martes, 2 de septiembre de 2014

TANTO



     Hacía ya desde el otoño que nos odiábamos tanto y a veces no.
Tanto desde que armé  una cama en el sillón del escritorio y cerré con llave, desde que él se quedó en el cuarto grande, con cucarachas, migas, puchos, ropa sucia como hacen algunos hombres que tuvieron madre mujer muy feliz de pensar que todos saben y le reconocen que se reviente en el mismo esfuerzo todo por nada cada día, o muy agradecida de que destruyan en veinticuatro horas lo que ella fue construyendo y así saber que al otro día tendrá que hacer algo, algo para hacer, algo en qué ocupar todas las horas excepto algunas de tevé;
                                           tanto tiempo odiándonos, a veces no, cuidando yo mi territorio, resguardándolo de su insomnio y su desorden; que esa noche en que tomé pastillas para dormir un rato porque él se iba a ir con la mudanza al cabo del año, que era en sólo dos días más…
                                   tanto tiempo abandonándonos, a veces no tanto, y yo cerrando con llave aunque no hacia falta porque el no entraba, o si me tenia que decir algo pedía permiso y yo decía – sí, ¿qué pasa?- Y luego el se iba, pero nunca cuando entre los vidrios y la cortinita de la puerta veía que me había puesto las anteojeras para que no me dejaran abrir los ojos y hacer fuerza y dormir a pesar de ese otoño, ese invierno, esa primavera y la luz de mercurio o el sol que entraban por la persiana rota;
                                                                                                  tanto tiempo en el sillón que me quedaba chico y se enredaban los dedos de mis pies entre la caña y el mimbre, que dormir, cuando llegaba, y se iba, era la nada mullida recordada con gozo durante todo el día aún con el temor de a la siguiente noche no y a la otra tampoco;
                                                                                                                
tantas estaciones que fueron pasando entre cinchada, olvido u odio, aunque no siempre;
que esa noche tomé una pastilla más para no pensar en la mudanza y qué mueble se iba y cuál se quedaba dentro de dos días, o puede que sí para pensar claro por la mañana cuando me despertara…

                                 tantas semanas que toda la noche leía o fumaba o tomaba mate en silencio sin pensar en la cama grande vacía u ocupada del otro lado del patio, enredándome entre las cañas y el mimbre y la frazada que me sobraba en ese sofá;
que esa noche que tomé una pastilla de más para arribar a esa nada tan deseable, grité con espanto y empujé desde mi pozo al cuerpo desnudo que se metía en el sin espacio de mi sillón cama de mimbre y caña;
tanto tiempo que llena de sueño y terror exploté un alarido y empujé al extraño, y volví a gritar y empujar hasta que lo vi asustado, desnudo, parado al lado de mi cama y le dije – eras vos – y le toqué una parte del cuerpo, no se cuál, la cadera, o el muslo, lo que estaba más cerca para asegurarme que sí era él;
                                  
tanto que nos abrazamos adentro de mi frazada grande aunque ya era verano y yo lloraba del susto y nos amamos acariciándonos con ternura o desesperación o algo así no recuerdo bien porque me dormía entre tanto, aunque partícula a partícula nos adentramos uno en el otro con lágrimas y todo y después el dijo – dejame un ratito – y nos quedamos abrazados en el sinespacio del sofá de caña tal vez diez minutos hasta que se paró: – me voy – y yo cerré la puerta con llave para seguir durmiendo, para poder pensar con claridad a la mañana cuáles muebles sí y cuáles no. 


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