Anduvimos
sigilosamente, deslizándonos por las calles del barrio, parándonos en las
esquinas y haciéndonos señas para pasar bajo una ventana iluminada o
escondernos en un umbral cuando alguien aparecía. Debíamos poner la bomba en el
caserón esa noche a las tres.
Era una
práctica y un ritual de iniciación.
Al llegar,
Miguel temblaba. Yo tenía palpitaciones. Ahí, en el corredor destechado por
donde penetraba la luz de una luna menguante, nos miramos. Ahora debíamos hacer
lo que pensábamos sería lo mas fácil. Dejar el artefacto preparado para detonar
y huir. Saqué un cigarrillo y le pasé el paquete a Miguel, quien lo dejó en un
saliente del muro para encender el mío con el yesquero, después el suyo. Era
evidente que ninguno de los dos tenia ganas de salir corriendo.
Al expirar
la primer pitada, ambos nos apoyamos contra la pared, enfrentados. Después nos
sentamos en el piso y miramos hacia arriba donde se veía la escasa luna en un
cielo negro con dos estrellitas titilando. Fumábamos en silencio, cada uno
esperando que el otro tomara el mando al terminar el cigarrillo, por mi parte
con una sensación de extrañamiento, de no ser o no saber quien era, o estar en
el lugar inadecuado. Creo que el también se sentía tonto y desubicado, pero
ninguno se atrevía a decirlo. Era
como haber encarado una travesura, pero
a la vez ser demasiado viejos para treparnos al árbol a robar las ciruelas del
vecino.
Ahí
estábamos, en un tiempo raro, ni largo ni corto pero infinito y único, fumando
nuestros cigarrillos negros, cuando una voz cascarrienta dijo: -Che, pibes, ¿me
dan un faso? Vimos materializarse a un linyera que venía desde lo que alguna
vez había sido la sala de la casa. En el barrio le llamaban el Tío Cosa.
Esa noche
nos emborrachamos con su vino y él acabó nuestros cigarrillos. Nos quedamos
dormidos, Miguel contra la pared y yo con la cabeza sobre sus piernas, abrazada
a ellas. Al amanecer, cuando la luz nos
despertó, el Tío Cosa no estaba.
Lo volví a
ver esa misma semana en la
Avenida San Martín y me alegré como si me encontrara con vida
a un muerto entrañable. Lo abracé muy fuerte. El se sorprendió y me empujó.
A Miguel no
lo vi después de aquella noche de luna menguante. No lo vi hasta diez años
después. Desapareció del grupo. Al poco tiempo su familia se mudó de barrio y
finalmente de país. Supuse que Miguel se debió sentir muy avergonzado por no
haber cumplido aquella prueba, aunque no fue el único que desapareció por esa
época, sólo el primero.
Yo no, no me
sentí avergonzada por el ritual incumplido, aunque también me fui del grupo. Me
dije: Hasta aquí llego. No quiero ser el brazo armado de ningún cuerpo ni la
mano de ninguna cabeza.
Me di cuenta
que, por sobre todas las cosas, quería que el bebé naciera y viviera. Mis
compañeros habrían de cambiar el mundo ya que eran más audaces que yo, y mi
hijo nacería y sería uno de los hombres nuevos, libre, valeroso, esclarecido,
tierno.
Desde los
quince años había deseado, secretamente, casarme y tener cinco hijos. Cinco me
parecía un número de suerte. No lo decía a nadie. Resulta inoportuno decir esas
cosas en medio de conversaciones de táctica y estrategia, revolución, Lenin,
Fannon, Coocke y amor libre, aunque para mi no tan libre ya que Miguel había
sido mi primer hombre –él no lo supo- y
fue mi último por varios años. No tuve tiempo de decírselo, como tampoco lo del
embarazo.
Creo que a
pesar de todo lo que no fue como pensaba sería, mi hijo sí lo es. Se ríe de
nuestra buena suerte. Dice que su padre y yo le salvamos la vida al Tío Cosa y
que el tío Cosa, indirectamente, le salvó la vida a él.
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