De los quebrachales por los
que, de la mano, tu abuelo te llevaba, solo recuerdas el quechua de su voz
vieja. El negado idioma, compartimiento de abuela y nieta, fuera de la ley. Crecidos por la
marea del sol. Vueltos a la norma y sombras de la casa. Cuando una costra de tiempo le estableció el
gesto y la mirada oscuros detrás de las arrugas, el cuerpo inmóvil en la
sillita de la glorieta, el silencio; vos escuchaste el llamado. Era de la
ciudad.
Te fuiste encarnada. A estrenar. Te encontraste por el
acero con corazones sin pulso, por el plástico con manos sin temperatura.
Fuiste ciudad. Ansiedad irresuelta, in - feliz de integrarte a las pisadas
superpuestas. Altura de huellas. Voces y gritos
a lo lejos.
Comenzaste a buscar en los avisos de los diarios. Quien
te llamaba.
Muy de a poco ganaste tu espacio alienado. Tuviste tu
puente al mundo en el puerto de barcos que no partirían hacia ninguna
nostalgia. Y el fervor de la ciudad, sin señales.
Aquel verano cayó sobre la ciudad. Manto pesado,
húmedo. Elegiste un pueblo. Un río. Llenaste tu bolso con las prendas escasas
del calor y pusiste también en él, el sueño adormecido del hombre. Tu duermevela
de mujer. Tu destino en vigilia. El latido que portabas confundido con el tuyo
desde que entraste a la ciudad y transitaste las calles por las que no vino
él a reclamar su parte de diástole y
sístole. Viajaste hacia Mina Clavero. Sola. Con tu todo lleno de vos. De pie
sobre tu alerta.
Había un sol de translasierra. El hotel se derramaba
hacia el río. Escalinatas. Miradores. Fuentes. Blancas esculturas quebradas. Te
imaginaste las damas, el parasol, el perrito, Chejov, el bello siempre Marcelo
Mastroiani, el amor. Para el pueblo era solo un viejo hotel sobre el río. Y
todos los que llegaban en el verano, un río más. Río seco al terminar marzo.
Nadie sabía entonces. Nada sabían de vos. Sabían de los trabajos temporarios,
la cocina del hotel, las señoras, sus esposos, los muchos chicos demandando
alimentos, gaseosas, pequeños objetos.
Vos sola. No hay Marcelo. No hay amor. Hay hombres.
Eructan con disimulo. Bañan a los pequeños en el río. Toman mate con sus
mujeres entre las rocas. Descansan de la ciudad. Vos casi sin esperanza, que te
amigás con los chicos y no con las madres. Huelen tu celo, tu perra triste. O
no te amigás con nadie. Te vas sola subiendo al ojo de agua por las rocas del
río. Espantás lagartijas a tu paso. Iguanas ahuyentás. Los del pueblo no iban
al ojo de agua. Muy lejos. De roca. Cercanías nomás eran las de ellos. Y si
lejanías, de carro, de automóvil, de camino. Ellos no sabían que ibas a
quedarte.
Nadie miraba. No habían mirado nunca, casi nunca hablado
al jardinero del hotel. Ese, el ayudante, el tonto. El fuerte y alto que te
seguía por las piedras desde lejos y se acuclillaba entre la mata para ver el
momento de tu mallita lila en la piel morena todo deslizándose en el agua.
Algún reflejo de tu azul, ojos, ojo. Y todo el negro quechua de tu pelo
flotando. Vos sola. El frío. Frío del agua como un beso. Fuerte. Hasta el corazón
repiqueteado. Y el silencio. Menos tus ruiditos de manos o pies, shlash, en la
superficie lisa, azul, negra. Tiritaba el tonto de frío. El te miraba salir.
Miraba al agua salir de vos desde la cabeza a los pies. Le creabas el río, el
ojo de agua con lo que iba quedando de él cuando emergías.
Vos cerrabas los ojos al sol caliente. La tropa de tu
sangre revuelta. Aliento agitado. La flecha del sol alumbrando tu roca, tu
arenita entre las rocas. Los párpados calientes sobre el azul. Una somnolencia en
la que vuelve a aparecer la figura del hombre de traje blanco y sombrero
Panamá. El bello siempre Marcelo. En las pestañas que aún retienen el agua, él
aparece por el sendero ayudándose con un bastón. Y desaparece, sin reparar en
vos, por el sol escondido. En la roca alta empezaba a esconderse. Y vos
juntabas tu toalla, tu remera, te ponías las zapatillas y llevabas tu espera de
regreso al hotel. La casi no. Porque de tanto y tanto esperar lo único que
empezaba a importar era el sol, el agua, las lagartijas, algún helecho.
Vos no sabías que ibas a quedarte. El jardinero tonto te
seguía por lo alto. Rápido sus piernas encontraban la piedra justa. Si lo
hubieras visto correr para alcanzarte con los ojos. Al llegar y al partir.
Toditos los días que iban ya de tu río y tu sol. Y los de sombra. En el jardín.
Vos leías un libro que sacabas de tu mochila verde. Una reposera junto a las
rosas chinas. El te observaba desde sus brazos en lo alto del rastrillo. No
sabía que esperabas. Y lo viste, triste, fuerte, tan tonto el tonto. Sin que
nadie le hablara. Lo viste un día, sentado, con la radio portátil pegada a la oreja. Tan solito en su
grandura, tan verde en el parque. Y sea porque de todos cuantos había en el
hotel, solo él, solo vos eran de silencio, te acercaste a hablarle.
Te quedaste en Mina Clavero. Con él, el tonto del pueblo.
Vos no sabías si era bueno quedarse con él en el rancho junto al río, del otro
lado del hotel. Allá. Habías aprendido a saber, eso sí, que lo bueno que nos
pasa apenas si se parece a lo bueno que esperamos. Por eso te quedaste. El
jardinero tenía un monte, un carro, un caballo. En el rancho, a gatas cama y
silla. Por las paredes, ollas colgadas rebosantes de hojas verdes, de flores. Y
en el patio de tierra apisonada, caminitos demarcados con piedras, una tan
lisita como la otra. De
igual curva en lo alto. De igual chatura para apoyar. Tras ellas, los prolijos
almácigos, alineados.
El no sabía que ibas a quedarte. Te cedió su espacio. Se
sentaba a mirarte, tu va y viene de riego, de maderas, de hortalizas. Te
entregó el carro. Te seguía estirados los ojos hasta el pueblo y tu regreso con
telas claras, platos y vasos de agua sólida con que reemplazabas sus latas. El
esperaba que desaparecieras. Te ataba con los ojos a cada objeto por el que
pasaban tus manos o tu cadera. Pero eras ligera de va y va. Te desatabas.
Desaparecías por el fondo, por la puerta, hacia el río, por el camino. Y sus
ojos asombrados te veían aparecer o se iban detrás para traerte con la mirada. Vos
sabía que él te traía con los ojos. Y con los tuyos le azulabas el espacio.
Solo con posarlos. Con dejarlos quietos en él. Tan grande, tan fuerte, tan
silencio.
El pueblo supo que no eras río de verano. Eras roca en el
monte. Ellos ya casi no te miraban cuando pasabas con el carro lleno de plantas
y flores para vender. No vieron tu raíz ni tu fruto a punto. Vos no sabías que
él se iba a ir. Que renunciaría al azul que vertían tus ojos sobre las cosas.
El pobre fuerte que ya no escuchaba la radio portátil junto a su oreja, sólo
las nanas en quechua que te enseñara tu abuelo bajo otro sol, otro río. Tu voz
azul que a veces se detenía y era el silencio mas silencio, el punto más
concentrado del vacío.
Nadie entendió que él te dejara con la piel zaina más zaina
y los azules ojos mas azules. Con tu empeño en el florido rancho de caminitos y
almácigos, cortinas blancas y manteles rosados. Con el niño pequeño y fuerte,
de azules ojos, de risas y alguna que otra palabra quechua entre las nuevas
otras. Nadie creyó que él se fuera, loco. De puro asombro por no poder
despertar del sueño. El sueño que a cada paso tuyo era pesadilla de vigilia sin
vos.
Vos tampoco creíste. Porqué habías de creerlo, si todo el
azul era para él. Todavía hoy repetís a tu hijo la historia que contaste. Un padre
bueno, fuerte. Un jardinero que se internó en el monte a traer los helechos más
espumosos. La sierra y el río. Seguro la víbora pequeñita (no te fíes, niño). La de
colores lujuriosos. Y la creciente barriendo con todo.
Junto a otro río, en lo más alto, donde existe una cueva
entre rojizas rocas, un pobre tonto, harapiento y viejo, sueña que un día soñó
con el azul.
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