No me
gusta alternar con mis vecinos ni hablar de cuestiones del barrio, pero esto
que ha pasado en los últimos tiempos tengo que contarlo, porque me ha hecho
sentir orgullosa.La historia empezó con la casa
abandonada que hay en la esquina. Es un chalet grande con techo de tejas y un
jardín al frente. Viejo, pero bastante lindo. Nunca vi gente viviendo en él y
eso que llevo aquí más de cuarenta años. Pues bien, los vecinos se pusieron de
acuerdo y cada tanto alguno cortaba el pasto para que no tuviera tan mal
aspecto y no desluciera al barrio. Claro, igual se fueron rompiendo los techos
y las persianas de madera, las paredes se ennegrecieron y el cerco se cayó de a
poco hasta que los vecinos lo arreglaron lo mejor que pudieron y ahí quedó,
durando todavía.
En algún momento se llenó de gatos. Habrá sido una gata solitaria que tuvo su
cría en algún rincón del jardín y después sus crías habrán hecho lo mismo. Lo
cierto es que la casa estaba llena de gatos grises, pelirrojos, negros. Los
había de todos los tamaños y se renovaban los cachorros. Los vecinos les
hicieron pequeños cobertizos de madera y cada día alguien les llevaba de comer.
De día, al pasar por allí observaba las
fuentecitas de plástico con restos de comida y me sentía
enternecida por esa muestra de generosidad de la gente, eso que a mi no me
gustan los gatos. Cuando regresaba a la nochecita la casa me parecía siniestra,
llena de sombras que se movían por los techos, los árboles y el piso. Me
conformaba pensando que al menos así el barrio no se llenaría de ratas.
Una tarde de esas que estaba mirando
televisión, en el noticiero mostraron tres familias con no se qué cantidad de
pibes que estaban viviendo en la veredas con colchones, ollas, un montón de
cachivaches. Acá nomás, a unas cuadras. El locutor le preguntaba a un
funcionario qué hacia el gobierno en estos casos. Él funcionario le contestaba
algo así como que “se están tomando las medidas pertinentes para estudiar los
recursos conducentes a reubicar a las familias en la forma más conveniente de
acuerdo con la planificación socioeconómica habitacional de las áreas
gubernamentales correspondientes”. El locutor entonces se acercaba a una
morochita teñida de rubio con un chico todo sucio en los brazos y le preguntaba
qué pensaban hacer. La chica le contestaba que no se irían hasta que no les
dieran una solución; que estaban cansados de ser desalojados de un lado a otro
porque los dueños de los inquilinatos y los hoteles estaban arreglados con la
policía, cobraban lo que se les antojaba, echaban a los que tenían hijos y que
alguien se tenía que hacer cargo de este problema. En el barrio fue una enorme conmoción.
Imagínense, un barrio de casonas tradicionales como el nuestro. Casi todos
pasábamos por la vereda de enfrente a ver, a curiosear. No podíamos entender
que se quisieran quedar a vivir en la calle; y aunque a veces habíamos visto
cosas parecidas en la tele, esto sucedía aquí nomás Dicen que les llevaron dos
cajas con comida y alguien más un cajón lleno de leche en polvo. Eso fue en los
primeros días, después ya no iba nadie, ni nosotros.
El problema surgió cuando empezó a hacer
frío y se metieron en la casona de los gatos. Deben haberlo hecho por la
noche. A la
mañana siguiente nos dimos cuenta que no había más gatos sino chicos sucios gateando
y corriendo por el jardín, montones de pañales y ropa colgados de piolas
atravesadas entre los árboles y subido al techo un tipo tratando de tapar
un agujero con unas chapas. Horrible. Se pueden imaginar lo que fue. Incluso
yo no paraba de hablar con los vecinos. Era increíble que esa gente estuviera
viviendo así. Sin luz, con velas y un farolito como en los tiempos de los
abuelos. Sin baños porque las cloacas estaban rotas. Haciendo sus cosas en una
escupidera o en una lata y seguramente enterrándolas en el jardín. Prendiendo
fuego con las maderas de las cuchas de los gatos. Viviendo como salvajes en el
medio de la civilización. Un horror.
Doña Amelia, que es la más amante de los
gatos y está un poco gagá, paseaba por la vereda con su bastón, hablando
sola: “¿Dónde estarán los pobrecitos, sin casa y sin comida, qué será de los
cachorritos?”.
Habían desaparecido todos y andarían,
tal vez, por las azoteas vecinas o, esto lo pensé pero no se lo dije a Amelia,
se los estarían comiendo los intrusos porque sino, ¿cómo alimentaban a esos
diez o quince chicos?
Las cosas no quedaron así. El barrio,
unido frente a las dificultades, hizo lo que debía para echarlos. Denuncias,
notas firmadas por todos, demandas municipales, judiciales y otras acciones
mucho más efectivas (aunque no tan legales). Yo me emocioné cuando vi la casa
nuevamente vacía. Me conmueve la acción de un pueblo organizado, la fuerza que
nace de la unión como dice el Martín Fierro.
A los pocos días regresaron los gatos.
Parecían ser los mismos. Nos sentimos satisfechos. Todos menos Dona Amelia, la
pobre, que parece haber perdido del todo la
razón. Camina por
las calles hablando sola y, con este frío, se para durante las noches frente a
la casa llena de gatos y repite:
“¿Dónde estarán los pobrecitos, sin casa
y sin comida, qué será de los cachorritos?”.
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