónde y cómo conseguir y
preparar el alimento, el agua, el refugio. Ella corre. Ahora se agacha, junta
sus rodillas con la cabeza al interior de sus brazos, protege sus partes
vitales, rueda hasta una mata, espera que se silencien las explosiones. Luego
desata el nudo de su cuerpo, estira los músculos magros, descontrae el miedo,
sordo por la pulsión de vivir. Vuelve a correr. El sol se detiene en la cabeza
pelada, que trata de disipar los cuarenta y cinco grados centígrados con la
traspiración que se desliza hasta sus pies ardientes y llagados. Sabe en qué
dirección está el campo de refugiados. Sabe que corriendo llegará. Corre a
plena luz, atravesada por la
luz. Hay tiempos de silencio acompañador, tiempos de
detención y procura, tiempos de
sobresalto y expectativa. No piensa en sus mayores ni en los otros niños que
quedaron muertos, descuartizados, o socorridos oportunamente cuando el pequeño
avión llegó a la aldea destruida. Un avión en el que no había lugar para todos.
Ella tiene su remera y un saber. Por eso
corre.
Sin embargo, no el destino ni el azar, sino
otro saber, científico, ha determinado estadísticamente que, dada la posibilidad
de encuentros con grupos de hombres armados mas allá de lo humano, proyectiles
cruzando ciertas zonas, ocasionales bombardeos,
agua contaminada y falta de alimento, una niña sola no tiene ninguna
probabilidad de llegar con vida al campo de refugiados a 30 kilómetros de
distancia.
Pero ella tiene un saber. Y sigue corriendo
con sus patitas flacas.