Hacía
ya desde el otoño que nos odiábamos tanto y a veces no.
Tanto
desde que armé una cama en el sillón del
escritorio y cerré con llave, desde que él se quedó en el cuarto grande, con
cucarachas, migas, puchos, ropa sucia como hacen algunos hombres que tuvieron
madre mujer muy feliz de pensar que todos saben y le reconocen que se reviente
en el mismo esfuerzo todo por nada cada día, o muy agradecida de que destruyan
en veinticuatro horas lo que ella fue construyendo y así saber que al otro día tendrá
que hacer algo, algo para hacer, algo en qué ocupar todas las horas excepto
algunas de tevé;
tanto
tiempo odiándonos, a veces no, cuidando yo mi territorio, resguardándolo de su
insomnio y su desorden; que esa noche en que tomé pastillas para dormir un rato
porque él se iba a ir con la mudanza al cabo del año, que era en sólo dos días
más…
tanto
tiempo abandonándonos, a veces no tanto, y yo cerrando con llave aunque no
hacia falta porque el no entraba, o si me tenia que decir algo pedía permiso y
yo decía – sí, ¿qué pasa?- Y luego el se iba, pero nunca cuando entre los
vidrios y la cortinita de la puerta veía que me había puesto las anteojeras
para que no me dejaran abrir los ojos y hacer fuerza y dormir a pesar de ese
otoño, ese invierno, esa primavera y la luz de mercurio o el sol que entraban
por la persiana rota;
tanto
tiempo en el sillón que me quedaba chico y se enredaban los dedos de mis pies
entre la caña y el mimbre, que dormir, cuando llegaba, y se iba, era la nada
mullida recordada con gozo durante todo el día aún con el temor de a la
siguiente noche no y a la otra tampoco;
tantas estaciones que fueron pasando
entre cinchada, olvido u odio, aunque no siempre;
que esa noche tomé una pastilla más
para no pensar en la mudanza y qué mueble se iba y cuál se quedaba dentro de
dos días, o puede que sí para pensar claro por la mañana cuando me despertara…
tantas
semanas que toda la noche leía o fumaba o tomaba mate en silencio sin pensar en
la cama grande vacía u ocupada del otro lado del patio, enredándome entre las
cañas y el mimbre y la frazada que me sobraba en ese sofá;
que esa noche que tomé una pastilla de
más para arribar a esa nada tan deseable, grité con espanto y empujé desde mi
pozo al cuerpo desnudo que se metía en el sin espacio de mi sillón cama de
mimbre y caña;
tanto tiempo que llena de sueño y
terror exploté un alarido y empujé al extraño, y volví a gritar y empujar hasta
que lo vi asustado, desnudo, parado al lado de mi cama y le dije – eras vos – y
le toqué una parte del cuerpo, no se cuál, la cadera, o el muslo, lo que estaba
más cerca para asegurarme que sí era él;
tanto que nos abrazamos adentro de mi
frazada grande aunque ya era verano y yo lloraba del susto y nos amamos
acariciándonos con ternura o desesperación o algo así no recuerdo bien porque
me dormía entre tanto, aunque partícula a partícula nos adentramos uno en el
otro con lágrimas y todo y después el dijo – dejame un ratito – y nos quedamos
abrazados en el sinespacio del sofá de caña tal vez diez minutos hasta que se
paró: – me voy – y yo cerré la puerta con llave para seguir durmiendo, para
poder pensar con claridad a la mañana cuáles muebles sí y cuáles no.
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