sábado, 31 de mayo de 2014

PACTO



   Nicolás se para frente a la puerta del cementerio. Mira hacia adentro. Es la primera vez que entra para  visitar a los muertos. Estuvo en los entierros de Agustín, Simona, Marcelo, y en el de su madre. Después no, hasta ahora..
Hay un sol de media tarde, cálido aunque decadente. Entra y camina por donde ilumina.
En su sueño había visto a Marcelo en una franja de sombra tratando de llegar con sus manos hasta una cinta de sol. Solo eso. Sin embargo, despertó como saliendo de una pesadilla. Una mezcla de culpa, miedo y desesperación.
Ahora busca la tumba. Primero pasa por la de Agustín, como para ir atrasando el encuentro. Luego la de Simona. Deja una flor en cada una. Casi no hay gente. Alguna que otra persona silenciosa cuya sombra se estira en la tarde. Camina hacia el sector oeste. Está ahí, en el cementerio, sin saber cómo. Responde a una pulsión surgida de alguna intuición de verdad, una verdad que no quisiera saber, sin embargo,  está ahí.
Marcelo fue el último en morir, hace dos años. El primero fue Agustín, mucho antes. Con él comenzó el pacto que se ha venido cumpliendo con fidelidad. Se sentían fuertes cuando lo hicieron, dueños del tiempo que merece ser vivido. Frente a la indignidad de la enfermedad  o el sufrimiento insoportable es preferible acabar. Ya  enfrentados a lo inevitable del fin, mejor no saber el momento exacto, esperarlo a ciegas dentro del poco de vida que queda.
Con Agustín fue fácil, tenía sida y estaba destruido. Hicieron una fiesta. Excepto Agustín, sabían que era de despedida. Casi le da alegría recordar ese cóctel de placer y dolor. Con Simona, todo estuvo bien hasta que abrió los ojos y miró, en el último instante. Se los cerraron pero ya la mirada de horror había quedado impresa.  Nadie habló de eso.
Hace dos años, el cáncer de Marcelo. Estaba justificado, cumplían el pacto y Marcelo se los agradecía. Sin embargo, el sueño de esa noche, Marcelo tratando de agarrar el sol, le trajo a la memoria que  había querido ir a Cuba. ¿A conocer o a probar alguna cura? , se pregunta ahora. Ese recuerdo le resulta más angustioso que la decadencia de la tarde, el largo de las sombras, el cielo enrarecido, su propia realidad tan asediada.
Llega y se sienta. Toca la lápida con la punta de los dedos. Habla con su amigo muerto. Le pregunta si no tuvo dudas, si hubiera querido otra cosa y no se animó.
Marcelo permanece impasible en sus huesos,  no contesta. La falta de respuesta lo deja solo, abandonado por un Marcelo resentido que no  perdona. Y ese no perdona,  aparecido del fondo de sí mismo, le hace saber que Marcelo, como él ahora, no quería morir cuando murió.

La tarde tiñe los mármoles de un lila violáceo que avanza hacia el azul oscuro. Tiene miedo. De su amigo, de la muerte, de quedar encerrado. Se levanta y va con rapidez hacia la salida. Una vez afuera respira hondo, sube el cierre de la campera y se dice: mas tarde o más temprano es lo mismo. No tengo derecho a romper el pacto tan sólo porque ahora me toca a mí.  Ni los muertos ni los vivos me lo perdonarían.


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