domingo, 13 de septiembre de 2015

Él…


Es hora de comunicarles que ser un émpata en la tierra es muy complicado. Pero más que serlo es estar conciente de esa situación.
Tenía como veinticinco años cuando sospeché algo y como treinta cuando me convencí. A partir de entonces fue mucho más duro, sobre todo porque coincidió con la aparición de Él con su odio concreto, con la espiral negra y pringosa que extiende a golpes de su muñeca un látigo que no llega a tocarme pero hace fintas alrededor de mi cuerpo.
Tampoco había sido fácil en mi infancia. Mamá decía, a veces, fastidiada “-Pero qué nena mas rara!”. Y mis tías me miraban y sonreían:-“Pero es bonita”, como si con eso quisieran compensar a mamá. Mamá no necesitaba consuelo. Ella no creía que yo fuera un engendro,¿qué madre lo cree?; un poco rara, pero fruto de su vientre. Las madres siempre creen haber dado a luz (lo que mas me gusta de los humanos son sus eufemismos) a un pequeño ser parecido a los otros pero, mejor, en cuanto propio. Nunca admiten ser vehículo de algo que viene desde muy atrás de ellas. Se creen origen, piensan que antes de ese ovulito fecundado no hubo nada.
No fue así en mi caso. Pero la pobre no lo pudo saber nunca, y si pudo, no quiso. La comprendo pues,¿a quién le gusta reconocerse receptáculo de un ser de otra especie, y admitir que le ha dado de mamar, lo ha comunicado los códigos, le ha enseñado a sobrevivir y lo ha empujado a caminar por el mundo? Podía haberse dado por enterada, después de todo yo he demostrado que soy totalmente inofensiva para la especie humana y todas las otras que pululan por el mundo. Pero no. Se limitaba a asustarse cuando me escuchaba gritar en el exacto momento que ella cortaba una rosa o un geranio y luego a limpiarme los mocos y las babas mientras una gotita de savia se deslizaba por el tallo seccionado. Por mi lado, al percibir su susto me olvidaba del otro asunto y la abrazaba fuerte y le sonreía hasta que se calmaba, todo volvía a estar en orden y ella se iba a poner las flores en el florero del comedor.
Con el tiempo aprendí que no sirvo abrazar y sonreír con todos los seres humanos. Por ejemplo con El, que achica los círculos de su serpentina negra alrededor mío, tanto más cuanto más ancha es mi sonrisa.
Con papá era aún más fácil. Estaba poco en casa y era un humano muy práctico. Cada vez que yo volvía de la escuela sin lápices, libro, juguetes o cualquier otra cosa que llevara y produjera envidia o deseo en alguna de mis compañeritas; el simplificaba diciendo que la niña desconocía el valor de las cosas y que ya iba a aprender. Y cuando mamá se extrañó de  que después de haberse quemado las manos mi hermana me negué a tocar ninguna cosa durante varios días, él le dijo: “sólo pasa que se asustó, es una nena muy miedosa”. Y no prestó atención alguna a mi piel enrojecida. Así aplicaba su lógica sin vacilar. Mamá me observaba en silencio y a veces se acercaba para deslizarme su mano por la cabeza.
Cuando mamá cayó enferma, gimiendo y revolcándose en su cama, y yo, en la camita del cuarto contiguo, empecé a tener convulsiones y delirar, papá se culpó por no haberme cuidado bien; como si algún cuidado pudiera salvarme de la presencia de mi madre llorando y mordiendo la almohada. Papá no pudo sospechar que yo era una émpata, porque cuando comenzó a quedarse junto a mi cama me olvidé de mamá que ya estaba mejor y le demostré que él no tenía ninguna culpa recuperándome de inmediato. Pero claro, dedujo que mi curación se debía a sus cuidados. Ya entonces presentía que papá era un ser humano mucho mejor integrado que mamá, pues para todo tenía una respuesta y un sentimiento adecuado. Anhelaba ser como él, aunque había indicios que me hacían creer que me parecería más a mi madre, llena de dudas y de sentimientos contradictorios.
Durante mi adolescencia esperaba encontrar humanos que se me asemejaran y constituir algo así como un club o una logia, pero fracasé en todos los intentos, por lo cual me ilusioné con la idea de que al crecer sería igual a ellos.
Tal vez para ustedes este relato sea poco comprensible. O le esté dando una velocidad mayor a la debida. Intentaré ir despacio, no obstante la urgencia, dado que debo transmitir con claridad aquello que no puede ser silenciado, y sé que a medida que avance y la presencia de él aumente, la confusión podría ganar mis palabras y hacer de ellas un puñado de polvo en un huracán. Tengan en cuenta que aún habiendo sido adiestrada en el uso del lenguaje humano, no es mi modo natural de comunicación.
Debe quedar en claro que mi familia era una de esas que dicen “ al que madruga Dios lo ayuda”, “anda despacio que voy apurado”, “nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”,”cuando Dios cierra una puerta abre una ventana”; y que protegían a sus cachorros de casi todo lo difícil o doloroso que sucedía a su alrededor ocultándoselos meticulosamente. Ésta era una conducta bastante común en cierto sector de los humanos y resulta desconcertante si se tiene en cuenta con lo que habrán de enfrentarse esos  pequeños seres al crecer. En mi caso, sin duda, me permitió sobrevivir (ya que lo que me llegaba era a través de conversaciones escuchadas al azar y en forma incompleta, y luego noticias mediatizadas por la pantalla del televisor. Aún así sufrí cinco principios de asfixia, quemaduras de diversos grados, cólicos y espasmos frecuentes) ¡Otro canto cantaría si hubiera nacido en una familia de enfermos o menesterosos!, que los hay y en cantidad como pude comprobarlo poco después.
Me gustaría saber si ustedes me condicionaron para la actitud casi suicida que m acompai6 durante la juventud. Porque me largué a realizar todas aquellas actividades que me ponían en contacto con los habitantes más miserables, los hospitales, las, las cárceles, los hospicios; lugares donde los humanos depositan a sus congéneres que les son molestos por algún motivo; e hiciera lo que hiciera acababa en un terrible fracaso. Como por ejemplo cuando en la cárcel quise enseñar a leer a los presos. Ellos confiaban en mí, me contaban sus cosas, y cuando ya había sufrido el calabozo y la ducha y los palos de goma, comido mis excrementos y golpeado mi cabeza mil veces contra el muro, hasta sentir que mi único deseo era matar al carcelero, aparecía éste para llevarme a la reja de la salida y su hijo muertito y su mujer enferma y su escaso salario y entonces le sonreía y me iba de allí para nunca mas volver.
Así me fui yendo de casi todos los lugares y las personas. Pero algunos me persiguen, como él, que no se conforma con que yo desaparezca. Entonces me espera a la vuelta de las esquinas, en los bares, en los callejones oscuros, en los últimos vagones de los trenes. Pero lo evito mientras puedo.
Creo que mi peor equivocación fue la de pretender ser igual a los humanos y hacer lo que ellos hacen. Aunque hay muchos tipos de humanos con distintas conductas y formas de vida, algunas experiencias son comunes a todos ellos, como por ejemplo enamorarse, vivir en yunta, procrear, trabajar para obtener un bien de intercambio y con éste, obtener otros bienes que les resultan necesarios. Yo me sentía conminada a cumplir esos rituales. Aunque mi naturaleza me llevaba más a jugar y usar el trueque como medio de satisfacción de mis necesidades, pronto advertí que la primer conducta era considerada poco productiva cuando no directamente perniciosa o subversiva, y en cuanto al trueque, fue casi imposible ejercitarlo entre ellos implica la exaltación del bien propio y las minusvalorización y aparente desprecio del bien ajeno, aún cuando éste nos sea imprescindible. Así fue que obtuve un trabajo en una empresa.
Con toda objetividad destaco que nuestra inteligencia es superior a la de ellos, sobre todo de los que han sido adiestrados para trabajar en lo que se llaman empresas, ya que el ejercicio de esa tarea presupone un recorte cotidiano de las funciones fundamentales del proceso intelectual Pero son consecuentes con sus leyes internas, de las cuales dos son fundamentales para el éxito de la actividad: la ley del gallinero y la del serrucho (cada ley abstracta y expresa tiene su correlato en una ley de la experiencia tácita, cosa sabida por todos desde pequeños a través de dichos populares tales como ”hecha la ley hecha la trampa”). No creo necesario relatar esta experiencia, basta con la síntesis de que yo hacía expreso el ejercicio de la ley tácita e invertía los términos de la ley del gallinero.
Fue entonces cuando él comenzó a frecuentar mi vida y parecía tan desdichado, que me compelía a hacer demostraciones de todas mis facultades de  émpata, aunque por entonces todavía no sabía que lo era. Empecé a saberlo poco después, cuando emprendí con entusiasmo otra tarea humana, tal fue la de enamorarme. Admito que de todas es la única compatible con nuestras características solo que al tiempo se complica de una manera irreversible. Hacer el amor, complacer el placer del otro, exaltar su exaltación, entusiasmarse con su entusiasmo, fueron circunstancias que por un momento me hicieron creer que éramos iguales, puesto que me veía retribuida con igual placer, exaltación y entusiasmo. Duró poco en todos los casos. Me resultaba imposible complacerlos, dado que confundí sus deseos con lo que consideraban que debía ser, de forma tal que cuando complacía sus deseos se enojaban por el deber ser, y cuando complacía a su concepto del deber ser, se fastidiaban por el deseo. Todavía no había aprendido que para ellos son cosas tan distintas el deseo y el deber ser, y que su deseo muchas veces no incluye el deseo del otro sino que lo excluye. (para poder realizarse)
Pero lo fui aprendiendo, sobre todo en el contacto con  Él, el más acabado humano que haya conocido. Cuando le hablaba con la verdad, la mía por supuesto, el sufría y se enojaba. Entonces no lo podía soportar y le mentía de las formas más bellas que puedan imaginarse y él más se enojaba. Optaba entonces por sonreírle y abrazarlo, pero solo lograba enfurecerlo más, tanto que me veía obligada a huir. Para entonces Él crecía tanto que comenzaba a perseguirme de cerca o de lejos pero con una presencia de lazos oscuros que rodeaban mi cuerpo de la cabeza a los pies, y aún lo hacen. Así es que empecé a evitarlo y continué empecinada con mis objetivos humanos.
Tuve un hijo. Mientras estuvo calentito y protegido adentro mío, todo anduvo bien. Pero un día mi cuerpo comenzó a querer expulsarlo. Yo sabía de qué se trataba, pero nunca creí que tuviera que sufrir tanto. Era tan intenso el dolor que el pobrecito sentía / soportaba al verse presionado para salir, que me retorcía sobre la camilla a la que me habían sujetado de pies y de manos y aullaba como una loba. Es que ¿cómo se puede soportar que ese ser pequeñito pase por semejante trance, y por culpa nuestra? Debieron cortar mi vientre con un bisturí para sacarlo. Esta experiencia fue decisoria. Comencé a entender el quid de la cuestión humana, y a saber que no podía ser uno de ellos.
Mi sospecha se confirmó cuando el niño empezó a crecer. Si bien manifestaba abundantes características de émpata, supongo que heredadas de mí, en cuanto entró en contacto con la sociedad, comenzó a actuar como un perfecto humano. Miraba en la televisión las más atroces escenas sin un parpadeo, destrozaba plantas sin motivo y sin sentir dolor y hasta torturaba pequeños animalitos. Esto ha sido una suerte, y me alegro de que pueda ser un humano fuerte y adaptado a su medio. Pero conmigo la cosa se fue complicando. Opté por la soledad, el aislamiento y la ignorancia de los sucesos humanos. Se que hay otros seres en este mundo que actúan igual que yo. Pero no he podido comunicarme con ellos. Nunca sabré si también son émpatas. Algunos mueren muy jóvenes, otros desaparecen, otros cortan toda posibilidad de comunicación con el exterior. Tampoco se si Él los persigue con sus pegajosas redes como a mí, ni si están destinados a propiciar su destrucción como yo, que lo veo aproximarse cada vez más, que percibo su aliento como una telaraña de acero fino y helado frente a la cual no me defenderé pues no podré evitar la pulsión de evitar su sufrimiento.
Algunos amigos (pues debo decir que a lo largo de estos treinta y tres años he logrado ciertas relaciones, llenas de ambigüedades, pero soportables de vez en cuando), me han sugerido armas contra él: bombas, manifiestos, terapias, misiles, dioses o ideologías; pero todo es inútil, soy un émpata.
Creo haber sido exhaustiva, tanto como para que desistan de seguir enviando émpatas. Mi conclusión es que sólo los humanos pueden convivir con otros humanos, por su extraordinaria capacidad para generar todas las defensas y conductas agresivas que resultan imprescindibles frente al odio atinente a esta especie.
En cuanto a mi, se me hace difícil concluir este relato. He dejado que Él se aproxime demasiado, ya siento su oscuro manto y se que su dolor sólo se aliviará cuando esté muerta. Y entonces ya no pod…..r…..é y yaaah   no  oh   poh   dr e.

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