sábado, 31 de mayo de 2014

EL DIA QUE LOS ZAPATOS SE SUICIDARON


 Esa mañana fui descalza hasta el baño. Recién al volver me puse las medias y busqué los zapatos al lado de la cama. Ahí los encontré, pero me pareció que se habían desplazado del lugar donde los dejara la noche anterior. Atribuí este detalle a un error de memoria y me vestí rápidamente para desayunar con Laura en el bar.
Nos habíamos encontrado tres meses atrás, casualmente. Ella entró y yo estaba organizando mis papeles en una mesa. Nos reconocimos a pesar de la cabalgata de tiempo que nos había pasado por la cara estructurando nuestros rasgos faciales en una expresión bastante distinta de aquella de los años de aspirantes a esposas, profesionales, madres.
Ahora estábamos solas en lo que se refiere a hombres, ambas por simple fatalidad, si es que se le puede llamar así a las cosas no queridas que nos suceden por haber querido algo. Esta coincidencia sumada a las del pasado, justificaban el encontrarnos algunas veces para desayunar a intercambiar historias.
Tomé mi café en el bar y la esperé hasta las diez. No apareció, me paré con desgano para emprender un nuevo día de trabajo. Tiempo después Laurita me contaría que aquel día se le había ido la mañana buscando sus zapatos por todo el departamento, obsesionada porque no podía ser que desaparecieran así nomás. Cuando los encontró en el balcón, estuvo al borde de un infarto al presumir que un extraño había circulado durante la noche por su casa. Laurita no pudo recuperarse del susto, se olvidó del café en el bar, de su trabajo y se quedó para organizar cerraduras y trabas de seguridad.
En cuanto a mí, al salir del bar caminé por Rivadavia hacia Plaza Flores para tomar el tren sintiendo un molesto hormigueo en mis pies que creció al punto de hacerme perder estabilidad, por lo que me apoyé contra una vidriera. Al detenerme, pude observar que algo parecido le estaba pasando al resto de la gente. Algunos se agarraban a los postes de luz, los semáforos, los carteles de los kioscos, otros se apoyaban unos en otros en un intento de náufrago que espera salvarse aferrándose a otro náufrago. Un nene se había sentado en el suelo a mi lado y lloraba mirándose los pies. Me pareció que estaba solo y me incliné a consolarlo. En ese momento vi un movimiento convulsivo en sus piernas y a sus zapatillas solas que se dirigían hacia el medio de la calle, despreocupadas de esquivar ruedas de ómnibus, camiones y coches. Vi cómo salían despedidas de un lado a otro perdiendo su blancura y su forma original. Cuando quise caminar hacia el cordón de la vereda para observar en qué terminaba ese desagradable espectáculo, mis propios zapatos se alejaron en dirección a la calle luego de provocarme una inesperada sentada de trasero.
Contorsiones y gritos, frenadas, bocinazos invadieron la mañana. La gente caía al suelo y los choferes intentaban esquivar esos pares de zapatillas, zapatos y botas que corrían hacia debajo de las ruedas.
Algunas personas, ya de pié, salían corriendo para meterse en sus departamentos. Unos cuantos se reunieron junto al cordón (de la vereda ya que de los zapatos ni hablar) a observar los amontonamientos de suela y cuero y los choques que se producían entre los vehículos de conductores atónitos.

Supe después que las máquinas de la municipalidad tuvieron que trabajar toda la tarde para  descongestionar la calle y desobturar los desagües. Cuando Laura salió al otro día a trabajar, no vio nada. A mí no quiso creerme, a pesar del episodio con sus propios zapatos.
Sabía lo que le pasaba a Laura. Es ese tipo de persona que cuando ve un insecto raro piensa que es una alimaña puesta allí para provocarle un mal, si reúne valor lo aplasta y si no, huye para ponerse bajo la protección de lo mas conocido y cotidiano. En cambio yo pertenezco a esa clase de gente que lo da vuelta con un palito para ver que hace, comprobar si vuela, se mete en un hoyito, escupe algo o secreta alguna materia, y finalmente lo deja ir –si es que el bicho no la picó antes- porque alguna cosa debe estar tramando la naturaleza con ese bicho. Y si la pìcó, también.
No me conformé con las noticias oficiales y comencé a investigar. Lo primero que supe es que no solamente había acontecido en ese tramo de avenida, sino también en otros, por todo el país. Dicen que las autoridades prohibieron difundir noticias para que no se produjera el pánico. ¿Qué pánico? ¿El de los zapatos? No, ellos estaban muy bien organizados y decididos. En cuanto a nosotros, aunque nos resistíamos, tuvimos que comprarnos zapatos nuevos. La industria de los zapateros, floreciente.  Me parece que eso frenó a las legiones de zapatos que se portaron tan obedientes durante todo este tiempo, porque no es cuestión de cometer un suicidio en masa para que después los fabricantes de mas de lo mismo acrecienten sus cuentas bancarias. A Laura no la volví a ver. Mi tiempo libre lo ocupaba en las averiguaciones. Supongo que ella estuvo muy contenta de no verme más.
Lo siguiente que supe es que se había convocado a diseñadores industriales, técnicos e ingenieros para participar de un tal “Proyecto Calzado hasta los Dientes”, cuyo objetivo era construir zapatos que no pudieran salirse sino por un complejo dispositivo y tan solo después de estar desvestida la persona que los portara.
Es comprensible que en lugar de  preocuparse por ir al fondo y remediar las causas de un lamentable suceso, trataran de impedir forzosamente su reproducción. En principio porque es la actitud mas acostumbrada por las autoridades, y en segundo término, ¿cómo investigar? Por mas zapatos que interrogaran, difícilmente podrían sacarles una palabra, y aún en caso que se esforzaran en hacerlos hablar, no serviría de mucho acostumbrados como están a ser traspasados por agujas, cortados, martillados y golpeados desde su cuna, por decirlo de alguna manera.
Los nuevos zapatos trataron de imponerse con una campaña publicitaria en los medios. Se sustrajeron de la venta todos los viejos y se aplicaron multas a los zapateros remendones que seguían arreglando medias suelas y tacos. Yo gasté los últimos míos hasta que fueron inservibles. Finalmente me compré un par de los nuevos. 
No me puedo acostumbrar a esos correajes que llegan hasta los hombros ni al sistema de cerradura electrónica entre mis pechos. Por las mañanas, al levantarme, los observo con mucha atención. Creo haber advertido que dos veces durante la última semana se desplazaron del lugar donde los dejé por la noche. También me ha parecido sentir una corriente eléctrica avanzando desde los pies hasta el cuello.
No sé lo que pueda estar pasando. Lo cierto es que espero, y no sería honesta si no confesara que espero con mucha ansiedad, sobrecogida de miedo y llena de esperanza por primera vez en años, mientras camino por Rivadavia para tomar el tren en Plaza Flores.


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