Me fui del pueblo porque me daba vergüenza, y porque si le contaba a José Luis seguro me iba a decir ¿y cómo sé que es mío? Ya se me empezaba a notar la pancita, así que cobré el sueldo de la pasteurizadora, agarré la plata que tenía ahorrada para la bici, un bolso grande con toda mi ropa y me fui a la ruta. Total, la tía Ema cobraba su pensión y se podía arreglar sin mí.
Primero
me levantó Rosales con la furgoneta. A él no le dije nada. Pero al que me
levantó en el cruce le conté que me iba a tener mi hijo en la Capital, para que
naciera entre doctores y con todos los adelantos. El me dijo que eso no tenía
nada que ver, que las mujeres fuertes parían como si tal cosa en el medio del
campo y criaban a sus hijos sin problemas, como los animales; en cambio, las
débiles, se morían o tenían hijos que también se morían antes del año aunque
tuvieran a todos los médicos a su alrededor. Y que las mujeres tenían hijos
desde mucho antes que existieran los doctores. Yo no dije nada porque era un
viejo, y ¿qué le iba a decir?: “Usted no sabe nada, abuelo, antes no había
vacunas y la gente se moría como moscas, ¿o no?: los doctores las inventaron”. Pero
no lo dije ya que era tan amable llevándome y compartiendo los sánguches de
carne fría, las manzanas y el vino que llevaba para todo el viaje. Al final no
le alcanzó y tuvimos que comer un chorizo y una morcilla en un carrito de esos
que hay en la ruta. Ni siquiera eso me dejó pagar, ¡cómo le iba a decir que era
un viejo ignorante! Prefería quedarme
callada y pensar en el nombre del bebé. Antes de estar segura quería ponerle
José Luis como el padre o María Eva por la abuela y por Evita. Pero cuando ya
no tuve dudas, todos los días se me ocurría un nombre distinto. Al final le pusieron
un nombre horrible. Yo esperaba verlo nacer, abrazarlo y decirle te llamás tal,
o cual, porque cuando lo viera iba a tener el nombre elegido y si no, al
mirarlo sabría como se llamaba. Según, si era peludo o no, con rulos o chuzo,
colorado o blanquito, manchado, flacucho, si gritaba furioso o gemía sin
fuerzas, si era tragón. Entonces no iba a tener más dudas. Pero cuando lo vi
después de dos días estaba todo pelado y tenía un tajito en la cabeza como si
lo hubieran afeitado con una navaja muy filosa. Yo lloré porque ya no sabía que
nombre ponerle, entonces la enfermera me dijo: “Bueno, si no sabés, le ponemos Norberto.
¿Es González, no?, ¿o lo va a reconocer alguien más?”. “Qué reconocer ni
reconocer, si todavía no se si lo conozco yo a este crío”, pensé, y lo miré en
su cuna dura de fierros sin moverme mucho porque me dolía la herida y me daba
vueltas la cabeza. Todo esto les tenía que haber contado.
Cuando
llegué a Buenos Aires mi prima se había mudado a otro inquilinato, pero una
vecina me llevó. Era ahí nomás, cerca. Yo no tenía ganas de hacer nada, solo
quería tejer batitas y mantillas con punto bareta y las florcitas de crochet
que me había enseñado la abuela de Rosita, en el pueblo. A veces tejía por la
noche, mientras pensaba que cuando entrara a la sala de partos iba a estar
lleno de doctores que me darían las manos y me dirían: “-Señora, encantados de
conocerla, ¡qué hermosa panza tiene usted!, prueba de que su bebé es grande y fuerte”.
Me iban a acostar en una cama con un colchón calentito, con sábanas bordadas o
de muchos colores y en la pared iba a haber
una imagen de la virgen. Yo entonces iba a rezar, a pedirle que todo
saliera bien. Pero no tenía mucho tiempo para tejer. En la Capital la plata se
va más rápido. Tuve que trabajar en un taller de armado de zapatos. Mi prima me
llevó.
Tampoco
la sala de partos era como había pensado. Había una luz fuerte como un sol
sobre mí, pero un sol frío y malo. No había cama sino una camilla angostita y
dura; apenas cabía y todo el tiempo me parecía que me iba a caer. Un doctor me
metía la mano tan adentro que tenía miedo que le tocara un ojo al bebé y lo
dejara ciego. Cuando yo gritaba no me decía nada mas que:”ya está, ya está”. No
sabía si ya está quería decir que ya le había sacado el ojo o que estaba por
salir o que ya se había muerto. ¿Por qué será que no pude explicárselos?
La
partera, que no es doctora, no me decía nada. Ni siquiera: “ahora gritás, pero
antes te gustó, ¿no?”, como le dijo a la chica de la cama de al lado, la que me
contó que esa no era ni doctora. No, se quedaba ahí viendo unos aparatos y
cuando yo me quería levantar porque para mí ya salía, me empujaba para atrás
sin decir nada y con cara de no verme. Empecé a pensar que tal vez tampoco
vieran cuando nacía el bebé y se podía caer al piso y romperse la bochita llena
de pelusa. Esto también les tendría que haber contado.
Al
final no sé como salió. Me dormí y me desperté en la pieza con las otras
chicas. Una se fue a los dos días con una bebita hermosa y había otra que
dormía y dormía. Esa noche, o esa
madrugada, no se bien, vino una doctora y le habló bajito, pero yo escuché. Le
decía que su nene se había muerto, que era muy chiquitito, prematuro, y que no
había resistido. Cuando se fue la doctora la chica se acostó para el otro lado,
me dí cuenta que lloraba porque se le movía la espalda y después agarró un
pañuelo y se sonó la
nariz. Hubiera querido decirle algo, acariciarla, pero me
daba vergüenza porque el mío estaba vivo. O por ahí no, hacía mucho que no me
lo traían. Yo le quería dar la teta, pero la enfermera me decía: “Con lo que
tenés, querida, lo matás de hambre”. Sin embargo me habían crecido tanto que en
la calle los hombres me decían cosas. A mí me gustaba, pero mi prima decía que
son unos degenerados, que lo único que saben es hacerte hijos y después
desaparecen y que no tienen respeto. A mí no me parecía una falta de respeto.
Si era verdad que las tenía lindas, gorditas y puntudas como la panza. Después
que la chica se calmó me puse a llorar yo, aunque no me importaba más nada de
su bebe ni de ella.
Ese
día me lo trajeron un ratito, poco, porque decían que yo estaba débil. Lo miré
y lo miré muchas veces. Estaba tan raro con esa ropa. No le pusieron nada de lo
que le había llevado. Lloraba mucho, le quise dar la teta pero sacudía la cabeza
y no la quería agarrar. Entonces vino la enfermera y se lo llevó porque decía
que estaba muerto de hambre.
Me
daban unas inyecciones que me hacían dormir casi todo el día, por eso no sé si era de día o de noche cuando vino
esa doctora a hablarme. se sentó al lado y empezó a hablar bajito. Me entró
mucho miedo Tenía ganas de salir corriendo o de gritarle que se fuera. Pero no
dije nada. Nunca digo nada. Ella sí dijo muchas cosas. De todas no me acuerdo,
pero de algunas sí. Dijo que no lo iba a poder criar, que tendría que trabajar
y que nadie me tomaría con el chico. Que necesitan cosas muy caras, que no
tengo ni leche, que hay que comprar la cuna y el cochecito y triciclos y
cuadernos y camperas y remedios, libros, zapatillas, no sé cuantas cosas más, dijo,
si se quiere criar bien a un hijo. Me ofreció un montón de plata para que
volviera a mi pueblo, “con tu gente”, dijo. Dijo que había una familia que lo
iba a cuidar muy bien, que tenían dinero para darle lo mejor, todo lo que un
hijo necesita. Yo no decía nada pero se me escapaban solas las lágrimas, me
dolía mucho la panza y los pechos parecía que se me iban a reventar.
Pensaba
decir todo esto cuando me preguntaran porqué lo había hecho.
En
ese momento al fin le dije a la doctora que si me daba la plata podría quedarme
con el bebé y cuidarlo. Y ella, que así no era el trato, y yo, que no había
trato.
Al
otro día me dejaron al chico al lado mío. Lloraba continuamente. No quería
agarrar la teta, tampoco se lo llevaban. Lloraba fuerte. Entonces empecé a pensar
que él sabía que no lo iba a poder cuidar ni comprarle juguetes que se mueven
solos, las mejores escuelas, ni nada de nada. Ni leche en polvo, siquiera, y
que de verdad sería mejor ser una vaca, aunque a una le sacaran la leche y la
pasteurizaran. Y pensé que esto lo tenía que explicar, pero cuando me senté en
la silla y tuve que contestar de nuevo todas las preguntas, sólo se me ocurrió
decir que lo había ahogado porque era un enemigo de otro planeta. ¡Pobrecito!
Qué estúpida, ¿no?
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