Era un hombre de una ciudad.
Un hombre común. Vestía, comía, hablaba, dormía y trabajaba como el común de
los hombres. Sabía sufrir, ser feliz, ambicionar, amar y desesperar de común
manera. Sus gestos eran comunes y su mirada, nada especial. Era tierno, amable,
vanidoso. A veces solidario, grosero, mentiroso. En ocasiones sincero y
altruista.
Hijo
de un matrimonio común, habitante infantil de un común barrio suburbano,
recordaba, de su infancia, los domingos,
cuando se sentaba a la mesa junto a su familia. Todos comentaban sus comunes
vidas. En el momento en que sus anécdotas de niño empezaban a explayarse, mamá
se levantaba para lavar los platos, papá prendía la tele, Rodrigo se encerraba
en su cuarto y Susana corría al patio a jugar con sus amigas.
Al
llegar a la adolescencia advirtió que las comunes confidencias de muchachos,
producían sueño a sus amigos en las nocturnas horas compartidas. Esta situación
se repitió con su esposa unos años mas tarde. Elegida por alegre y saludable,
tenía un rápido sueño que se aceleraba aun más cuando él, en la intimidad de
las sábanas, comenzaba a relatar sus comunes sinsabores y sus pequeñas
alegrías.
Estando
en la oficina, su saludo, los comentarios referidos al clima o la inflación,
eran escuchados y recibían la devolución de la frase hecha correspondiente,
pero cuando intentaba participar en algún diálogo sobre política o fútbol,
algunos de sus compañeros bostezaban, otros volvían a sus tareas, los menos lo
palmeaban antes de irse. Entre el común de los hombres, su decir no aportaba
nada, era él mismo todos los hombres comunes, la síntesis de sus sabidurías y
esperanzas.
Decepcionado
por la falta de interlocutores, decidió dejar de hacer confidencias y emitir
opiniones. Quienes lo rodeaban aceptaron ese hecho sin dificultad alguna.
Durante muchos años continuó con la lengua reducida a las más comunes palabras.
Finalmente, juzgando innecesario hablar en la común manera en que hablan los
humanos, pues lo que él no dijera, alguien lo diría, decidió callar para
siempre.
Comprendió
entonces que, efectivamente, su habla había sido innecesaria. Y siguió con su
vida, su común vida de hombre silencioso.
Un
día de esos claros y soleados que parecen hechos para dar al hombre la ilusión
de que el mundo es comprensible, tuvo una intuición, un presentimiento que lo
sacudió, la confusa y aterradora sensación de que su desaparecer también sería
indiferente. Resolvió entonces suicidarse.
Se
subió a un bote, remó hasta el medio del río caudaloso, agujereó el fondo y
dejó que las aguas lo hundieran. Cuando se estaba ahogando, pues como la
mayoría de los hombres comunes de las ciudades, no sabia
nadar; escuchó gritos, voces, y con los ojos apenas a
ras del agua, mientras braceaba desesperadamente, alcanzó a ver varios
veleros que se acercaban y en el cielo,
dos helicópteros desde los que gritaban
por un altavoz. Ya era tarde para entender lo que decían, pero no para morir
feliz diciéndose: He aquí el acto que redime mi común vida.
Lo
que el pobre, pobre hombre nunca supo, es que el gran suceso ese día en el río
había sido una carrera de veleros y que morir, es, al fin, lo más común de la
vida.
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