Empecé a observar con mucha mas atención a Santiago en la cena que organizó Hugo para festejar la aparición de su segundo libro de cuentos…El de Santiago. Es curioso, incluso al escribir sobre él se me escapa el protagonismo y otros parecen reemplazarlo. Por eso aclaro: el segundo libro de Santiago. El primero pasó sin pena ni gloria. Nosotros nos sonreíamos cuando Santiago lo mencionaba tímidamente. Trajo varios ejemplares pero nadie se detuvo más de algunos minutos en la lectura de páginas salteadas. Yo perdí en un bar uno de ellos y cuando fui por otro pues me había impuesto su lectura, nadie recordaba donde estaban. A Santiago no recurrí, porque le había dicho que me gustaba, antes de leerlo. Todo esto puede explicarse, digamos que se justifica.
Santiago
estaba entre nosotros como un error, una verruga que aparece en la axila y uno
no sabe desde cuando está allí, sólo de tanto en tanto la mira con algo de
atención y se sorprende de que exista, de que permanezca a pesar de nuestra más
absoluta indiferencia. Cuando discutíamos sobre política, filosofía o
hablábamos de sexo, él permanecía silencioso y alguna vez en que Hugo o yo le
pedíamos que opinara, nos contaba una historia de víboras o biguás y se quedaba
en silencio nuevamente, esperando que nosotros descubriéramos la metáfora o la
moraleja. Un día se introdujo en un claro de la conversación para contar que
iba a publicar un libro de cuentos en que los personajes eran los animales de Santiago;
todo de un tirón como con miedo de que la pausa de los otros se acabara. No nos
sorprendió demasiado por dos motivos: uno, que los animales eran su tema y el otro, que su hermano trabajaba en una
imprenta. Sin embargo yo empecé a
ocuparme más de él, pues hacía años que soñaba con publicar un libro, lo cual parecía imposible. Me ocupaba de dejar
en claro la dificultad de meterme en la trenza, la peregrinación por
editoriales, el problema de la distribución y por último, ¿quién te lee? Lo
miraba mientras los demás discutían y me imaginaba su pueblo natal o sus
caminatas entre las raíces secas de lo que un día fuera un bosque de quebracho.
- ¿Vos podés creer que Santiago haya
publicado?, le dije a Hugo, y él - Eh, flaco, ¿desde cuándo te preocupa tanto
Santiago?. Pero cuando publicó su
segundo libro y un diario habló acerca de la profundidad de las anécdotas, su
entroncamiento con las culturas indígenas y la autenticidad de su pluma, todos
se empezaron a preocupar por Santiago y Hugo organizó una cena en su honor. La
verruga empieza a crecer y una inquietud nos va ganando pues ya no se puede
ignorar que está ahí, que quien sabe qué le esté pasando, ¿y si fuera algo más?
Para
esa época empecé a querer escribir un cuento que tuviera como protagonista a
Santiago, el de Santiago. Me puse a estudiar geografía, a investigar acerca de
las costumbres de los santiagueños y los acontecimientos históricos del lugar.
Hablar con Santiago era inútil, sólo podría sacarle una historia de animales
tan confusa como las de su libro. Por eso preferí recurrir a otras fuentes. Él
era solo una excusa, la sombra sin materia del personaje que yo estaba creando.
El mío sí era vital, me exigía más lecturas y me internaba en un mundo lleno de
pasiones, peleas a cuchillo, muchachas de sexo y vejez precoz, leyendas acerca
de duendes que roban a los niños que se atreven a desafiar la intemperie de la
larga siesta, asaltos a los trenes que atraviesan la provincia para robarles el
agua, muchachitos harapientos ganándose las propinas de los jubilados que van a
las termas, padres ausentes por conchabos en la zafra, migraciones en vagones
de tercera hacia Buenos Aires, Retiro, Palermo y Plaza Italia.
A
veces lo miraba, quería penetrar al otro lado de sus grandes ojos negros: eran
un muro. Entonces imaginaba saltar el muro y encontrarme con una historia de
amor, la chica tucumana del comedor de la fábrica (montescos y capuletos), o
una conspiración de obreros liderada por él, o una muerte bélica en lucha
cuerpo a cuerpo contra un soldado de un ejército invasor.
Hugo
me gastó cuando le leí el cuento: -Flaco, estás perdido para la literatura,
demasiada tele, cuánto patetismo, además, ¿qué tanto interés en Santiago?
¿Quién es Santiago?, y se respondió - un transculturado que quiere ser porteño y
se las da de intelectual-. Proclive como soy al desánimo archivé la historia. Me convencí
de que el personaje que había inventado no podía ser el que proyectaba la
sombra de Santiago, ni tampoco algún otro posible.
Una
tarde, poco tiempo después, todos nos pusimos frente al televisor en la casa de
Hugo. Vociferábamos entusiasmados como cuando a los trece años las matinés con
los alemanes, y los norteamericanos liberando al planeta tierra de todos los
flagelos del comunismo, el nazismo, excepto Alberto que se indignaba: “¡Qué
hijo de puta ese Galtieri! ¡Qué borracho!”, y discutía con todos. Nosotros
ardíamos de fervor patriota y nos pasábamos las proezas de la aviación, “y eso
que ni equipo”, “y el hielo”, “y la congelación de los motores”; hacíamos planos
con la ubicación de las naves inglesas y las nuestras; y ni nos dábamos cuenta de
que Santiago no aparecía mas.
un
día llegó Alberto y nos contó que lo había
visto unas semanas antes, que estaba por irse como voluntario a
Malvinas, que hablaba de su manejo del cuchillo, de los gurkas; y que lo
devolvieron envuelto en una bandera argentina. Tuvo suerte, dijo que le dijeron
al hermano, porque a la mayoría se los tragó el hielo o el mar y los parientes,
ni noticias.
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