domingo, 13 de septiembre de 2015

CON LOS OJOS ABIERTOS





Hace dos horas me desperté. Los ojos se me abrieron, clic, desaforados, y ya no los pude cerrar. Quedaron fijos en la pared frente a mi.

Los cocodrilos salen del plano y luego intentan  subir por la parte inferior del libro  pintado.

La luz entraba de lleno por la ventana. Me gusta el resplandor de la noche al dormirme y aunque no me guste el resplandor del día cuando amanece, debo elegir entre un placer unido al displacer, o la falta de ambos. Así es que dejo la ventana abierta lo cual me apareja un despertar odioso a las cinco y treinta con una luz rigurosa sobre mi cara y un tener que taparme con la almohada y darme vuelta hacia el lado izquierdo, posición que siempre me incomodó. Pero hoy no fue la luz. Los ojos se me abrieron solos y toc-toc-toc, una palpitación intensa hizo que me sentara y quedara mirando lo que tenía enfrente, aunque mi cabeza bullía.

Dos cocodrilos son planos sobre la hoja, uno toma volumen y se escapa por arriba.

Mario dormía a mi lado, ajeno como siempre a  la luz, al día, a mis movimientos. Aunque en realidad estaba quieta, o eso era lo visible. Sentada y con los ojos abiertos, inmóvil durante dos horas, excitada. Algo sucedió durante la noche, a espaldas de mi conciencia. Lo cierto es que aún estoy sentada, Mario duerme profundamente y no lo puedo despertar pues se pondría de muy mal humor.

Dos de los cocodrilos se independizaron del plano y merodean por los alrededores del libro con su volumen de vértebra y fauces.

Hace años que busco una idea como ésta. Mario también. Primero cada uno por su lado y luego juntos. Algunas veces creíamos tenerla y nos lanzamos hacia ella, pero no era. En cambio ahora no dudo. El hecho de haberse presentado sola, aparecer, instalarse dentro de mí y sacudirme para que abra los ojos y me siente, excitada, es una demostración de que no es una fantasía, un sueño, un delirio. Las otras veces fue distinto. Insistía en la búsqueda cuando trabajaba en esa oficinita oscura y cuadrada donde nunca se sabia si afuera el sol dibujaba arabescos sobre la vereda o la gente andaba con paraguas, y adentro el polvo se sostenía en el aire y los expedientes se acumulaban. A mi izquierda los que entraban, a mi derecha los que salían. La pila siniestra crecía con más rapidez que la diestra. cuando me sentía cercada y oculta de la puerta por la que pasaba mi jefe, buscaba. Era difícil dar con lo apropiado. Pasaba revista: punga, robo a mano armada, el gran asalto al tren, las joyas de la reina, las cajas de seguridad del hotel internacional, la diligencia, las transportadoras de caudales, las riquezas de los indígenas, los barcos hundidos, las orejas cortadas de los patagones y los extendidos alambrados. Anacrónico, si, e incompatible con mi alta de audacia y mi sentimentalismo. Sin embargo debía haber otras formas, formas que pasaran por el ingenio o la anticipación, y hacia ellas me inclinaba en mis días de alquileres impagos y mucho fideo y panduro.
Cuando nos conocimos con Mario, casi chocando nuestras manos frente al mismo timbre, el con sus enciclopedias actualizables, yo con mis manteles en cuotas y ambos con un idéntico dolor de pies, bastó un café en el bar de la esquina para saber que nos unía el mismo sueño.
desde entonces la búsqueda fue compartida.
Mario se revuelve en la cama y pienso que ya esta por despertar. Lo golpeo un poco con la rodilla para ayudar a su vigilia que avanza, pero no, se da vuelta y sigue con su nocturna respiración mientras yo vuelvo a clavar mis ojos en el cuadro de la pared de enfrente.

Me pregunto si los cocodrilos respirarán. Seguro que los que están planos sobre la hoja del libro, no, pero los que se escaparon y se mueven voluminosos a su alrededor, generan un aliento pesado con reminiscencias de fango y pulpas.

¡Es que nunca despertará?. No es que me vaya a olvidar la idea. necesito compartirla, agigantarla, buscar las vías concretas. Así lo hicimos las otras veces. una idea de alguno provocaba en el otro mil asociaciones que la enriquecían y nos empujaba a ambos a lugares y gentes suspendiendo por varios días nuestra rutina de vendedores ambulantes. Ah!. Entonces el sueño era una carabela de enormes velas hinchadas cabalgando el lomo del horizonte. Hasta que sobrevenía el naufragio, el derrumbe, el apocalipsis y nos encontrábamos desnudos y muertos de frío en la costa de un hotel de Parque Patricios o Constitución embolsando manteles de plástico o manuales de carpintería casera. so sí, ni el ni yo volvimos a ahogarnos en los pantanos de esas oficinuchas de paredes descascaradas, horas que se estiran y sueldos que se encogen, para compensar lo cual aparecen las horas extras y se consuma el calabozo, la incomunicación con el día, la imposibilidad de recurrir a un sol letrado y patrocinante de una libertad lejana. Mario duerme. tengo que acomodar la idea para presentársela. primero a él. Imagino una publicidad, un jingle, vamos a tener que registrarla antes. Sacudo la almohada haciendo una ola que llegue hasta la cabeza de Mario. Ni se mosquea.

El cocodrilo de arriba está introduciéndose en el libro, medio cuerpo aplanado sobre la hoja, medio cuerpo voluminoso todavía afuera.

Y y aquí, sentada, excitada, con los ojos muy abiertos fijos en los reptiles. Y Mario aquí a mi lado, ajeno a todo lo que pueda suceder, tal vez teniendo pesadillas de acreedores furiosos, de espaldas voladoras que derrotan generales y brigadieres, o de ovnis que son verdaderamente platos y están llenos de langostinos gigantes con salsa golf, mejillones a la provenzal, lomos de cerdo, asado con cuero y chimichurri y que aterrizan en las plazas para regocijo de jubilados y otros hambrientos.

Los que están aplanados sobre la hoja se muestran indiferentes ante el ingreso de los otros cocodrilos.


FALTA

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