martes, 2 de septiembre de 2014

AVANT-SCENE



Una operación de cáncer es un acontecimiento inquietante, sobre todo cuando la paciente es joven, tiene hijos chicos, hay amigos y familiares a quienes conmover. Este era el caso.
Ella percibía esa especie de corriente alterada a su alrededor. Incluso en los médicos y enfermeras notaba un interés y una ternura que se parecían más a la humana piedad que al profesionalismo indiferente que bien había conocido en otras oportunidades.
De una forma indeseada era el centro de la actividad, y las ondas que nacían de ese nudo duro y ovoide en su cuerpo, recorrían las líneas telefónicas de la ciudad, llegaban al sur del país, cruzaban el gran río marrón y movilizaban valijas familiares.
Sabía que no era más que la portadora del objeto de la conmoción. Desde esa prescindente posición podía observar a todos y analizar el estupor que los invadía ante la presencia de lo definitivo, las distintas formas que asumía en cada uno, las máscaras compasivas, las apresuradas confesiones. Esa ocupación le permitía ser ajena a su miedo, indiferente a la posible amputación y a las pronosticadas metástasis.
Se reducía a ser única espectadora de los preparativos de una representación, los actores, los escenógrafos, los iluminadores, sus gestos solidarios, las ocultas insidias, el nerviosismo previo, sin interesarse demasiado por el argumento que se representaría, solo fascinándose por ese mundo habitualmente oculto, los entretelones de la tragedia.

Ella no podía concebir la idea de su muerte. La asociaba más a la soledad de la sala de partos y la incomprensión de los otros frente a la alternativa de traer a su hijo vivo, que a esta apacible espera en una habitación con una ventana por la que se veían brillar llenas de savia y clorofila  las hojas rotundas de una magnolia. Temía a la anestesia: el recuerdo de otras anteriores venía asociado a pesadillas, a mundos aterradores que guardaban una unidad indiscutible con ella misma, con su confusa prehistoria.
Sin embargo, en esta oportunidad, tan solo hubo un cerrar de ojos en una sala amable previa a la de cirugía, y un abrirlos seis horas después cuando la terminaban de acostar en la cama. Una enfermera acomodaba sus dos piernas, prestó atención, si, aún eran dos, en la cama. Otra colocaba en el cajón de la mesita un recipiente en cuyo interior se apoyaba un pedazo suyo, que aún conteniendo células rebeladas a la rutina de su cuerpo y extirpadas de él, no dejaban de ser propias.
Algunas visitas y una saludable somnolencia terminaron con el día. Disfrutó del silencio, la inmovilidad y la absoluta falta de dolor. Junto con los crecientes ronquidos de su compañera de habitación, se hundió en un sueño limpio y presente a través del cual, por momentos, se filtraba la ventana, la puerta del baño, los narcisos en el florero, el vaso de agua, las caras sonrientes de la tarde, y cada vez mas intenso, un olor a carne en descomposición.
Comenzó a agitarse en la cama, aterrada por la imagen del trozo de su propia carne en el frasco de vidrio, mientras su cuerpo, impotente, se reducía a unos dilatados orificios nasales. Escuchó que su vecina de cuarto se quejaba y no dudó que fuera a causa del hedor, esparcido por toda la habitación. Sentía una irritante vergüenza  por su propio olor que ya salía debajo de la puerta y recorría el pasillo del hospital. Pensó mirar dentro del cajón, pero no pudo, no sabía si era el miedo a ver aquello o la rigidez de la anestesia lo que se lo le impedía.

En la ventana se acentuaba la oscuridad previa al amanecer y en la cama su cuerpo se hundía mas mientras a la creciente pestilencia se sumaba la imagen de un palpitar de larvas en su carne. Presentía las transformaciones paulatinas de la materia por el rumor que se agitaba en el interior de la pequeña mesa. Supuso que al amanecer pequeños gusanitos descenderían por la madera. Nada podía hacer, a mayor grado de actividad en aquel recipiente, mayor era la imposibilidad de mover su cuerpo o abrir la boca para dar el grito que le subía como una gran burbuja por la garganta.

La magnolia fue iluminando sus hojas y en distintos lugares del hospital los ruidos del trabajo reemplazaron los quejidos y las roncas respiraciones. Durmió unos minutos profunda y resignadamente. Al despertar, el sol brillaba en el árbol. No quedaba ni un rastro de aquel olor. Movió despacio su cuerpo, excepto la pierna izquierda, volvió su cabeza hacia la mesa de luz, la madera se veía cobriza y limpia, con una capa casi imperceptible de tierra. Aún así no se animó a  abrir el cajón.
Al ver entrar a la enfermera le preguntó cuando iban a llevarse “aquello”.
-¿Qué cosa?
-EL recipiente- dijo, señalando la mesa.
-Pero, señora, ayer a la tarde fue llevado al departamento de anatomopatología- le contestó mirándola con cierta extrañeza.


Comprendió entonces que había asistido al avant-scene de un argumento escrito -hacía mucho tiempo-  para ser representado por ella algún día, detrás del telón y sin testigos.


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