miércoles, 23 de septiembre de 2015

PODER NOMBRAR





         Por la tarde fui a la plaza para medir los espacios. Los puestos de la kermesse eran dieciséis y ocuparían dos metros cuadrados cada uno.
 
Cuando llegué, el sol se deslizaba sobre los árboles de copas altas y caía filtrado por las hojas dibujando arabescos sobre el suelo de los caminos en cruz. Guardé el metro en mi bolsillo y me senté en un banco a disfrutar el aire primaveral. Del otro lado un grupo de chicos pateaba una pelota. En un banco cercano al mío una señora miraba 
jugar a su nena de pocos años  con las piedritas que iba montando a un  camión de juguete, seguramente herencia de su hermano.

Dejé de ver a la gente y me puse a pensar en las sumas que se podrían recaudar para ampliar la escuelita de la parroquia. Mis fieles cada vez aportaban menos dinero, y la escuela tenía más becados. Ese proyecto me tenía ocupado desde hacía tiempo, estaba seguro de lograr la suma necesaria con algunas donaciones y lo obtenido en la quermese. Estas preocupaciones me abstrajeron de mi entorno. Contaba las monedas como quien lleva el cántaro a la fuente, distraído.

Miré el monumento sobre el que confluyeron dos bandadas de pájaros de esos que ni siquiera sé cómo se llaman. ¿Golondrinas, quizá? ¿Palomas? Mi mundo no incluye muchos sustantivos que sepan nombrar las cosas, los animales o las personas, casi ninguno sería mejor decir. Es un mundo grande, alto, antiguo e infinito, pero transcurre en la penumbra de la iglesia y a donde voy ella me da sombra, aún en esta iluminada plaza. Sé los nombres de Dios y de sus santos, se invocarlos y entender sus palabras, pero no me acuerdo del de los chicos de mi escuela a los que veo corretear por el patio o a los que doy la comunión.

Estaba pensando que eso era raro, que debería remediarlo, cuando escuché una explosión. Sobre el césped, entre una dispersión de humo y objetos rotos, había quedado, descalabrado e inerte, el cuerpo de la nena que poco antes jugaba ahí, a pocos metros de su madre. El horror de ese acontecimiento tremendo pareció detener a las palomas en un cielo pintado, al aire comprimirlo en un espiral a pocos metros del suelo, y a los sonidos amontonarlos en un solo grito sin variaciones de tono.

Las bocas abiertas se redujeron a una, la de la madre, que reactivando la escena, comenzó a gritar “¡¡Cali!! ¡¡Cali!!” imperativamente, como si pudiera hacerla obedecer, lograr que se reintegrara, se pusiera de pie y caminara hacia ella.

Cuánta compasión sentí por esa pobre mujer, una compasión profunda y fugaz, pues desapareció en el instante en que la nena se paró, sacudió su esqueleto y corrió hacia la madre, como si nada, dejando tras ella un reguero de polvo.

La había visto estallar, no podía creer que respondiera a su nombre tan obedientemente desde la muerte.

La kermesse desapareció de mi cabeza por varios días en que entré en una especie de duda metafísica y puse en cuestión mi vocación religiosa. Pero ya se sabe, lo que le pasa a los otros tarde o temprano se olvida. Volví a pensar en el aula nueva y no me preocupé más por no saber el nombre de mis hijos, mis feligreses, ni el de los chicos de mi escuela.



VECINOS



Me gustó la calle Pedro Goyena por los jacarandaes florecidos. El edificio tenía una buena entrada y el departamento - planta baja al fondo- , patio y jardín. Casi como una casa después de tantos ascensores diminutos, tragaluces, contrafrentes escalonados, ahogos, oscuridad, palpitaciones.
Antes revisé del otro lado y encima de las medianeras. Protegido. Mis pies pisaban pasto sin necesidad de plaza alguna,  la luz me inundaba sin ponerme en contacto con el exterior. En los casos en que resultara absolutamente necesario saldría del pasillo ancho a la calle directo y al regreso entraría en segundos a mi departamento.  No vería casi a los vecinos, no quería conocerlos. Trabajaba desde mi casa, había encontrado el refugio perfecto.
Eso fue antes de que Patricia se quedara del lado de adentro de la puerta de calle (que ya hace mucho que se cierra con llave) con  las mellizas y el bebé, sin poder salir. Escuché el alboroto y me inquieté, pero no me moví hasta que ella tocó mi timbre. Había dejado la llave dentro de su departamento, iba a la casa de su madre, allí la iría a buscar su esposo y ya todo estaría bien. Le abrí y la miré irse, morena, de andar despreocupado a pesar de bolsos, bebé cargado a la boliviana y mellizas de la mano. Me admiró tanta soltura.
Al día siguiente Patricia llamó a mi puerta y me dio un pedazo de torta de chocolate. Preguntó si vivía solo y me invitó a cenar, el lunes. Los lunes su marido jugaba al póker y se aburría, dijo. Después de dudar un segundo, acepté.
Esa noche de lunes, al salir y enfrentar el ascensor, supe que no podría meterme en él. ¿Qué hacer? Estuve paralizado unos diez minutos. El recuerdo de su andar, como bailando, me dio valor. Iría por la escalera. Eran tan solo cinco pisos. Tratando de controlar el pánico y tener a la vista los botoncitos rojos de las luces, subí escaleras, pasé pasillos angostos, puertas cerradas, oscuridades súbitas y en el quinto piso, más puertas que daban a lugares incógnitos. Y la de Patricia
Los chicos dormían. Cuando terminamos de cenar la acompañé a la terraza para recoger la ropa, después de expresarle mis reservas y recomendarle que hiciera esas tareas durante el día. Allí había un lavadero, dos lavarropas y unos piletones antiguos. Hicimos el amor apoyados en uno de ellos.
El lunes siguiente me pidió que sacara la basura. Luego de asegurarme de que no hubiera nadie en el pasillo, mientras me esforzaba por meter la bolsa en un gran cesto, ella entro al cuartito y cerró la puerta. Pensé que me desmayaría en esa total oscuridad. No me dio tiempo, de pie entre botellas y dos o tres bolsas de material recicable volvimos a hacer el amor. Al salir me di cuenta de que no había tenido un ataque de pánico, me alegré.
Una semana después lo hicimos en la terraza sobre las baldosas aún tibias. Ella dejaba la puerta de su departamento abierta, por si los chicos despertaban. Era en el último piso, debería haber sido el departamento del portero, pero  era el suyo. Yo protestaba por esa extravagancia audaz, aunque la acepté, Patricia no se dejaba tocar dentro de su casa. Me hice un gran frecuentador del lavadero y la terraza. Los lunes después de las diez.
Le propuse que se separara y viniera a vivir conmigo abajo, que los chicos tendrían sol y más espacio para jugar. Me miró como a un marciano. Nunca, me dijo, sabelo bien de una vez y por siempre, me voy a separar de mi marido, ¿está claro? Bajé la cabeza y no dije más.
Los oía salir juntos y contentos los fines de semana, con ruido de bicis, patinetas, cochecitos, hablando fuerte, riéndose. Ponía el televisor alto para no escucharlos. A él no lo conocí, a los chicos los vi aquella vez primera y alguna otra, mientras dormían.
Una vez, insidiosamente le quise enterrar la duda de que no debía ser cierto que él jugara al póker los lunes, que tal vez tuviera otra mujer y al final la dejara. Ella no lo creía, me dijo, y de todas maneras no viviría con ningún tipo que no fuera el padre de sus hijos hasta que crecieran. Un tipo, a mí.
Vi pasar los cuartos crecientes, menguantes, las lunas llenas y las nuevas desde la terraza durante cuatro años al cabo de los cuales me casé con otra mujer, a la que le gusta quedarse en la casa como a mí.  No se queja de mi única salida: jugar al póker los lunes, sin faltar uno.


CON BUENA FÉ DE FELIZ


Facundo y Federico se enamoraron de Felisa al mismo tiempo.
Habían llegado al albergue universitario de Inacayal esa tarde y terminaron de armar las carpas cuando anochecía. Prepararon un fogón y el mate para celebrar las vacaciones, el hondo cielo, las montañas, el lago entre los árboles.
Miraban absortos, ya las chispas del fuego en su crepitación, ya las estrellas pequeñas, grandes, luminosas, puntuales, agrupadas en la  enorme vía láctea, tan tupida como la habían visto de chicos en el planetario.
Creían oír la música de los planetas en el apacible silencio lleno de amortiguadas expectativas,  cuando un motor rompió la ensoñación.  La lancha de excursiones llegaba tarde, con ella el sonido de voces  jóvenes, subiendo de tono hasta concluir, algunas en un: -¡Cuidado, Felisa!-, otras tan solo en :-¡Felisa!-,  y el resto en  oes y aes de sorpresa y susto.
Facundo y Federico corrieron hasta el muelle y alcanzaron a ver una muchacha a la que estaban sacando del agua helada: Felisa tiritaba y pedía una toalla mientras se iba desprendiendo de la campera, el pantalón, el rompevientos, todas sus prendas que revoleaba con los pies y las manos hacia los otros. Enteramente desnuda alargó el brazo para alcanzar la toalla que le extendían y salió a la carrera pasando a su lado con urgencia de ambulancia:
 -¡Paaaaasooooo!, paaasoooo!-.
Ellos escucharon los comentarios de los otros que regresaban:
-¡Pero qué tonta!
-Pobre, no se dio cuenta que el bote se separaba del muelle, Felisa es así- concluía otra voz.
- Si, es así, boluda.

A la mañana siguiente Felisa estaba en el comedor del albergue. Buscaba una mesa donde desayunar con la bandeja elevada a la altura de sus ojos de gacela perdida. Facundo y Federico le hicieron sitio, impregnados aún por la imagen desnuda bajo la música de los planetas.
Felisa los conoció esa mañana y se enamoró de los dos al mismo tiempo. Intentó, en el curso del día y de la caminata por el bosque de arrayanes, identificarlos por separado y elegir a uno de ellos. Pero se dio cuenta de que el irresistible atractivo que le producían emanaba de la conjunción de sus respectivas virtudes, de la compensación mutua de sus defectos, del halo de sincera y noble amistad que los rodeaba.

Facundo y Federico la veían acercarse, alejarse, hacer graciosos y distraídos movimientos, pararse como una cigüeña en equilibrio sobre una piedra, deslizar sus manos por la corteza suave de un tronco, caminar leve y armoniosa como una bailarina, aún con sus borceguíes.
Se deleitaban y sufrían. Sufrían porque sabían cada uno del otro que Felisa les despertaba el mismo asombro, igual ternura y deseo. Callaban esperando, Facundo que Federico y Federico que Facundo, tomara la delantera.
Por la noche participaron del fogón y la zapada común. Observaron que varios estudiantes la miraban con una sonrisa de placer, aunque se acercaran a otras muchachas,  mas precisas.
La rueda se fue achicando. Se iban yendo solos o en pareja hacia sus carpas o habitaciones, llenos de oscuridad, sueño y marihuana.

Facundo y Federico se quedaron para cuidar a Felisa, dormida al lado del rescoldo final.
Felisa abrió los ojos. Vio la noche y un círculo de amorosa vigilia a su alrededor.
-¿Me llevan a la carpa?- les preguntó desde el suelo.
La ayudaron a pararse. Felisa, tan alta como ellos, rodeó sus cuellos y caminaron juntos dos o tres pasos, cuando, muy seria, se detuvo a decirles:
- A mi carpa no, a la de ustedes-
Esa noche, Felisa, Facundo y Federico escucharon juntos la música de los planetas y compusieron nuevas melodías para alegrar la vía láctea.




CASA ROTA



Anduvimos sigilosamente, deslizándonos por las calles del barrio, parándonos en las esquinas y haciéndonos señas para pasar bajo una ventana iluminada o escondernos en un umbral cuando alguien aparecía. Debíamos poner la bomba en el caserón esa noche a las tres.
Era una práctica y un ritual de iniciación.

Al llegar, Miguel temblaba. Yo tenía palpitaciones. Ahí, en el corredor destechado por donde penetraba la luz de una luna menguante, nos miramos. Ahora debíamos hacer lo que pensábamos sería lo mas fácil. Dejar el artefacto preparado para detonar y huir. Saqué un cigarrillo y le pasé el paquete a Miguel, quien lo dejó en un saliente del muro para encender el mío con el yesquero, después el suyo. Era evidente que ninguno de los dos tenia ganas de salir corriendo.
Al expirar la primer pitada, ambos nos apoyamos contra la pared, enfrentados. Después nos sentamos en el piso y miramos hacia arriba donde se veía la escasa luna en un cielo negro con dos estrellitas titilando. Fumábamos en silencio, cada uno esperando que el otro tomara el mando al terminar el cigarrillo, por mi parte con una sensación de extrañamiento, de no ser o no saber quien era, o estar en el lugar inadecuado. Creo que el también se sentía tonto y desubicado, pero ninguno se atrevía a decirlo. Era como  haber encarado una travesura, pero a la vez ser demasiado viejos para treparnos al árbol a robar las ciruelas del vecino.
Ahí estábamos, en un tiempo raro, ni largo ni corto pero infinito y único, fumando nuestros cigarrillos negros, cuando una voz cascarrienta dijo: -Che, pibes, ¿me dan un faso? Vimos materializarse a un linyera que venía desde lo que alguna vez había sido la sala de la casa. En el barrio le llamaban el Tío Cosa.

Esa noche nos emborrachamos con su vino y él acabó nuestros cigarrillos. Nos quedamos dormidos, Miguel contra la pared y yo con la cabeza sobre sus piernas, abrazada a ellas. Al amanecer, cuando la luz  nos despertó, el Tío Cosa no estaba.
Lo volví a ver esa misma semana en la Avenida San Martín y me alegré como si me encontrara con vida a un muerto entrañable. Lo abracé muy fuerte. El se sorprendió y me empujó.
A Miguel no lo vi después de aquella noche de luna menguante. No lo vi hasta diez años después. Desapareció del grupo. Al poco tiempo su familia se mudó de barrio y finalmente de país. Supuse que Miguel se debió sentir muy avergonzado por no haber cumplido aquella prueba, aunque no fue el único que desapareció por esa época, sólo el primero.
Yo no, no me sentí avergonzada por el ritual incumplido, aunque también me fui del grupo. Me dije: Hasta aquí llego. No quiero ser el brazo armado de ningún cuerpo ni la mano de ninguna cabeza.
Me di cuenta que, por sobre todas las cosas, quería que el bebé naciera y viviera. Mis compañeros habrían de cambiar el mundo ya que eran más audaces que yo, y mi hijo nacería y sería uno de los hombres nuevos, libre, valeroso, esclarecido, tierno.
Desde los quince años había deseado, secretamente, casarme y tener cinco hijos. Cinco me parecía un número de suerte. No lo decía a nadie. Resulta inoportuno decir esas cosas en medio de conversaciones de táctica y estrategia, revolución, Lenin, Fannon, Coocke y amor libre, aunque para mi no tan libre ya que Miguel había sido mi primer hombre –él no lo supo-  y fue mi último por varios años. No tuve tiempo de decírselo, como tampoco lo del embarazo.
Creo que a pesar de todo lo que no fue como pensaba sería, mi hijo sí lo es. Se ríe de nuestra buena suerte. Dice que su padre y yo le salvamos la vida al Tío Cosa y que el tío Cosa, indirectamente, le salvó la vida a él.