Uno
cree que sabe. Todos los elementos percibidos de la realidad nos lo ratifican. Entonces
aparece alguien que afirma lo contrario, sin argumentos, y nos sentimos
reforzados en nuestra inteligencia y dueños de la razón absoluta. Pablo no
afirmaba nada, pero actuaba seguro de saber algo que yo desconocía aunque me
las diera de psicóloga, o zoóloga para el caso, ya que se trataba del gato
siamés. Mi hermana lo había traído de regalo una tarde de octubre y en pocas
horas me di cuenta de que no me gustaba. Venía a reemplazar al desaparecido
Diógenes. ¿Cómo podía ser sustituido el salvaje Diógenes por este doméstico
gatito de buena familia, perezoso y satisfecho, que de inmediato se apropió de
los lugares más cómodos sin dar siquiera una olfateada por la casa? El siamés se sentaba en el regazo de Pablo y
empezaba a ronronear. Cuando Pablo argumentó la confiabilidad y excelente pedigrí
del minino, lo cual lo colocaba en un status muy superior al callejero
Diógenes, le dije que no me gustaba precisamente por eso y por otros motivos, y luego callé dejando los
otros motivos en suspenso. Pablo se interesó por ellos, pero ese día no le
contesté.
Era yo quien le daba de comer y limpiaba su
sanitario, debido a esa tendencia que tenemos la mayoría de las mujeres ante la
llegada a la casa de un ser vivo. Nos podemos hacer las desentendidas por un
rato, pero estamos incómodas hasta que no le satisfacemos alguna necesidad,
hambre, sed, cansancio. Después de dos o tres días en que nadie se
ocupó del gato, vencí mi aversión y comencé a atenderlo. Aún así, el siamés
seguía prefiriendo a Pablo, quien una noche volvió a interesarse por las
razones de mi rechazo. Le dije la verdad, Porque tiene ojos celestes como Cecilia.
El, medio ofendido, me contestó: Cecilia tiene ojos verdes, y yo, con desprecio: Tiene
ojos celestes aguados. Y él: Verdes. Y
yo: Celestes acuosos. Bueno, está bien, tiene ojos celestes. Así se retiró de
la batalla. Este conato de discusión era, como se dice, la punta de un iceberg.
Cecilia estaba enamorada de Pablo y en uno de nuestros alejamientos casi se
casan. Llegué a conocerla bastante bien, lo suficiente como para decirle que
no se equivocara, yo lo había echado y cuando quisiera él volvería a estar conmigo, aún cuando me
negara a casarme, hacer ñoquis los veintinueve, pasear un gran perro (de
pedigree) y vivir dentro de un country en un chalet mezcla californiano con
templo griego.
Y
así fue. Pablo volvió. Le abrí la puerta pero nunca le perdoné que hubiera
estado a punto de casarse con Cecilia, tan a la moda, tan sin historia en su
soberbia juventud, tan satisfecha de su cómodo estar en el mundo y de su cara
bonita con ojos celestes acuosos.
Toda
esta historia la revivía en los ojos del siamés. En especial los primeros meses
de su estadía. En algún momento que no puedo precisar las cosas cambiaron.
Seguro tuvo que ver con los diferentes ritmos de sueño que tenemos, con los
insomnios de Pablo y también con su posibilidad de intuir algo y desarrollar
alguna certeza, aunque no pudiera fundamentarlo. Seguí ocupándome del gato,
pero no logré que perdiera todas sus pulgas, y a Pablo le molestan las pulgas
ajenas. Empezó a echarlo cuando intentaba subirse a su regazo. El siamés, por
su parte, se quedaba conmigo durante los ratos que leía o miraba televisión. Yo
había advertido que con la luz artificial, las pupilas se le dilataban ocupando
todo el ojo. Entonces eran marrones, casi negros, como los míos, como los de Diógenes.
Sólo con la luz del sol entrando por la ventana volvían a ser celestes. Descubrí, en cuanto empezó el otoño, que su ronroneo me resultaba sedante y la temperatura de su piel muy agradable. Sin embargo, a pesar de esta incipiente aceptación, no lo dejaba entrar al dormitorio. Pablo,
que seguía despierto, se aseguraba de que me durmiera y luego lo introducía y
cerraba la puerta. El
siamés saltaba sobre mí que estaba en el mejor de los sueños y me daba unos
terribles sustos. Me tuve que enojar con Pablo. A partir de esa noche, ambos
trasnochaban fuera del cuarto. Al levantarme encontraba almohadones y algunos
objetos contundentes tirados por el piso y el rociador de ropa sobre la mesa. Descubrí
que eran huellas de la pelea que Pablo daba por las noches al siamés para que
no se le acercara.
Pablo
empezó a molestarse cuando yo, que no podía entender ese repentino odio
irracional, lo tenía en mi falda y lo mimaba más que nunca, lo paseaba en mis
brazos o lo dejaba escalarme hasta el cuello donde apoyaba su naricita y sus
bigotes. Una noche en que, como de costumbre, Pablo se acostó varias horas
después que yo, lo vi entre sueños colocar una silla y un montón de almohadones
contra la puerta del dormitorio. Al levantarme tuve que mover todo para poder
salir del cuarto y allí, sentado frente a la puerta, muy erguido, estaba el
siamés. Entonces creí entender la agresividad de Pablo hacia el indefenso
animal. Era miedo. Miedo e ignorancia. Traté de hacerle comprender que su
proceder era absurdo. Si no quería que se le acercara, debía alzarlo, depositarlo en el patio y
cerrar la puerta. Pero
él ya no se animaba a tocarlo, mucho menos a alzarlo. Yo esgrimía conocimientos gatunos, pero nada. Bueno, me dije, que se arregle con sus fobias.
Alguna
mañana posterior, habituada pero no conforme con descorrer sillas y almohadones para poder salir del
dormitorio, empujé la puerta, fastidiada, y fui a darme un baño de inmersión.
No lo pude disfrutar pensando que no la había cerrado y que el gato se podía
subir de un salto a la cama, provocando la furia de Pablo quien podría quitarle
al menos tres o cuatro de sus siete vidas con una sola trompada. Me envolví en
la toalla y fui corriendo. Ya era tarde. El gato estaba estirado sobre el pecho
de Pablo y una mancha roja se extendía sobre las sábanas.
Me
acerqué despacio y pude entender lo que él sabía hacía mucho y no había podido
explicar. Sobre su cuello se distinguían dos profundos cortes a la altura de la yugular. Aún seguía
brotando la sangre y derramándose hacia los costados de su cuerpo que yacía,
muerto pero todavía tibio, con el siamés encima mirándome a través de sus
aguados ojos celestes, que a la luz dorada del sol mañanero, adquirían un matiz
verde de maligna satisfacción.
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