Cuando uno no sabe dónde ir, debe tomar un tren
o un colectivo.
Hay
un recorrido, una hoja de ruta, cientos de hombres, de días precisando la hora
de llegada a cada estación, la calle en que se dobla, la parada. Uno se sienta,
entonces, confiado: ciertamente estamos yendo a algún lugar y además, en el
mismo asiento o similar, se podrá volver al punto de partida. Hay una Empresa
que determina el destino.
En
todo viaje pueden tocar compañeros agradables o desagradables. Los desagradables
no son problema, se los ignora totalmente o uno se cambia de asiento. Pero los
otros, ay, pueden llegar a comprometernos en un diálogo sobre política, sexo,
arte, o lo que es peor, preguntarnos adonde vamos y pretender compartir el
viaje. Incluso pueden empujarnos a realizar un análisis sobre los demás
pasajeros, un petitorio por la rebaja del pasaje, o producir un enfrentamiento
con el guarda por la forma de uso del asiento o del portaequipaje. Puede haber
casos extremos que lleguen a cuestionar el recorrido, pero es muy difícil dar
con uno de ellos. De todas maneras, no debe uno dejarse seducir por los
compañeros agradables, son los más peligrosos.
Lo
mejor es ir del lado de la ventanilla. Entonces no importa lo que pase. Se
puede mirar, perdido y lejano, a todo lo que parece que pasa mientras nosotros
pasamos. Puede suceder que todas estén ocupadas. En ese caso quedan dos
opciones, esperar otro tren o sentarse del lado del pasillo.
El
pasillo tiene el inconveniente de que uno toma conciencia de estar adentro y
siempre se interpone una cara entre nosotros y el afuera. Los que nos rodean
adquieren una fuerte consistencia y se torna posible pensar en cosas como si
alguno de ellos va realmente a alguna parte e imaginar donde, y ese no es un
ejercicio adecuado para quien viaja sin rumbo. Mejor, en esa situación, es sacar
el libro y leer algún párrafo, o tomar
notas en una libreta acerca de lo que deberíamos hacer al llegar.
Viajar
parado está totalmente contraindicado en estas circunstancias. Parado viajan
los que están obligados a llegar a un lugar determinado, generalmente con apuro
y sin posibilidad de cuestionarse si es ése o algún otro el lugar al que
quisieran arribar.
Si
bien el avión o el barco son posibles, no los recomendarìa. Hay que dirigirse,
por ejemplo, al aeropuerto, realizar tramitaciones y esperas, en fin, ejercer
un tipo de voluntad que no es muy conciliable con el espíritu de quien no sabe
dónde ir.
Definitivamente,
viajar en taxi es la única forma imposible de viajar sin rumbo.
Por
empezar, sería muy incómodo soportar los ojos del conductor a través del
espejito retrovisor después de decirle “Lléveme a cualquier lugar, por
cualquier calle”, o “No me lleve a ningún sitio en especial”. No. Habría que
simular que se va a algún lado, pero no se sabe muy bien donde queda. Entonces
uno estaría obligado a elegir en cada esquina si dobla a derecha o izquierda. Si
se va hacia el centro de la ciudad uno puede fingir que no recuerda exactamente
el lugar pero lo reconocerá en cuanto lo vea. Así se obligaría al conductor a
recorrer todas las calles del centro y entre semáforos, piquetes, aglomeraciones,
contramanos, puede pasar un buen rato. Claro que habría que demostrar un
interés especial en algún edificio, decir “ahí, ahí”, y “ah, no, de nuevo me
equivoqué”, o algo parecido. Y estas conductas no son deseables en las
circunstancias ya anotadas.
Algo
parecido sucede si se va hacia fuera de la ciudad, considerando que ningún
conductor de taxi aceptaría tomar una ruta que se interna en la provincia, cosa
que por otro lado no es nuestro objetivo, porque viajar sin rumbo no
necesariamente coincide con llegar muy lejos. Entonces hay que conformarse con
recorrer los suburbios mirando para todos lados y respondiendo a las preguntas
del chofer, quien podría desconfiar y obligarnos a bajar justo donde menos
queríamos, que son todos los lugares, porque el que uno no sepa donde ir no
significa que acepte así, sin mas, que lo bajen en cualquier lugar.
En
síntesis, si no se tiene un rumbo preciso, de nada vale un conductor que nos va
a llevar solo donde le digamos, ya que nada tenemos para decirle. Debe uno
viajar en tren o en colectivo, con mucha gente alrededor que parece ir hacia
algún sitio, aunque para ellos tal vez sea estar volviendo; o gente como
nosotros, que no va ni vuelve, pero lo hace a través de una ruta preestablecida
y ya recorrida millones de veces por otros.
No
me extenderé aquí en casos especiales como el de que viaja a cualquier lado
porque no tiene donde ir, porque no sabe como ir donde quiere, o ese otro que
sabiendo donde quisiera ir, se ha convencido que no hay posibilidad de llegar
ni la habrá nunca. Estos casos los dejo para un análisis posterior o librados a
la imaginación del lector.
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