Nicolás se para frente a
la puerta del cementerio. Mira hacia adentro. Es la primera vez que entra para
visitar a los muertos. Estuvo en los entierros de Agustín, Simona,
Marcelo, y en el de su madre. Después no, hasta ahora..
Hay un sol de media tarde,
cálido aunque decadente. Entra y camina por donde ilumina.
En su sueño había visto a
Marcelo en una franja de sombra tratando de llegar con sus manos hasta una
cinta de sol. Solo eso. Sin embargo, despertó como saliendo de una pesadilla.
Una mezcla de culpa, miedo y desesperación.
Ahora busca la tumba.
Primero pasa por la de Agustín, como para ir atrasando el encuentro. Luego la
de Simona. Deja una flor en cada una. Casi no hay gente. Alguna que otra
persona silenciosa cuya sombra se estira en la tarde. Camina hacia el sector
oeste. Está ahí, en el cementerio, sin saber cómo. Responde a una pulsión
surgida de alguna intuición de verdad, una verdad que no quisiera saber, sin
embargo, está ahí.
Marcelo fue el último en
morir, hace dos años. El primero fue Agustín, mucho antes. Con él comenzó el
pacto que se ha venido cumpliendo con fidelidad. Se sentían fuertes cuando lo
hicieron, dueños del tiempo que merece ser vivido. Frente a la indignidad de la
enfermedad o el sufrimiento insoportable es preferible acabar. Ya
enfrentados a lo inevitable del fin, mejor no saber el momento exacto,
esperarlo a ciegas dentro del poco de vida que queda.
Con Agustín fue fácil,
tenía sida y estaba destruido. Hicieron una fiesta. Excepto Agustín, sabían que
era de despedida. Casi le da alegría recordar ese cóctel de placer y dolor. Con
Simona, todo estuvo bien hasta que abrió los ojos y miró, en el último
instante. Se los cerraron pero ya la mirada de horror había quedado impresa.
Nadie habló de eso.
Hace dos años, el cáncer
de Marcelo. Estaba justificado, cumplían el pacto y Marcelo se los agradecía.
Sin embargo, el sueño de esa noche, Marcelo tratando de agarrar el sol, le
trajo a la memoria que había querido ir a Cuba. ¿A conocer o a probar alguna
cura? , se pregunta ahora. Ese recuerdo le resulta más angustioso que la
decadencia de la tarde, el largo de las sombras, el cielo enrarecido, su propia
realidad tan asediada.
Llega y se sienta. Toca la
lápida con la punta de los dedos. Habla con su amigo muerto. Le pregunta si no
tuvo dudas, si hubiera querido otra cosa y no se animó.
Marcelo permanece
impasible en sus huesos, no contesta. La falta de respuesta lo deja solo,
abandonado por un Marcelo resentido que no perdona. Y ese no perdona,
aparecido del fondo de sí mismo, le hace saber que Marcelo, como él
ahora, no quería morir cuando murió.
La tarde tiñe los mármoles
de un lila violáceo que avanza hacia el azul oscuro. Tiene miedo. De su amigo,
de la muerte, de quedar encerrado. Se levanta y va con rapidez hacia la salida.
Una vez afuera respira hondo, sube el cierre de la campera y se dice: mas
tarde o más temprano es lo mismo. No tengo derecho a romper el pacto tan sólo
porque ahora me toca a mí. Ni los muertos ni los vivos me lo perdonarían.
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