lunes, 16 de junio de 2014

AL RESCATE DE CORA


Hace tres días que estoy obsesionada. Mientras trabajo, cuando voy colgada del pasamanos en el colectivo, en la cama por la noche no hago otra cosa que plantearme la duda: ¿la mato o la dejo vivir? Intento olvidarla, pero ella reaparece y me exige una decisión. Entonces comienzan a surgir ideas acerca de cómo debería hacerlo, a través de qué palabras, o si me disuadirá su chillido de rata; y de inmediato, otra duda peor: ¿vale la pena el esfuerzo de hacerla vivir? Matarla seria más fácil. Tendría algún sentido acabar con su miserable y solitaria vida, con su cuerpito contrahecho y su cabezota de ojos sensibles, pelo ondulado y sedoso cayéndole sobre la espalda corva. Sería un acto de piedad borrarla de todos los ojos, sumergirla en el profundo olvido al que van a parar todos los seres que pasan anodinamente por esta vida. Ya nadie sabría de Cora, su silla de ruedas, sus terrores, su insignificancia. Si, matarla estaría plenamente justificado.
La conocí a los dos días de haber venido a vivir a este edificio. Estaba por abrir la puerta del ascensor detenido en la planta baja, cuando escuché una vocecita chillona que salía desde adentro:
- Por favor, ¿me ayuda?-. Abrí la puerta y allí estaba, de espaldas. En su silla. La saqué siguiendo sus indicaciones y después ella tomó el mando de su vehículo y me agradeció.
Si bien me disgustan todas las deformidades pues las siento una agresión a la armonía de la naturaleza, no suelo ser impresionable. Y en este caso, menos. Cora tenía una cara bonita, ojos grises y melancólicos. Me acuerdo que pensé que la vida era injusta con esa muchacha de treinta años. La seguí viendo con frecuencia a distintas horas del día, pero generalmente al atardecer. Acomodaba su silla de ruedas en el palier de la planta baja, cerca de la puerta de entrada y conversaba con cada vecino que iba llegando. Otras veces se la veía en el jardín rodeada de chicos de distintas edades. Me intrigaba saber con qué magia atraía a esos pequeños salvajes. Se lo pregunté a mis dos hijas que estaban saltando de la niñez a la adolescencia y bajaban a echar miradas inquietas a los muchachos vecinos. Me contaron que Cora participaba como árbitro o mensajera de las amistades y  noviazgos de los pibes del barrio. Aproveché para preguntarles si sabían algo de su vida pero no, no sabían nada.
En esa época todavía no me llegaba a preocupar, solo sentía alguna curiosidad por saber que hacía cuando no bajaba, por imaginarle amores, angustias y un sexo exigente de quien sabe qué supletoria satisfacción. Aunque tal vez todo su cuerpo excepto su cerebro estuviese dormido. Suponía que no, pues en los días de primavera Cora bajaba con vestidos llenos de volados que le descubrían sus pequeños hombros  y ocultaban sus gruesas y cortas piernas, a veces incluso se ponía una flor en el pelo. Lo que no concordaba era su voz de ratón asustado. Al oírla me llenaba de sensaciones desagradables. Por esa razón pocas veces me detenía a conversar, y porque Cora vendía cosas: cosméticos, ropa, chucherías que colgaba de una bolsa en la manija de su silla y uno mismo tenía que mirar, probarse, dejarle el dinero; todo porque ella descansaba sus minúsculas manos sobre el regazo y sólo las movía para desplazarse con su silla, como si temiera gastarlas. No podía más que sentirme malvada al negarme a sus ofrecimientos. Por eso pasaba apuradísima, la saludaba apenas con la mano, me zambullía en el ascensor y en todo el viaje hasta el piso diecisiete iba justificándome con que era más pobre que ella,  no tenía un vestido con volados para estrenar y debía mantener a dos hijas. Mientras subía iba creciendo mi animadversión hacia Cora, a la que quién sabe quién mantenía, holgazaneaba todo el día sobre su silla de ruedas y tenía tiempo para leer y pintarse las uñitas de sus manos.
Una noche que volví tarde la encontré en el jardín de la entrada medio oculta entre una palmera y un rosal. Hacía frío, viento, y el pelo de Cora flotaba. Me sobresalté. Eso me impidió seguir  de largo como de costumbre. Sorprendida le pregunté:
- Cora, ¿qué hacés aquí?, hace frío -.
- Es que estoy como loca -  me contestó. Me pidió que la empujara hasta el palier. Allí me preguntó con su desagradable chillido, esta vez más agudo, si sabía lo que estaba pasando. Le dije que no.
-¿Será posible que la única que se haya enterado sea yo?-  exclamó con desesperación, el gato ya clavándole los dientes. Luego se puso a hablar del agujero de ozono, de que se estaba adelgazando cada día más lo cual significaba que en pocos años, cinco o seis, toda forma viviente desaparecería del planeta.
Había parado a los vecinos cuando regresaban de sus trabajos, hablado por teléfono con sus amigos y parientes, y a uno por uno, con su aflautada voz, les había relatado el fenómeno, llorando, rogando que no usaran más aerosoles, que reaccionaran. Todos intentaron tranquilizarla sin darle importancia. Alguien le dijo “No te preocupes ya inventarán un aerosol inverso para engordar el ozono, nos lo harán comprar y el mundo seguirá su marcha”.  Yo también lo intenté. Le dije que casi no usaba aerosoles, que al cucarachicida, imprescindible en este edificio, lo iba a reemplazar por la chancleta. Subí a mi departamento en el cual casi tengo un ataque de risa: ¿así que éstas eran las lujuriosas obsesiones de Cora? Que Brigitte Bardot en Francia o Jane Fonda en Estados Unidos se ocuparan de la ecología, bueno pero Cora, Cora en Buenos Aires… Luego me dije ‘‘En fin la ociosidad produce esas pasiones’ y me olvidé por esa noche.
A la mañana siguiente, sin embargo, compré el diario y busqué algo sobre el tema. En un rinconcito había una noticia acerca del ozono. Comprobé que Cora había cometido muchos errores en su relato, como lo suponía. Guardé el recorte para mostrárselo pero por dos días no la vi y me olvidé hasta que dos semanas después, un grupo de vecinos alborotados en el palier, me contó que Cora se había suicidado tirándose con su silla de ruedas desde la terraza. A partir de ese momento no hice mas que pensar en ella, en si valía la pena que viviera en la memoria o desapareciera en el olvido, en imaginar su pelo al viento en la caída y a la silla sola girando en el vacío. Viví obsesionada estos últimos tres días en el trabajo, en el colectivo y en la cama por las noches, dudando; hasta que finalmente decidí salvarla, bajé corriendo los diecisiete pisos, esperé su cuerpecito deforme que bajaba planeando con las amplias polleras y lo recibí entre mis brazos.
Luego  subí con ella y teniendo especial cuidado con su hermosa cabeza de largo pelo ondulado y ojos melancólicos la deposité con suavidad sobre estas páginas.  


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