Es hora de comunicarles que ser un émpata en
la tierra es muy complicado. Pero más que serlo es estar conciente de esa
situación.
Tenía como veinticinco años cuando sospeché
algo y como treinta cuando me convencí. A partir de entonces fue mucho más
duro, sobre todo porque coincidió con la aparición de Él con su odio concreto,
con la espiral negra y pringosa que extiende a golpes de su muñeca un látigo
que no llega a tocarme pero hace fintas alrededor de mi cuerpo.
Tampoco había sido fácil en mi infancia. Mamá
decía, a veces, fastidiada “-Pero qué nena mas rara!”. Y mis tías me miraban y
sonreían:-“Pero es bonita”, como si con eso quisieran compensar a mamá. Mamá no
necesitaba consuelo. Ella no creía que yo fuera un engendro,¿qué madre lo
cree?; un poco rara, pero fruto de su vientre. Las madres siempre creen haber
dado a luz (lo que mas me gusta de los humanos son sus eufemismos) a un pequeño
ser parecido a los otros pero, mejor, en cuanto propio. Nunca admiten ser
vehículo de algo que viene desde muy atrás de ellas. Se creen origen, piensan que
antes de ese ovulito fecundado no hubo nada.
No fue así en mi caso. Pero la pobre no lo
pudo saber nunca, y si pudo, no quiso. La comprendo pues,¿a quién le gusta
reconocerse receptáculo de un ser de otra especie, y admitir que le ha dado de
mamar, lo ha comunicado los códigos, le ha enseñado a sobrevivir y lo ha
empujado a caminar por el mundo? Podía haberse dado por enterada, después de
todo yo he demostrado que soy totalmente inofensiva para la especie humana y
todas las otras que pululan por el mundo. Pero no. Se limitaba a asustarse
cuando me escuchaba gritar en el exacto momento que ella cortaba una rosa o un
geranio y luego a limpiarme los mocos y las babas mientras una gotita de savia
se deslizaba por el tallo seccionado. Por mi lado, al percibir su susto me
olvidaba del otro asunto y la abrazaba fuerte y le sonreía hasta que se
calmaba, todo volvía a estar en orden y ella se iba a poner las flores en el
florero del comedor.
Con el tiempo aprendí que no sirvo abrazar y
sonreír con todos los seres humanos. Por ejemplo con El, que achica los
círculos de su serpentina negra alrededor mío, tanto más cuanto más ancha es mi
sonrisa.
Con papá era aún más fácil. Estaba poco en
casa y era un humano muy práctico. Cada vez que yo volvía de la escuela sin
lápices, libro, juguetes o cualquier otra cosa que llevara y produjera envidia
o deseo en alguna de mis compañeritas; el simplificaba diciendo que la niña
desconocía el valor de las cosas y que ya iba a aprender. Y cuando mamá se
extrañó de que después de haberse
quemado las manos mi hermana me negué a tocar ninguna cosa durante varios días,
él le dijo: “sólo pasa que se asustó, es una nena muy miedosa”. Y no prestó
atención alguna a mi piel enrojecida. Así aplicaba su lógica sin vacilar. Mamá
me observaba en silencio y a veces se acercaba para deslizarme su mano por la
cabeza.
Cuando mamá cayó enferma, gimiendo y
revolcándose en su cama, y yo, en la camita del cuarto contiguo, empecé a tener
convulsiones y delirar, papá se culpó por no haberme cuidado bien; como si
algún cuidado pudiera salvarme de la presencia de mi madre llorando y mordiendo
la almohada. Papá no pudo sospechar que yo era una émpata, porque cuando
comenzó a quedarse junto a mi cama me olvidé de mamá que ya estaba mejor y le
demostré que él no tenía ninguna culpa recuperándome de inmediato. Pero claro,
dedujo que mi curación se debía a sus cuidados. Ya entonces presentía que papá
era un ser humano mucho mejor integrado que mamá, pues para todo tenía una
respuesta y un sentimiento adecuado. Anhelaba ser como él, aunque había
indicios que me hacían creer que me parecería más a mi madre, llena de dudas y
de sentimientos contradictorios.
Durante mi adolescencia esperaba encontrar
humanos que se me asemejaran y constituir algo así como un club o una logia,
pero fracasé en todos los intentos, por lo cual me ilusioné con la idea de que
al crecer sería igual a ellos.
Tal vez para ustedes este relato sea poco
comprensible. O le esté dando una velocidad mayor a la debida. Intentaré
ir despacio, no obstante la urgencia, dado que debo transmitir con claridad
aquello que no puede ser silenciado, y sé que a medida que avance y la
presencia de él aumente, la confusión podría ganar mis palabras y hacer de
ellas un puñado de polvo en un huracán. Tengan en cuenta que aún habiendo sido
adiestrada en el uso del lenguaje humano, no es mi modo natural de
comunicación.
Debe quedar en claro que mi familia era una
de esas que dicen “ al que madruga Dios lo ayuda”, “anda despacio que voy
apurado”, “nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con
que se mira”, “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”,”cuando Dios
cierra una puerta abre una ventana”; y que protegían a sus cachorros de casi
todo lo difícil o doloroso que sucedía a su alrededor ocultándoselos
meticulosamente. Ésta era una conducta bastante común en cierto sector de los
humanos y resulta desconcertante si se tiene en cuenta con lo que habrán de
enfrentarse esos pequeños seres al
crecer. En mi caso, sin duda, me permitió sobrevivir (ya que lo que me llegaba
era a través de conversaciones escuchadas al azar y en forma incompleta, y
luego noticias mediatizadas por la pantalla del televisor. Aún así sufrí cinco
principios de asfixia, quemaduras de diversos grados, cólicos y espasmos
frecuentes) ¡Otro canto cantaría si hubiera nacido en una familia de enfermos o
menesterosos!, que los hay y en cantidad como pude comprobarlo poco después.
Me gustaría saber si ustedes me condicionaron
para la actitud casi suicida que m acompai6 durante la juventud. Porque
me largué a realizar todas aquellas actividades que me ponían en contacto con
los habitantes más miserables, los hospitales, las, las cárceles, los
hospicios; lugares donde los humanos depositan a sus congéneres que les son
molestos por algún motivo; e hiciera lo que hiciera acababa en un terrible
fracaso. Como por ejemplo cuando en la cárcel quise enseñar a leer a los
presos. Ellos confiaban en mí, me contaban sus cosas, y cuando ya había sufrido
el calabozo y la ducha y los palos de goma, comido mis excrementos y golpeado
mi cabeza mil veces contra el muro, hasta sentir que mi único deseo era matar
al carcelero, aparecía éste para llevarme a la reja de la salida y su hijo
muertito y su mujer enferma y su escaso salario y entonces le sonreía y me iba
de allí para nunca mas volver.
Así me fui yendo de casi todos los lugares y
las personas. Pero algunos me persiguen, como él, que no se conforma con que yo
desaparezca. Entonces me espera a la vuelta de las esquinas, en los bares, en
los callejones oscuros, en los últimos vagones de los trenes. Pero lo evito
mientras puedo.
Creo que mi peor equivocación fue la de
pretender ser igual a los humanos y hacer lo que ellos hacen. Aunque hay muchos
tipos de humanos con distintas conductas y formas de vida, algunas experiencias
son comunes a todos ellos, como por ejemplo enamorarse, vivir en yunta,
procrear, trabajar para obtener un bien de intercambio y con éste, obtener
otros bienes que les resultan necesarios. Yo me sentía conminada a cumplir esos
rituales. Aunque mi naturaleza me llevaba más a jugar y usar el trueque como
medio de satisfacción de mis necesidades, pronto advertí que la primer conducta
era considerada poco productiva cuando no directamente perniciosa o subversiva,
y en cuanto al trueque, fue casi imposible ejercitarlo entre ellos implica la
exaltación del bien propio y las minusvalorización y aparente desprecio del
bien ajeno, aún cuando éste nos sea imprescindible. Así fue que obtuve un
trabajo en una empresa.
Con toda objetividad destaco que nuestra
inteligencia es superior a la de ellos, sobre todo de los que han sido
adiestrados para trabajar en lo que se llaman empresas, ya que el ejercicio de
esa tarea presupone un recorte cotidiano de las funciones fundamentales del
proceso intelectual Pero son consecuentes con sus leyes internas, de las cuales
dos son fundamentales para el éxito de la actividad: la ley del gallinero y la
del serrucho (cada ley abstracta y expresa tiene su correlato en una ley de la
experiencia tácita, cosa sabida por todos desde pequeños a través de dichos
populares tales como ”hecha la ley hecha la trampa”). No creo necesario relatar
esta experiencia, basta con la síntesis de que yo hacía expreso el ejercicio de
la ley tácita e invertía los términos de la ley del gallinero.
Fue entonces cuando él comenzó a frecuentar
mi vida y parecía tan desdichado, que me compelía a hacer demostraciones de
todas mis facultades de émpata, aunque
por entonces todavía no sabía que lo era. Empecé a saberlo poco después, cuando
emprendí con entusiasmo otra tarea humana, tal fue la de enamorarme. Admito que
de todas es la única compatible con nuestras características solo que al tiempo
se complica de una manera irreversible. Hacer el amor, complacer el placer del
otro, exaltar su exaltación, entusiasmarse con su entusiasmo, fueron
circunstancias que por un momento me hicieron creer que éramos iguales, puesto
que me veía retribuida con igual placer, exaltación y entusiasmo. Duró poco en
todos los casos. Me resultaba imposible complacerlos, dado que confundí sus
deseos con lo que consideraban que debía ser, de forma tal que cuando complacía
sus deseos se enojaban por el deber ser, y cuando complacía a su concepto del
deber ser, se fastidiaban por el deseo. Todavía no había aprendido que para ellos
son cosas tan distintas el deseo y el deber ser, y que su deseo muchas veces no
incluye el deseo del otro sino que lo excluye. (para poder realizarse)
Pero lo fui aprendiendo, sobre todo en el
contacto con Él, el más acabado humano
que haya conocido. Cuando le hablaba con la verdad, la mía por supuesto, el
sufría y se enojaba. Entonces no lo podía soportar y le mentía de las formas
más bellas que puedan imaginarse y él más se enojaba. Optaba entonces por
sonreírle y abrazarlo, pero solo lograba enfurecerlo más, tanto que me veía
obligada a huir. Para entonces Él crecía tanto que comenzaba a perseguirme de
cerca o de lejos pero con una presencia de lazos oscuros que rodeaban mi cuerpo
de la cabeza a los pies, y aún lo hacen. Así es que empecé a evitarlo y
continué empecinada con mis objetivos humanos.
Tuve un hijo. Mientras estuvo calentito y
protegido adentro mío, todo anduvo bien. Pero un día mi cuerpo comenzó a querer
expulsarlo. Yo sabía de qué se trataba, pero nunca creí que tuviera que sufrir
tanto. Era tan intenso el dolor que el pobrecito sentía / soportaba al verse
presionado para salir, que me retorcía sobre la camilla a la que me habían
sujetado de pies y de manos y aullaba como una loba. Es que ¿cómo se puede
soportar que ese ser pequeñito pase por semejante trance, y por culpa nuestra?
Debieron cortar mi vientre con un bisturí para sacarlo. Esta experiencia fue
decisoria. Comencé a entender el quid de la cuestión humana, y a saber que no
podía ser uno de ellos.
Mi sospecha se confirmó cuando el niño empezó
a crecer. Si bien manifestaba abundantes características de émpata, supongo que
heredadas de mí, en cuanto entró en contacto con la sociedad, comenzó a actuar
como un perfecto humano. Miraba en la televisión las más atroces escenas sin un
parpadeo, destrozaba plantas sin motivo y sin sentir dolor y hasta torturaba
pequeños animalitos. Esto ha sido una suerte, y me alegro de que pueda ser un
humano fuerte y adaptado a su medio. Pero conmigo la cosa se fue complicando.
Opté por la soledad, el aislamiento y la ignorancia de los sucesos humanos. Se
que hay otros seres en este mundo que actúan igual que yo. Pero no he podido
comunicarme con ellos. Nunca sabré si también son émpatas. Algunos mueren muy
jóvenes, otros desaparecen, otros cortan toda posibilidad de comunicación con
el exterior. Tampoco se si Él los persigue con sus pegajosas redes como a mí,
ni si están destinados a propiciar su destrucción como yo, que lo veo
aproximarse cada vez más, que percibo su aliento como una telaraña de acero fino
y helado frente a la cual no me defenderé pues no podré evitar la pulsión de
evitar su sufrimiento.
Algunos amigos (pues debo decir que a lo
largo de estos treinta y tres años he logrado ciertas relaciones, llenas de
ambigüedades, pero soportables de vez en cuando), me han sugerido armas contra
él: bombas, manifiestos, terapias, misiles, dioses o ideologías; pero todo es
inútil, soy un émpata.
Creo haber sido exhaustiva, tanto como para
que desistan de seguir enviando émpatas. Mi conclusión es que sólo los humanos
pueden convivir con otros humanos, por su extraordinaria capacidad para generar
todas las defensas y conductas agresivas que resultan imprescindibles frente al
odio atinente a esta especie.
En cuanto a mi, se me hace difícil concluir
este relato. He dejado que Él se aproxime demasiado, ya siento su oscuro manto
y se que su dolor sólo se aliviará cuando esté muerta. Y entonces ya no
pod…..r…..é y yaaah no oh poh
dr e.
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