Maria se llamaba María, a secas. Cuando
todavía no le preguntaban el nombre a ella, sino a su madre o a su hermana,
aprendió que a la respuesta siempre sobrevenía una nueva pregunta: “Maria…
¿qué?”, o cualquier otra donde se pusiera en duda que su nombre acabara en esas
cinco letras.
En la escuela primaria aprendió algo más. Su
nombre no era común como río o mesa, sino propio. Le pertenecía y tenía que ver
con su identidad. Y sin embargo, no era una propiedad indiscutible. No. Era una
propiedad que también pertenecía a otros. Sin ir muy lejos, en su clase había
una María Laura y una Maria Julia. Claro que no eran María a secas, como ella,
pero eran Marías. Esta circunstancia la llevó a reflexionar acerca de lo
propio, lo común, lo exclusivo, lo intransferible. Si el nombre propio tenía
que ver con la identidad, tal vez todas las Marías que existían en el mundo
estuvieran unidas entre sí por un lazo invisible, fueran parte de un mismo
todo. O pudiera ser que las que existieron en épocas pasadas, nacieran luego
con otras caras, en otras ciudades; o en la misma, pero entonces en una cama diferente,
de algarrobo en lugar de nogal, y usaran un vestido corto y suelto en cambio de
uno largo y de talle ceñido; pero sin dejar de ser las mismas, vueltas a nacer
para repetir una historia a través de los siglos.
Otra respuesta que solía imaginar era que
todas las Marías, si bien independientes una de otra, se pudieran identificar
por un rasgo de personalidad o una característica física especial. Observaba a
las compañeras y no veía en ellas similitud notoria entre sí ni con ella. Por
cierto, nunca se animó a preguntarles si tenían una verruga gorda y rosada como
un pezón debajo de su axila izquierda. Adivinaba que no. De tenerla, no podrían
mostrarse tan despreocupadas. María estaba segura que su espíritu rebelde e
introvertido, al decir de su madre, guardaba una exacta relación con esa
desagradable verruga y con el hecho irreversible de llamarse María, a secas.
Ambas cosas constituían un estigma.
A medida que avanzaba en la escuela y se
definía su afición por los libros y la música por sobre los juegos y las
reuniones de los chicos de su edad; fue descubriendo que habla muchas Marías en
la historia, entre ellas, la
Virgen. Aún así, era la Virgen María y en
otros casos, eran Mary o Marie. Lo cierto es que siempre estaba antecedido o
precedido por otro nombre, como Doña María, la curandera de Cura Brochero, el
pueblo al que iban en las vacaciones, o la Madre María , de la que
siempre oía hablar.
Con el tiempo, empezó a aceptar su nombre e
incluso sentir un atisbo de orgullo por su particularidad. Cuando los
profesores del secundario preguntaban los nombres, María, con su cara más
formal respondía: “Maria a secas”, con lo que provocaba las risas de toda la
clase, ya que la mayoría había pasado por la experiencia de preguntar: “¿María
qué te llamas?, ¿sólo Maria?”. Alguna vez fue motivo de burlas, cuando un
muchachito encontró gracioso recibirla todas las mañanas con un bien entonado
“Acaso te llamaras simplemente María...”, pero la aparente indiferencia de
Maria terminó por desarmar el canto del muchacho y las sonrisas del grupo.
María era linda, pero ocultaba su cuerpo en
ropas masculinas y grandes, tal vez debido a que aquella verruga había crecido
corno un seno pequeñito bajo su axila, tal vez como reacción frente a una madre
hermosa contra la cual resultaba difícil competir. Madre y hermana eran mujeres
en el sentido en que María sentía debía ser una mujer. Coquetas, seductoras,
usuarias de cuanto producto ofrecía en la televisión una modelo exótica y
triunfal; permanentes incursionistas de salones de belleza, clínicas con
tratamientos adelgazantes de ciertas zonas del cuerpo, robustecedores de otras,
eliminadores de productos indeseables como granos, vello, viejas pieles
marcadas; y frecuentadoras de boutiques y shoppings.
María las observaba ir y venir y medía el
cansancio que ocultaban los maquillajes, porque madre y hermana se ocupaban
también de mantener la casa de dos plantas siempre impecable y de cocinar
recetas vegetarianas, macrobióticas u otro tipo de dieta que el consultor o
programa femenino de moda recomendara.
María se había alejado de las tareas
domésticas. Esto no era un privilegio. Sólo que la madre había comprobado que
era torpe. Cada vez que le encomendaba la limpieza de la cocina o cualquier
otro trato con enseres frágiles, hacía un destrozo. Si lavaba alguna prenda de
ropa, resultaba inevitablemente manchada. Si cocinaba, se desperdiciaban los
ingredientes pues el plato en cuestión resultaba quemado o excedido de sal.
María subía al altillo donde había armado su
cuarto en contra de la opinión paterna y prendía un cigarrillo. Observaba el
fósforo hasta que la llama llegaba a sus dedos y luego lo apagaba. A María le
gustaba ese altillo con un mirador pequeño que daba sobre los techos de tejas.
En él fumaba, leía o se disfrazaba de algún personaje de esos que habitaban la
mitología o la historia y representaba escenas creadas por ella.
Alguna amiga la había seguido alguna vez en
estos juegos solitarios, pero pronto la dejaron por las otras compañeras, los
bailes de los sábados, los paseos por el parque mirando a los muchachos que
hacían ronronear sus motos en forma amenazante; y reemplazaban el diálogo
histórico por aquel otro más fácil sobre ropas, avances en el sexo,
proyecciones acerca de un futuro con hijos y un compañero amante.
María se quedaba sola en su altillo. Prendía
el cigarrillo y luego se quedaba mirando el fuego del fósforo que le quemaba
los dedos. Creía ver en él extrañas figuras que le hablaban y a veces le pedían
ayuda.
Pero María no era tan diferente de las demás
muchachas de su edad. Le tocó enamorarse. Erick era arrogante e irreverente.
Pésimo estudiante y líder indiscutido. Huérfano de inmigrantes, había sido criado por una tía
fea y señorita. Ponía su moto vertical al llegar al colegio y saltaba de ella. María
lo imaginaba: guerrero bárbaro encima de un brioso corcel, y a ella, mujer amante, acompañándolo a la
batalla y empuñando con él las armas para volver ambos victoriosos, o bien en la
derrota y muerte de su amado, se veía quitándose la vida para no ser esclava
del enemigo y acompañarlo hasta el final.
Este amor silencioso hacia afuera y lleno de palabras e imágenes hacia
adentro; empujó a María hacia los lugares donde sus compañeros y compañeras se reunían.
Cambió sus solitarias ceremonias de disfraces de los sábados, por los bailes y
las reuniones en casa de uno u otro. De todas maneras, aún entre multitudes,
María permanecía la mayor parte del tiempo sola. A veces alguna muchacha o
muchacho se sentaba junto a ella y conversaban un rato. Pero casi siempre la
aislaban, por sus extrañas referencias a personajes y más aún por su lengua,
que día a día se ponía más filosa. Es que las continuas y silenciosas
observaciones de María le hacían conocer de los otros facetas e intenciones que
pretendían ocultar, y ella encontraba cierto placer en desnudarlos frente al
grupo. Al único que no podía ver claro era a Erick. El era un guerrero. Un
revolucionario. Un contestatario de las normas de los adultos. Era un héroe. Y
era mucho más...
María tuvo algunos aciertos
que hicieron crecer una forma del
respeto hacia ella. A Silvina
le pronostico que Pablo no aparecería más por el barrio. A Marcela le
dijo, mientras miraba la llama de su fósforo que ya casi le quemaba los dedos,
que tendría un accidente con la moto y se quebraría un hueso. A Cecilia le
anunció que los padres se iban a separar y a todos que el profesor de
literatura moriría antes de fin de año; y ya tenía la punta de los dedos índice
y pulgar curtidos de aguantar el calor del fuego de su fósforo.
De a poco, María empezó a ser consultada por
todos, o casi, ya que Erick se burlaba de sus pronósticos y con él, tres o
cuatro revoltosos y consumidores esporádicos de marihuana, jinetes de potentes
motos y despilfarradores de dineros paternos bien y mal habidos. Un sábado, Erick se molestó porque veía en María un elemento de distracción que alejaba al
grupo de su liderazgo. Debía afirmarlo, y propuso que fueran todos en las motos hasta la villa mísera y oscura que coronaba
la ciudad hacia el sur y derrumbar algunas de las casillas de lata, y agregó: -Vamos
a despiojar la ciudad. Hay
una epidemia de pediculosis, piojos negros y sucios por todos lados.
María empezó a contraerse en el sillón que
ocupaba mientras sus ojos recorrían a Erick que gesticulaba y hablaba cada vez
más fuerte y a los otros, que temerosos o decididos se iban incorporando al
proyecto. Lo miró atentamente, se incorporó sobre la
tensión que contraía sus músculos y con un tono de voz que hizo que todos se volvieran a mirarla le dijo: “¡Turro!”. Luego se aflojó, y sin dejar de mirarlo, muy lentamente, volvió a sentarse.
tensión que contraía sus músculos y con un tono de voz que hizo que todos se volvieran a mirarla le dijo: “¡Turro!”. Luego se aflojó, y sin dejar de mirarlo, muy lentamente, volvió a sentarse.
Erick quedó rígido. Otros se encargaron de cambiar el tema y todo
pareció serenarse. Sin embargo, en un momento dado, subieron la música mas de
lo acostumbrado y Erick arrancó a María de su sillón para lo que parecía un
baile y cuando estuvo en el medio de
todos, intentó quitarle la remera diciéndole:
-A ver, brujita, me contó un pajarito que tenés tres tetitas. Maria se zafó de él mientras le gritaba “turro” y “facho cagón” y se fue llorando a su casa.
-A ver, brujita, me contó un pajarito que tenés tres tetitas. Maria se zafó de él mientras le gritaba “turro” y “facho cagón” y se fue llorando a su casa.
Durante muchos días, compartió
silenciosamente las clases con el grupo, pero no los lugares comunes de
encuentro y diversión. Se recluyó en el altillo y leyó todo lo que pudo sacar
de la biblioteca. Se
ocupó de rastrear el origen y el fin de todas las Marías que pudo encontrar.
Desfilaron por su mente imágenes diversas, las oscuras y alucinadas, de muerte,
tormento y muros de distinto grosor, material; madera, hierro, palabras,
sentencias, piedra, metales, candados, cerrojos, llave…
Pero Erick no estaba conforme con la
desaparición de María. La fueron a buscar un sábado de noviembre con sus motos. Erick, Guillermo, Hugo
y Viviana. Era el cumpleaños de Cecilia y ella no podía faltar. Y aunque
Cecilia la había invitado en la clase de matemáticas y ella había argumentado
que su padre, su madre, en fin, que se tenía que quedar en casa; cuando todos
irrumpieron como un malón; María no supo que decir y terminó cautiva en el
asiento trasero de la moto de Hugo. Cuando llegaron a la casa de Cecilia Erick
la hizo bajar a Viviana diciéndole
“ahora volvemos”, y se llevó a Guillermo y Hugo con María detrás hasta el
bosque de pinos. Allí en el claro habían dejado encendida una fogata:
-A
ver, María a secas, adiviname la suerte, María Nada- le decía mientras le
acercaba una rama encendida a la cara. -¿Querés un cigarrillo?, tomá un
fosforito, María a secas.
María
permanecía callada sin dejar de mirarlo. Por sus ojos corría la luz del fuego,
el desprecio, el miedo, la culpa de no ser como las otras. Por sus ojos corría
la certeza, el calor, el miedo…
María
tomó el cigarrillo que Erick le ofrecía y se acercó a las cambiantes llamas que
se contorneaban como desesperadas danzarinas y elevaban hacia una bóveda
estrellada y serena sus azules brazos suplicantes.
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