viernes, 19 de septiembre de 2014

PUEBLO ORGANIZADO

No me gusta alternar con mis vecinos ni hablar de cuestiones del barrio, pero esto que ha pasado en los últimos tiempos tengo que contarlo, porque me ha hecho sentir orgullosa.La historia empezó con la casa abandonada que hay en la esquina. Es un chalet grande con techo de tejas y un jardín al frente. Viejo, pero bastante lindo. Nunca vi gente viviendo en él y eso que llevo aquí más de cuarenta años. Pues bien, los vecinos se pusieron de acuerdo y cada tanto alguno cortaba el pasto para que no tuviera tan mal aspecto y no desluciera al barrio. Claro, igual se fueron rompiendo los techos y las persianas de madera, las paredes se ennegrecieron y el cerco se cayó de a poco hasta que los vecinos lo arreglaron lo mejor que pudieron y ahí quedó, durando todavía.
 En algún momento se llenó de gatos. Habrá sido una gata solitaria que tuvo su cría en algún rincón del jardín y después sus crías habrán hecho lo mismo. Lo cierto es que la casa estaba llena de gatos grises, pelirrojos, negros. Los había de todos los tamaños y se renovaban los cachorros. Los vecinos les hicieron pequeños cobertizos de madera y cada día alguien les llevaba de comer.
De día, al pasar por allí observaba las fuentecitas de plástico con  restos de comida y  me sentía enternecida por esa muestra de generosidad de la gente, eso que a mi no me gustan los gatos. Cuando regresaba a la nochecita la casa me parecía siniestra, llena de sombras que se movían por los techos, los árboles y el piso. Me conformaba pensando que al menos así el barrio no se llenaría de ratas.
Una tarde de esas que estaba mirando televisión, en el noticiero mostraron tres familias con no se qué cantidad de pibes que estaban viviendo en la veredas con colchones, ollas, un montón de cachivaches. Acá nomás, a unas cuadras. El locutor le preguntaba a un funcionario qué hacia el gobierno en estos casos. Él funcionario le contestaba algo así como que “se están tomando las medidas pertinentes para estudiar los recursos conducentes a reubicar a las familias en la forma más conveniente de acuerdo con la planificación socioeconómica habitacional de las áreas  gubernamentales correspondientes”. El locutor entonces se acercaba a una morochita teñida de rubio con un chico todo sucio en los brazos y le preguntaba qué pensaban hacer. La chica le contestaba que no se irían hasta que no les dieran una solución; que estaban cansados de ser desalojados de un lado a otro porque los dueños de los inquilinatos y los hoteles estaban arreglados con la policía, cobraban lo que se les antojaba, echaban a los que tenían hijos y que alguien se tenía que hacer cargo de este problema. En el barrio fue una enorme conmoción. Imagínense, un barrio de casonas tradicionales como el nuestro. Casi todos pasábamos por la vereda de enfrente a ver, a curiosear. No podíamos entender que se quisieran quedar a vivir en la calle; y aunque a veces habíamos visto cosas parecidas en la tele, esto sucedía aquí nomás Dicen que les llevaron dos cajas con comida y alguien más un cajón lleno de leche en polvo. Eso fue en los primeros días, después ya no iba nadie, ni nosotros. 
El problema surgió cuando empezó a hacer frío y se metieron en la casona de los gatos. Deben haberlo hecho por la noche. A la mañana siguiente nos dimos cuenta que no había más gatos sino chicos sucios gateando y corriendo por el jardín, montones de pañales y ropa colgados de piolas atravesadas entre los árboles y subido al techo un tipo  tratando de tapar un agujero con unas chapas. Horrible. Se pueden imaginar lo que fue. Incluso yo no paraba de hablar con los vecinos. Era increíble que esa gente estuviera viviendo así. Sin luz, con velas y un farolito como en los tiempos de los abuelos. Sin baños porque las cloacas estaban rotas. Haciendo sus cosas en una escupidera o en una lata y seguramente enterrándolas en el jardín. Prendiendo fuego con las maderas de las cuchas de los gatos. Viviendo como salvajes en el medio de la civilización. Un horror.
Doña Amelia, que es la más amante de los gatos y está un poco gagá,  paseaba por la vereda con su bastón, hablando sola: “¿Dónde estarán los pobrecitos, sin casa y sin comida, qué será de los cachorritos?”.
Habían desaparecido todos y andarían, tal vez, por las azoteas vecinas o, esto lo pensé pero no se lo dije a Amelia, se los estarían comiendo los intrusos porque sino, ¿cómo alimentaban a esos diez o quince chicos?
Las cosas no quedaron así. El barrio, unido frente a las dificultades, hizo lo que debía para echarlos. Denuncias, notas firmadas por todos, demandas municipales, judiciales y otras acciones mucho más efectivas (aunque no tan legales). Yo me emocioné cuando vi la casa nuevamente vacía. Me conmueve la acción de un pueblo organizado, la fuerza que nace de la unión como dice el Martín Fierro.
A los pocos días regresaron los gatos. Parecían ser los mismos. Nos sentimos satisfechos. Todos menos Dona Amelia, la pobre, que parece haber perdido del todo la razón. Camina por las calles hablando sola y, con este frío, se para durante las noches frente a la casa llena de gatos y repite:
“¿Dónde estarán los pobrecitos, sin casa y sin comida, qué será de los cachorritos?”. 


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