Renunciar a las caminatas por la costa, los
paseos en bicicleta por los bosques, las charlas en los cafés del centro, los
partidos de fútbol en cada espacio verde no había sido fácil. Pero la necesidad
de aceptación social convertida de a poco en costumbre; y luego la ley, habían
ido venciendo las resistencias. Así, los riesgosos espacios públicos por fin
habían dejado de frecuentarse. Todo
empezó cuando nadie podía aún presagiarlo. Los ricos y poderosos empezaron a
tener miedo. Joyas, pieles, piezas de
arte, muebles lujosos para proteger, dieron lugar a que las entradas a sus
parques y casas se hicieran cada vez más difíciles de franquear, los mecanismos
de apertura más complicados, las medidas de seguridad más eficientes, los
cuartos a prueba de maleantes, inundaciones, huracanes y tornados, más
invulnerables y cómodos.
En
algún momento, en los muros de las casas suburbanas empezaron a verse trozos de
vidrio insertados en la parte superior, y de a poco proliferaron los enrejados de alambres de
púas, los cercos de hierro día a día más altos, las triples cerraduras, aún en
las casas más sencillas. Junto a la decisión de una pareja de unirse y
construir una vivienda para la que sería su familia, venía la de comprar la
reja de gran altura, con una acerada culminación en tajaderas que antecedía a
todo proceso de construcción. En estos casos no era el temor a posibles
ladrones, sino la imitación de las clases altas en el uso de estos símbolos de
status social.
Los automóviles adquirieron mayor solidez e
invulnerabilidad. Las personas penetraban en ellos desde sus propias casas y
descendían en playas de estacionamiento pertenecientes a sus lugares de ocupación,
recreación o abastecimiento de
mercaderías, sin resignar en ningún momento ni un gramo la seguridad de que
gozaban en sus hogares. Aquellos bares abiertos de mesas en las calles y
grandes ventanas de vidrio que se abrían en el verano, fueron desapareciendo y
reemplazándose por clubes exclusivos en sótanos con una sola entrada de
vehículos y sistema de identificación para los socios. Los habitantes de los
márgenes, pobres, que no podían acceder a los automóviles, originaron un grave
problema al negarse a ser transportados en los transportes colectivos, luego de públicas y
contaminantes esperas rodeados de gentes extrañas. Las empresas se vieron
obligadas a crear un sistema de recolección de sus obreros y empleados
consistentes en camiones blindados compartimentados, para mantener la distancia entre cada uno,
tal cual sucedía en sus puestos de trabajo.
Las
reuniones familiares escaseaban y algunos niños sólo conocían la voz de sus
abuelos desde el teléfono o sus computadoras personales. Las clases por
televisión reemplazaban a las escuelas, como así también, la provisión de
películas a domicilio, debidamente introducidas al desinfectador de ingreso a
cada vivienda, terminó con aquellas grandes salas donde una multitud se reunía
a gozar de un film y compartir un aplauso. Algunas artes como el teatro,
desaparecieron por completo, aun cuando durante algún tiempo hubo un grupo que
respetando los principios del arte teatral, filmaban videos para el servicio de
cultura domiciliaria. Los usuarios terminaron por no poder distinguir un arte
del otro, y finalmente se dejaron de producir, pues ambos exigían un trabajo
grupal que, como todos los de este tipo, fue perdiendo prestigio y adictos.
Hubo
todo un período en que los adelantos científicos y técnicos generaron un
verdadero estado de progreso y permitieron sustituir toda práctica que pusiera
a los hombres en contacto con el incierto y temible exterior, dejándolos a
salvo, al mismo tiempo, de la imprevisible conducta de sus próximos. La tercera
generación produjo una enmienda constitucional donde se incluyó un artículo que
decía; “Queda prohibido a todo habitante de la Nación exponerse a la vista de cualquier ciudadano
no habilitado, aún por razones de familia o de trabajo, sin contar con la
aprobación de la
Comisión Técnica de Seguridad del Gobierno, quien será la
encargada de designar a los ciudadanos habilitados en cada zona, así como de
regular la presente disposición”. Los habilitados, debido a su tarea riesgosa
-aun cuando se los proveía de la seguridad necesaria-, ganaban fortunas
rápidamente. La Comisión
se ocupó de determinar las formas de selección de pareja ya fuera con fines
recreativos o reproductivos y, entre otras cosas, el tamaño de los ventiluces que
algunos se resistían a eliminar, aunque luego se los prohibió, debiendo
incorporarse todo sitio a las técnicas de ventilación e iluminación artificial.
Con respecto a los automóviles, las modalidades de percepción electrónica ya habían
acabado con la necesidad de ver hacia el exterior.
Los
pobladores de los cerros, marginados en su extrema pobreza, no podían acceder a
esta forma de vida. Quedaban fuera de la protección de las leyes, situación favorable
para el resto de la población, necesitada de gente que realizara algunas tareas
que ponían a la gente en contacto con los elementos y entre sí. Pasaban por las
calles transportando enormes e irregulares planchas de metal y extraños
aparatos, desde las fábricas hasta los límites de la ciudad. Estaban en
contacto con los “habilitados” y recibían adoctrinamiento especial. Sus
mujeres, en las casillas de madera o paja, trataban de transmitir a sus hijos
las prohibiciones de la religión oficial y las prescripciones de la ley que les
llegaban a través de sus hombres. Los niños temían salir al sol, puesto que un
arrebato en la piel era severamente castigado. Pero no les era posible aislar
totalmente las chozas o impedir que los más grandes se escaparan a ver a sus
padres superponiendo las enormes placas de un metal brilloso y translúcido que
se alzaban en los límites de la ciudad.
Algunos
de estos hombres, avergonzados de sus
cuerpos tostados, comenzaron a sentir desprecio por sí mismos y su clase,
expuesta todo el tiempo al sol, en promiscua proximidad a los miembros de su
grupo, inaceptables socialmente, intocables por el resto de la sociedad. Quién
sabe cómo, esa vergüenza se transformó un día en resentimiento hacia los
“protegidos”, y tras él, en violento orgullo por sus propios cuerpos musculosos
y morenos, cada día más desnudos. Seguían
cumpliendo con las tareas que les encomendaban los ingenieros del Centro de
Seguridad y Protección Ambiental. Pero dejaron de asistir a las celdillas de
adoctrinamiento religioso, donde se les transmitían las normas morales de la Nueva Sociedad. Contrariando
estos tabúes, exigieron a sus blanquecinas y medrosas mujeres que colaboraran
con ellos en las tareas al aire libre, junto con los niños. Las familias de los
trabajadores, superado ya el asombro inicial, colaboraban sirviendo las
raciones o alcanzando los elementes de trabajo, en tanto admiraban esa pared
convexa con llamaradas rígidas que parecía querer alcanzar el cielo.
En
el centro de la ciudad, los técnicos covencieron a los sacerdotes, quienes enterados de tales
infracciones habían protestado ante las autoridades, de que la obra sería
terminada con mayor rapidez, lo cual iba a ser beneficioso para todos, aún para los habitantes de los
cerros, que luego serían integrados y readaptados a la comunidad. Mientras se
discutía su destino, éstos se veían obligados a permanecer cada vez más tiempo
en los extramuros para cumplir con las exigencias de los ingenieros. Las placas
se iban sosteniendo por complicadísimos sistemas de imantación que ellos
desconocían, sólo ubicaban según las instrucciones recibidas. Los adolescentes
de los cerros, cansados del trabajo, se dedicaron a pescar a orillas del mar,
para asar y comer los peces a ocultas de sus mayores. Escondían las raciones
balanceadas, sin abrir las celosas envolturas, en pozos que hacían en la arena.
Los más chicos aprendían a seleccionar pequeños frutos comestibles. Cuando faltaba poco para terminar la obra,
prácticamente todos ellos habían abandonado sus cuevas y casillas que limitaban
la ciudad al sur, y se habían trasladado a ese afuera incierto desde donde
subían a la cúpula brillante y allí en lo alto, miraban curiosos aquella
lejanía, aquella nada sin nombre que rodeaba su comunidad. Ya no iban a buscar
las raciones de alimentos pasteurizados, homogeneizados, desinfectados,
condensados y adicionados al centro de la ciudad. Los ingenieros, lejos de preocuparse, estaban
muy satisfecho del descenso de los costos de la obra y muy ocupados en resolver
cierta dificultad surgida en el mecanismo de control de movilidad de los
paneles, que era sumamente delicado y la única solución parecía ser que mano
humana lo insertara en lo alto de la cúpula con un pequeño dispositivo
complementario al panel de mando de la Sala Central del Departamento Técnico de
Seguridad. Debieron elegir, de entre los ya morenos por el sol, a los más inteligentes y precisos de movimiento como para llevar a cabo la
operación. Los tres seleccionados fueron citados por separado para recibir las
instrucciones. A través de ellos hicieron llegar a la gente de los cerros el
nuevo himno y muchas promesas acerca de su incorporación a los privilegios de
los protegidos, solo posible gracias a la terminación de la gran cúpula que
aislaría para siempre la ciudad de la luz del sol, la arbitrariedad del viento,
los huracanes, el acceso de extranjeros o animales extraños, la lluvia, los
insectos y cualquier otra peligrosa manifestación de la naturaleza.
El día fijado para cerrar la cúpula con el último panel y el dispositivo, los tres subieron a lo alto dela
bóveda. Alrededor de ella, hombres y mujeres de piel
bronceada observaban en silencio. Los chicos cazaban y juntaban flores y
frutos, ajenos a la trascendencia del momento. Una anciana dibujaba senderos
con sus pies sobre la arena y recordaba viejas canciones que hablaban de la
cosecha y de enamorados a la luz de la luna. Por dentro, los ingenieros observaban
desde las grandes pantallas el ascenso del equipo adiestrado que debía apretar
la tecla por la que ellos accederían al control de los paneles.
El día fijado para cerrar la cúpula con el último panel y el dispositivo, los tres subieron a lo alto de
En
la playa, cientos de miradas cómplices se cruzaron en silencio y luego se
alzaron a la reluciente cúpula definitivamente cerrada que reflejaba los rayos
del sol ya cercano al horizonte.
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