martes, 24 de junio de 2014

AZUL



                De los quebrachales por los que, de la mano, tu abuelo te llevaba, solo recuerdas el quechua de su voz vieja. El negado idioma, compartimiento de abuela y nieta, fuera de la ley. Crecidos por la marea del sol. Vueltos a la norma y sombras de la casa.  Cuando una costra de tiempo le estableció el gesto y la mirada oscuros detrás de las arrugas, el cuerpo inmóvil en la sillita de la glorieta, el silencio; vos escuchaste el llamado. Era de la ciudad.
Te fuiste encarnada. A estrenar. Te encontraste por el acero con corazones sin pulso, por el plástico con manos sin temperatura. Fuiste ciudad. Ansiedad irresuelta, in - feliz de integrarte a las pisadas superpuestas. Altura de huellas. Voces y gritos  a lo lejos.
Comenzaste a buscar en los avisos de los diarios. Quien te llamaba.
Muy de a poco ganaste tu espacio alienado. Tuviste tu puente al mundo en el puerto de barcos que no partirían hacia ninguna nostalgia. Y el fervor de la ciudad, sin señales.

Aquel verano cayó sobre la ciudad. Manto pesado, húmedo. Elegiste un pueblo. Un río. Llenaste tu bolso con las prendas escasas del calor y pusiste también en él, el sueño adormecido del hombre. Tu duermevela de mujer. Tu destino en vigilia. El latido que portabas confundido con el tuyo desde que entraste a la ciudad y transitaste las calles por las que no vino él  a reclamar su parte de diástole y sístole. Viajaste hacia Mina Clavero. Sola. Con tu todo lleno de vos. De pie sobre tu alerta.

Había un sol de translasierra. El hotel se derramaba hacia el río. Escalinatas. Miradores. Fuentes. Blancas esculturas quebradas. Te imaginaste las damas, el parasol, el perrito, Chejov, el bello siempre Marcelo Mastroiani, el amor. Para el pueblo era solo un viejo hotel sobre el río. Y todos los que llegaban en el verano, un río más. Río seco al terminar marzo. Nadie sabía entonces. Nada sabían de vos. Sabían de los trabajos temporarios, la cocina del hotel, las señoras, sus esposos, los muchos chicos demandando alimentos, gaseosas, pequeños objetos.
Vos sola. No hay Marcelo. No hay amor. Hay hombres. Eructan con disimulo. Bañan a los pequeños en el río. Toman mate con sus mujeres entre las rocas. Descansan de la ciudad. Vos casi sin esperanza, que te amigás con los chicos y no con las madres. Huelen tu celo, tu perra triste. O no te amigás con nadie. Te vas sola subiendo al ojo de agua por las rocas del río. Espantás lagartijas a tu paso. Iguanas ahuyentás. Los del pueblo no iban al ojo de agua. Muy lejos. De roca. Cercanías nomás eran las de ellos. Y si lejanías, de carro, de automóvil, de camino. Ellos no sabían que ibas a quedarte.

Nadie miraba. No habían mirado nunca, casi nunca hablado al jardinero del hotel. Ese, el ayudante, el tonto. El fuerte y alto que te seguía por las piedras desde lejos y se acuclillaba entre la mata para ver el momento de tu mallita lila en la piel morena todo deslizándose en el agua. Algún reflejo de tu azul, ojos, ojo. Y todo el negro quechua de tu pelo flotando. Vos sola. El frío. Frío del agua  como un beso. Fuerte. Hasta el corazón repiqueteado. Y el silencio. Menos tus ruiditos de manos o pies, shlash, en la superficie lisa, azul, negra. Tiritaba el tonto de frío. El te miraba salir. Miraba al agua salir de vos desde la cabeza a los pies. Le creabas el río, el ojo de agua con lo que iba quedando de él cuando emergías.
Vos cerrabas los ojos al sol caliente. La tropa de tu sangre revuelta. Aliento agitado. La flecha del sol alumbrando tu roca, tu arenita entre las rocas. Los párpados calientes sobre el azul. Una somnolencia en la que vuelve a aparecer la figura del hombre de traje blanco y sombrero Panamá. El bello siempre Marcelo. En las pestañas que aún retienen el agua, él aparece por el sendero ayudándose con un bastón. Y desaparece, sin reparar en vos, por el sol escondido. En la roca alta empezaba a esconderse. Y vos juntabas tu toalla, tu remera, te ponías las zapatillas y llevabas tu espera de regreso al hotel. La casi no. Porque de tanto y tanto esperar lo único que empezaba a importar era el sol, el agua, las lagartijas, algún helecho.

Vos no sabías que ibas a quedarte. El jardinero tonto te seguía por lo alto. Rápido sus piernas encontraban la piedra justa. Si lo hubieras visto correr para alcanzarte con los ojos. Al llegar y al partir. Toditos los días que iban ya de tu río y tu sol. Y los de sombra. En el jardín. Vos leías un libro que sacabas de tu mochila verde. Una reposera junto a las rosas chinas. El te observaba desde sus brazos en lo alto del rastrillo. No sabía que esperabas. Y lo viste, triste, fuerte, tan tonto el tonto. Sin que nadie le hablara. Lo viste un día, sentado, con la radio portátil pegada a la oreja. Tan solito en su grandura, tan verde en el parque. Y sea porque de todos cuantos había en el hotel, solo él, solo vos eran de silencio, te acercaste a hablarle.

Te quedaste en Mina Clavero. Con él, el tonto del pueblo. Vos no sabías si era bueno quedarse con él en el rancho junto al río, del otro lado del hotel. Allá. Habías aprendido a saber, eso sí, que lo bueno que nos pasa apenas si se parece a lo bueno que esperamos. Por eso te quedaste. El jardinero tenía un monte, un carro, un caballo. En el rancho, a gatas cama y silla. Por las paredes, ollas colgadas rebosantes de hojas verdes, de flores. Y en el patio de tierra apisonada, caminitos demarcados con piedras, una tan lisita como la otra. De igual curva en lo alto. De igual chatura para apoyar. Tras ellas, los prolijos almácigos, alineados.

El no sabía que ibas a quedarte. Te cedió su espacio. Se sentaba a mirarte, tu va y viene de riego, de maderas, de hortalizas. Te entregó el carro. Te seguía estirados los ojos hasta el pueblo y tu regreso con telas claras, platos y vasos de agua sólida con que reemplazabas sus latas. El esperaba que desaparecieras. Te ataba con los ojos a cada objeto por el que pasaban tus manos o tu cadera. Pero eras ligera de va y va. Te desatabas. Desaparecías por el fondo, por la puerta, hacia el río, por el camino. Y sus ojos asombrados te veían aparecer o se iban detrás para traerte con la mirada. Vos sabía que él te traía con los ojos. Y con los tuyos le azulabas el espacio. Solo con posarlos. Con dejarlos quietos en él. Tan grande, tan fuerte, tan silencio.

El pueblo supo que no eras río de verano. Eras roca en el monte. Ellos ya casi no te miraban cuando pasabas con el carro lleno de plantas y flores para vender. No vieron tu raíz ni tu fruto a punto. Vos no sabías que él se iba a ir. Que renunciaría al azul que vertían tus ojos sobre las cosas. El pobre fuerte que ya no escuchaba la radio portátil junto a su oreja, sólo las nanas en quechua que te enseñara tu abuelo bajo otro sol, otro río. Tu voz azul que a veces se detenía y era el silencio mas silencio, el punto más concentrado del vacío.

Nadie entendió que él te dejara con la piel zaina más zaina y los azules ojos mas azules. Con tu empeño en el florido rancho de caminitos y almácigos, cortinas blancas y manteles rosados. Con el niño pequeño y fuerte, de azules ojos, de risas y alguna que otra palabra quechua entre las nuevas otras. Nadie creyó que él se fuera, loco. De puro asombro por no poder despertar del sueño. El sueño que a cada paso tuyo era pesadilla de vigilia sin vos.

Vos tampoco creíste. Porqué habías de creerlo, si todo el azul era para él. Todavía hoy repetís a tu hijo la historia que contaste. Un padre bueno, fuerte. Un jardinero que se internó en el monte a traer los helechos más espumosos. La sierra y el río. Seguro la víbora pequeñita (no te fíes, niño). La de colores lujuriosos. Y la creciente barriendo con todo.


Junto a otro río, en lo más alto, donde existe una cueva entre rojizas rocas, un pobre tonto, harapiento y viejo, sueña que un día soñó con el azul.