Por la tarde fui a la plaza para medir los espacios. Los puestos de la kermesse eran dieciséis y ocuparían dos metros cuadrados cada uno.
Cuando llegué, el sol se deslizaba sobre los árboles de copas altas y caía filtrado por las hojas dibujando arabescos sobre el suelo de los caminos en cruz. Guardé el metro en mi bolsillo y me senté en un banco a disfrutar el aire primaveral. Del otro lado un grupo de chicos pateaba una pelota. En un banco cercano al mío una señora miraba jugar a su nena de pocos años con las piedritas que iba montando a un camión de juguete, seguramente herencia de su hermano.
Dejé de ver a la gente y me puse a pensar en las sumas que se podrían recaudar para ampliar la escuelita de la parroquia. Mis fieles cada vez aportaban menos dinero, y la escuela tenía más becados. Ese proyecto me tenía ocupado desde hacía tiempo, estaba seguro de lograr la suma necesaria con algunas donaciones y lo obtenido en la quermese. Estas preocupaciones me abstrajeron de mi entorno. Contaba las monedas como quien lleva el cántaro a la fuente, distraído.
Miré el monumento sobre el que confluyeron dos bandadas de pájaros de esos que ni siquiera sé cómo se llaman. ¿Golondrinas, quizá? ¿Palomas? Mi mundo no incluye muchos sustantivos que sepan nombrar las cosas, los animales o las personas, casi ninguno sería mejor decir. Es un mundo grande, alto, antiguo e infinito, pero transcurre en la penumbra de la iglesia y a donde voy ella me da sombra, aún en esta iluminada plaza. Sé los nombres de Dios y de sus santos, se invocarlos y entender sus palabras, pero no me acuerdo del de los chicos de mi escuela a los que veo corretear por el patio o a los que doy la comunión.
Estaba pensando que eso era raro, que debería remediarlo, cuando escuché una explosión. Sobre el césped, entre una dispersión de humo y objetos rotos, había quedado, descalabrado e inerte, el cuerpo de la nena que poco antes jugaba ahí, a pocos metros de su madre. El horror de ese acontecimiento tremendo pareció detener a las palomas en un cielo pintado, al aire comprimirlo en un espiral a pocos metros del suelo, y a los sonidos amontonarlos en un solo grito sin variaciones de tono.
Las bocas abiertas se redujeron a una, la de la madre, que reactivando la escena, comenzó a gritar “¡¡Cali!! ¡¡Cali!!” imperativamente, como si pudiera hacerla obedecer, lograr que se reintegrara, se pusiera de pie y caminara hacia ella.
Cuánta compasión sentí por esa pobre mujer, una compasión profunda y fugaz, pues desapareció en el instante en que la nena se paró, sacudió su esqueleto y corrió hacia la madre, como si nada, dejando tras ella un reguero de polvo.
La había visto estallar, no podía creer que respondiera a su nombre tan obedientemente desde la muerte.
La kermesse desapareció de mi cabeza por varios días en que entré en una especie de duda metafísica y puse en cuestión mi vocación religiosa. Pero ya se sabe, lo que le pasa a los otros tarde o temprano se olvida. Volví a pensar en el aula nueva y no me preocupé más por no saber el nombre de mis hijos, mis feligreses, ni el de los chicos de mi escuela.