miércoles, 23 de septiembre de 2015

VECINOS



Me gustó la calle Pedro Goyena por los jacarandaes florecidos. El edificio tenía una buena entrada y el departamento - planta baja al fondo- , patio y jardín. Casi como una casa después de tantos ascensores diminutos, tragaluces, contrafrentes escalonados, ahogos, oscuridad, palpitaciones.
Antes revisé del otro lado y encima de las medianeras. Protegido. Mis pies pisaban pasto sin necesidad de plaza alguna,  la luz me inundaba sin ponerme en contacto con el exterior. En los casos en que resultara absolutamente necesario saldría del pasillo ancho a la calle directo y al regreso entraría en segundos a mi departamento.  No vería casi a los vecinos, no quería conocerlos. Trabajaba desde mi casa, había encontrado el refugio perfecto.
Eso fue antes de que Patricia se quedara del lado de adentro de la puerta de calle (que ya hace mucho que se cierra con llave) con  las mellizas y el bebé, sin poder salir. Escuché el alboroto y me inquieté, pero no me moví hasta que ella tocó mi timbre. Había dejado la llave dentro de su departamento, iba a la casa de su madre, allí la iría a buscar su esposo y ya todo estaría bien. Le abrí y la miré irse, morena, de andar despreocupado a pesar de bolsos, bebé cargado a la boliviana y mellizas de la mano. Me admiró tanta soltura.
Al día siguiente Patricia llamó a mi puerta y me dio un pedazo de torta de chocolate. Preguntó si vivía solo y me invitó a cenar, el lunes. Los lunes su marido jugaba al póker y se aburría, dijo. Después de dudar un segundo, acepté.
Esa noche de lunes, al salir y enfrentar el ascensor, supe que no podría meterme en él. ¿Qué hacer? Estuve paralizado unos diez minutos. El recuerdo de su andar, como bailando, me dio valor. Iría por la escalera. Eran tan solo cinco pisos. Tratando de controlar el pánico y tener a la vista los botoncitos rojos de las luces, subí escaleras, pasé pasillos angostos, puertas cerradas, oscuridades súbitas y en el quinto piso, más puertas que daban a lugares incógnitos. Y la de Patricia
Los chicos dormían. Cuando terminamos de cenar la acompañé a la terraza para recoger la ropa, después de expresarle mis reservas y recomendarle que hiciera esas tareas durante el día. Allí había un lavadero, dos lavarropas y unos piletones antiguos. Hicimos el amor apoyados en uno de ellos.
El lunes siguiente me pidió que sacara la basura. Luego de asegurarme de que no hubiera nadie en el pasillo, mientras me esforzaba por meter la bolsa en un gran cesto, ella entro al cuartito y cerró la puerta. Pensé que me desmayaría en esa total oscuridad. No me dio tiempo, de pie entre botellas y dos o tres bolsas de material recicable volvimos a hacer el amor. Al salir me di cuenta de que no había tenido un ataque de pánico, me alegré.
Una semana después lo hicimos en la terraza sobre las baldosas aún tibias. Ella dejaba la puerta de su departamento abierta, por si los chicos despertaban. Era en el último piso, debería haber sido el departamento del portero, pero  era el suyo. Yo protestaba por esa extravagancia audaz, aunque la acepté, Patricia no se dejaba tocar dentro de su casa. Me hice un gran frecuentador del lavadero y la terraza. Los lunes después de las diez.
Le propuse que se separara y viniera a vivir conmigo abajo, que los chicos tendrían sol y más espacio para jugar. Me miró como a un marciano. Nunca, me dijo, sabelo bien de una vez y por siempre, me voy a separar de mi marido, ¿está claro? Bajé la cabeza y no dije más.
Los oía salir juntos y contentos los fines de semana, con ruido de bicis, patinetas, cochecitos, hablando fuerte, riéndose. Ponía el televisor alto para no escucharlos. A él no lo conocí, a los chicos los vi aquella vez primera y alguna otra, mientras dormían.
Una vez, insidiosamente le quise enterrar la duda de que no debía ser cierto que él jugara al póker los lunes, que tal vez tuviera otra mujer y al final la dejara. Ella no lo creía, me dijo, y de todas maneras no viviría con ningún tipo que no fuera el padre de sus hijos hasta que crecieran. Un tipo, a mí.
Vi pasar los cuartos crecientes, menguantes, las lunas llenas y las nuevas desde la terraza durante cuatro años al cabo de los cuales me casé con otra mujer, a la que le gusta quedarse en la casa como a mí.  No se queja de mi única salida: jugar al póker los lunes, sin faltar uno.


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