Ellos
eran muchos, sin embargo, nunca habían salido
todos a la vez. Hasta entonces, sus incursiones se habían limitado a un
parque, un bosquecito sombrío, una llanura. Aquella primavera, seguramente
fueron convocados por alguna voz o un signo en el fondo de la noche, porque
todos los catres crujieron a la misma hora y fue simultáneo el calzar de botas
y el limpiar los caños de las escopetas. Al salir, saludaron con una mano a sus
mujeres de vientres abultados que los miraban desde las galerías, los balcones,
los jardines con rosas y enanitos de yeso.
Muchos
llevaron los perros, otros, halcones que serían luego sacrificados. En las
esquinas de las ciudades se saludaban o entrechocaban sus armas, o en el campo
se veían venir en la distancia y marcaban a fuego sus territorios.
No
se sabe quién mato el primer pájaro, quizá fueron repartidas las especies y las
regiones, o el orden estuvo determinado por el color de las plumas, el gorjeo,
la altura del vuelo. Lo cierto es que a los dos días habían caído los mixtos,
los tordos, los benteveos, los chingolitos, las calandrias, los zorzales, las
gaviotas. Les siguieron los gorriones, los pájaros carpinteros, los pechito
colorados, las cotorras, las águilas, las lechuzas, los cóndores. Los halcones, ajenos a su propia condena prorrogada, se ocupaban de las palomas en las plazas de las ciudades.
Unos
se limitaban a tirar en forma certera. Otros preferían herirlos y dejar a los
perros lo demás. Algunos usaron redes para poder quitarles una a una todas sus
plumas y luego dejarlos tambaleantes, puro pico y piel transparente, en una
hondonada, donde varios de ellos se ocupaban de vaciar las cargas de sus
escopetas. Se internaban en las sierras, los montes, las playas, la selva y los
picos de la cordillera.
Hubo
varios que se sirvieron de formas lentas y sofisticadas, alfileres para los
ojos, ensartamiento, electrocución, extirpamiento de alas, patas, pico. En el
campo se levantaban enormes parvas de pluma y en las ciudades y los pueblos,
huesecitos diminutos se amontonaban como paja en el dintel de las puertas. Los
horneros, que parecían a salvo en sus sólidos nidos, también fueron alcanzados
y estallaron en el aire junto con trozos de pasto y barro seco.
Cuando
ya no hubo vuelo que no hubiera sido eliminado, advirtieron que aún se
escuchaban cantos y se veían colores. Entonces se dirigieron a los patios de
las casas y los zoológicos para terminar con los canarios, los jilgueros, los
loros habladores, los pavos reales y los tucanes que embellecían ciertas jaulas.
Cuestión
de inercia o verdadera determinación, quién lo sabe, también entraron a las
granjas y a los ranchos más humildes para matar las aves de corral, incluidos
los más pequeños pollos que corrían como bolitas doradas sobre los pisos de
tierra.
Al
caer la tarde del sexto día volvieron a sus hogares, satisfechos y extenuados.
Mientras
descansaban en sus sillones de cuero –era el séptimo día- sus hijos se
acercaron y les preguntaron:
-
Padre, ¿Qué es el vuelo?
-¿Dónde
viven los trinos?
-¿Cómo
es el canto?
Las
mujeres bajaron silenciosas sus cabezas y escondieron las manos en el delantal.
Ellos, preocupados, descolgaron las escopetas y limpiaron silenciosamente los
caños mientras miraban fijo los ojos cada vez más redondos y pequeños de sus
hijos y esa suave pelusa que les crecía sin pausa sobre la piel.
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