martes, 2 de septiembre de 2014

EL ENEMIGO



       
Me fui del pueblo porque me daba vergüenza, y porque si le contaba a José Luis seguro me iba a decir ¿y cómo sé que es mío? Ya se me empezaba a notar la pancita, así que cobré el sueldo de la pasteurizadora, agarré la plata que tenía ahorrada para la bici, un bolso grande con toda mi ropa y me fui a la ruta. Total, la tía Ema cobraba su pensión y se podía arreglar sin mí.
Primero me levantó Rosales con la furgoneta. A él no le dije nada. Pero al que me levantó en el cruce le conté que me iba a tener mi hijo en la Capital, para que naciera entre doctores y con todos los adelantos. El me dijo que eso no tenía nada que ver, que las mujeres fuertes parían como si tal cosa en el medio del campo y criaban a sus hijos sin problemas, como los animales; en cambio, las débiles, se morían o tenían hijos que también se morían antes del año aunque tuvieran a todos los médicos a su alrededor. Y que las mujeres tenían hijos desde mucho antes que existieran los doctores. Yo no dije nada porque era un viejo, y ¿qué le iba a decir?: “Usted no sabe nada, abuelo, antes no había vacunas y la gente se moría como moscas, ¿o no?: los doctores las inventaron”. Pero no lo dije ya que era tan amable llevándome y compartiendo los sánguches de carne fría, las manzanas y el vino que llevaba para todo el viaje. Al final no le alcanzó y tuvimos que comer un chorizo y una morcilla en un carrito de esos que hay en la ruta. Ni siquiera eso me dejó pagar, ¡cómo le iba a decir que era un viejo ignorante!  Prefería quedarme callada y pensar en el nombre del bebé. Antes de estar segura quería ponerle José Luis como el padre o María Eva por la abuela y por Evita. Pero cuando ya no tuve dudas, todos los días se me ocurría un nombre distinto. Al final le pusieron un nombre horrible. Yo esperaba verlo nacer, abrazarlo y decirle te llamás tal, o cual, porque cuando lo viera iba a tener el nombre elegido y si no, al mirarlo sabría como se llamaba. Según, si era peludo o no, con rulos o chuzo, colorado o blanquito, manchado, flacucho, si gritaba furioso o gemía sin fuerzas, si era tragón. Entonces no iba a tener más dudas. Pero cuando lo vi después de dos días estaba todo pelado y tenía un tajito en la cabeza como si lo hubieran afeitado con una navaja muy filosa. Yo lloré porque ya no sabía que nombre ponerle, entonces la enfermera me dijo: “Bueno, si no sabés, le ponemos  Norberto. ¿Es González, no?, ¿o lo va a reconocer alguien más?”. “Qué reconocer ni reconocer, si todavía no se si lo conozco yo a este crío”, pensé, y lo miré en su cuna dura de fierros sin moverme mucho porque me dolía la herida y me daba vueltas la cabeza. Todo esto les tenía que haber contado.
Cuando llegué a Buenos Aires mi prima se había mudado a otro inquilinato, pero una vecina me llevó. Era ahí nomás, cerca. Yo no tenía ganas de hacer nada, solo quería tejer batitas y mantillas con punto bareta y las florcitas de crochet que me había enseñado la abuela de Rosita, en el pueblo. A veces tejía por la noche, mientras pensaba que cuando entrara a la sala de partos iba a estar lleno de doctores que me darían las manos y me dirían: “-Señora, encantados de conocerla, ¡qué hermosa panza tiene usted!, prueba de que su bebé es grande y fuerte”. Me iban a acostar en una cama con un colchón calentito, con sábanas bordadas o de muchos colores y en la pared iba a haber  una imagen de la virgen. Yo entonces iba a rezar, a pedirle que todo saliera bien. Pero no tenía mucho tiempo para tejer. En la Capital la plata se va más rápido. Tuve que trabajar en un taller de armado de zapatos. Mi prima me llevó.
Tampoco la sala de partos era como había pensado. Había una luz fuerte como un sol sobre mí, pero un sol frío y malo. No había cama sino una camilla angostita y dura; apenas cabía y todo el tiempo me parecía que me iba a caer. Un doctor me metía la mano tan adentro que tenía miedo que le tocara un ojo al bebé y lo dejara ciego. Cuando yo gritaba no me decía nada mas que:”ya está, ya está”. No sabía si ya está quería decir que ya le había sacado el ojo o que estaba por salir o que ya se había muerto. ¿Por qué será que no pude explicárselos?
La partera, que no es doctora, no me decía nada. Ni siquiera: “ahora gritás, pero antes te gustó, ¿no?”, como le dijo a la chica de la cama de al lado, la que me contó que esa no era ni doctora. No, se quedaba ahí viendo unos aparatos y cuando yo me quería levantar porque para mí ya salía, me empujaba para atrás sin decir nada y con cara de no verme. Empecé a pensar que tal vez tampoco vieran cuando nacía el bebé y se podía caer al piso y romperse la bochita llena de pelusa. Esto también les tendría que haber contado.
Al final no sé como salió. Me dormí y me desperté en la pieza con las otras chicas. Una se fue a los dos días con una bebita hermosa y había otra que dormía y dormía.  Esa noche, o esa madrugada, no se bien, vino una doctora y le habló bajito, pero yo escuché. Le decía que su nene se había muerto, que era muy chiquitito, prematuro, y que no había resistido. Cuando se fue la doctora la chica se acostó para el otro lado, me dí cuenta que lloraba porque se le movía la espalda y después agarró un pañuelo y se sonó la nariz. Hubiera querido decirle algo, acariciarla, pero me daba vergüenza porque el mío estaba vivo. O por ahí no, hacía mucho que no me lo traían. Yo le quería dar la teta, pero la enfermera me decía: “Con lo que tenés, querida, lo matás de hambre”. Sin embargo me habían crecido tanto que en la calle los hombres me decían cosas. A mí me gustaba, pero mi prima decía que son unos degenerados, que lo único que saben es hacerte hijos y después desaparecen y que no tienen respeto. A mí no me parecía una falta de respeto. Si era verdad que las tenía lindas, gorditas y puntudas como la panza. Después que la chica se calmó me puse a llorar yo, aunque no me importaba más nada de su bebe ni de ella.
Ese día me lo trajeron un ratito, poco, porque decían que yo estaba débil. Lo miré y lo miré muchas veces. Estaba tan raro con esa ropa. No le pusieron nada de lo que le había llevado. Lloraba mucho, le quise dar la teta pero sacudía la cabeza y no la quería agarrar. Entonces vino la enfermera y se lo llevó porque decía que estaba muerto de hambre.
Me daban unas inyecciones que me hacían dormir casi todo el día, por eso  no sé si era de día o de noche cuando vino esa doctora a hablarme. se sentó al lado y empezó a hablar bajito. Me entró mucho miedo Tenía ganas de salir corriendo o de gritarle que se fuera. Pero no dije nada. Nunca digo nada. Ella sí dijo muchas cosas. De todas no me acuerdo, pero de algunas sí. Dijo que no lo iba a poder criar, que tendría que trabajar y que nadie me tomaría con el chico. Que necesitan cosas muy caras, que no tengo ni leche, que hay que comprar la cuna y el cochecito y triciclos y cuadernos y camperas y remedios, libros, zapatillas, no sé cuantas cosas más, dijo, si se quiere criar bien a un hijo. Me ofreció un montón de plata para que volviera a mi pueblo, “con tu gente”, dijo. Dijo que había una familia que lo iba a cuidar muy bien, que tenían dinero para darle lo mejor, todo lo que un hijo necesita. Yo no decía nada pero se me escapaban solas las lágrimas, me dolía mucho la panza y los pechos parecía que se me iban a reventar.
Pensaba decir todo esto cuando me preguntaran porqué lo había hecho.
En ese momento al fin le dije a la doctora que si me daba la plata podría quedarme con el bebé y cuidarlo. Y ella, que así no era el trato, y yo, que no había trato.


Al otro día me dejaron al chico al lado mío. Lloraba continuamente. No quería agarrar la teta, tampoco se lo llevaban. Lloraba fuerte. Entonces empecé a pensar que él sabía que no lo iba a poder cuidar ni comprarle juguetes que se mueven solos, las mejores escuelas, ni nada de nada. Ni leche en polvo, siquiera, y que de verdad sería mejor ser una vaca, aunque a una le sacaran la leche y la pasteurizaran. Y pensé que esto lo tenía que explicar, pero cuando me senté en la silla y tuve que contestar de nuevo todas las preguntas, sólo se me ocurrió decir que lo había ahogado porque era un enemigo de otro planeta. ¡Pobrecito! Qué estúpida, ¿no?


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