martes, 2 de septiembre de 2014

EL VIAJE

     Cuando uno no sabe dónde ir, debe tomar un tren o un colectivo.
Hay un recorrido, una hoja de ruta, cientos de hombres, de días precisando la hora de llegada a cada estación, la calle en que se dobla, la parada. Uno se sienta, entonces, confiado: ciertamente estamos yendo a algún lugar y además, en el mismo asiento o similar, se podrá volver al punto de partida. Hay una Empresa que determina el destino.
En todo viaje pueden tocar compañeros agradables o desagradables. Los desagradables no son problema, se los ignora totalmente o uno se cambia de asiento. Pero los otros, ay, pueden llegar a comprometernos en un diálogo sobre política, sexo, arte, o lo que es peor, preguntarnos adonde vamos y pretender compartir el viaje. Incluso pueden empujarnos a realizar un análisis sobre los demás pasajeros, un petitorio por la rebaja del pasaje, o producir un enfrentamiento con el guarda por la forma de uso del asiento o del portaequipaje. Puede haber casos extremos que lleguen a cuestionar el recorrido, pero es muy difícil dar con uno de ellos. De todas maneras, no debe uno dejarse seducir por los compañeros agradables, son los más peligrosos.
Lo mejor es ir del lado de la ventanilla. Entonces no importa lo que pase. Se puede mirar, perdido y lejano, a todo lo que parece que pasa mientras nosotros pasamos. Puede suceder que todas estén ocupadas. En ese caso quedan dos opciones, esperar otro tren o sentarse del lado del pasillo.
El pasillo tiene el inconveniente de que uno toma conciencia de estar adentro y siempre se interpone una cara entre nosotros y el afuera. Los que nos rodean adquieren una fuerte consistencia y se torna posible pensar en cosas como si alguno de ellos va realmente a alguna parte e imaginar donde, y ese no es un ejercicio adecuado para quien viaja sin rumbo. Mejor, en esa situación, es sacar el libro  y leer algún párrafo, o tomar notas en una libreta acerca de lo que deberíamos hacer al llegar.

Viajar parado está totalmente contraindicado en estas circunstancias. Parado viajan los que están obligados a llegar a un lugar determinado, generalmente con apuro y sin posibilidad de cuestionarse si es ése o algún otro el lugar al que quisieran arribar.

Si bien el avión o el barco son posibles, no los recomendarìa. Hay que dirigirse, por ejemplo, al aeropuerto, realizar tramitaciones y esperas, en fin, ejercer un tipo de voluntad que no es muy conciliable con el espíritu de quien no sabe dónde ir.

Definitivamente, viajar en taxi es la única forma imposible de viajar sin rumbo.
Por empezar, sería muy incómodo soportar los ojos del conductor a través del espejito retrovisor después de decirle “Lléveme a cualquier lugar, por cualquier calle”, o “No me lleve a ningún sitio en especial”. No. Habría que simular que se va a algún lado, pero no se sabe muy bien donde queda. Entonces uno estaría obligado a elegir en cada esquina si dobla a derecha o izquierda. Si se va hacia el centro de la ciudad uno puede fingir que no recuerda exactamente el lugar pero lo reconocerá en cuanto lo vea. Así se obligaría al conductor a recorrer todas las calles del centro y entre semáforos, piquetes, aglomeraciones, contramanos, puede pasar un buen rato. Claro que habría que demostrar un interés especial en algún edificio, decir “ahí, ahí”, y “ah, no, de nuevo me equivoqué”, o algo parecido. Y estas conductas no son deseables en las circunstancias ya anotadas.
Algo parecido sucede si se va hacia fuera de la ciudad, considerando que ningún conductor de taxi aceptaría tomar una ruta que se interna en la provincia, cosa que por otro lado no es nuestro objetivo, porque viajar sin rumbo no necesariamente coincide con llegar muy lejos. Entonces hay que conformarse con recorrer los suburbios mirando para todos lados y respondiendo a las preguntas del chofer, quien podría desconfiar y obligarnos a bajar justo donde menos queríamos, que son todos los lugares, porque el que uno no sepa donde ir no significa que acepte así, sin mas, que lo bajen en cualquier lugar.
En síntesis, si no se tiene un rumbo preciso, de nada vale un conductor que nos va a llevar solo donde le digamos, ya que nada tenemos para decirle. Debe uno viajar en tren o en colectivo, con mucha gente alrededor que parece ir hacia algún sitio, aunque para ellos tal vez sea estar volviendo; o gente como nosotros, que no va ni vuelve, pero lo hace a través de una ruta preestablecida y ya recorrida millones de veces por otros.

No me extenderé aquí en casos especiales como el de que viaja a cualquier lado porque no tiene donde ir, porque no sabe como ir donde quiere, o ese otro que sabiendo donde quisiera ir, se ha convencido que no hay posibilidad de llegar ni la habrá nunca. Estos casos los dejo para un análisis posterior o librados a la imaginación del lector.


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