domingo, 13 de septiembre de 2015

RELOJES SUIZOS O AMORES SIN CELULAR


  Viajó  a la estación de trenes en Laussane con la certeza de que él no estaría allí.  Había dejado a sus amigas, sus vacaciones en España  y subido al tren esperanzada en ese improbable encuentro.
Era una de las tantas contradicciones que signaban su relación con León. Idas y vueltas, e-mails que rebotaban, cartas que llegaban a un domicilio ya vacío, llamadas telefónicas perdidas, indecisiones que provocaban enojo, avances que producían temor. ¿Quién empezaba o quién terminaba esa cadena? Dilucidar el malentendido era el motivo de sus discusiones.
La última comunicación había sido en Cádiz. León la llamó desde Londres. Quería encontrarla antes de la fecha estipulada en común. Le propuso que estuviera el día treinta al mediodía en la estación de Laussane. Pasarían juntos una semana y  cuando él debiera seguir viaje a Zurich, ella podría regresar a España.  No estuvo de acuerdo, ella prefería ir ahora con sus amigas a Málaga y encontrarlo en Zurich como ya lo habían establecido con anterioridad.  En medio de la discusión, la llamada se cortó. O quizá León cortó intencionalmente, tenía su genio. 

Ella va hacia Laussane pensando que él tenía razón cuando le dijo con cierto sarcasmo que iría a  buscarla a España si pudiera saber al menos donde estaría al día siguiente. No había podido contestar. Es que improvisaba los días. De hecho, la interrupción de la llamada no le dio tiempo para decirle que al siguiente ya no estaría en ese teléfono.  Con el temor, o la esperanza de que  intentara comunicarse de nuevo, dejó dicho en el Hostal que si llamaba el señor León, le dijeran que estaría en Laussane el día 30, tal como él quería.
Telefoneó desde Málaga al empleado del Hostal, quien le dijo que no, no había habido llamadas para ella, pero quizá, en el otro turno…
 
Por eso iba a Laussane, aunque a medida que se aproximaba, se preguntaba a sí misma que clase de locura era aquella. Llegó a las siete de la mañana, debería esperar hasta las doce. Desde la estación se veía el lago. Dejó el bolso grande en un locker y salió a recorrer la ciudad. No se le había ocurrido pensar que allí pudiera hacer frío. En España se había cocinado a cuarenta grados. Se quedó en una plaza prolija, tan suiza –pensó-, al sol, y aún así tenía frío. A las once estaba de regreso, tomó un café con chocolates.  Frente a ella, en el hermoso reloj de la estación, vio pasar cada uno de los minutos que faltaban hasta las 12, cuando recorrió los andenes, sin verlo. Volvió y se quedó parada debajo del reloj, lugar designado para el encuentro. Esperó hasta la una.
 Evidentemente él no había recibido su mensaje, pero quizá se le ocurriera pensar que podía estar allí, dejarse llevar por el deseo del acontecimiento, como lo había hecho ella.  

Quería derrotar al malentendido con la magia de un incipiente amor que pensaba los unía. Recorrió una vez más la estación.  En un momento vio un hombre sentado, de espaldas, el mismo pelo abundante, entrecano, prolijo. Su pulso comenzó a arrebatarse, lo sentía en las orejas, en la garganta, León, León, pensó. Pero no era.

A medida que el tiempo pasaba por el cuadrante del gran reloj, confirmó que no llegaría a buscarla, que la hora suiza era implacable, que León no estaba ni estaría allí ni en ningún otro lugar para ella.
A las seis de la tarde subió al tren de regreso a España.   



Diez días después, León pasó el día esperándola en la estación de Zurich queriendo complacerla,  habiendo aceptado sus condiciones y con el implacable convencimiento de que ella no estaría allí. 


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