Me gustó la calle Pedro Goyena
por los jacarandaes florecidos. El edificio tenía una buena entrada y el
departamento - planta baja al fondo- , patio y jardín. Casi como una casa
después de tantos ascensores diminutos, tragaluces, contrafrentes escalonados,
ahogos, oscuridad, palpitaciones.
Antes revisé del otro lado y encima de las
medianeras. Protegido. Mis pies pisaban pasto sin necesidad de plaza alguna, la luz me inundaba sin ponerme en contacto con
el exterior. En los casos en que resultara absolutamente necesario saldría del
pasillo ancho a la calle directo y al regreso entraría en segundos a mi departamento.
No vería casi a los vecinos, no quería
conocerlos. Trabajaba desde mi casa, había encontrado el refugio perfecto.
Eso fue antes de que Patricia se quedara del
lado de adentro de la puerta de calle (que ya hace mucho que se cierra con
llave) con las mellizas y el bebé, sin
poder salir. Escuché el alboroto y me inquieté, pero no me moví hasta que ella
tocó mi timbre. Había dejado la llave dentro de su departamento, iba a la casa
de su madre, allí la iría a buscar su esposo y ya todo estaría bien. Le abrí y la
miré irse, morena, de andar despreocupado a pesar de bolsos, bebé cargado a la
boliviana y mellizas de la mano. Me admiró tanta soltura.
Al día siguiente Patricia llamó a mi puerta y
me dio un pedazo de torta de chocolate. Preguntó si vivía solo y me invitó a
cenar, el lunes. Los lunes su marido jugaba al póker y se aburría, dijo. Después
de dudar un segundo, acepté.
Esa noche de lunes, al salir y enfrentar el
ascensor, supe que no podría meterme en él. ¿Qué hacer? Estuve paralizado unos
diez minutos. El recuerdo de su andar, como bailando, me dio valor. Iría por la escalera. Eran tan
solo cinco pisos. Tratando de controlar el pánico y tener a la vista los
botoncitos rojos de las luces, subí escaleras, pasé pasillos angostos, puertas
cerradas, oscuridades súbitas y en el quinto piso, más puertas que daban a
lugares incógnitos. Y la
de Patricia
Los chicos dormían. Cuando terminamos de cenar
la acompañé a la terraza para recoger la ropa, después de expresarle mis
reservas y recomendarle que hiciera esas tareas durante el día. Allí había un
lavadero, dos lavarropas y unos piletones antiguos. Hicimos el amor apoyados en
uno de ellos.
El lunes siguiente me pidió que sacara la
basura. Luego de asegurarme de que no hubiera nadie en el pasillo, mientras me
esforzaba por meter la bolsa en un gran cesto, ella entro al cuartito y cerró
la puerta. Pensé que me desmayaría en esa total oscuridad. No me dio tiempo, de
pie entre botellas y dos o tres bolsas de material recicable volvimos a hacer
el amor. Al salir me di cuenta de que no había tenido un ataque de pánico, me alegré.
Una semana después lo hicimos en la terraza
sobre las baldosas aún tibias. Ella dejaba la puerta de su departamento
abierta, por si los chicos despertaban. Era en el último piso, debería haber
sido el departamento del portero, pero
era el suyo. Yo protestaba por esa extravagancia audaz, aunque la acepté,
Patricia no se dejaba tocar dentro de su casa. Me hice un gran frecuentador del
lavadero y la terraza. Los lunes después de las diez.
Le propuse que se separara y viniera a vivir
conmigo abajo, que los chicos tendrían sol y más espacio para jugar. Me miró
como a un marciano. Nunca, me dijo, sabelo bien de una vez y por siempre, me
voy a separar de mi marido, ¿está claro? Bajé la cabeza y no dije más.
Los oía salir juntos y contentos los fines de
semana, con ruido de bicis, patinetas, cochecitos, hablando fuerte, riéndose. Ponía
el televisor alto para no escucharlos. A él no lo conocí, a los chicos los vi
aquella vez primera y alguna otra, mientras dormían.
Una vez, insidiosamente le quise enterrar la
duda de que no debía ser cierto que él jugara al póker los lunes, que tal vez tuviera
otra mujer y al final la dejara. Ella no lo creía, me dijo, y de todas maneras no
viviría con ningún tipo que no fuera el padre de sus hijos hasta que crecieran.
Un tipo, a mí.
Vi pasar los cuartos crecientes, menguantes,
las lunas llenas y las nuevas desde la terraza durante cuatro años al cabo de
los cuales me casé con otra mujer, a la que le gusta quedarse en la casa como a
mí. No se queja de mi única salida:
jugar al póker los lunes, sin faltar uno.
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