Hace
dos horas me desperté. Los ojos se me abrieron, clic, desaforados, y ya no los
pude cerrar. Quedaron fijos en la pared frente a mi.
Los
cocodrilos salen del plano y luego intentan
subir por la parte inferior del libro
pintado.
La
luz entraba de lleno por la
ventana. Me gusta el resplandor de la noche al dormirme y
aunque no me guste el resplandor del día cuando amanece, debo elegir entre un
placer unido al displacer, o la falta de ambos. Así es que dejo la ventana abierta
lo cual me apareja un despertar odioso a las cinco y treinta con una luz
rigurosa sobre mi cara y un tener que taparme con la almohada y darme vuelta
hacia el lado izquierdo, posición que siempre me incomodó. Pero hoy no fue la luz. Los ojos se me
abrieron solos y toc-toc-toc, una palpitación intensa hizo que me sentara y
quedara mirando lo que tenía enfrente, aunque mi cabeza bullía.
Dos
cocodrilos son planos sobre la hoja, uno toma volumen y se escapa por arriba.
Mario
dormía a mi lado, ajeno como siempre a
la luz, al día, a mis movimientos. Aunque en realidad estaba quieta, o
eso era lo visible. Sentada y con los ojos abiertos, inmóvil durante dos horas,
excitada. Algo sucedió durante la noche, a espaldas de mi conciencia. Lo cierto
es que aún estoy sentada, Mario duerme profundamente y no lo puedo despertar
pues se pondría de muy mal humor.
Dos
de los cocodrilos se independizaron del plano y merodean por los alrededores
del libro con su volumen de vértebra y fauces.
Hace
años que busco una idea como ésta. Mario también. Primero cada uno por su lado
y luego juntos. Algunas veces creíamos tenerla y nos lanzamos hacia ella, pero
no era. En cambio ahora no dudo. El hecho de haberse presentado sola, aparecer,
instalarse dentro de mí y sacudirme para que abra los ojos y me siente,
excitada, es una demostración de que no es una fantasía, un sueño, un delirio.
Las otras veces fue distinto. Insistía en la búsqueda cuando trabajaba en esa
oficinita oscura y cuadrada donde nunca se sabia si afuera el sol dibujaba
arabescos sobre la vereda o la gente andaba con paraguas, y adentro el polvo se
sostenía en el aire y los expedientes se acumulaban. A mi izquierda los que
entraban, a mi derecha los que salían. La pila siniestra crecía con más rapidez
que la diestra. cuando me sentía cercada y oculta de la puerta por la que pasaba
mi jefe, buscaba. Era difícil dar con lo apropiado. Pasaba revista: punga, robo
a mano armada, el gran asalto al tren, las joyas de la reina, las cajas de seguridad
del hotel internacional, la diligencia, las transportadoras de caudales, las
riquezas de los indígenas, los barcos hundidos, las orejas cortadas de los
patagones y los extendidos alambrados. Anacrónico, si, e incompatible con mi
alta de audacia y mi sentimentalismo. Sin embargo debía haber otras formas,
formas que pasaran por el ingenio o la anticipación, y hacia ellas me inclinaba
en mis días de alquileres impagos y mucho fideo y panduro.
Cuando
nos conocimos con Mario, casi chocando nuestras manos frente al mismo timbre,
el con sus enciclopedias actualizables, yo con mis manteles en cuotas y ambos
con un idéntico dolor de pies, bastó un café en el bar de la esquina para saber
que nos unía el mismo sueño.
desde
entonces la búsqueda fue compartida.
Mario
se revuelve en la cama y pienso que ya esta por despertar. Lo golpeo un poco
con la rodilla para ayudar a su vigilia que avanza, pero no, se da vuelta y
sigue con su nocturna respiración mientras yo vuelvo a clavar mis ojos en el
cuadro de la pared de enfrente.
Me
pregunto si los cocodrilos respirarán. Seguro que los que están planos sobre la
hoja del libro, no, pero los que se escaparon y se mueven voluminosos a su
alrededor, generan un aliento pesado con reminiscencias de fango y pulpas.
¡Es
que nunca despertará?. No es que me vaya a olvidar la idea. necesito
compartirla, agigantarla, buscar las vías concretas. Así lo hicimos las otras
veces. una idea de alguno provocaba en el otro mil asociaciones que la
enriquecían y nos empujaba a ambos a lugares y gentes suspendiendo por varios días
nuestra rutina de vendedores ambulantes. Ah!. Entonces el sueño era una
carabela de enormes velas hinchadas cabalgando el lomo del horizonte. Hasta que
sobrevenía el naufragio, el derrumbe, el apocalipsis y nos encontrábamos desnudos
y muertos de frío en la costa de un hotel de Parque Patricios o Constitución
embolsando manteles de plástico o manuales de carpintería casera. so sí, ni el
ni yo volvimos a ahogarnos en los pantanos de esas oficinuchas de paredes
descascaradas, horas que se estiran y sueldos que se encogen, para compensar lo
cual aparecen las horas extras y se consuma el calabozo, la incomunicación con
el día, la imposibilidad de recurrir a un sol letrado y patrocinante de una
libertad lejana. Mario duerme. tengo que acomodar la idea para presentársela.
primero a él. Imagino una publicidad, un jingle, vamos a tener que registrarla
antes. Sacudo la almohada haciendo una ola que llegue hasta la cabeza de Mario.
Ni se mosquea.
El
cocodrilo de arriba está introduciéndose en el libro, medio cuerpo aplanado
sobre la hoja, medio cuerpo voluminoso todavía afuera.
Y
y aquí, sentada, excitada, con los ojos muy abiertos fijos en los reptiles. Y
Mario aquí a mi lado, ajeno a todo lo que pueda suceder, tal vez teniendo
pesadillas de acreedores furiosos, de espaldas voladoras que derrotan generales
y brigadieres, o de ovnis que son verdaderamente platos y están llenos de langostinos
gigantes con salsa golf, mejillones a la provenzal, lomos de cerdo, asado con
cuero y chimichurri y que aterrizan en las plazas para regocijo de jubilados y
otros hambrientos.
FALTA
No hay comentarios:
Publicar un comentario