Estoy ante la mesa del comedor. Ordeno
los libros y papeles que desacomodé antes de salir, para poder desordenarlos
otra vez y volver a acomodarlos. Mariano anda con David quien sabe por
dónde.
Hace un rato, llegando a casa miré los balcones: uno, y me detuve a
admirar el encantador jardín que tiene la vecina del primero, otra vez asombrada
por la incongruencia de algunas obras con sus insoportables creadores. Dos,
tres, cuatro, cinco. En el quinto estaban las luces apagadas. Mariano no había
venido, tal como era de suponer. Sentí una leve e injustificada decepción. Si
salíamos por la noche, cada uno trataba de llegar después que el otro. No había
forma de ganarle, siempre llegaba antes que él.
Me gusta estar sola, pero me decepciona abrir la puerta y encontrar el
departamento silencioso y oscuro. Ahora ya estoy aquí, instalada con ciento cincuenta
watts de luz y treinta de sonido. No puedo evitar inquietarme cuando Mariano no
regresa. Me alegro al sentir el ruido del ascensor y me entristezco cuando
sigue de largo, aunque si fuera él quien llega, a los cinco minutos ya querría
que me dejara sola mientras trabajo y no me interrumpiera con sus bromas o con
las preguntas acerca de las noticias que lee y supone yo debería poder comentar,
cosa que no hago pues hace mucho que el diario me suena a chismorreo de doñas
en la vereda. Pero ahora que no viene y no viene doy vuelta las páginas y junto
papeles sin poder concentrarme en nada.
Me hice un café y me di cuenta que no tenía más cigarrillos. Revisé
atrás de los libros y encontré tres en una cajilla arrugada. Mariano siempre
esconde algunos. Hábitos de vicioso. Vicioso como sus amigos. Sobre todo David,
“Qué nos queda, sino aferrarnos con empecinamiento a nuestros vicios”. Me pareció
vulgar, y me pareció raro que me lo pareciera, ya que los comentarios de David
eran ingeniosos. Imposible saber si sus ideas eran propias. ¿Cómo distinguir-
en un profesor de filosofía- dónde termina él y empiezan Platón, Heidegger, Foucault;
o decidir si él ya no es todos ellos en forma indiferenciada?
Yo lo conocía desde mucho antes de haberlo visto. Mariano me leía las
cartas que David le mandaba desde Ámsterdam, París, Barcelona, y algunas veces
también las que él le contestaba. Eran brillantes. Les envidiaba sinceramente
esa comunicación intelectual. Además de sus análisis políticos de allá y de
aquí, me impactaban las descripciones de la vieja Europa. Sus cartas venían
perfumadas de magnificencia y antigua autenticidad, y aunque por momentos el
olor se convertía en un tufillo fétido, como si con mis ya vividos veinticinco
años me hubiera metido en la cama de un conde apergaminado entre sábanas de
antipollila y aliento anticipatorio de putrefacción; en general todas aquellas imágenes
llegadas en las cartas de David me acercaban más a la maravilla de los cuentos
de hadas que a la prostitución decadente.
Otra sensación aparecía también, aunque confusa y reprimida: una mezcla
de resentimiento y envidia hacia todos aquellos golondrinas, David incluido,
que formaban nostalgiosas bandadas por aquellos cielos prestigiosos, mientras
nosotros nos habíamos quedado aquí soportando los hielos, la dilatación de
esfínteres cotidiana, más de un sudor helado sin siquiera poder soñar con
reunirnos en bandadas, y mucho menos volar.
David ya sabía que Mariano vivía conmigo cuando regresó allá por la
primavera del 83. Los primeros encuentros fueron incómodos. Me ignoraba, era
comprensible. Yo era la tercera
mujer de Mariano y la única con la que no tuvo hijos. David dudaba de la
solidez de esta pareja y no quería gastar pólvora en chimangos. A medida que
fueron pasando los años y los encuentros, me aceptó. Y no fue una aceptación
resignada. Me apreciaba, gozaba de mi compañía y también de mis suculentas comidas,
porque yo me esmeraba con los amigos de Mariano que vivían solos. No sé si por
espíritu maternal, para demostrarles que la convivencia tiene sus ventajas, o
sencillamente para agasajarlos porque los quería como buenos amigos que eran.
David se comía todo como un duque, se tomaba todo como un príncipe romano y
como un caballero me devolvía grandes cumplidos. No se trataba solo de lo
culinario, David se mostraba maravillado por mis esculturas, y también decía
que le fascinaba mi capacidad de silencio. No le dije que era la consecuencia inevitable, aunque respetuosa
y admirativa, del interminable chisporroteo intelectual que intercambiaban él y
Mariano. Eso sí, David no daba por concluido ningún tema sin pedir mi opinión,
la que, a mi entender, sobrevaloraba.
Como andábamos los tres contabilizando ya las perdidas afectivas, yo
cuidaba mucho esta amistad de Mariano. Él tenía otros amigos, aunque no era
frecuente que vinieran a casa. Eran personajes divertidos y llenos de
experiencias interesantes. Mis amigas en cambio, habiendo partido cada una de
ellas de un lugar muy diferente y con variadas armas y propósitos, habían
llegado - las que habían llegado- a una
buena y sólida casa llena de electrodomésticos, muebles e hijos. A Mariano le
encantaba ir a sus casas con pileta, parque, buenos licores; donde era muy bien
recibido y hacía asados en el quincho. Yo, tal vez por eso de la zorra y las
uvas, me aburría con los relatos de delicias hogareñas y maternas y la imagen
publicitaria de felicidad inalterable, por lo que espaciaba los encuentros hasta
que en alguno de ellos, una de mis amigas reflejaba una brillantísima duda o
denunciaba una redondita y afilada angustia, y me reconciliaba por varios meses
con estas hermanas de generación jodidamente sufridas pero empedernidamente
aferradas a la vida y sus placeres cotidianos.
Todo esto, sabrán, y si lo olvidaron se los digo, lo estoy escribiendo
sobre unos papeles que tenían otro fin y que encontré desordenados en la
mesa del comedor. Si, ya lo dije, yo misma los había desordenado antes de
salir. Y ahora vuelvo a ellos y no hago ningún esquema de escultura etrusca
sino que me pongo a escribir esto mientras escucho, de tanto en tanto, el ruido
del ascensor que sigue de largo.
Recién me paré y fui hasta el balcón. Por las veredas de Callao siempre
camina gente, cualquiera sea la hora. Y cuanto más tarde es, más lento parece
el paso de los transeúntes. Esa es una linda palabra. Suena ruda, periodística.
Por eso la puse. Caminantes sonaría excesivamente poética; si le agregamos
solitarios, cursi. Si dijera muchachitos trasnochados, naif; y muchachada
noctámbula, tanguero. Y si hiciera referencia a los mendigos, los sin techo, o
sólo pobres, me acordaría de Dickens, de Howard Fast y lo que vino después y me
empezaría a flagelar por haber sido una púber tan influenciable por la
literatura social.
Por eso nunca quise abusar de mi amistad con David. Yo participaba en la
de ellos, y a pesar de que David me instaba a que lo llamara o pasara por
su casa a charlar de historia antigua, tema que nos apasionaba a ambos, nunca
accedí. No quería que Mariano se
sintiera excluido. En mi caso era diferente, si ellos se juntaban por ahí a
tomar cerveza, generalmente en la plaza Dorrego o en la Costanera sur, no me
sentía excluida. Mi amistad con Cecilia o Laura también exigía pláticas sin
testigos de otro sexo. No me
molestaba que David fuera homosexual, al contrario, entendía que era un tópico,
el de sus amores siempre contrariados, que no podía compartir conmigo. Mariano
sí, a veces se molestaba y no quería volver a verlo por un tiempo. Decía que
seis horas junto a él lo dejaban saturado de palabras y de alcohol por varios
meses.
Yo quería a David sin conflictos. Ni se me cruzaba el sexo, no por sus
preferencias, porque le sabía varias mujeres en su historia afectiva, sino
porque era sensible, amable y cuando estábamos los tres, el mismo Mariano se
volvía más agudo, divertido y me sentía seducida como si recién lo conociera. Mariano
me contó que más de una vez, cuando David caía en una depresión, admitía que de
haber encontrado una mujer como yo hubiera resuelto su sexualidad y sus
adicciones. Muy halagador, pero poco creíble.
El departamento se está enfriando y de la calle ya casi no suben ruidos.
Prendí la estufa. La calma que se produce a esta hora tiene algo de siniestro,
temo que se produzca una detención total. El color hunde a los edificios y
sepulta las pocas luces que aún quedan. Es la peor hora del día, mucho más que
el angustiante atardecer del que David dice que son los genes prehistóricos, el
miedo a la próxima noche sin sol ni fuego y las acechanzas de las fieras. De
acuerdo entonces con el atardecer, ¿pero el amanecer? Lo llamaría a David para
preguntarle. Pero no está en su casa. Y si estuviera no creería que lo llamo para
hablar con él, sino persiguiendo a Mariano. Como aquella vez que lo fui a
buscar a las ocho de la mañana. No andaba el teléfono y era la primera vez que
Mariano pasaba la noche afuera sin avisarme. A David no le gustó que me
apareciera, fue evidente, pero me trató con
amabilidad y cuando yo me puse a mirar
por la ventana y seguro advirtió mi angustia, me fue a preparar un café
mientras Mariano, al que había encontrado semidormido en el sofá del living, se
vestía y me preguntaba “pero ¿qué te pasa?”. Nada, sólo me había pasado una
larga, larga noche. Terminamos tomando café con leche y medias lunas en el bar
La paz.
Reconozco que a veces me enojaba con David. Cuando culpaba a Mariano por
no haber cumplido tal o cual proyecto de la juventud o, lo peor, cuando le
criticaba el que hubiera tenido mujeres e hijos, saboteándose así sus grandes
posibilidades. Mariano volvía desalentado y dolorido. Me trastornaba que
alguien como David pudiera decir semejante ingenuidad. Pero lo perdonaba, de
inmediato lo ubicaba en su soledad homosexual (con la cual, cabe la aclaración,
él tampoco había estado a la altura de los sueños adolescentes) y podía
entenderlo. Mariano tardaba más en reconciliarse.
En esa época se me cruzó el pensamiento de que su amistad de la
adolescencia hubiera sido un primer y gran amor reprimido. Con esto no hice más
que acrecentar mi admiración hacia ambos, por haber podido mantener la amistad
a través de varias décadas y muchísimos cambios personales, incluida la
definitiva y demostrada heterosexualidad de Mariano.
Una noche David logró tocarle algún punto muy débil. Mariano llegó al
amanecer. Destilaba verborragia y alcohol. Me despertó para decirme que yo no
lo iba a hundir en la mediocridad de la convivencia, ni él se iba a repetir
interminablemente con hijos y mujeres y cuentas de luz y gas. Le hice recordar
que en los últimos meses las únicas cuentas que había pagado eran las de sus
hijos, porque las nuestras las pagaba yo, creyendo que con esa salpicadura de
realismo se calmaría. Pero no, siguió y siguió hasta que no aguanté más, me
levanté con mi almohada y me fui a dormir al sofá que teníamos para cuando se
quedaba alguno de los hijos de Mariano. Sabía que todo eso no era más que una
absurda discusión etílica.
Pasé el resto de la noche, breve, preguntándome hacia donde se
disparaban, en que piel se metían, Baudellaire,
¿Erdosaín?, ¿El Rufián melancólico? Al otro día se disculpó amorosamente y
muy avergonzado. Ahora que recuerdo todo esto pienso que a David le costaba
digerir nuestra relación. ¿Este pensamiento será nuevo o ya lo habré tenido
antes?
Una vez le dije a Mariano que David no podía ser un amigo coherente por
ser gay. Él lo admitió, -puede ser, dijo - con todos sus amigos le pasan cosas
parecidas cuando tienen una mujer detrás. Una mujer detrás. Ahora que veo esta
oración me doy cuenta. Una mujer y punto. Pero no me equivoco, dijo una mujer
detrás. Y Mariano no es de andar usando frases hechas si no las comparte. De
todas maneras estas son sutilezas para el diván. Lo concreto fue mi pregunta: -¿No
seguirá enamorado de vos? Mariano, lo conozco, sufrió una sacudida, e
inmediatamente me arrepentí, me sentí una arpía al poner esa oculta posibilidad
sobre el tapete como algo real, dando
por supuesto que él sabía (y yo), que alguna vez sí lo estuvo y creando un
motivo de interferencia en una hermosa amistad de muchísimos años.
- Si alguna vez fue así, no he hecho más que desalentarlo. Me gustan
demasiado las minas y lo sabe – me dijo. Sin embargo, no se le ocurrió
retrucarme - ¿y si fuera con vos la cosa? También sería un buen motivo
para sus incoherencias. A mí tampoco se me
ocurrió pensarlo entonces. Sólo ahora, en que el aburrimiento y la noche me han
puesto analítica de viejos sucesos. Otro muy significativo dio lugar a que se
pusieran todas las cartas sobre la mesa. David le pidió plata a Mariano. No una
vez, varias. Y no sólo no se la devolvió, desapareció y no se lo podía ubicar.
No se justificaba su conducta evasiva. Mariano andaba bastante amargado por lo
que calificaba una falta de lealtad inexplicable. Fui yo quien lo presionó para
que insistiera en la búsqueda, hasta que lo encontró.
Aquella fue toda una larga noche de oír subir el ascensor y seguir se largo.
Me fui a dormir al amanecer. Mariano me despertó al llegar:
-¿Sabés que tenías razón?- se lo veía pasmado -fue una charla a fondo.
Lo apreté y terminó diciendo que no había podido superar la época de nuestra
adolescencia, que por momentos no podía sostener la amistad y se llenaba de
resentimiento contra mí. Analizamos todos estos años…Carajo, fue bravo.
Veo lo último que escribí. Fue bravo. Miro hacia la ventana.
Ya es de día. Dentro de pocas horas va a llamar alguno de los mellizos
para pedirle a Mariano la seña de la casa de la costa. No sé cómo se los voy a
decir. Ni a los mellizos ni a los otros tres pibes. ¿Que el padre se fue a
Europa y no les pudo avisar siquiera por teléfono? ¿Que no dejó ni nota, ni
pesos, ni saludos para ellos? ¿Que ni siquiera yo sé bien de que se trata todo
esto? Y que esperen su carta donde seguramente les explicará.
Mariano, mi andrógino. Todo había calzado tan bien. Sus dos fracasos
matrimoniales, mi imposibilidad de formar pareja y tener hijos, las afinidades.
Tal como si nos hubiéramos estado buscando uno al otro durante muchos y
desolados años hasta por fin encontrarnos, así, con la fuerza con que nos encontramos.
Tal vez me equivoqué y el andrógino de Mariano haya sido siempre David. De lo
que estoy segura es que Platón no refería ninguna posibilidad de
andrógino triple.
Ya creció el ruido del tráfico, los bocinazos, el sol. Pobres pibes,
habían armado todo para pasar estas vacaciones con el padre y los otros hermanitos.
Decidieron el lugar y eligieron la casa. Arreglaron el bote, la red, las
tablas, las cañas de pescar.
Tal vez no sería mala idea ocuparme del tema del alquiler e irme con
ellos al mar. La compañía de los chicos siempre es revitalizante, también la
playa. No tanto como el amor, pero posiblemente más que las congestionadas,
xenofóbicas y decrépitas ciudades europeas.
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