viernes, 30 de mayo de 2014

LA CUPULA DORADA



Renunciar a las caminatas por la costa, los paseos en bicicleta por los bosques, las charlas en los cafés del centro, los partidos de fútbol en cada espacio verde no había sido fácil. Pero la necesidad de aceptación social convertida de a poco en costumbre; y luego la ley, habían ido venciendo las resistencias. Así, los riesgosos espacios públicos por fin habían dejado de frecuentarse.  Todo empezó cuando nadie podía aún presagiarlo. Los ricos y poderosos empezaron a tener miedo.  Joyas, pieles, piezas de arte, muebles lujosos para proteger, dieron lugar a que las entradas a sus parques y casas se hicieran cada vez más difíciles de franquear, los mecanismos de apertura más complicados, las medidas de seguridad más eficientes, los cuartos a prueba de maleantes, inundaciones, huracanes y tornados, más invulnerables y cómodos.
En algún momento, en los muros de las casas suburbanas empezaron a verse trozos de vidrio insertados en la parte superior, y de a poco  proliferaron los enrejados de alambres de púas, los cercos de hierro día a día más altos, las triples cerraduras, aún en las casas más sencillas. Junto a la decisión de una pareja de unirse y construir una vivienda para la que sería su familia, venía la de comprar la reja de gran altura, con una acerada culminación en tajaderas que antecedía a todo proceso de construcción. En estos casos no era el temor a posibles ladrones, sino la imitación de las clases altas en el uso de estos símbolos de status social.
Los automóviles adquirieron mayor solidez e invulnerabilidad. Las personas penetraban en ellos desde sus propias casas y descendían en playas de estacionamiento pertenecientes a sus lugares de ocupación, recreación  o abastecimiento de mercaderías, sin resignar en ningún momento ni un gramo la seguridad de que gozaban en sus hogares. Aquellos bares abiertos de mesas en las calles y grandes ventanas de vidrio que se abrían en el verano, fueron desapareciendo y reemplazándose por clubes exclusivos en sótanos con una sola entrada de vehículos y sistema de identificación para los socios. Los habitantes de los márgenes, pobres, que no podían acceder a los automóviles, originaron un grave problema al negarse a ser transportados en los  transportes colectivos, luego de públicas y contaminantes esperas rodeados de gentes extrañas. Las empresas se vieron obligadas a crear un sistema de recolección de sus obreros y empleados consistentes en camiones blindados compartimentados,  para mantener la distancia entre cada uno, tal cual sucedía en sus puestos de trabajo.
Las reuniones familiares escaseaban y algunos niños sólo conocían la voz de sus abuelos desde el teléfono o sus computadoras personales. Las clases por televisión reemplazaban a las escuelas, como así también, la provisión de películas a domicilio, debidamente introducidas al desinfectador de ingreso a cada vivienda, terminó con aquellas grandes salas donde una multitud se reunía a gozar de un film y compartir un aplauso. Algunas artes como el teatro, desaparecieron por completo, aun cuando durante algún tiempo hubo un grupo que respetando los principios del arte teatral, filmaban videos para el servicio de cultura domiciliaria. Los usuarios terminaron por no poder distinguir un arte del otro, y finalmente se dejaron de producir, pues ambos exigían un trabajo grupal que, como todos los de este tipo, fue perdiendo prestigio y adictos.
Hubo todo un período en que los adelantos científicos y técnicos generaron un verdadero estado de progreso y permitieron sustituir toda práctica que pusiera a los hombres en contacto con el incierto y temible exterior, dejándolos a salvo, al mismo tiempo, de la imprevisible conducta de sus próximos. La tercera generación produjo una enmienda constitucional donde se incluyó un artículo que decía; “Queda prohibido a todo habitante de la Nación  exponerse a la vista de cualquier ciudadano no habilitado, aún por razones de familia o de trabajo, sin contar con la aprobación de la Comisión Técnica de Seguridad del Gobierno, quien será la encargada de designar a los ciudadanos habilitados en cada zona, así como de regular la presente disposición”. Los habilitados, debido a su tarea riesgosa -aun cuando se los proveía de la seguridad necesaria-, ganaban fortunas rápidamente. La Comisión se ocupó de determinar las formas de selección de pareja ya fuera con fines recreativos o reproductivos y, entre otras cosas, el tamaño de los ventiluces que algunos se resistían a eliminar, aunque luego se los prohibió, debiendo incorporarse todo sitio a las técnicas de ventilación e iluminación artificial. Con respecto a los automóviles, las modalidades de percepción electrónica ya habían acabado con la necesidad de ver hacia el exterior.
Los pobladores de los cerros, marginados en su extrema pobreza, no podían acceder a esta forma de vida. Quedaban fuera de la protección de las leyes, situación favorable para el resto de la población, necesitada de gente que realizara algunas tareas que ponían a la gente en contacto con los elementos y entre sí. Pasaban por las calles transportando enormes e irregulares planchas de metal y extraños aparatos, desde las fábricas hasta los límites de la ciudad. Estaban en contacto con los “habilitados” y recibían adoctrinamiento especial. Sus mujeres, en las casillas de madera o paja, trataban de transmitir a sus hijos las prohibiciones de la religión oficial y las prescripciones de la ley que les llegaban a través de sus hombres. Los niños temían salir al sol, puesto que un arrebato en la piel era severamente castigado. Pero no les era posible aislar totalmente las chozas o impedir que los más grandes se escaparan a ver a sus padres superponiendo las enormes placas de un metal brilloso y translúcido que se alzaban en los límites de la ciudad.
Algunos de estos hombres,  avergonzados de sus cuerpos tostados, comenzaron a sentir desprecio por sí mismos y su clase, expuesta todo el tiempo al sol, en promiscua proximidad a los miembros de su grupo, inaceptables socialmente, intocables por el resto de la sociedad. Quién sabe cómo, esa vergüenza se transformó un día en resentimiento hacia los “protegidos”, y tras él, en violento orgullo por sus propios cuerpos musculosos y morenos, cada día más desnudos.  Seguían cumpliendo con las tareas que les encomendaban los ingenieros del Centro de Seguridad y Protección Ambiental. Pero dejaron de asistir a las celdillas de adoctrinamiento religioso, donde se les transmitían las normas morales de la Nueva Sociedad. Contrariando estos tabúes, exigieron a sus blanquecinas y medrosas mujeres que colaboraran con ellos en las tareas al aire libre, junto con los niños. Las familias de los trabajadores, superado ya el asombro inicial, colaboraban sirviendo las raciones o alcanzando los elementes de trabajo, en tanto admiraban esa pared convexa con llamaradas rígidas que parecía querer alcanzar el cielo.
En el centro de la ciudad, los técnicos covencieron a  los sacerdotes, quienes enterados de tales infracciones habían protestado ante las autoridades, de que la obra sería terminada con mayor rapidez, lo cual iba a ser beneficioso para todos, aún para los habitantes de los cerros, que luego serían integrados y readaptados a la comunidad. Mientras se discutía su destino, éstos se veían obligados a permanecer cada vez más tiempo en los extramuros para cumplir con las exigencias de los ingenieros. Las placas se iban sosteniendo por complicadísimos sistemas de imantación que ellos desconocían, sólo ubicaban según las instrucciones recibidas. Los adolescentes de los cerros, cansados del trabajo, se dedicaron a pescar a orillas del mar, para asar y comer los peces a ocultas de sus mayores. Escondían las raciones balanceadas, sin abrir las celosas envolturas, en pozos que hacían en la arena. Los más chicos aprendían a seleccionar pequeños frutos comestibles.  Cuando faltaba poco para terminar la obra, prácticamente todos ellos habían abandonado sus cuevas y casillas que limitaban la ciudad al sur, y se habían trasladado a ese afuera incierto desde donde subían a la cúpula brillante y allí en lo alto, miraban curiosos aquella lejanía, aquella nada sin nombre que rodeaba su comunidad. Ya no iban a buscar las raciones de alimentos pasteurizados, homogeneizados, desinfectados, condensados y adicionados al centro de la ciudad.  Los ingenieros, lejos de preocuparse, estaban muy satisfecho del descenso de los costos de la obra y muy ocupados en resolver cierta dificultad surgida en el mecanismo de control de movilidad de los paneles, que era sumamente delicado y la única solución parecía ser que mano humana lo insertara en lo alto de la cúpula con un pequeño dispositivo complementario al panel de mando de la Sala Central del Departamento Técnico de Seguridad. Debieron elegir, de entre los ya morenos por el sol,  a los más inteligentes y precisos  de movimiento como para llevar a cabo la operación. Los tres seleccionados fueron citados por separado para recibir las instrucciones. A través de ellos hicieron llegar a la gente de los cerros el nuevo himno y muchas promesas acerca de su incorporación a los privilegios de los protegidos, solo posible gracias a la terminación de la gran cúpula que aislaría para siempre la ciudad de la luz del sol, la arbitrariedad del viento, los huracanes, el acceso de extranjeros o animales extraños, la lluvia, los insectos y cualquier otra peligrosa manifestación de la naturaleza.
El día fijado para cerrar la cúpula con el último panel y el dispositivo, los tres subieron a lo alto de la bóveda. Alrededor de ella, hombres y mujeres de piel bronceada observaban en silencio. Los chicos cazaban y juntaban flores y frutos, ajenos a la trascendencia del momento. Una anciana dibujaba senderos con sus pies sobre la arena y recordaba viejas canciones que hablaban de la cosecha y de enamorados a la luz de la luna. Por dentro, los ingenieros observaban desde las grandes pantallas el ascenso del equipo adiestrado que debía apretar la tecla por la que ellos accederían al control de los paneles.
En la playa, cientos de miradas cómplices se cruzaron en silencio y luego se alzaron a la reluciente cúpula definitivamente cerrada que reflejaba los rayos del sol ya cercano al horizonte.







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